A CIELO ABIERTO…
En esta familia, cada cual flotaba en su propio universo, como islas en el mar de Castilla. El padre, Ernesto, además de su esposa, mantenía amores dispersos, nunca con la misma mujer; a veces ni él mismo recordaba sus nombres al despertar. Pilar, su esposa, intuía la infidelidad de Ernesto, pero tampoco podía presumir de virtud. Ella prefería perderse entre los rincones de Madrid de la mano de su compañero de trabajo, casado y risueño.
Los dos hijos, Álvaro y Mateo, crecían a su aire. Nadie realmente les guiaba. Así, se acostumbraron a merodear por la barriada, sin propósito ni timón, convencidos por su madre de que la escuela era quien debía ocuparse de los niños de España.
Solían reunirse en la cocina los domingos justo para zamparse el cocido sin una palabra, y después cada uno volvía al eco de sus propios pasos.
Así habría seguido latiendo aquel hogar, ajeno y dulcemente podrido, si no fuera porque una madrugada el destino les arrojó al abismo.
…Cuando el menor, Mateo, tenía doce años, Ernesto decidió llevarle por primera vez al trastero de la comunidad, vestigio de los antiguos garajes del barrio de Chamberí, a ayudarle con ciertas chapuzas. Mientras Mateo curioseaba entre destornilladores y sierras como en un castillo de sueños torcidos, Ernesto se ausentó un instante para charlar con otros mecánicos de afición.
De pronto, del trastero surgió un humo negro como un toro bravo y llamas que bailaban sardanas macabras.
Nadie entendía nada. (Luego se sabría: Mateo, con la torpeza risueña de la infancia, derribó accidentalmente una lámpara de soldar encendida sobre una garrafa de gasolina.) Los vecinos quedaron paralizados, la lengua seca de miedo. El fuego rugía. Arrojaron un cubo de agua sobre Ernesto antes de que él se lanzara al infierno ardiente. Nadie respiró. En un parpadeo, Ernesto emergió entre las llamas, llevando en brazos a su hijo inerte. El cuerpo de Mateo era todo brasa, salvo el rostro, intacto, las manos aún pegadas a las mejillas. Su ropa, convertida en ceniza.
Alguien ya había llamado a los bomberos y a emergencias. Mateo sobrevivió al trayecto y entró en quirófano de inmediato. Tras varias horas de angustioso silencio, el médico apareció ante Ernesto y Pilar, sin titubeos:
Hacemos cuanto está en nuestras manos. Su hijo está en coma. Las posibilidades son un suspiro: una entre un millón. Lo demás, depende de la voluntad del chaval y… de los milagros. Ánimo.
Ernesto y Pilar salieron corriendo bajo un diluvio madrileño hasta la parroquia más cercana, empapados de lágrimas y agua, incapaces de sentir frío: sólo existía Mateo.
Por primera vez en sus vidas, traspasaron las puertas húmedas del templo. El aire olía a cera y a lejanía. Buscando al sacerdote, se acercaron con paso trémulo.
Padre, nuestro hijo se nos muere suplicó Pilar entre sollozos.
Yo soy don Antonio contestó él, arqueando las cejas. Cuando llega la zozobra, siempre volvemos a Dios, ¿eh? Decidme: ¿muchos pecados sobre la espalda?
Que va… A nadie quitamos la vida respondió Ernesto, cabizbajo bajo la mirada acerada del cura.
¿Y el amor? ¿Dónde lo matasteis? dijo don Antonio. Entre marido y mujer no cabe ni un hilo; entre vosotros, cabría entera una viga de olivo.
Recen fuerte por vuestro hijo a San Nicolás de Bari. Pero recordad: este juego lo dirige Él de allá arriba. No tentéis la suerte. Hay veces que sólo un golpe de gracia nos hace abrir los ojos. Y nunca lo olvidéis: todo se salva con amor.
Ernesto y Pilar, hechos un manojo de lágrimas y ropa calada, escucharon en silencio delante de la imagen de San Nicolás. Se arrodillaron, berreando plegarias, jurando promesas.
Levantaron un muro infranqueable sobre sus antiguos amoríos. Se impusieron olvido sobre olvido; revisaron la vida letra a letra, hilo a hilo…
Por la mañana, el médico llamó. Mateo salía del coma.
Ernesto y Pilar ya velaban a su lado.
Mateo abrió los ojos y, luchando con el dolor, buscó fuerza para esbozar una sonrisa dolorosa.
Mamá, papá… No os separéis susurró débil.
¿De dónde sacas eso, hijo? Estamos juntos le acarició Pilar, pero él gimió de dolor y ella retiró la mano despacio.
Lo he visto, mamá. Mis hijos un día tendrán vuestros nombres murmuraba aún Mateo.
Ernesto y Pilar se miraroncreyeron que su niño deliraba. ¿Qué nietos? Él no podía ni mover un dedo. Bastaba con que resucitara a la vida.
Y, sin embargo, Mateo mejoró aceleradamente. Volcaron sus ahorros y vendieron el piso de la playa en Alicante. Lástima que garaje y coche fueran pasto de aquel incendio; habrían valido al menos unos cuantos miles de euros más para su recuperación. Pero lo esencial es que Mateo vivía. Abuelos y abuelas sumaron sus esfuerzos para reunir fuerzas y euros.
La desgracia tejió lazos entre todos.
…Hasta la jornada más interminable tiene ocaso.
Un año después, Mateo seguía su rehabilitación en un centro especial a las afueras de Segovia. Ya podía caminar y valerse solo.
Allí conoció a Lucía, muchacha de su edad que, como él, venía del fuego. En ella, el incendio sólo había dejado marcas crueles en el rostro.
Tras varias operaciones, Lucía evitaba todo espejo; temía a su reflejo más que a la noche.
Mateo sintió por ella una ternura afilada. Lucía brillaba con su sabiduría antigua y su vulnerabilidad, capaz de atraer hasta a los pájaros. Compartían horas, confidencias, sueños machacados por los mismos pinchazos e inyecciones bajo la luz blanca de los pasillos. Daban vueltas a las mismas preguntas, incapaces de agotarse el uno al otro.
El tiempo, como un río de aceite, fue deslizándose.
Mateo y Lucía celebraron una boda modesta, bajo las romanzas de la guitarra y las risas quinquilleras de los amigos.
Vinieron después dos criaturas: primero una hija, Inés, y, tres años más tarde, un hijo, Eugenio.
Cuando por fin la familia respiraba sin nudo en el estómago, Ernesto y Pilar se miraron y, agotados, supieron que era momento de separarse. El calvario de Mateo los había vaciado, y por primera vez admitían que sólo juntos sentían frío y silencio.
Pilar se fue con su hermana a un pueblo de Castilla. Antes de partir entró en la parroquia para despedirse de don Antonio. Le agradecía por haber sido luz en los días oscuros, pero él, con voz firme, siempre respondía:
Agradece a Dios, Pilar, que para eso está.
No aprobaba aquel adiós:
Si lo necesitas, descansa. La soledad puede sanar el alma. Pero volved. Marido y mujer, siempre uno aconsejaba con tono paternal.
Ernesto quedó solo en el piso; los hijos y nietos acudían por turnos, interrogando al aire para evitarse mutuamente.
Podría decirse que, al fin, todos encontraron refugio en sus propias burbujas, tan lejos y tan cerca, como si la vida, por fin, hubiera dejado de dolerles a cielo abierto.





