David era un hombre de cuarenta años, soltero. Hace unos años, todas las mujeres lo envidiaban. Cualquier mujer habría querido un hombre como él: alto, atractivo y con bastante dinero. Sin embargo, ahora de todo aquello solo le quedaba su fortuna. Ya no era joven, el pelo comenzaba a escasearle y la barriga le crecía cada día. Era muy consciente de ello, y por primera vez en su vida empezó a pensar seriamente en casarse. Pero dudaba mucho de encontrar una esposa adecuada, porque su carácter siempre había sido complicado: era brusco, estricto y muy severo. Todo el mundo lo sabía y las mujeres avisaban de antemano a las amigas que empezaban a fijarse en él para que se mantuvieran alejadas. Así que David se dio cuenta de que sus posibilidades eran escasas.
Les contó sus miedos a sus amigos, quienes le ofrecieron unos cuantos consejos, y así, unos meses más tarde, acabó casándose. Al día siguiente de la boda, David decidió plantearle a su mujer sus condiciones:
Vas a vivir en mi piso y debería ser todo un honor para ti. Siempre tiene que estar todo en orden, en cada rincón. ¿A qué te refieres? preguntó Lucía, sorprendida, y le sonrió dulcemente. Te lo explico una vez dijo David con una sonrisa forzada. Debes tener muy claro que en cualquier momento podrías perder esta felicidad. Soy una persona muy estricta y tienes que acostumbrarte y aceptarlo. Y sí, las toallas siempre tienen que estar secas y colgadas en su sitio. Lo más importante es la limpieza, ¿entiendes? Lucía asintió y siguió escuchando con atención. Fueron a la cocina y David le detalló todas sus normas.
Sí, querido sonrió Lucía, ¿y a qué hora piensas llegar a casa? ¿Para qué necesitas ese dato? Para prepararte la cena. Cuando llegue, nunca lo sabrás antes, pero la cena tiene que estar lista a su hora. Y cuidado si no me gusta lo que hayas hecho. Sin rodeos: lo tiraré a la basura y te castigaré.
Lo tengo escuchado, cariño. Todo saldrá bien contestó Lucía sonriendo de nuevo. Esa sonrisa se le quedó grabada en la cabeza a David todo el día. Por la tarde, antes de regresar a casa, paró en un restaurante y cenó uno de sus platos favoritos. Quería poner a prueba a su mujer y, para ello, pensaba decirle, sin siquiera probar la comida, que era horrible y que no iba a comerla. Así lo hizo todos los días durante una semana.
David regresó a casa y había silencio. ¿Hay alguien? Ya estoy aquí. Soy yo contestó Lucía con indiferencia. Estaba viendo la tele y me he quedado dormida. ¿Está la cena preparada? ¿La cena? Ah sí, la cena… Vamos a verla.
David se estaba preparando para soltar su discurso habitual, cuando Lucía le dijo: Siéntate a la mesa y, poniéndole delante un plato de arroz pasado, añadió: Bueno, aquí tienes. El arroz está frío y soso. Si no te lo comes entero, será culpa solo tuya. Yo me iré y no volverás a verme nunca. Bueno, es broma. Me verás, claro, pero con otro. Por cierto, sé que te zampaste una buena comida en el restaurante. Imagino lo duro que será comer este arroz tan malo con la barriga llena.
David se quedó sorprendido. ¿Quieres saber por qué soy tan severa y borde contigo? Pues que sepas que esto será siempre así si alguna vez te atreves a no responderme. Y ahora cómete este arroz, entero. Cuanto antes empieces, antes acabas.
Lucía ya había sido advertida sobre las particularidades de su marido. Pero no huyó de él.
Los hombres no nacen buenos ni cariñosos, sino que se hacen bajo el control muy firme de sus esposas dijo Lucía. Y tenía razón. David terminó el arroz en pocos minutos. Por fin había encontrado a la mujer que necesitaba. La que llevaba buscando toda su vida.






