Verónica contó los billetes dos veces antes de pasárselos a la cajera del H-E-B de San Antonio. Ciento ochenta y siete dólares con cuarenta centavos. Ese era el precio del mole poblano que llevaba ocho horas preparando, de los chiles anchos que compró en el mercado de la Military Drive, del pollo criollo que había marinado desde las seis de la mañana. El aire acondicionado del pasillo de carnes le pegó en la nuca sudada. Afuera, en el estacionamiento, el termómetro marcaba treinta y nueve grados y la bolsa de hielo que llevaba en la cajuela ya se estaba derritiendo. No importaba. Hoy era el cumpleaños de Eddie y, por primera vez en once meses de casados, iban a recibir a toda su familia en la casa que acababan de comprar en el West Side.
Eddie apareció en la cocina a las dos de la tarde, en bóxer y con una camiseta de los Spurs manchada de Gatorade. Se estiró, bostezó y abrió el refrigerador.
—¿Dónde está la Big Red? —preguntó, moviendo las botellas de agua mineral como si le estorbaran.
—En la hielera, afuera. La compré ayer.
—Pues tráela. Ya se van tardando. Mi mamá dijo que venía temprano para ayudarte.
Verónica no levantó la vista, siguió removiendo la olla. La madre de Eddie, la señora Lupita, había llamado a las ocho de la mañana para avisar que llegaría al mediodía. Llegó a las once y media. Entró directo a la cocina, prendió la luz del extractor, tocó el comal con la punta del dedo y sentenció que estaba sucio.
—Mija, esa grasa del desayuno no se va a quitar sola. En mi casa, antes de cocinar, siempre se limpia la estufa con vinagre.
—Ya la limpié, señora. Es el aceite del pollo.
—Pues se ve. Pero tú sabrás. Lo que quiero es que Eddie no pase vergüenza. Mi hijo está acostumbrado a mesa bien puesta.
Verónica apretó los dientes. El reloj marcaba las dos y media. A las cuatro llegaba el resto de la familia, incluido el hermano mayor de Eddie, Chuy, con su esposa Yadira. Cada vez que venían, Chuy hablaba de su Silverado 2024, de las vacaciones en la Riviera Maya, del lote que compró en Boerne. Y Eddie se ponía nervioso, se reía fuerte, y luego manejaba la camioneta de Verónica como si fuera un Corvette, y al llegar a casa le reclamaba que los frijoles estaban aguados.
Verónica había pagado la camioneta con el préstamo del banco. La casa también estaba a su nombre. Y el mole que se estaba cocinando en aquel momento lo había comprado con el overtime del hospital, doce turnos nocturnos en Methodist.
A las tres y media, Eddie seguía en el sofá viendo un video en el teléfono.
—¿Ya está lista la comida? —gritó desde la sala.
—Casi. Necesito ayuda con las mesas.
—Espérate. Estoy viendo el resumen del partido.
La bola de masa para las tortillas estaba en la mesada. Verónica la golpeó un par de veces y la dejó reposar. Se limpió las manos en el delantal. Era un delantal rojo que le había regalado su abuela cuando se graduó de la escuela de enfermería. Tenía las iniciales V.M. bordadas en la pechera y una mancha de mole de la Navidad pasada que nunca se quitó, aunque lo metió tres veces a la lavadora con OxiClean.
A las cuatro y cuarto, sonó el timbre. Entró primero Chuy, con un cinto con hebilla de plata y botas de avestruz que rechinaban contra el piso de loseta. Detrás venía Yadira, cargando una bandeja de flan.
—Huele rico, mija —dijo Yadira, y dejó el flan sobre la mesa sin mirar a Verónica.
Eddie salió a recibir a su hermano ya bañado, con una camisa de lino nueva y colonia que costaba ciento veinte dólares en Dillard's. Se dieron un abrazo de esos con palmadas fuertes.
—¿Cómo andas, carnal? Pásale. Mira, recién remodelamos la cocina. Granito, fíjate en el brillo.
—Se ve bien. ¿Y cuánto te costó la chapa de las puertas? Se siente medio barata.
Los dos se perdieron en la sala. Verónica se quedó en la cocina, partiendo el queso. Cada vez que salía a poner algo en la mesa, sentía los ojos de la señora Lupita sobre los bordes de los platos, sobre las servilletas que no combinaban, sobre los vasos de vidrio que no eran de cristal.
A las seis, Eddie se acercó a la cocina. El mole ya estaba listo, pero Verónica estaba friendo las empanadas de calabaza y no podía soltar la espátula.
—¿Ya podemos cenar? Chuy dice que tiene que irse a las ocho. No quiero que se vaya sin probar la comida.
—Cinco minutos. Dame nada más que terminen.
—Siempre lo mismo contigo. Nunca estás lista a tiempo. En casa de Yadira todo ya está servido cuando uno llega. Hasta las velas están prendidas.
Verónica volteó a verlo. Eddie tenía la camisa recién planchada y el teléfono en la mano, haciendo zoom a la mesa desde el pasillo.
—¿Tú me estás hablando en serio? —preguntó ella, sin subir la voz. Las empanadas chisporroteaban en el aceite.
—Te estoy hablando en serio. Mira cómo te ves. Sudada, con el delantal ese lleno de grasa. ¿Así piensas recibir a mi familia?
—Llevo ocho horas cocinando, Eddie. Mientras tú dormías.
—No empieces con eso. Yo trabajo toda la semana.
—Yo también. Y ayer pagué la hipoteca.
—Baja la voz. Te va a oír mi mamá.
Verónica no la bajó.
—Que me oiga. Que oiga que su hijo no puso un centavo para esta cena. Que oiga que el granito de la cocina lo pagué con mis turnos extra. Que oiga que la camioneta está a mi nombre porque tu crédito no te alcanza ni para una bicicleta.
Eddie se puso pálido. Detrás de él, en la puerta, apareció la señora Lupita, abanicándose con un plato de papel. Chuy tosió. Yadira soltó una risita incómoda.
—¿Ya ves lo que provocas? —dijo Eddie, señalando la estufa—. Me estás haciendo quedar mal enfrente de mi gente.
La señora Lupita le dio la razón con un movimiento de cabeza.
Verónica respiró hondo. Fue a la estufa, apagó las hornillas con calma, retiró la olla del mole. La colocó sobre una tablita de madera. Luego se quitó el delantal rojo, lo dobló en cuatro y lo puso sobre la mesada.
—La cena está lista —anunció, con una voz tan firme que ni ella la reconoció—. Sirvan.
Salió de la cocina sin mirar a nadie. En la sala, tomó su bolso del perchero, las llaves de la camioneta y su celular. Eddie la siguió.
—¿Ahora qué haces? ¿A dónde vas?
—A casa de Ale.
—¿De tu hermana? ¿Y quién va a servir la cena?
—Tú.
—No estés de payasa, Vero. Mi familia está aquí.
—Lo sé. Y es tu familia. Llevas tres horas presumiendo esta casa, el granito, la camioneta. Dijiste que tú organizaste todo. Dijiste que tú las cuidabas. Ahora demuéstralo.
Verónica abrió la puerta. Afuera, el calor húmedo la envolvió como una toalla. Se subió a la Silverado color arena y metió la reversa sin siquiera prender el aire. En la ventana de la casa, alcanzó a ver la cara de Eddie, desencajada, con la boca medio abierta.
Manejó por la Culebra Road en dirección a la casa de su hermana, que vivía en un departamento chico por la Loop 410. No llamó antes. Sabía que Ale le abriría. Ale siempre abría.
—¿Qué pasó? ¿Te fuiste sin probar el mole? —le dijo su hermana al verla en la puerta, con una cuchara en la mano y el teléfono en la otra.
—Algo así.
Ale la hizo pasar. Le prestó una playera limpia y le sirvió agua de jamaica en un vaso de los que ya tenían el logotipo de una gasolinera. Verónica se sentó en el sofá y se quitó los zapatos. Los pies le ardían.
A las once de la noche, el teléfono de Verónica empezó a vibrar. Eddie. No contestó. Luego llamó otra vez. Y otra vez. Al sexto intento, contestó Ale.
—¿Bueno? —dijo Ale.
Verónica no oyó la respuesta, pero vio cómo su hermana fruncía el ceño y le pasaba el teléfono.
—Dice que la alarma de la estufa no se apaga.
Verónica se llevó el celular a la oreja.
—¿Qué pasó, Eddie?
—¡La alarma de la estufa no se apaga! —La voz de Eddie sonaba ronca, y detrás se oía un pitido agudo y continuo—. Está sonando desde hace media hora. Ya le puse una almohada encima y sigue. Mi mamá se quiere regresar.
—¿Leíste el manual?
—¿Cuál manual?
—El que está en el cajón de los trapos. Ahí dice cómo silenciarla. También explica cómo prender las hornillas. Y cómo apagar el horno. Seguro te sirve para recalentar el mole.
—No quiero recalentar nada. Quiero que regreses. Chuy se fue enojado. Yadira se llevó el flan.
—Lo siento mucho, Eddie.
—¿Cuántos días vas a estar de ridícula?
—No lo sé. Dos, tres. Tal vez once. Los mismos once meses que he estado pagando la hipoteca sin que pongas un solo cheque.
Por un momento, Eddie se quedó callado. El pitido de la alarma seguía.
—¿Cuánto es la mensualidad? —preguntó Eddie, con la voz mucho más baja.
—Mil ochocientos setenta y cinco. Y el seguro. Y la luz. Y el agua.
—Yo no sabía que era tanto.
—Ahora ya sabes.
Verónica colgó. Apagó el celular y lo puso boca abajo en la mesita de centro. Ale le ofreció una cucharada de helado de vainilla directamente del bote.
—¿Y ahora qué vas a hacer? —preguntó.
Verónica miró por la ventana. Una paloma se había posado en la rama del mezquite. El letrero del lavado de autos parpadeaba en la esquina.
—Mañana voy al banco. Voy a cerrar la cuenta. Y voy a ver a una abogada.
Pasó la noche en el sofá de Ale, con una cobija que olía a suavizante de lavanda. No prendió el celular hasta el mediodía siguiente. Tenía cuarenta y dos mensajes de la señora Lupita, tres de Chuy y uno de Yadira que decía: «Llámame, no estás sola». De Eddie, ninguno.
Regresó a la casa el domingo a las cuatro de la tarde. La puerta estaba sin llave. Entró. El olor era espeso, dulzón, a chile quemado y pollo seco. En la estufa, la olla del mole seguía destapada, con una costra negra pegada al fondo. La mesa estaba llena de platos sucios, vasos a la mitad y servilletas arrugadas. El flan de Yadira seguía en la mesa, con la cuchara de servir clavada en el centro.
Eddie estaba sentado en el sofá, viendo la televisión apagada. Llevaba la camisa de lino arrugada y una mancha de mole en la manga. Sobre sus piernas descansaba el manual de la estufa, abierto en la página doce.
—La alarma se apaga si presionas dos botones —dijo él, sin mirarla—. Nada más dos botones.
—Ya lo sé —respondió Verónica.
—La saqué de mi bolsillo. Costaba ochocientos cuarenta y nueve dólares. La vi en el recibo.
—La compré con la tarjeta de descuento del hospital.
Eddie asintió. Luego alzó la cara. Tenía los ojos rojos, de no dormir o de llorar, no supo.
—Mi mamá dice que debería pedirte perdón. Que sin ti no tenemos nada.
—¿Y tú qué dices?
—Que no me alcanza para la mensualidad. Que no sé dónde está el recibo de la luz. Que las pacas de agua pesan mucho.
—Eso no es una disculpa, Eddie.
—Lo sé.
Verónica se acercó a la mesa y recogió el plato con los restos de tortillas fritas. Lo metió a la bolsa de basura. Luego tomó el manual de la estufa y lo cerró.
—Me voy a quedar con la casa —dijo—. Puedes quedarte en el cuarto de visitas por un mes. Un mes, no once. No voy a pagar el teléfono que usas para mandarle mensajes a tu hermano presumiendo lo que no es tuyo.
—No me voy a quedar con una mujer que me trata así.
—Entonces vete.
Verónica puso una caja de cartón sobre la mesa. Dentro había latas de atún, una linterna y una estampita de San Cristóbal que le dio la señora Lupita el día de la boda. Cerró la caja con cinta adhesiva y escribió: «Eddie, sala, abril 12».
—El camión de caridad pasa el martes —dijo—. No voy a llevar nada a casa de tu mamá.
Eddie se levantó del sofá. Quiso decir algo, pero se quedó con la boca abierta. Luego caminó al cuarto, abrió el clóset y empezó a sacar perchas.
Verónica salió al porche trasero. Prendió un cigarro que traía en la bolsa del uniforme desde hacía dos meses. El humo le supo a hule quemado. Lo apagó en una maceta sin planta. Adentro, la alarma de la estufa seguía en silencio.
A la mañana siguiente, Verónica fue al Frost Bank con el título de la casa, el estado de cuenta de la hipoteca y una copia del certificado de matrimonio. La cajera la miró por encima de los lentes.
—¿Va a cerrar la cuenta conjunta?
—Sí.
—¿Quiere abrir una nueva?
—Sí. Solo a mi nombre.
—¿Cuánto quiere depositar?
Verónica sacó un cheque del bolsillo trasero. Se lo pasó por la ventanilla.
—Cuatro mil trescientos. Es lo que me debía de las últimas dos mensualidades.
La cajera asintió y tecleó. La máquina escupió un recibo que Verónica guardó en el bolso, junto al delantal rojo doblado. Salió del banco y se quedó parada en la banqueta, con el sol pegándole en la nuca. Una camioneta color arena pasó por la avenida. Iba manejada por un hombre con camisa de lino. No se detuvo.







