Trabajo en una gasolinera a la salida de la interestatal, cerca de Albuquerque. Catorce años despachando combustible, vendiendo café aguado y escuchando a la gente pelear por teléfono mientras llenan el tanque. Ya no me sorprende casi nada. Hasta que apareció ella.
Era una chihuahua vieja, atada con una correa de cuero gastado a un poste metálico junto a la bomba tres. Parecía que su dueño había entrado un momento a pagar y estaba por volver. Las camionetas llegaban, cargaban gasolina y se iban. La perrita no se movía.
Me acerqué cerca de las cuatro de la tarde. En octubre, en esta zona, el viento baja de las montañas y cala los huesos. La perra estaba echada sobre una cobija desteñida, color rosa pálido, con los bordes deshilachados. Cuando me agaché, sentí el olor de la cobija: olía a casa, a comida con comino, a ropa recién lavada.
La chihuahua levantó la cabeza apenas un segundo. Me vio. Y volvió la mirada hacia la carretera. No era yo la que esperaba.
Me quedé parada a su lado unos cinco minutos. Cada vez que un motor se acercaba, ella se ponía en pie, estiraba el cuello, tensaba la correa. Las luces aparecían a lo lejos. Pasaban de largo. La perra volvía a echarse sobre la cobija. Y seguía esperando.
Entré a la tienda. Mi compañera Gaby estaba contando billetes en la caja.
—Oye, hay una perrita amarrada en la bomba tres. ¿Sabes desde cuándo está ahí?
—Desde la mañana —dijo sin levantar la vista—. Una señora llegó en un Honda gris, la amarró y se fue. Pensé que regresaba.
—Ya son las cuatro de la tarde, Gaby.
Me miró por encima del mostrador. No dijo nada. Las dos sabíamos lo que eso significaba.
Agarré un envase de plástico, serví agua y salí. La perra ni siquiera la olió. Solo giró la cabeza hacia el asfalto, hacia el punto del horizonte por donde desapareció el Honda gris.
La desaté. No se resistió, pero tampoco me siguió. Cada tres pasos volteaba la cabeza, como si tuviera miedo de perderse justo el momento en que aquella mujer volviera. Al final tuve que cargarla. Pesa menos que una bolsa de pan. Los huesitos se le sienten todos bajo la piel floja.
La metí en mi carro, una Ford Escape del 2012, envuelta en su cobija rosa. Se hizo un ovillo en el asiento del copiloto. No lloró, no tembló, no hizo un solo ruido. Solo se quedó con los ojos fijos en la ventanilla.
Como si todavía estuviera calculando la distancia.
Esa noche la llevé al veterinario de urgencias. El doctor la revisó, le levantó los labios para verle los dientes, le palpó la panza. Dijo que tenía unos once años, cataratas en un ojo, artritis en la cadera y un soplo en el corazón. Nada que no se pudiera manejar con medicamento, paciencia y comida decente.
—¿Y usted es la dueña? —me preguntó.
—No. La abandonaron en la gasolinera.
Me miró por encima de los lentes. Anotó algo en la computadora. No hizo más preguntas. La gente como yo —la que recoge lo que otros tiran— la ha dejado de sorprender.
La bauticé Canela, porque su color me recordaba a la canela molida que mi mamá guardaba en un frasquito de vidrio en la alacena.
Canela no comió los primeros dos días. Le ponía el plato con pollo deshebrado, le hablaba bajito, le acomodaba la cobija. Ella se quedaba junto a la puerta, mirando los carros que pasaban por la calle de mi departamento.
Al tercer día, un martes, me desperté y la encontré comiendo del plato.
Así fue, sin más. De repente estaba comiendo.
La vida con Canela se acomodó poco a poco. Yo salgo al trabajo a las seis de la mañana. Ella se queda dormida en el sofá. Cuando regreso, me recibe en la puerta con ese paso de viejita, moviendo la colita apenas. Le compré una camita mullida en la tienda de mascotas de Central Avenue, con un cobertor azul. Usaba su cobija rosa encima, porque era lo único que no quiso dejar. La lavé una vez y casi me arranca la mano cuando se la quité para ponerla en la secadora.
A veces, por las tardes, la saco al patiecito trasero. Ahí están los tendederos, y el sol de Nuevo México cae dorado sobre las paredes de adobe. Canela se echa en la tierra tibia y cierra los ojos. Se ve en paz, la vieja. Como si por fin no estuviera esperando.
Pero hay noches en que se levanta del sofá, camina hasta la ventana y se queda mirando hacia la calle. La fila de carros se alarga en el semáforo. Luces rojas, luces blancas. Ella no se mueve.
No sé por qué. Quizá la costumbre. O quizá un pedazo de su cabeza sigue creyendo que el Honda gris va a doblar en la esquina.
Han pasado siete meses desde que la recogí.
El otro día, una mujer entró a la tienda de la gasolinera. Era una señora canosa, con un sombrero tejido y una bolsa de mandado colgada al hombro. Pedro, el de la mañana, me la señaló con cuidado.
—Oye, esa es la del Honda gris. La que dejó a la perrita.
Sentí que la sangre se me subía a la cara. La mujer se acercó al mostrador a pagar un café. No me miró. Agarró el vaso, le puso tapa y se dirigió a la puerta.
Toqué el teléfono en mi bolsillo. Llamé a mi mamá. No para pedirle consejo, solo para oír su voz mientras respiraba hondo.
Porque la agarré en el estacionamiento.
—Señora.
Volteó. Su cara era la de alguien cansada, con esas arrugas que dejan los años sin domingos libres.
No dije más. Solo le acerqué el teléfono. En la pantalla estaba Canela, echada en su camita, mirando la cámara con un ojo medio cerrado y el otro perdido por las cataratas.
—¿La conoce? —pregunté.
La mujer no respondió de inmediato. Apretó el vaso de café hasta que el plástico crujió.
—¿Y usted quién es para andarme mostrando fotos? —dijo.
—La recogí. En la bomba tres. Hace siete meses.
No se disculpó. No preguntó si estaba bien. No reaccionó con culpa. Solo soltó una risita corta, de esas que se hacen cuando no hay autoridad en la voz propia.
—Las cosas pasan por algo —dijo.
Ahí me di cuenta de que para ella la perra nunca fue nada. Un objeto que estorbaba, un trámite.
Bajé la mirada. Metí la mano al bolsillo y saqué un sobrecito doblado. Adentro llevaba el recibo del veterinario de la última consulta, el de hacía dos semanas, con el costo de las medicinas y el chequeo: doscientos dieciocho dólares con cuarenta centavos. Se lo puse en la palma de la mano, como se pone una factura en una mesa limpia.
—Esto es lo que costó la última ida por el corazón —dije—. Once años cuidaron su corazón y se lo dejaron al aire junto a una bomba de gasolina. No vuelva por acá.
La mujer abrió la boca. La cerró. Dio media vuelta y caminó hasta su carro. Abrió la puerta del Honda gris. Se sentó, encendió el motor y se alejó sin mirar atrás.
Me quedé parada en el estacionamiento. Un semirremolque pasó por la carretera y lo sacudió todo. El polvo se levantó del asfalto. Conté las luces del semáforo: rojo, verde, amarillo.
Volví a entrar a la tienda. Pedro me preguntó qué había pasado. Le enseñé la factura doblada que le devolví a la mujer y las monedas que me dejó de cambio por el café.
—Pues ni modo —dijo él—. La perra ahora tiene a alguien que sí le cumple.
Esa noche, al llegar a casa, Canela me esperó en la puerta, como siempre. Con su pasito de plaza, arrastrando una pata débil.
Le serví su pollito. Se lo comió despacio, con su muela floja. Luego fue hasta su camita y se acurrucó con la cobija rosa debajo del hocico.
Me senté a su lado en el piso. Sobé la cobija con la yema de los dedos. Estaba caliente, del sol que entró por la ventana.
Y pensé en aquel día, en la fila de carros, en la perra echada contra el viento.
Todo el mal que alguien deja en una correa, una viejita de once años lo convirtió en leche tibia y huesos seguros.
No supe si lloré. Sé que al fin me quedé dormida con la espalda contra el sofá, y Canela no se movió de su camita en toda la noche.
Ella ya no espera la carretera.
Espera la puerta.







