A los 16 años, llevó a su casa a una chica embarazada, un año mayor que él.

Tenía solo dieciséis años cuando la llevó a su casa… Una chica, ya embarazada y sin escapatoria, un año mayor que él.

Lucía estudiaba en su mismo instituto, pero en otro curso. Durante días, David observó cómo esa chica desconocida, acurrucada en un rincón, lloraba en silencio. No escaparon a su mirada esa barriga incipiente, la misma ropa (llevada dos semanas seguidas) y esa mirada vacía, desprovista de toda esperanza.
Resultó que casi todos conocían su historia… El nieto de un personaje destacado en su ciudad había salido con ella y, después, simplemente desapareció, diciendo que se iba “por trabajo” a otra región. Sus padres ni la conocían ni querían conocerla. Se lo dejaron claro.
Y los suyos, como en plena Edad Media, temiendo el “qué dirán”, la echaron de casa y se largaron a su casa rural. Algunos la compadecían; otros murmuraban a sus espaldas.
—Es culpa suya. ¡Hay que pensar con la cabeza!

David no podía quedarse de brazos cruzados. Lo meditó y se acercó.
—No será fácil, pero deja de llorar. Te propongo venir a mi casa. Nos casaremos. Pero te aviso: no sé mentir ni haré cursilerías contigo ni con el niño. Intentaré estar ahí y prometo que todo saldrá bien.

Lucía se secó las lágrimas y lo miró. Bueno… Un chico normal, sin pretensiones. ¡Y ella había soñado con otro tipo de novio! Pero en su situación, no tenía opción, así que se fue con él.
Sus padres se quedaron de piedra. Su madre le suplicó que recapacitara, pero él fue firme:
—Mamá, no te preocupes, todo irá bien. Tengo dos becas, la normal y la social. Buscaré un trabajo y lo sacaremos adelante.
—¡Pero querías seguir estudiando!
—¿Y qué? Aquí vivimos decentemente. Papá lleva toda la vida en la fábrica, tú en la tienda. La gente vive sin carrera. ¡No es el fin del mundo!

Lucía se instaló en la habitación de David. Él le cedió su cama y se mudó a un incómodo sofá-cama. Durante cinco días, fue como una sombra: lo acompañaba al instituto en silencio, de la mano. Hasta que explotó.
—¡Estoy harta! ¿Por qué tus padres me miran mal? ¡No les caigo bien! ¡Y tú ni me haces caso! Siempre estudiando o trabajando…

David se sorprendió.
—¿No crees que es normal? Sí, a mis padres no les gustas, pero te han acogido. ¿Miradas raras? Los tuyos ni te quieren ver. ¿Y los padres del padre del niño? ¿Dónde están? Estudio porque no quiero echarlo todo a perder en primero. ¡Y no pienso perder la beca! ¿Que me voy? Trabajo. No me apetece ver tus culebrones lacrimógenos.

Lucía empezó a llorar.
—¿Por qué eres así?
—¿Cómo? Te avisé: no miento. Por cierto, ¿cuándo vamos al registro civil?
—¡No puedo ir así! Cómprame un vestido bonito, de talle alto, que no se note la tripa.
—¿Estás bien de la cabeza? Llevaremos el certificado de embarazo. ¿Vestido? Tengo que ahorrar para el carrito y la cuna…

Su madre se medicaba con valeriana, pero poco a poco se resignó. Cada vez miraba más ropa de bebé. Al fin y al cabo… ¿Qué había de malo? Que se casaran, que vivirían. Ellos les ayudarían. Solo que la chica era un poco ingrata: siempre descontenta con David, con ellos, con el piso pequeño. Bueno, quizá cambiaría al tener al niño.

Pero Lucía no tenía intención de cambiar. Cuando David, sudoroso y sucio después de su turno en el lavadero, llegó con un gato callejero, ella se puso furiosa.
—¡Eres idiota! ¿Para qué queremos este gato sarnoso? ¡Fuera de aquí!

Él se mantuvo firme.
—No. Espera gatitos. Se queda. Mejor cállate y caliéntame algo de comer.
—¡Ah, claro! —casi chilló—. ¡Elige! ¡El gato o yo! ¡Hasta el maldito gato me mira raro!
—¿Para qué? —David arqueó una ceja—. Estoy en mi casa y no elijo nada. El gato se queda. Si no te gusta, la puerta está abierta. Hasta mi madre me dio más margen. Quizá deberías dejar de poner cara de vinagre tú primero.

Lucía lloró, pataleó y hasta tuvo celos de aquel gato flaco y desaliñado. ¿Dónde veía David lo de “barriga”? Pero era cierto: la gata esperaba crías.
David estaba agotado, pero cada vez que el arrepentimiento asomaba, lo apartaba. Aguantarían. Lucía daría a luz, se calmaría, y antes, los gatitos alegrarían la casa. Nada como unos mininos peludos para suavizar el ambiente.

Pero las cosas salieron mal… El abuelo, aquel hombre importante, volvió de un viaje de negocios y se enteró de todo. Buscó a su nieto, lo reprendió y amenazó con cortarle el grifo si su bisnieto crecía en una familia ajena. Y el “niño” no quería perder sus privilegios.
Lucía se fue con él del instituto al instante, olvidándose de David. Por suerte, llevaba los papeles encima (iba a la matrona después de clase). Lo demás le dio igual: ¡le comprarían ropa nueva! Y a ese instituto cutre, ¡ni loca volvía!

David quedó destrozado. ¿Cómo era posible? Ni un adiós, ni una llamada… Tiró sus cosas y pasó horas a oscuras, abrazando a su gata.
Ella lo entendió. Se apretujó contra él, ronroneando en silencio, reconfortándolo.
David asistió al parto solo, sin dejar que sus nerviosos padres se acercaran. Le hablaba, la calmaba. Tenía el teléfono listo por si necesitaban al veterinario.

Todo salió bien: cuatro gatitos sanos. David cambió la manta, puso agua y comida. Verificó que todo estuviera en orden y, exhausto, se fue a dormir. Entre el ajetreo, ni recordó que ese día también era su cumpleaños.

Acababa de cumplir diecisiete…

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MagistrUm
A los 16 años, llevó a su casa a una chica embarazada, un año mayor que él.