La perra que volvía cada noche

La tercera noche llovía en serio. De esas lluvias de San Antonio que en media hora convierten el estacionamiento del Centro de Salud del West Side en una laguna.

Arturo Reyes había cargado ya dos veces a la perra hasta el pórtico techado. Dos veces la perra caminó de regreso a la entrada y se echó sobre el cemento mojado, el hocico pegado al vidrio de las puertas automáticas.

Era una perra mezcla de pastor, con las patas gastadas y una correa azul vieja alrededor del cuello. La pata trasera derecha le temblaba. Llevaba tres noches iguales: llegaba a eso de las nueve, se echaba junto a la puerta y no se movía de ahí hasta el amanecer.

El lunes, Arturo salió a revisar la camioneta y la encontró de pie frente a la entrada, con el cuello erguido y los ojos fijos en el interior. Intentó llamarla, le ofreció agua. La perra lo miró, pero no se acercó. Al rato terminó echándose junto a la puerta, el hocico entre las patas.

Esa primera noche, cada vez que las puertas se separaban y salía un hombre mayor, la perra alzaba el cuello de golpe. Cuando el estacionamiento quedaba vacío, lo volvía a apoyar.

Lupe, la enfermera del turno nocturno, le llevó agua en un recipiente de plástico, un puño de croquetas y una cobija vieja del clóset de suministros. La perra tomó agua. La comida la olfateó una vez y la dejó ahí.

La segunda noche fue igual. Llegó antes que Arturo, se echó en el mismo lugar y se quedó hasta el amanecer.

Y ahora, la tercera, llovía tanto que Arturo sentía el agua escurriéndole por la nuca bajo el uniforme. La perra no se movía. Como si supiera con certeza que la persona que esperaba iba a salir por esas puertas y por ninguna otra.

Arturo llamó al refugio de Animal Care Services, pero le dijeron que por la hora ya no mandaban unidad hasta la mañana.

Entonces se agachó junto a la perra y le revisó la correa. En una placa de metal decía: «Luna». Abajo, un número de teléfono. Marcó tres veces desde el celular. Nadie respondió.

A la mañana siguiente, con la primera luz, consiguió que el técnico del turno diurno pasara el lector de microchip. La perra estaba registrada a nombre de Emilio Salazar, setenta y tres años, domicilio a cuatro calles de la clínica, sobre West Commerce.

El nombre le sonaba.

Fue a recepción y le pidió a Gloria, la encargada de registros, que buscara. Dos minutos después Gloria regresó con la cara cambiada: don Emilio había ingresado hacía cuatro días por un infarto. Justo la primera noche que la perra apareció en la entrada.

En el expediente estaba el teléfono del hijo, Gustavo Salazar. Arturo marcó. Nadie respondió por un buen rato. Cuando por fin contestaron, al otro lado de la línea se oía el tráfico de una ciudad distinta.

—¿Sí?

—Le hablo del Centro de Salud del West Side, en San Antonio. Encontré a una perra, una perra vieja con una placa que dice Luna. Viene todas las noches a la entrada.

Hubo un silencio. Luego la voz del hombre cambió.

—¿Luna está en la clínica?

—Viene cada noche. Creo que espera a su papá.

Ahora el silencio fue más largo.

—Mi papá murió anoche —dijo Gustavo—. Vivo en Seattle. No puedo volar hasta dentro de unos días. La vecina iba a cuidar a Luna, pero se escapó el mismo día que se lo llevaron.

Arturo se quedó viendo por la ventanilla de recepción. La perra seguía echada en el mismo lugar.

—¿Ella alcanzó a ver hacia dónde se lo llevaban?

—Sí. La vecina me contó que corrió detrás de la ambulancia hasta la esquina de Culebra.

Y luego Gustavo añadió algo que Arturo no pudo olvidar en varios días:

—Antes de morir, mi papá preguntó varias veces si ya habían encontrado a la perra. Le daba mucho miedo que se quedara sola.

Arturo no pudo contestar. Se disculpó y colgó.

Salió al estacionamiento. Luna lo vio venir y miró por encima de su hombro, hacia las puertas. Otra vez nadie. Otra vez el vidrio vacío.

Arturo no trató de explicarle nada. Se sentó a su lado, sobre el cemento, y le puso la mano en el lomo mojado por la lluvia de la noche anterior. Se quedaron así un rato largo, hasta que llegó la camioneta de Animal Care Services.

La trabajadora del refugio revisó a la perra. Dijo que podía llevarla temporalmente al albergue. Luna se dejó poner la correa sin resistencia. Pero cuando empezaron a caminar hacia la camioneta, se detuvo. Se giró hacia las puertas de la clínica. Y se echó en el asfalto.

La trabajadora jaló la correa con suavidad. La perra no se movió.

Arturo la observaba. En esos días la perra había perdido a su dueño, su casa y todo lo que conocía. Y ahora también le querían quitar la única puerta que le quedaba.

—Espere —dijo—. Yo me la llevo a mi casa. Por lo menos un tiempo.

La trabajadora aceptó. Mientras llenaba unos formularios dentro de la oficina, Arturo llamó a su esposa.

—Rosa, hay una perra vieja en la clínica. No tiene a nadie. Me la voy a llevar para la casa.

Rosa no le preguntó si estaba seguro. Solo contestó:

—Párate en el H-E-B de camino. Compra una bolsa de alimento para perro senior y una camita. Y ya sabes que en el clóset hay una cobija que no usamos.

Esa noche, Luna durmió en el pasillo de la casa de los Reyes, junto a la puerta principal. Cada vez que un carro pasaba por la calle, erguía el cuello.

Los primeros días casi no comía. Arturo le ponía el plato y la perra lo olfateaba y se echaba en un rincón. En los paseos, jalaba la correa hacia el oeste, hacia la clínica, como si la calle tuviera memoria.

Una semana después, Arturo decidió llevarla de regreso.

—Vamos, Luna. Vamos a ver.

Destrabó la puerta de la camioneta y la perra saltó al asiento del copiloto. Conocía el camino. Cuando estacionaron en la clínica, caminó sin dudar hasta las mismas puertas automáticas y se echó en el lugar de siempre.

Arturo se sentó a su lado.

Estuvieron así casi una hora. El sol caía sobre West Commerce y de la panadería de la esquina todavía salía olor a pan dulce del mediodía. Un vecino pasó empujando una hielera con paletas.

Las puertas de la clínica se separaron. Salió una señora con un bastón. Luna ni siquiera levantó el hocico.

Pasaron cinco minutos más. Entonces la perra se incorporó, miró el vidrio un instante y dio media vuelta. Caminó hacia la camioneta sin que Arturo la llamara.

Ese fue el día en que algo cambió.

Dejó de echarse junto a la puerta de la casa por las noches. Empezó a comer tres veces al día. Cuando Arturo regresaba del turno, a las siete de la mañana, la perra lo esperaba en la puerta, moviendo la cola con esa cadencia lenta de animal viejo. Una tarde se echó junto al sillón reclinable donde Arturo tomaba café de olla y se durmió profundo, con la pata encogida sobre el cojín.

Tres semanas después, Gustavo fue a Texas a recoger las cosas de su padre. Se presentó en la casa de los Reyes un jueves por la mañana, con una caja de cartón doblada bajo el brazo.

Luna lo reconoció al instante. Le olfateó las manos largo rato, le pasó la lengua por los dedos y terminó apoyándole el hocico en las rodillas. Gustavo se arrodilló en el pequeño porche y lloró sin ruido, con la mano en el lomo gris.

—Mi papá habría estado tranquilo —dijo—. Saber que no te quedaste sola.

Antes de irse, Gustavo le entregó a Arturo una bolsa con las pertenencias de su padre. Dentro venía una fotografía de don Emilio sentado en un banco del parque, con Luna echada a sus pies. Al reverso, con letra temblorosa, alguien había escrito: «Luna y yo, primavera».

Arturo la guardó en el cajón de la mesita del teléfono.

Cuando el período de espera del albergue terminó, el día exacto en que la retención de tres días expiraba, Arturo fue a Animal Care Services. Llenó la solicitud de adopción, entregó una copia de su licencia de San Antonio y pagó la tarifa de treinta y cinco dólares. Mandó grabar una placa nueva en la máquina del PetSmart de Bandera Road:

**LUNA REYES**

Con el teléfono de Arturo.

Se la puso en la correa en el estacionamiento de la tienda. La correa azul vieja se quedó guardada en la guantera de la camioneta.

Ya pasó más de un año.

Luna oye poco y camina despacio. Algunas tardes se para junto a la ventana que da a la calle y se queda viendo hacia el oeste. Arturo no sabe a quién espera en esos momentos. Pero ya no se queda toda la noche. Al rato regresa, se echa junto al sillón reclinable y apoya el hocico sobre la alfombra.

La fotografía de don Emilio está ahora en un portarretratos que Rosa compró en la pulga de Bandera, sobre la repisa de la sala. Luna se acerca algunas tardes, la huele una vez y vuelve a su lugar. En la cocina, la placa nueva tintinea contra el borde del tazón de agua cada vez que bebe.

Rate article
MagistrUm
La perra que volvía cada noche