A CUERPO VIVO
En esa familia, cada cual vivía a su manera, sin apenas mezclarse con los demás. El padre, Alejandro, tenía además de su esposa, alguna amante de vez en cuando, nunca siendo la misma por mucho tiempo. La madre, Eugenia, que sospechaba las infidelidades de su marido, tampoco destacaba por su moralidad: le gustaba pasar el tiempo fuera del hogar junto a un compañero de trabajo casado. Los dos hijos, por su parte, crecían a su aire, sin nadie que realmente se preocupara por su educación. Apenas iban al colegio y su madre insistía en que era la escuela, no la familia, la que debía ocuparse de sus hijos.
Solo los domingos se reunían en la cocina, pero incluso entonces lo hacían rápidos y en silencio, para después marcharse cada cual a lo suyo. Así habría continuado la vida de aquella familia, en su pequeño mundo corrompido pero dulce, de no haberles sacudido, de pronto, una desgracia de las que ya no tiene remedio.
Cuando el hijo menor, Tomás, contaba doce años, Alejandro decidió llevarlo al garaje por primera vez, para que le ayudara con algunas tareas. Mientras Tomás curioseaba entre llaves inglesas y destornilladores, su padre se ausentó un momento para charlar un rato con unos amigos aficionados a los coches que andaban trajinando cerca de allí.
De repente, del garaje de Alejandro comenzó a salir humo negro, al poco seguido de llamaradas. Nadie comprendió qué había sucedido (más tarde se supo que Tomás, por accidente, había dejado caer el soplete encendido sobre una garrafa de gasolina). La gente se quedó paralizada; el fuego era violento. Le echaron a Alejandro un cubo de agua por encima y él se lanzó dentro, sin pensarlo. Al instante, salió de entre las llamas llevando en brazos el cuerpo inerte de su hijo. Tomás estaba completamente quemado, salvo por el rostro, que seguramente había podido proteger cubriéndolo con las manos. Toda la ropa se desintegró bajo el fuego.
Llamaron a los bomberos y a una ambulancia. Tomás fue trasladado al hospital, donde todavía respiraba. Nada más llegar lo tumbaron directamente en la mesa de operaciones. Tras varias horas de angustiosa espera, salió el médico y, con voz seca, les dijo a los padres:
Estamos haciendo todo cuanto podemos. Ahora mismo vuestro hijo está en coma. Sus posibilidades de sobrevivir son una entre un millón. La medicina poco puede hacer en casos así. Solo si Tomás muestra unas ganas de vivir fuera de lo común, podría suceder el milagro. Ánimo.
Alejandro y Eugenia, sin dudarlo, salieron corriendo bajo el chaparrón hacia la iglesia más próxima. Calados hasta los huesos, ajenos a todo salvo la desesperación, entraron en el templo. Había apenas unas cuantas personas sentadas en silencio. Al ver al sacerdote, se acercaron titubeantes.
Padre, nuestro hijo se muere, ¡díganos qué hacer! sollozó Eugenia.
Me llamo padre Sergio. Ya veo Cuando llegan los apuros, todos buscan a Dios, ¿verdad? ¿Sois muy pecadores? respondió el cura, directo.
No, que sepamos, nunca hemos matado a nadie contestó Alejandro, bajando la cabeza bajo la mirada penetrante del padre Sergio.
¿Y por qué habéis matado el amor? El amor entre marido y mujer debería ser indivisible. ¡Entre vosotros, cualquiera metería un tronco de cedro y ni lo notaríais! Ay, hijos míos Rezad, rezad a san Nicolás, el Taumaturgo, por la salud de vuestro hijo. Pero recordad, todo es voluntad de Dios. A veces el Señor nos endereza así, porque de otra manera no entendemos; si no, acabaréis destruyendo vuestra alma y ni os daréis cuenta. ¡Corregíos! Todo puede ser salvado por el amor.
Allí estaban Alejandro y Eugenia, completamente empapados, llorando desconsolados ante el sabio padre Sergio, escuchando verdades amargas. Era una escena que encogía el alma. El sacerdote les indicó la imagen de san Nicolás, ante la cual ambos se arrodillaron, llorando y prometiendo en voz baja que jamás volverían a traicionar ni a su hijo, ni a su propia vida.
Cortaron de raíz todas sus relaciones fuera del matrimonio. Fue como rehacer su existencia, hilo a hilo, letra a letra, revisando cada rincón y cada memoria. Y entonces, al amanecer del día siguiente, el teléfono sonó y el médico les comunicó la noticia: Tomás, milagrosamente, había salido del coma.
No se apartaron del lado de la cama. Tomás abrió los ojos y al verles intentó sonreír, aunque el gesto resultó triste; en su cara se leía el dolor de adulto en un cuerpo de niño.
Mamá, papá por favor, no os separéis nunca susurró.
Hijo, ¿qué dices? Estamos juntos, no te preocupes le respondió Eugenia, acariciándole la mano ardiente y debilitada. Tomás se quejó por el dolor y ella retiró la mano, asustada.
Lo he visto, mamá Y mis hijos llevarán vuestros nombres añadió Tomás, con voz de profeta.
Sus padres se miraron, pensando que deliraba. ¿Cómo iba aquel niño, todavía postrado, a pensar en tener hijos? Lo importante era que sobreviviera.
Y a partir de entonces, Tomás empezó a recuperarse. Todos los ahorros y esfuerzos se dedicaron a su curación. Alejandro y Eugenia vendieron la casa de la sierra. El garaje y el coche se habían perdido para siempre en el incendio, pero no importaba: lo fundamental era que el hijo estaba vivo. Los abuelos, tíos y demás familia ayudaron todo lo posible, uniéndose más que nunca.
Incluso los días más largos terminan. Pasó un año.
Tomás ingresó en un centro de rehabilitación, donde pronto pudo andar de nuevo y valerse por sí mismo. Allí trabó una gran amistad con una niña llamada Inés, de su misma edad, y también víctima de un incendio. Inés tenía el rostro cubierto de cicatrices, y la vergüenza le impedía mirarse al espejo, pues temía lo que pudiera ver. Tomás la colmó de cariño; ella le atraía por su serenidad y una madurez poco común. Deseaba protegerla.
Pasaban juntos todo el tiempo libre entre los cuidados médicos. Ambos compartían algo que muy pocos podían entender: el dolor que marca la piel y el alma, la resignación a las batas blancas y el aprendizaje de la paciencia. Les unían largas conversaciones sobre sus sueños y sus miedos.
El tiempo siguió adelante.
Tomás e Inés celebraron una boda sencilla y alegre. Con el tiempo, tuvieron dos hijos: primero una niña, Lucía, y tres años más tarde un hijo, Julián.
Cuando la vida de la familia parecía, por fin, encaminarse hacia una felicidad tranquila, Alejandro y Eugenia, agotados por las circunstancias, decidieron separarse. Aquella dura prueba con Tomás les había dejado vacíos; anhelaban, ambos, el descanso de una vida sin el otro.
Eugenia se marchó a casa de su hermana, en un pueblo cercano a Toledo. Antes de irse, acudió a la iglesia a pedir la bendición del padre Sergio, de quien había aprendido mucho durante aquellos años. Siempre le daba las gracias por haberle salvado al hijo, y él respondía:
Da las gracias a Dios, Eugenia.
El sacerdote no aprobaba la decisión de Eugenia, pero le deseó descanso y le recordó: El matrimonio es una unidad; esposo y esposa son un solo ser. Descansa si lo necesitas, pero vuelve.
Alejandro se quedó solo, entre las paredes vacías de un piso en Madrid. Los hijos con sus familias, cada uno en su casa, y los abuelos visitaban a los nietos por separado, procurando no cruzarse.
Y así, cada uno encontró, por fin, un poco de aquel calor y reposo que había faltado durante tanto tiempo.







