¡Vete a casa! ¡Allí hablamos! soltó Fernando, visiblemente molesto. Lo que faltaba, montar una telenovela a los transeúntes.
¡Pues muy bien! resopló Clara, intentando hacerse la digna. ¡Hasta nunca!
¡Clara, no me lleves al pecado! le amenazó Fernando con el dedo apuntando. ¡En casa hablamos, y punto!
¡Uy, qué fiero! ella se recogió la trenza sobre el hombro y echó a andar hacia la urbanización.
Fernando esperó a que Clara se alejara lo suficiente. Cuando ya estuvo fuera de vista, sacó el móvil, se le pegó al micrófono y susurró:
Sí, ya va para casa. Recibidla allí, y poneos firmes como hablamos. ¡Y que baje los humos en el sótano! Yo llegaré en breve
Guardó el móvil en el bolsillo, dispuesto ya a entrar en el bar a celebrarse su don de mando, cuando, de pronto, un desconocido le sujetó por el brazo.
Perdona, hombre, que te asalte así le sonrió el desconocido, avergonzado. Una duda: ¿esa chica que iba contigo es tu mujer?
Mi esposa, sí contestó Fernando, frunciendo el ceño. ¿Por qué lo preguntas?
Por nada, por nada la sonrisa cambió a un rictus de súplica. Pero, a ver ¿casualmente no se llama Clara González?
Clara, sí. Hasta casarnos era González. ¿A qué viene tanta pregunta? Fernando ya notaba la ceja subiendo peligrosamente.
Y de segundo apellido, ¿Morales?
Sí contestó, ya bastante irritado. ¿Se puede saber de qué va esto? ¿De qué conoces a mi mujer?
Clara había llegado a la urbanización apenas hacía tres años. Antes, en el pueblo, ni rastro de ella. Contaba que se había escapado de sus padres porque pretendían casarla a la fuerza. Así que encontrar a un tipo lanzando datos sobre ella no era cosa de todos los días.
Perdón, perdón, no es que la conozca en persona farfulló el tipo, rojo como un tomate. Es que soy, digamos, un admirador suyo
Oye, admirador, te voy a contar las costillas y luego te saco un par para que las pongas de recuerdo en la repisa, ¿me entiendes? ¿Qué es eso de admirador? ¿Me vas a levantar a la mujer?
¡No, hombre, no! No me entiendas mal el hombre agitaba las manos. Admirador de su talento
Porque yo a Clara no le conozco habilidades especiales Fernando ya estaba desconcertado.
Anda que no Conseguir una descalificación vitalicia en Muay Thai a los 18 por excesiva agresividad, eso es arte exclamó el tipo, animándose.
Qué pena que tras ganar un par de torneos privados lo dejó. ¡Verla en el ring era un espectáculo!
Fernando intentó sacar el móvil para avisar a su familia, pero de los nervios se le cayó y se hizo trizas en el suelo. Para cuando logró recomponerlo, no encendía.
Salió disparado a casa mientras mascullaba:
¡Madre mía, que llegue a tiempo!
Cuando Clara llegó al pueblo, Fernando se fijó enseguida. ¿Quién no? Jovencita, atlética, simpática, con chispa, y encima se metió a profesora de educación física en el cole del barrio.
Todos pensaban que sería una de esas chicas de prácticas, de paso antes de volver a Madrid. Pero no, tenía 25 y anunciaba que venía para quedarse.
Con el tiempo esperaban que trajera a la familia, pero nada; Clara iba por libre.
Aquí hay tomate dijeron las marujas. Joven, tan apañada y aparece aquí Oculta algo fijo.
Bah, misterios poco, será que un novio la ha dejado tiritando y viene a curar heridas opinó otra.
O se ha peleado con los padres y ha huido. ¡Eso lo vi yo en la tele!
Fernando vigilaba, pero no se lanzaba todavía.
A saber qué historia lleva encima Ya se verá.
En la sala de profesores, donde todos se sinceran más que en un confesionario, no tardaron en sonsacar a Clara su relato.
Mis padres, empresarios. Muy majos, pero pillaron un bache en el negocio, el proveedor nos dejó tirados.
Acabó todo patas arriba. Así que mi padre decidio casarme con el adecuado para enderezar la empresa.
Pero mejor huir a tiempo. Y aquel príncipe era otro con el que no me veía ni en pintura.
¿Y sola-sola? preguntó una profe veterana.
Sola no, en todos lados vive gente encogió los hombros Clara. Prefiero apañármelas que ser vendida al mejor postor.
Ya encontrarás aquí a tu media naranja la animaron. No será capital, pero buena gente la hay.
La versión de Clara corrió por el pueblo y Fernando se decidió.
Esta me la caso. ¡Aquí todas tan listas y pedigüeñas, y ésta calladita! ¡Y sin familia que nos esté encima!
Esa fue su disertación familiar: la madre, el padre y su hermano mayor escuchando.
Es joven, sana, deportista. ¡Vaya, por algo da gimnasia! Nos dará hijos robustos y es de ayuda en casa. ¿Cuántas clases son cada día?
¡Bingo! aprobó la familia. Y si protesta, la enderezamos a la española, con mando en plaza.
¿Por qué tan seguros del éxito? Porque Fernando era un buen mozo y además, subdirector en el almacén de verduras.
Cuando venían auditorías, Fernando era un simple encargado. Pero propuso mejoras y eficientes milagros. Tanto que dejaron quieto al jefe y a Fernando lo pusieron de segundo de a bordo.
Tú que sabes tanto, ¡pues hazlo! Y luego cuentas.
Bromeaban con que la iniciativa se paga. Pues gracias a Fernando, la nave funcionaba mejor que nunca.
Vale, era algo duro multando personal, y su hermano Javier, jefe de seguridad, era peor.
Ni una lechuga pocha se escapa ¡Y si hay que usar músculo, se usa!
Eso sí, no se robaba ni un nabo y el negocio iba sobre ruedas.
Por todo eso, ¿cómo decirle que no a un tipo tan cumplidor? Primero ella aceptó un paseo, luego los bombones, y al final la boda.
Fernando se la llevó del cuartito de Cruz Roja-Piso compartido directo al piso familiar.
Hija, aquí vivimos todos juntitos empezó la suegra, Remedios.
Hacemos todo juntos, nos ayudamos. No sé cómo era tu casa, pero aquí mando yo y fuera tonterías
Yo no tenía muchas reglas admitió Clara. Vamos, que de las reglas escapé. Pero si soy esposa de Fernando, habrá que adaptarse, ¿no?
Eso fue música celestial para la familia.
Pero, disculpad, no sé hacer nada confesó Clara. En mi casa había personal para todo.
Eso se aprende dijo su suegro, felíz. Aquí todos somos aprendices. ¿No eres docente tú?
Lo soy, pero la injusticia me da urticaria.
Hija, la justicia es relativa filosofó Remedios. En esta casa hay reglas de siglos. Respeta a tu marido y a los suyos. Sé obediente y dulce como una torrija. Los hombres se encargan de los líos y las grandes decisiones.
Si es lo habitual encogió hombros Clara. Pero en plan inquisición no, ¿verdad?
Ni látigos ni establos, hija rio el suegro.
Pero Clara tenía ojo de lince. Libertad, la justa. A la mínima, la dejaron ir solo del curro al súper.
¿A dónde vas? ¡Aquí hay faena! ¡Y luego el huerto, y las gallinas, y los patos! gritaba Remedios. ¡Que soy una y no doy abasto!
Y no era mentira. Fernando y Javier pasaban la vida en el almacén de hortalizas. De sol a sol y a veces hasta dormían allí.
El padre, con lumbago, solo repartía órdenes. Así que Remedios y Clara, a currar. Y Remedios tampoco estaba para trotes: que si el reuma, que si la presión, que si un dolor de cabeza. Pero la casa, las bestias y los empastes, no esperan.
¿Y vida social? protestaba Clara. No lo digo por mi marido, lo digo por mí. Ir al cine, al bar, tener una amiga. ¡Sigo sin amigas aquí!
Amigas, al casarte, sobran. Y créeme, sólo dan disgustos. Que si el cine, el bar De eso, habla con tu marido. Pero tú sola, ni se te ocurra. Aquí no somos ciudad, ¡las malas lenguas vuelan! Te encasillan y ni en mil conciertos te quitas la fama ¡Eres maestra! Bastaría para echarte.
¿En serio? Clara no daba crédito.
Antes viviste en ciudad grande. Aquí todo se sabe, y un paso en falso y te crucifican. ¡Que lo sepas!
Una lógica aplastante ¡de la Edad Media! Pero tampoco pensaba enterrarse entre calabacines para siempre. Trabajaba, hacía lo suyo, pero pedía respeto. Si veía abuso, alzaba la voz o mandaba a paseo en versión castiza.
Aquí curramos a la par decía. Si hay quien se rasca la barriga, pues yo también.
Pasaron dos años y medio de matrimonio y Clara seguía tan tranquila o tan respondona, según para quién. Quería justicia doméstica: todos a una o ninguno. Si no, ella tampoco.
¡Menuda fiera la Clara! decía Remedios, cuando iba al mercado. Te dice tres cosas por cada palabra que le das.
Y a mí ni me respeta protestaba el suegro. Le pido una almohada y dice que está liada
Fernando, esto no puede seguir decía Javier, el hermano mayor. Se burla de nuestros padres. ¡Eso no se tolera!
Lo sé, me falta domarla. Luego, encima, imagina con hijos: se sube al caballo y a ver quién baja al bronco.
Hay que preparar terreno planificaba Javier. La llevas al centro, luego la mandas sola a casa, y aquí le damos charla.
Si entiende razones, bien; si no, manos a la obra. Y si monta escena, al sótano. En el colegio, vacaciones. Un mes allí y aprende.
Dicho y hecho. Mientras Fernando entretenía a Clara, la familia se pertrecha y espera su llamada para interceptarla en casa.
Pero Fernando, ni llegó.
La verja, en su sitio. Pero la puerta desaparecida. Ya dentro, se oye a Javier aullando con un brazo colgando cual espagueti.
Fernando corrió, le sacó el móvil del bolsillo y marcó emergencias.
¡Da la dirección! le gritó. Y pide un par de ambulancias
Javier asintió, apretando los dientes.
En el recibidor, sobre un amasijo de sillas viejas, estaba el suegro, inconsciente pero vivo. Algo es algo. En la cocina, junto a los restos de una tabla de amasar, Remedios, la suegra, con un moratón categoría campeonato y el rodillo partido en dos.
Clara, tan tranquila, tomaba el té al fondo de la mesa.
¿Cariño? miró a su marido. ¿Vienes a por tu parte?
N-no balbuceó Fernando.
Pues no sé qué ofrecerte reflexionó Clara. ¿Un poco de justicia familiar, tal vez?
¡Eso avísalo antes! gritó él. ¡Que casi matas a todos!
Sé lo que hago. Y cada uno se llevó respuesta justa: quien vino con palo, palo; quien con gritos, gritos.
El rodillo me lo cargué yo, y a tu madre no la toqué: ¡se pegó ella solita con la puerta al correr!
¿Y ahora cómo seguimos? preguntó Fernando, descolocado.
Pues en paz, y con justicia. Ni pienses en divorcio, por cierto: estoy embarazada. ¡Y mi hijo tendrá padre!
Fernando tragó saliva.
Vale, amor.
Después, cuando todos sanaron y se les pasó el susto, revisaron ligeramente las reglas de la casa.
Desde entonces, por fin, la familia vivió en armonía y nadie, nunca, se atrevió a fastidiar más a nadie.







