Luis y las maletas de la tía Nidia

Luis Ferreira llevaba veintidós años casado con Carmen cuando entendió que había cosas de las que un hombre nunca termina de escapar. Una de esas cosas tenía nombre, apellido y un apartamento en la Pequeña Habana que olía siempre a café colado y a Vicks VapoRub.

—¡Luis, me siento muy mal! —dijo Carmen desde la cama, con la mano en la frente como si estuviera tomándose la temperatura ella misma.

Luis, que estaba viendo el partido de los Marlins con el volumen bajito, apagó el televisor sin que se lo pidieran. Mala señal. Cuando Carmen apagaba su propio entretenimiento antes de que él lo hiciera, el domingo ya estaba perdido.

—¿Llamo a la doctora Pérez? —propuso él, sabiendo de antemano que la respuesta sería no.

—¿Qué va a saber esa muchacha? Si apenas tiene cuarenta años.

Carmen tenía sesenta y uno y consideraba que cualquier médico menor de cincuenta carecía de la autoridad moral para diagnosticar nada. Luis insistió un poco, más por cumplir que por convicción.

—Entonces, ¿qué hacemos, mi amor?

—Aguantar —contestó ella, con la voz de alguien que calcula que le quedan veinte minutos de vida.

Luis conocía esa palabra. La había escuchado exactamente las veces que había tenido que visitar a la tía Nidia, hermana de la abuela de Carmen, que vivía sola en un apartamento de Flagler Street con el aire acondicionado puesto en octubre y el televisor siempre en Univisión a todo volumen, aunque ella jurara que casi no oía.

Nidia tenía ochenta y siete años y una lengua que, según decía la familia completa en voz baja, "no se le había gastado con el tiempo, al contrario, se le había afilado". Los que la conocían usaban una sola frase para describirla, pronunciada siempre como si fuera una maldición que podía activarse si se decía muy fuerte: ella es asíii. Con tres íes. Y con eso quedaba dicho todo.

—¿Y si te lleva a Versailles a comerte una ropa vieja? Te distraes un poco —ofreció Luis, sacrificio que a él no le costaba un centavo porque las finanzas de la casa las manejaba Carmen desde que él cerró su propio taller de refrigeración hacía tres años. Ahora Luis trabajaba por su cuenta, reparando aires acondicionados para dos o tres edificios del área, en efectivo y sin horario fijo, un ingreso que Carmen anotaba en una libretita y que, según el mes, apenas alcanzaba o sobraba de milagro.

—¡Luis, yo no llego ni a la puerta del carro! Mucho menos a Flagler.

Entonces Luis, en un movimiento que él mismo consideró estratégico, contraatacó.

—Carmen, mira, yo tampoco me siento muy bien hoy.

Aquello era rebeldía abierta. Y Carmen no pensaba tolerarla.

—Ay, Luis, me estoy sintiendo fatal, de verdad, creo que yo… —y se dejó caer contra la almohada con los ojos entrecerrados.

En esos casos la ceremonia era siempre la misma: un vaso de agua y quince gotas de Valeriana Viva Natural, la que compraban en la botánica de la calle 8. Luis se las llevó. Carmen las tomó con una mano temblorosa que, curiosamente, dejó de temblar en cuanto devolvió el vaso vacío.

Carmen odiaba a su tía Nidia con la misma intensidad con la que la amaba, que es la forma en que se quiere a veces a cierta familia. Pero en una familia cubana uno no decide a quién quiere: decide, como mucho, a quién visita. Y había que visitar a la tía Nidia una vez al mes, mínimo, aunque fuera solo para que no se muriera diciendo que nadie la quería.

Carmen hubiera preferido ir sola y dejar a Luis en casa, pero sabía exactamente lo que le esperaba si lo hacía: Nidia hablando de él sin que él estuviera presente para defenderse. Y el comentario mínimo, el de entrada, sería:

—¿Ese americano ya te dejó?

Y esto después de veintidós años de matrimonio, de hijos criados, de una hipoteca pagada entre los dos. Luis era de Hialeah, hijo de madre puertorriqueña y padre venezolano, y Nidia insistía en llamarlo "el americano" como insulto definitivo, aunque él hablara mejor español que la mitad de sus sobrinos nacidos en Miami.

La última visita había sido hacía tres semanas, un sábado de calor espeso, y Carmen todavía la repasaba como quien se toca una quemadura para comprobar que sigue doliendo.

Habían llegado a las cuatro, con una caja de pastelitos de guayaba que Nidia abrió, olfateó y cerró de nuevo diciendo que esos ya no sabían a nada, que antes los hacían con mantequilla de verdad. Los puso sobre la mesa, al lado de dos maletas viejas, una azul y otra a cuadros, que llevaban meses en esa misma esquina de la sala, junto al televisor.

—Tía, ¿y esas maletas? —preguntó Carmen, más por cortesía que por curiosidad, porque ya se las había visto ahí la vez anterior.

—Ahí están, por si algún día alguien se decide a sacarme de este país otra vez. Pero parece que a nadie le interesa cargar con esta vieja.

Nadie respondió. Carmen se sentó en el sofá de plástico que crujía con cada movimiento y Luis se quedó de pie, con el reloj asomándole bajo la manga de la camisa.

—Mijo —le dijo Nidia, sin mirarlo, concentrada en servir un café que salió casi transparente—, ese reloj te queda tan bien como una soga al cuello.

Luis pensaba, en privado, que una soga al cuello le quedaría estupendamente a la propia Nidia. Pero eso se lo guardaba.

—Pero si usted me lo regaló el año pasado, tía —contestó él, con cierto gusto en recordárselo.

—Ay, cómo pasa el tiempo. El año pasado te quedaba bien. Ahora cambió la moda, y tú también cambiaste, para peor. Seguro que estás bebiendo.

Le sirvió el café flojo en una taza con el borde despostillado y siguió, sin pausa, con el resto de los presentes, como quien repasa una lista. A la prima Odalys le preguntó si tenía parásitos porque estaba muy flaca. Al primo Rolando le preguntó dónde había comprado esos mangos tan feos. Y cuando terminó con todos, sacó de la gaveta del centro un papel doblado en cuatro: los resultados de su último análisis de orina, que leyó en voz alta, línea por línea, mientras mojaba una galleta María en el café.

Y después, invariablemente, llegó el turno fijo de Luis.

—Luis, ¿ya te hicieron gerente en el banco?

—No, tía, yo no trabajo en un banco. Reparo aires acondicionados.

—Ah, entonces sigues sin puesto fijo. Ay, qué mala suerte tuvo mi Carmencita. Tantos años con un hombre sin puesto. ¿No se están muriendo de hambre? ¿Andan descalzos? Porque yo veo que Carmen tiene el mismo vestido del año pasado. Luis, ¿no te da vergüenza?

Luis no contestó. Se limitó a mirar las maletas en la esquina, la azul y la de cuadros, cerradas desde hacía meses, esperando un viaje que nadie iba a organizar jamás, y pensó que él conocía esa sensación: la de tener las cosas listas para partir y quedarse, de todos modos, sentado en el mismo sofá que cruje.

Esa tarde de domingo, tres semanas después, mientras Carmen fingía su enfermedad con la Valeriana ya haciendo efecto imaginario, repasó mentalmente cada una de esas frases, acumuladas durante años como piedras en un bolsillo. Y algo se removió en ella.

—Luis —dijo, incorporándose de golpe con una voz que ya no sonaba a moribunda—. ¿Y si de verdad vamos a dar una vuelta? Pero no a casa de la tía Nidia. A Key Biscayne, a comer un sándwich cubano en la playa.

Luis se quedó mirándola, sin atreverse todavía a creer lo que estaba escuchando.

—Carmen, tu tía no te lo va a perdonar.

—Me importa un bledo.

—Te va a maldecir en cada reunión familiar.

—Ja, como si no lo hiciera ya.

Carmen se levantó, se puso las sandalias y fue directo al teléfono, decidida a llamar ella misma antes de que la culpa la hiciera cambiar de opinión. Pero el teléfono sonó primero, con ese timbre insoportable del teléfono fijo que Carmen se negaba a desconectar "por si llamaba alguien importante". Y Carmen supo, sin mirar el identificador, exactamente quién era.

—Carmen, ¿no tienen ni para la gasolina para venir a ver a tu tía vieja?

—Sí tenemos gasolina, tía. Lo que no tenemos son ganas de ir a donde no queremos ir.

—¿¿Qué estás diciendo?? —la voz de Nidia subió una octava, como si el mundo entero, construido sobre la culpa ajena durante décadas, empezara a resquebrajarse—. ¿Cómo te atreves? Ahora mismo voy a llamar a tu madre y le voy a contar de ti y de tu maridito…

—Haga lo que le dé la gana —dijo Carmen, y colgó.

Se quedó un segundo con la mano en el teléfono. Luis se acercó, todavía sin entender del todo lo que acababa de pasar, y ella se dio la vuelta hacia el clóset sin darle tiempo a preguntar nada.

—¿Entonces? —preguntó él.

—Entonces agarra las llaves del Honda, que yo busco las toallas.

Carmen sacó del clóset dos toallas playeras descoloridas y la nevera portátil que usaban dos veces al año, y se las puso a Luis en los brazos sin ceremonia. Diez minutos después, el Honda cruzaba el puente de la Rickenbacker Causeway, con las ventanillas bajas y el radio puesto en una estación de salsa, en lugar de tomar, como todos los domingos, la calle 8 hacia Flagler. El aire que entraba ya no olía a Vicks ni a café colado, sino a sal y a gasolina caliente.

—Oye —dijo Carmen, mirando el agua a ambos lados del puente—, ¿tú crees que nos va a hablar en la próxima fiesta de Nochebuena?

—Lo dudo —contestó Luis—. Pero si no habla ella, hablan los demás. Por lo menos de nosotros, por una vez, va a estar hablando bien.

Carmen se rió, de esa risa corta que se le escapaba cuando no quería dársela a nadie, y subió el volumen de la radio. Luis apretó el acelerador y, al fondo, entre los edificios de Key Biscayne, ya se veía la línea azul de la playa.

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