Al menos eso decían en septiembre de 1944 los comandantes cerca del pueblo de Cassino, cuando Antonio Flores —diecinueve años, nacido en un rancho a las afueras de Laredo, hijo de mexicanos que cruzaron el Río Bravo en los años veinte— iba sentado en el sidecar de una motocicleta militar, detrás de una ametralladora, esperando la orden de avanzar el primero por un campo del que nadie sabía si estaba minado.
Todo había empezado mucho antes y mucho más tranquilo. Antonio nació el 1 de agosto de 1925 en ese mismo rancho, donde su padre llevaba una tiendita de abarrotes y tocaba la trompeta los domingos con el grupo de la iglesia. A la tienda llegaban lo mismo mexicanos que anglos de las granjas vecinas, a comprar sal, petróleo para las lámparas, botones. Antonio se acordaba del olor a chile seco colgado junto al mostrador, y de que su papá siempre les regalaba un dulce a los niños si llegaban solos, sin su mamá.
Los vecinos eran vecinos hasta que llegó la Gran Depresión y con ella otra gente: agentes de deportación que iban de rancho en rancho preguntando papeles, aunque tu familia llevara ahí dos generaciones. Cuando alguien se acercaba al pueblo en un carro oficial, alguien tocaba una campana vieja de la iglesia y la gente se escondía en los graneros hasta ver de quién se trataba.
Una vez Antonio y un amigo sacaron del establo una escopeta vieja de un solo tiro que su papá guardaba para los coyotes, y decidieron que ellos solos iban a defender el rancho si venían por sus tíos. En vez de eso llegó una caravana de camionetas del gobierno, y no les hicieron nada a los muchachos, solo les revisaron las actas de nacimiento y se fueron.
Antonio estudió en la escuela secundaria de Laredo hasta que, con la guerra, muchos maestros se fueron al ejército y las clases casi se acabaron. Justo en esos meses le dio una fiebre escarlatina tan fuerte que estuvo semanas en el hospital del condado, y por eso no lo mandaron a trabajar en los campos de algodón como a otros muchachos de su edad.
En 1944 llegó la notificación del servicio militar. Antonio tenía diecinueve años y se presentó voluntario para el Ejército, en la unidad de reconocimiento motorizado que entrenaba en Fort Hood. Su madre tenía miedo —de niño había estado enfermo todo el tiempo, una vez casi se muere de esa escarlatina— pero la junta médica lo declaró apto. En Fort Hood lo asignaron a los motociclistas de reconocimiento mixto. Ahí aprendieron a manejar motocicletas con sidecar: el conductor adelante, detrás el tirador con la ametralladora ligera, y en el sidecar la ametralladora pesada con el que la disparaba. Algunos muchachos presumían que ya sabían manejar porque habían usado la moto de su papá en el rancho. Pero con el sidecar puesto, la mayoría se estrellaba contra el primer árbol o se metía a la cuneta —el sidecar jalaba la máquina hacia un lado, había que aprender cuándo acelerar y cuándo soltar.
La misión del reconocimiento era ir adelante del frente, ubicar las posiciones del enemigo y, si había contacto, tomar posición de fuego hasta que llegara la infantería.
Todavía antes de Cassino, cerca de un pueblo llamado San Pietro, hubo un caos total —parte de los soldados empezó a retroceder sin orden. El coronel le preguntó al teniente dónde tenía a su compañía. El teniente se volteó hacia los del reconocimiento y les dijo sin rodeos: si la cosa se pone muy fea, van a tener que disparar a los propios para detenerlos. Antonio hasta hoy no sabe si esa orden se hubiera cumplido de verdad. Solo sabe que nadie se rió en ese momento y nadie dijo nada en contra.
Justo antes de la operación en Cassino les dijeron que en unos días iban a estar en Roma. La preparación de artillería duró dos horas —la tierra temblaba como la tapa de una olla de frijoles hirviendo. Cuando cesó el fuego, llegó la orden de avanzar.
—Ahora van los tanques —dijo alguien al fondo de la columna.
Los comandantes dijeron que no. Primero las motocicletas. Si había minas, un tanque salía demasiado caro.
Antonio iba en el sidecar detrás de la ametralladora, mirando el campo enfrente —pasto mojado, arbustos quemados, y más allá una línea de árboles donde podía estar esperando cualquiera. El conductor, un muchacho de diecinueve años de El Paso, solo le preguntó si le quedaban cigarros. Antonio tenía dos, le dio uno.
Arrancaron primero. Avanzaron unos cientos de metros en silencio, solo el motor rugiendo —y entonces el golpe. No fue mina. Fue un proyectil de un tanque propio, que estaba atrás, en la segunda línea, y disparó demasiado pronto o demasiado bajo, el caso es que pegó donde no debía. La esquirla le destrozó el antebrazo al conductor, justo cerca del codo. La motocicleta se fue de lado, el sidecar rebotó contra una piedra y toda la máquina terminó volcada en la cuneta, con la rueda dando vueltas en el aire.
Antonio sacó al muchacho del sidecar, se quitó el cinturón y con eso le amarró la herida arriba del codo, lo más fuerte que pudo, para que dejara de sangrar a chorros. El conductor no gritaba —solo repetía una y otra vez que todavía tenía a su mamá en El Paso y que ella no sabía nada de esto. El médico de campaña llegó como a los diez minutos, que a Antonio le parecieron una hora, y se lo llevó a la retaguardia. El campo resultó no tener minas. Nunca nadie explicó por qué disparó el propio tanque.
Antonio sobrevivió Cassino y llegó con su unidad hasta Roma, después hasta el norte de Italia. Después de la guerra no regresó al rancho de Laredo, sino que se estableció en San Antonio, donde consiguió trabajo en una fábrica de piezas de automóvil y donde en 1952 se casó con Elena, hija de un ferrocarrilero de la zona de Alamo Heights. Tuvieron dos hijos. De la guerra casi no hablaba —Elena conocía la historia de la motocicleta en tal vez tres frases, no más, durante cuarenta años de matrimonio.
Fue hasta 2019, con noventa y cuatro años, que Antonio le llamó a su nieto, Marcos, programador que vivía en Austin, y le pidió que fuera con la laptop. Le dijo que quería grabar algo antes de que fuera demasiado tarde, y que quería que quedara por escrito —que existiera un documento, un papel con su firma, no nada más una grabación en el teléfono que alguien pudiera borrar sin querer algún día.
Marcos llegó un sábado, con una grabadora y una libreta. Grabaron cuatro horas, con descansos para tomar café, que Antonio siempre tomaba con un chorrito de leche condensada, tal como lo hacía su mamá en el rancho. Cuando terminaron, Antonio le pidió a su nieto que imprimiera la transcripción en la biblioteca pública del barrio —en la casa no tenían impresora— y firmó de su puño y letra cada una de las once páginas, como quien firma una declaración o un testamento. Dijo que eso tenía que llegar a los archivos del Museo Nacional de Historia e Cultura Latina, en San Antonio, y que no quería que la historia de ese tanque que disparó contra los suyos se perdiera junto con él, porque durante setenta y cinco años nadie se lo había preguntado directamente.
Murió tres años después, a los noventa y siete años. Marcos cumplió su palabra y llevó personalmente las páginas firmadas al archivo, junto con una copia de la foto en la que Antonio, de uniforme, está parado junto a la motocicleta con sidecar, tomada en algún lugar de Italia en el otoño de 1944 —la única foto de esa época que quedó de él.







