El hombre que mecía bebés ajenos en el piso doce

Me llamo Hector Paredes y tengo sesenta y ocho años. Durante tres de esos años trabajé como voluntario en la unidad de cuidados intensivos neonatales del Hospital Metodista de Houston, en el piso doce, al final del pasillo donde el aire acondicionado siempre estaba un poco más frío que en el resto del edificio. Mi suegra, Dolores Quintanilla, nunca entendió por qué un hombre de mi edad, jubilado de la refinería, se ponía una bata amarilla tres veces por semana para sostener bebés que no eran suyos.

—Tú lo que necesitas es un pasatiempo de verdad —me decía, sentada en su mecedora de mimbre, con el ventilador de techo girando despacio sobre su cabeza—. Vete a jugar dominó con los de tu edad en el centro comunitario de la calle Fulton. Eso de andar cargando bebés ajenos, Hector, no es cosa de hombres.

Yo no le contestaba. Me tomaba mi café con canela, agarraba las llaves de mi Ford Taurus del noventa y ocho y manejaba los veinte minutos hasta el hospital.

Todo empezó porque mi esposa, Marisol, murió de un aneurisma en la cocina de nuestra casa mientras yo estaba comprando tortillas en la tienda de la esquina. Volví con la bolsa de masa fresca y la encontré en el piso, al lado de la estufa donde calentaba frijoles. Después de eso, la casa se quedó demasiado callada. El reloj de pared que ella había comprado en una venta de garaje sonaba cada hora como un recordatorio de que yo seguía ahí, respirando, y ella no. Dolores se mudó con nosotros —conmigo, para entonces— porque decía que no podía dejarme solo, aunque yo sospecho que tampoco quería quedarse sola ella.

Una trabajadora social del hospital, Yolanda Reyes, me habló del programa de voluntariado cuando fui a dar las gracias por la atención que le dieron a Marisol antes de morir. Me explicó que había bebés prematuros, algunos de apenas novecientos gramos, cuyos padres trabajaban dos turnos, o estaban en otra ciudad, o simplemente no podían soportar ver a su hijo conectado a tantos tubos. Esos bebés necesitaban que alguien los cargara. Que alguien les hablara. Firmé los papeles esa misma tarde.

Dolores pensó que era una fase, como cuando me dio por coleccionar llaveros de gasolineras. Pero pasaron las semanas, y luego los meses, y yo seguía llegando a las siete de la mañana los martes, jueves y sábados, con mi bata amarilla y mis manos recién lavadas hasta el codo, como me habían enseñado.

—¿Y cuánto te pagan por eso? —me preguntó una noche, mientras cenábamos arroz con pollo en la mesa de la cocina.

—Nada, Dolores. Es voluntariado.

—Entonces no entiendo. Un hombre de sesenta y ocho años gastando gasolina y tiempo en bebés que ni te van a recordar.

—No lo hago para que me recuerden.

Ella resopló y siguió comiendo. Para Dolores, todo tenía que tener una ganancia visible: un pago, un favor devuelto, un nieto agradecido. No concebía que alguien hiciera algo solo porque había que hacerlo, porque en ese pasillo del piso doce había una incubadora con una niña llamada Esperanza, hija de una madre soltera de diecinueve años que trabajaba limpiando oficinas de nueve de la noche a cinco de la madrugada, y esa niña necesitaba que alguien le dijera algo al oído mientras el monitor pitaba su ritmo cardíaco.

Yo le decía siempre la misma frase, bajito, antes de devolverla a su cuna térmica: "Crece fuerte, crece lista, crece con buen corazón." Se la decía a todos. A los novecientos gramos de Esperanza, al niño de los Fonseca que nació con el cordón enredado, a la pequeña que llegó de un hospital de Beaumont en helicóptero porque el suyo no tenía la unidad especializada.

La cosa se puso tensa de verdad cuando Dolores se cayó en el baño y se rompió la cadera, un martes de octubre, el mismo día que yo tenía turno en el hospital. Mi hija, Carmela, me llamó al celular —el único lujo tecnológico que Dolores toleraba en la casa— y yo estaba en ese momento con un bebé de nombre Tomás en los brazos, meciéndolo despacio frente a la ventana que daba al estacionamiento. No podía simplemente soltarlo; había una enfermera, Brenda Castillo, terminando de cambiar una vía, y el protocolo decía que no se deja a un bebé a medio ciclo de contacto si está dormido y tranquilo. Terminé el turno, cuarenta minutos más, y luego corrí al Hospital Ben Taub, donde ya la habían operado.

Dolores no me lo perdonó fácil.

—Tu nieta te llamó y tú seguías ahí con un bebé que no es de la familia —me dijo desde la cama del hospital, con la pierna enyesada y el suero goteando—. Yo me estaba cayendo en el piso del baño y tú con otro niño en brazos.

—Dolores, ya estabas en el hospital cuando me enteré. Carmela estaba contigo. Llegué en cuarenta minutos.

—Cuarenta minutos es mucho cuando una se rompe la cadera a los setenta y nueve años.

Discutimos ahí mismo, en el cuarto del hospital, con la bandeja de comida fría de por medio. Ella me dijo que yo había cambiado desde la muerte de Marisol, que me había vuelto "un hombre de otros", que prefería bebés ajenos a mi propia familia. Yo le dije que ella nunca había entendido que uno puede querer a su familia y también hacer sitio para otra cosa, que no era un reemplazo, que Esperanza y Tomás y todos los demás no le quitaban nada a Carmela ni a ella.

Pasaron dos semanas sin que nos habláramos más de lo necesario. Ella se recuperaba en casa con una andadera plateada que le compró Carmela, y yo seguía yendo al hospital, aunque con el pecho apretado cada vez que salía por la puerta, preguntándome si esta vez sí me necesitaban más en casa.

Lo que cambió las cosas fue un jueves de noviembre. Yolanda Reyes, la trabajadora social, me pidió que fuera una hora antes porque querían grabar un reconocimiento para el boletín interno del hospital: había cumplido tres años cargando bebés, y algún administrador quería una foto para la cartelera del vestíbulo. Le pedí a Carmela que llevara a Dolores, con todo y andadera, aunque fuera solo para que viera el lugar donde yo pasaba tanto tiempo. Dolores aceptó, creo, más por curiosidad que por generosidad.

La llevaron en silla de ruedas hasta el cristal de la sala de observación, desde donde los visitantes pueden ver sin entrar directamente a la unidad por cuestión de infección. Yo estaba del otro lado, con Esperanza —ya con casi dos kilos, ya respirando sin ayuda— apoyada contra mi hombro, diciéndole la frase de siempre al oído. No sabía que Dolores estaba mirando hasta que terminé y levanté la vista.

Ella tenía la mano apretada contra el cristal. No dijo nada cuando entré a la sala de espera después, pero tampoco hizo falta. Esa noche, en la cocina, mientras yo calentaba la cena, me preguntó, sin el tono de antes:

—¿Esa niña, Esperanza, cuánto tiempo lleva ahí?

—Desde agosto. Nació a las veintiséis semanas.

—¿Y su mamá?

—Trabaja de noche. Viene cuando puede, que no es mucho.

Dolores se quedó callada un rato, moviendo la andadera un poco hacia la mesa.

—Marisol hubiera hecho lo mismo que tú —dijo al fin—. Ella también se desvivía por los hijos de las vecinas cuando estaban enfermos.

No fue una disculpa, y Dolores no es mujer de disculparse con palabras bonitas. Pero al mes siguiente comenzó a tejer gorritos de estambre azul y rosa en su mecedora, sin que yo le pidiera nada, y me los daba en bolsas de plástico del supermercado H-E-B para que se los llevara al hospital. "Para los que no tienen mamá cerca," decía, nomás eso, sin mirarme mucho a los ojos.

Hoy Esperanza tiene cuatro años y su madre, que se llama Yadira, me manda una foto cada mes de septiembre, el día de su cumpleaños, por un número de WhatsApp que me dio Yolanda antes de jubilarse del hospital. Dolores murió hace año y medio, de un paro cardíaco mientras dormía en su mecedora, con la bolsa de estambre azul todavía en el regazo y un gorrito a medio terminar. Lo acabé yo, como pude, con las puntadas torcidas, y se lo llevé al siguiente bebé que me tocó cargar, un niño llamado Mateo que pesaba ochocientos sesenta gramos. Le puse el gorrito, lo acomodé contra mi pecho y le dije, bajito, lo de siempre: que creciera fuerte, que creciera listo, que creciera con buen corazón. Y pensé que, al final, Dolores también había encontrado su manera de cargarlos, aunque fuera desde la mecedora de mimbre, con las agujas entre los dedos.

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