El Brindis en el Micrófono

El salón del club comunitario de Hialeah olía a colonia barata, pernil asado y ese tufo dulzón del ron con Coca-Cola que ya se había derramado dos veces sobre el mantel de papel. Afuera, la lluvia de mayo golpeaba los cristales, pero adentro nadie la escuchaba. Reynaldo tenía el micrófono inalámbrico en una mano y en la otra una copa de plástico a medio llenar. Cumplía sesenta. Yo llevaba veintiséis años casada con él, y aun así, cuando empezó a hablar, no supe que iba a prenderle fuego a todo lo que teníamos.

—Una cosa les voy a confesar, gente. —Reynaldo se tambaleó un poco, se rio y miró a los choferes de la ruta, que ya estaban aplaudiendo antes de saber de qué se trataba—. Yo a mi mujer la quiero, claro que la quiero. Pero mírenme. Todavía estoy entero. Y a veces uno se cansa de que en la casa solo se escuchen boleros viejos y los cuentos del coro.

Las carcajadas rebotaron contra las paredes de cemento del salón alquilado. Alguien golpeó la mesa con el puño. Otro gritó: "¡Así se habla, compadre!" Desde la mesa de los pastelitos, la esposa del pastor Núñez se tapó la boca con una servilleta, ofendida de mentira, por pura etiqueta.

Yo estaba sentada frente a él. En mi plato quedaba un pedazo de lechón frío, con un pedacito de pellejo dorado que brillaba como una moneda. Lo vi dos veces: una, cuando todavía tenía apetito; otra, cuando él repitió la frase en el micrófono, con la lengua un poco trabada:

—Yo lo único que pido es a alguien joven, espérate, alguien que no huela a naftalina y a Vicks VapoRub. Alguien vivo, tú me entiendes.

La acústica del salón era espantosa. Todo se escuchaba triple. Y el eco le dio a cada palabra una segunda vida: alguien vivo. Alguien vivo.

Al fondo, junto a la puerta de vaivén de la cocina, estaban las once mujeres del coro de la iglesia. Once camisas blancas almidonadas, planchadas la noche anterior. Yo las había coordinado. La hermana Maribel me había acompañado a la fábrica de uniformes por la Avenida Palm Avenue en Hialeah. Compramos las telas al por mayor y las repartimos en bolsas de manila para que cada una las llevara a su costurera. Estuvieron tres meses ensayando "Cuando calienta el sol". Esa noche era su estreno. Iban a cantar justo después del brindis.

Yo las veía desde mi asiento. La hermana Gladys, con sus ochenta años y su cartera de hule apretada contra el estómago, se sentó poco a poco en la silla plegable, como si las rodillas le pesaran de repente. La hermana Elsa, que había sido profesora de piano en Camagüey, se quitó los espejuelos de carey y los metió en el bolsito de la blusa. Nadie habló. Solo se miraron una a la otra, y después me miraron a mí.

Dentro de mi cabeza no hubo truenos ni ganas de llorar. Solo un silencio hondo, como si alguien le hubiera bajado el volumen a un radio que yo no sabía que llevaba encendido toda la tarde. Conté hasta tres. Dejé el pedazo de lechón sobre la servilleta. Puse el tenedor encima del plato, con los dientes hacia abajo, como me enseñó mi abuela para no dar mala suerte.

Me levanté despacio. Caminé por detrás de las sillas, pegada a la pared, evitando la pista de baile donde ya se movían una prima y un cuñado con los vasos en alto. Llegué hasta las mujeres. Olían a colonia de rosas y a polvos de talco. La hermana Gladys tenía los ojos fijos en un punto del mantel.

—Vámonos, muchachas. Esto se acabó por hoy.

Lo dije en voz baja. Maribel me miró, asintió una sola vez y tomó su cartera. Elsa se levantó con la ayuda del borde de la mesa. Las demás —Caridad, Olga, Norma, Chachi, la otra Olga, Fina, Leticia, Mireya y Lourdes— se pusieron de pie en silencio, como si llevaran años ensayando una evacuación silenciosa.

Las saqué al pasillo. El aire acondicionado se había quedado corto, y el pasillo olía a mojo, a moqueta mojada y a suavizante de fábrica. Caminamos en fila por el piso de linóleo que se pegaba a los zapatos en cada paso. Yo iba al frente, con la cartera cruzada sobre el pecho y las llaves del taxi ya en la mano.

Pedí dos viajes por la aplicación. Uno llegó en siete minutos, el otro en once. Repartí a las mujeres según la dirección: las de la Pequeña Habana para el primero, las de Westchester para el segundo. Les dije que las vería el martes en el ensayo. La hermana Gladys se acercó a mí mientras el primer carro se orillaba al bordillo. Me tocó el codo con los dedos fríos.

—Nosotras no nos vamos a morir por un comentario, niña. Ya sabemos lo que hay.

Eso fue lo que más dolió. Que lo supieran. Que no se sorprendieran. Que yo hubiera sido la última en enterarme de que mi marido me veía como un mueble viejo.

Volví al salón veinte minutos después. Reynaldo estaba en la pista, con la camisa por fuera y una mancha de grasa en el cuello, bailando pegadito con su comadre Ivelisse. Cuando me vio entrar desde lejos, levantó la copa y me sonrió, como si acabara de ganar un premio. Los meseros servían arroz congrí y yuca con chicharrón. Me senté en la cabecera opuesta, entre mi hijo Andy y su mujer, Daniela. Andy me agarró la mano por debajo de la mesa. La tenía caliente y sudada.

—Mami, yo hablo con él ahora mismo.

—Tú no hablas con nadie. Cómete la yuca.

Daniela me sirvió agua de melón. No dijo nada. Ella era así. Por eso me caía tan bien.

Me quedé hasta el final. Hasta el último brindis de un tal Chencho que ya no podía pararse derecho y que gritó: "¡Qué venga la música, que aquí hay juventud!" Me quedé de brazos cruzados, viendo los globos plateados desinflarse en las esquinas.

A las dos de la mañana, el taxi nos dejó en la casa. Reynaldo se quitó la camisa y la tiró al piso, se acostó boca arriba y roncó a los tres minutos. Yo me senté en el cuartito de lavar, junto a la lavadora descompuesta y la caja de herramientas que nunca servía para nada. No lloré. Me fumé un cigarrillo que había encontrado en una lata de café, mirando por la ventanita estrecha hacia el patio de los vecinos. Se veía una mata de aguacate que daba frutos cada noviembre, y me dije que a lo mejor el año que viene ya no estaría yo ahí para verlos madurar.

El lunes por la mañana, Reynaldo se levantó a las siete y media con un guayabera limpia y la cara lavada. Me encontró en la sala, con una maleta a los pies y la cartera en la mano.

—¿Tú estás loca, muchacha? ¿Por lo del sábado? Eso era un chiste. Tú sabes como es uno cuando bebe.

—Por eso me voy, Reynaldo. Porque para ti fue un chiste.

Discutimos veinte minutos. Me dijo que era una exagerada. Que las hormonas. Que me quería. Que las viejitas también lo querían a él. Yo escuché, con el estómago vacío y la vista fija en una mancha de humedad del techo de la sala. Luego me fui a casa de Maribel, la hermana del coro que vivía sola en una casa de canales en la Suroeste. Estuve allá tres días. Después volví a la casa una mañana en que él estaba en la ruta, agarré mi ropa, mis papeles, un cuadro de la Virgen de la Caridad que me regaló mi abuela y la olla grande de cocer frijoles. La casa se quedó con el televisor de sesenta pulgadas, el sofá nuevo y la cama de matrimonio. Yo me llevé el colador y la paz.

El divorcio salió rápido. Sin pelea. Reynaldo se quedó con la casa de Hialeah. Yo compré un townhome de dos cuartos en Kendall, cerca de la 104 con Biscayne, con un patio pequeño donde quise meter unas matas de cilantro y una enredadera. Él me llamó dos veces en un año. Una, para preguntarme si yo tenía el título del Honda. Otra, para felicitarme el Día de las Madres. Le contesté cortés, sin ganas.

El coro cambió de nombre. De "Voces Eternas" pasó a llamarse "Renacer". Y el 12 de julio, once meses después de aquella fiesta, ganamos el segundo lugar en un encuentro de coros en la iglesia de Santo Domingo. Nada del otro mundo. Pero cuando cantamos el final de "Cuando calienta el sol", las once mujeres se miraron y sonrieron, y yo sentí que algo se había vuelto a encender en el pecho, algo que no tenía nombre y que no necesitaba micrófono.

Un martes por la tarde, en el salón parroquial, estábamos ensayando "El reloj", de Bola de Nieve. Las ventanas estaban abiertas. Entraba el olor a café de la bodega de la esquina y el ruido de los carros pasando por la Calle Ocho. Yo dirigía con las manos, marcando el compás en el aire, cuando lo vi por la puerta de atrás. Reynaldo. Con una camisa azul celeste y una gorra de la compañía de transporte. En la mano traía un sobre de manila.

Bajé las manos.

—Voy a ver qué quiere. Ustedes sigan repasando la segunda estrofa —dije, y salí al pasillo.

Reynaldo se había peinado. Olía a Old Spice. Me di cuenta porque se metió el dedo en el cuello, como si le apretara, y la colonia me llegó de golpe.

—Ana Luisa, yo vine porque la iglesia me contrató para arreglarle la flota de los autobuses del campamento de verano. Nada más. Pero ya que estamos… quería darte esto.

Me extendió el sobre.

—¿Qué es?

—Los papeles del plan médico del año próximo. Tú salías como beneficiaria. La muchacha de recursos humanos me dijo que había que actualizarlo.

Lo miré sin tomar el sobre. En el patio, los chicos del catecismo jugaban con una pelota desinflada. El revestimiento de las canastas se estaba cayendo. Había que arreglar eso.

—Reynaldo, tú sabes que aquí el coro ensaya los martes. Y hoy es martes. Si viniste por lo del contrato, la oficina de la parroquia está al otro lado del patio, junto a la sacristía.

—Ana Luisa, espérate, yo solo…

—El próximo ensayo es el martes. Con las puertas abiertas.

Se quedó un rato con el sobre en la mano, sin atreverse a dármelo. Me miró los zapatos, las manos, la puerta. Buscaba odio, lágrimas, algo. Yo no tenía nada para ofrecerle. Solo un reloj de pared que daba las cinco y cuarto y una lista de once canciones por repasar.

Entonces hice lo que venía ensayando en mi cabeza cada vez que me acordaba de aquella noche. Tomé mi teléfono del bolsillo. Abrí la aplicación del banco. Mostré la pantalla.

—¿Ves esto? Es una transferencia de once mil trescientos cuarenta dólares. La hice el viernes. Es lo que me correspondía del retiro conjunto. Se lo doné al fondo de uniformes de Renacer. Las muchachas van a estrenar estolas nuevas en el coro navideño.

Reynaldo parpadeó. El sobre se le dobló un poco en la mano.

—¿Cómo que once mil? Ese dinero era para la vejez.

—Para mi vejez sigue en pie. En el banco. Lo tuyo… lo tuyo fue lo que doné. Tú dijiste que querías juventud. Pues ahí la tienes. Se la regalé a las once mujeres más jóvenes que conozco.

Él abrió la boca. La cerró. Dio un paso atrás y se acomodó la gorra.

—Tú no puedes estar hablando en serio.

—Mírame la cara, Reynaldo. ¿Tú me ves riendo?

No me respondió. Se quedó parado en el pasillo, con el sobre en la mano y la puerta del salón parroquial entreabierta a su espalda. Detrás de él, yo podía ver a la hermana Gladys tomando agua de una botellita de plástico y a Elsa ajustando las teclas del teclado. La luz entraba por las ventanas abiertas y les daba en las camisas blancas. Se veían luminosas. Enteras.

—La oficina de la secretaria está aquí a la derecha. Antes de las seis hay alguien.

Reynaldo asintió con la cabeza, pero no se movió. Le temblaba la papada. El sobre se le resbaló de los dedos y cayó al suelo. Yo no lo recogí. Él tampoco. Los dos nos quedamos viéndolo, un rectángulo color manila tirado en el pasillo, justo entre los dos.

Yo regresé al salón. Empujé la puerta de vaivén con las dos manos, como hacía siempre. Me paré frente a las once mujeres y alcé una mano, bien alto, como me dio la gana.

—Desde el compás nueve, muchachas. Hasta que salga.

Y las voces llenaron el salón. Once mujeres de más de setenta años cantando "Amor de mis amores" sin partitura. En la puerta, Reynaldo seguía ahí, quieto, con el sobre en el suelo y el aire acondicionado dándole en la cara. Yo ya no lo miraba. Yo miraba al coro. A mi coro. Al que no se callaba.

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