4 de diciembre
Hoy me he despertado con la sensación de que el tiempo se escapa entre los dedos, como el río detrás de la casa cuando intento atrapar una trucha con la caña. Desde que me jubilé, la pesca se ha convertido en mi refugio; paso las mañanas en la orilla del Guadarrama, la caña en la mano y el silencio como compañía. Mi esposo, Nicolás, sigue trabajando como entrenador en la escuela municipal de deportes de Alcalá. Es un buen entrenador; sus alumnos han llevado el nombre de nuestra escuela a lo más alto en torneos regionales, y eso le llena de orgullo.
Nicolás siempre ha querido acompañarme en esas jornadas de pesca, sentarse conmigo a observar el espejo del agua, pero su agenda está repleta: entrenamientos, competiciones, reuniones. Sólo los fines de semana logra escaparse, y yo lo agradezco cada vez que lo hace. La semana pasada, durante la cuarentena, los niños estaban estudiando en línea y decidimos, al fin, ir todos juntos al río. Preparé la caña, empaqué el cesto con bocadillos y, con la ayuda de mis nietos, subí al coche.
A nuestro lado iba Kike, el primogénito de mis nietos, de ocho años, que siempre ha mirado con curiosidad el mundo que le rodea. Elena y Esteban (mi nieta y mi nieto) se tiraron al asiento trasero con sus risas. En la puerta de la casa vecina, la abuela Valentina los observaba, intrigada, porque Kike nunca había salido sin un adulto. Tras preguntar si podíamos llevarlo con nosotros, Valentina nos dio su bendición y, entre gritos de alegría, Kike se ajustó la bufanda y el gorro y se coló en el asiento trasero.
Llegamos al sitio habitual donde, según los vecinos de los Becerra, se congregan las percas más gordas del Guadarrama. Nicolás encendió una pequeña hoguera para que los niños no sintieran el frío; yo me acomodé en mi taburete plegable, con la caña lista. El día estaba dedicado a la pesca con carnada viva, y yo vigilaba el flotador sin perder de vista a los niños que jugaban a las escondidas entre las rocas.
Después de un rato, sentí el tirón del primer pez. Con paciencia, fui recogiendo la línea y, antes de que se diera la mitad de hora, una perca brillante saltó y cayó directamente en el cubo de agua. ¡La primera ha llegado!, dije, sonriendo. Volví a lanzar el anzuelo y, mientras los niños dibujaban porterías en la arena y corrían tras una pelota, otro tirón me recordó la emoción del cazador. Esta vez la perca fue aún más grande, y pensé que la cena de esta noche tendría unas sabrosas hamburguesas de pescado.
Cuando los niños corrieron a buscar el cubo, ya había tres percas nadando. Kike, con los ojos como platos, susurró: ¿Es una perca que concede deseos?. Yo, con mi humor habitual, respondí: ¡Claro! La perca de los deseos cumple lo que el corazón pide. Elena, siempre curiosa, gritó: ¡Entonces pídela que los cubos vuelvan a casa solos!. Valentina, con una sonrisa pícara, agregó: ¡Que los cubos se lleven a sí mismos!. Esteban, con una mueca de decepción, protestó: ¡Yo quería que la perca me trajera una bicicleta!.
Yo lancé el anzuelo de nuevo y, en tono de broma, dije: Pues que la perca te haga el rey de los cuentos. Kike, tembloroso, pidió: Yo solo quiero que el abuelo venga a jugar con nosotros. Asentí, pues la petición parecía la más sincera. El niño tomó una perca entre sus manos, le susurró algo al oído y, como por arte de magia, el pez volvió al agua y desapareció.
El día llegó a su fin y, al regresar a casa, el cubo estaba vacío. Nicolás, al ver la falta de captura, preguntó con una sonrisa melancólica: ¿No pica nada?. Yo, mirando al horizonte, le respondí: A veces hay que lanzar la caña y dejar que el agua haga su trabajo. En el camino, Kike se quedó dormido en mis brazos; lo entregué a Valentina, que lo acunó con ternura.
Esa noche, mientras me acomodaba junto a Nicolás en la cama, pensé en Kike y en lo mucho que le falta una figura paterna. Le dije a Nicolás, con voz cansada pero sincera: Es una lástima que Kike no tenga un abuelo que lo acompañe, que le cuente historias y le ofrezca su tiempo. Nicolás reflexionó: Yo también lo quiero, aunque no sea su abuelo de sangre. La conversación se volvió un susurro de deseos no cumplidos, de ausencias que pese a todo, nos empujan a buscar soluciones.
Un mes después, con la llegada de la Navidad, la ciudad se vistió de luces y el árbol gigante del centro brilló bajo la nieve que, por suerte, nos regaló una fina capa. Kike empezó a sentirse melancólico; su abuela Valentina, que había tenido una fiebre alta, lo llevó al médico y descubrió que el pequeño estaba resfriado. Ver la preocupación en los ojos de Valentina me recordó la necesidad de un hombre mayor que le diera a Kike la seguridad que anhelaba.
Así que, esa misma tarde, llamé a mi viejo compañero de la escuela de educación física, Borja, que vive en la provincia de Segovia, a unos ciento cincuenta kilómetros de distancia. Le conté la situación y le pedí que, si podía, se disfrazara de Papá Noel y pasara una tarde con Kike. Borja aceptó encantado, pues también está sin nietos y siempre ha disfrutado de la magia de la Navidad. Planeamos que llegara el 24 de diciembre, con su saco de regalos y una historia de reyes para contar.
El día señalado, Borja llegó en su coche, con un traje de Papá Noel que se veía tan auténtico como la nieve que caía. Valentina abrió la puerta, sorprendida pero feliz, y lo recibió con una taza de chocolate caliente. Kike, al verlo, corrió hacia él, y en su rostro se dibujó la alegría que tanto necesitaba. Borja, con voz grave, le dijo: Soy tu abuelo por un día, y estoy aquí para escucharte. Luego, entregó a Kike una pequeña perca de madera, símbolo de los deseos que una vez lanzamos al río.
Esa noche, mientras la familia se reunía alrededor de la mesa, la abuela Valentina nos sirvió una deliciosa sopa de pescado y unos pasteles de manzana. El aire estaba lleno de risas, y el recuerdo de las percas del Guadarrama se mantuvo vivo en nuestras conversaciones. Kike, con los ojos brillantes, murmuró: Gracias, abuelo Papá Noel, por venir. Yo, abrazando a mi esposo, pensé que, aunque la vida nos arroje corrientes inesperadas, siempre podemos encontrar la manera de hacer que los deseos de los niños se cumplan, aunque sea con un poco de imaginación y mucho cariño.
Mañana volveré al río, pero esta vez con la esperanza de que cada lanzamiento de mi caña sea un recordatorio de que, a veces, los deseos se cumplen de formas que no esperamos.
Galia.







