Invisible

Yo no sé mucho de la vida humana, la verdad. Soy un gato callejero color naranja, de ésos que llaman “canelo” allá en el valle, pero aquí en Los Ángeles todos me dicen “Orange”. O me decían, porque ahora tengo nombre de casa, pero ya llegaré a eso.

La cosa es que un día de esos en que el calor aprieta hasta en otoño, yo andaba por un parquecito en la Boyle Heights, con el estómago pegado al espinazo. Me había peleado con una pandilla de gatos por los restos de tacos detrás de un restaurante, y salí perdiendo. No hay peor enemigo que un gato con hambre y yo era ese gato, pero ellos eran siete. Así que terminé debajo de una banca, con una pata lastimada y el orgullo más lastimado todavía.

Estaba echado, viendo las puntas de mis bigotes temblar, cuando oí una voz.

— Ay, pobrecito… ¿tienes hambre?

Alcé el hocico y… casi me da un soponcio. Era una mujer, pero se le veía rara. Muy rara. Llevaba un vestido como desteñido, y a través de su brazo se alcanzaba a ver la reja del parque. Como si fuera un fantasma. Pero no daba miedo, daba más bien tristeza. Era chiquita, como si la vida la hubiera encogido, y sus ojos — lo poco que se le veían — parecían dos charquitos grises.

— Ten, te guardé un pedazo de burrito — dijo, y sacó de una bolsa de plástico una tortilla enrollada con algo adentro. Me la ofreció en una mano que parecía de humo.

Yo ni pestañé. Acepté el burrito y me lo tragué sin masticar, más por el susto que por el hambre. Ella hizo un gesto con los labios, un gesto que se le deshacía en los bordes.

— Vengo mañana, si estás aquí… si no me deshago del todo — murmuró.

Y se fue caminando derechito hacia un charco lleno de hojas secas. Lo atravesó sin salpicar, sin mojarse. Yo me quedé con un nudo en la garganta, si es que los gatos tenemos garganta para nudos.

— Esto no está bien — pensé. — A esta mujer se la está llevando el aire.

Y ahí mismo decidí que tenía que hacer algo. No por el burrito, que estaba medio salado. Sino porque uno no puede dejar que la gente buena se vuelva transparente así nomás. Pero yo qué iba a saber de curar invisibilidades. Necesitaba un experto.

Y el único que se me ocurrió era el Sombras.

El Sombras era un gato negro, viejo y huraño, que vivía en el techo de un edificio abandonado sobre la César Chávez. Decían que estaba loco, que veía cosas, que nunca salía de ahí. Otros gatos se burlaban, pero a mí me daba respeto. Una vez lo oí maullar algo sobre un temblor dos días antes de que temblara. Así que para cosas raras, él era el indicado.

Esa misma tarde me trepé por una escalera de incendios hasta el techo. Ahí estaba, sentado como una esfinge, viendo el atardecer naranja y morado detrás de las palmeras.

— ¿Qué quieres, canelita? — me dijo sin volverse.

— Vine a pedirte un consejo, don Sombras.

— Hace años que nadie me pide nada, salvo que me muera. Habla rápido.

Le conté lo de la mujer, lo del brazo transparente, lo del charco. Él se quedó callado un rato. Luego soltó un suspiro que le salió de los bigotes.

— Esa enfermedad se llama “no ser necesaria”. La gente que no le importa a nadie, que no tiene a quién abrazar, que trabaja sin que la miren, que vuelve a casa y no la espera ni un perico… esa gente empieza a borrarse. Primero se les ve la silueta rara, luego se les transparenta la piel, y un día ya no están.

— ¿Y eso duele?

— No sé, pregúntale. Pero se puede parar.

— ¿Cómo? — brinqué yo.

— Tú sabes, sé astuto. Ella te dio de comer, ¿no? Pues ahora dale tú algo que la amarre a este mundo.

Y no dijo más. El Sombras se lamió una pata y se quedó mirando las luces de las trocas en el freeway. Yo entendí lo que tenía que entender: si ella no tenía a nadie, yo podía ser ese alguien. Un gato es poca cosa, pero suficiente para anclar a un alma.

Al día siguiente, la esperé en la misma banca, aunque lloviznaba esa mañana rara de octubre. Los carros pasaban salpicando, y por el drenaje corría agua con olor a cilantro. Yo temblaba, pero no de frío. ¿Y si ya se había acabado de borrar?

Pero ahí llegó, más transparente que nunca. Se le veían los huesos como si fuera una radiografía. Se sentó a mi lado y sacó otro burrito, ahora de frijoles.

— Todavía estás aquí, gatito. Eres terco.

Yo me le trepé a las piernas sin permiso. Ella se quedó tiesa un momento, luego me pasó una mano por el lomo. Era una mano que casi no pesaba, pero yo ronroneé más fuerte que una troca de helados, para que sintiera que alguien la necesitaba.

— ¿Quieres venir conmigo? — me preguntó, como si le diera pena.

— Miau — contesté, que en mi idioma quiere decir “y todavía lo dudas”.

Me cargó y caminamos juntos hasta su apartamento en un complejo de edificios color salmón, de ésos con rejas en las ventanas y una Virgen de Guadalupe pintada en la entrada. Adentro, el silencio era tan grueso que se podía morder. Todo estaba limpio pero sin vida: un sofá que nadie usaba, una tele de ésas antiguas con antena de conejo, una mesa con un solo plato puesto. En la cocina, un calendario de una iglesia local seguía en enero.

Ella se llamaba Mariana, supe después porque lo decía en las cartas que nunca despegaba. Trabajaba doce horas en una fábrica de ropa en el downtown, y cuando volvía a casa se sentaba a ver telenovelas viejas sin prender la luz. A veces hablaba sola, pero sin voz: movía los labios como si rezara.

Esa primera noche, yo me dediqué a inspeccionar cada rincón. Había una planta de plástico en la ventana y un florero sin flores. En el baño, el espejo estaba empañado y no se le veía uno. Lo toqué con la pata y dejé una marca de gato. Al rato, ella me encontró encima de su cama, enredado en su suéter favorito, el que ya no usaba porque decía que “ya para qué”.

— Bueno, parece que ya escogiste dónde dormir — dijo.

Y esa noche, por primera vez en mucho tiempo, no se fue a la cama con la sensación de que nadie la esperaba.

Los días fueron cambiando como cambian los anuncios del freeway. Al principio, Mariana seguía siendo un poco traslúcida, sobre todo cuando volvía del trabajo. Pero yo me encargué de llenarle la vida de ronroneos, de arañazos en el sofá, de carreras locas a las tres de la mañana. Le tumbé el suéter, rompí el florero, me comí la planta de plástico.

Y ella, en lugar de enojarse, empezó a reír. Primero fueron risas cortitas, como estornudos. Luego carcajadas de esas que hacen llorar, y un día se compró un suéter nuevo, color magenta, y al ponérselo noté que sus hombros ya no dejaban ver la pared.

Una tarde, mientras ella freía unos chiles rellenos, yo estaba en la ventana viendo al chihuaha del vecino, que siempre me ladraba como si yo le debiera dinero. De repente, Mariana me cargó y me puso frente al espejo del baño. Y ahí estábamos los dos: ella, con la cara entera, sin que se le transparentara nada, y yo, con mis bigotes chuecos.

— Mira, Orange, ya nos vemos — me dijo.

Y era cierto. El espejo ya no estaba empañado, y ella ya no era un fantasma. Tenía el cabello brilloso, los cachetes colorados y hasta se había pintado los labios de rojo.

— Hoy tengo algo que contarte — siguió, mientras me rascaba detrás de la oreja. — ¿Tú crees en los milagros? Porque conocí a alguien. Se llama Tomás, trabaja en la fábrica, en el turno de noche. Me invitó a salir… y voy a ir. Voy a tener una cita, Orange. Una cita de verdad.

Yo me hice el desinteresado, pero por dentro estaba que no me cabía el alma. Mi humana se había vuelto de carne y hueso, con todo y su perfume de canela.

El sábado, Mariana se puso un vestido azul, se alisó el cabello y salió. Antes de cruzar la puerta, me dio un beso en la nariz.

— Gracias, peludo. Sin ti, yo ya no estaría.

Y se fue, dejando un rastro de olor a gardenias. Yo me quedé un rato observando la entrada, sintiendo que algo faltaba. Entonces me acordé del Sombras. Él me había dado la idea. Y yo ni siquiera le había dado las gracias.

Esa misma noche, me escapé por la ventana, bajé por la escalera de incendios y corrí hasta el edificio abandonado. Subí al techo esperando encontrarlo como siempre, solo y amargado. Pero no estaba. El lugar olía a gato, pero a otro gato más joven, y había un plato de croquetas vacío junto a una maceta con geranios.

— ¿Buscas a alguien, naranja? — oí a mis espaldas.

Me volteé y ahí estaba el Sombras, pero no solo. Venía cargado por una señora bajita, de esas que cargan su propio banquito para misa, con un rosario en la mano.

— ¿Sombras? ¿Pero qué pasó?

Él soltó un sonido ronco, algo así como una risa de gato viejo.

— Pues que seguí mi propio consejo. Después de que te fuiste, una abuelita del segundo piso me encontró y empezó a darme de comer. Al principio yo no quería, pero luego pensé: “A lo mejor servir para algo me quita lo agrio”. Y aquí ando.

La viejita le rascaba las orejas y él ronroneaba. Ya no era el Sombras de antes. Hasta la cola le brillaba.

— Vine para darte las gracias — le dije.

— Ya lo sé, menso. Por eso te sentí venir. Ahora lárgate, que tu humana te va a extrañar. Y no te olvides: ser necesario es lo único que nos mantiene en este mundo.

Me fui corriendo de vuelta a casa. Llegué justo cuando el carro de Tomás se estacionaba. Mariana bajó, se despidió de él con un gesto alegre, y subió las escaleras cantando. Al entrar, yo ya estaba sentado en la entrada, como si no me hubiera ido.

— Orange, eres el mejor gato del universo — me dijo, y me levantó para darme otro beso en la nariz.

Yo cerré los ojos y pensé en el Sombras, en los burritos, en el charco sin mojar. Y supe que, aunque uno sea pequeño, siempre puede hacer que alguien deje de ser invisible.

Esa noche dormimos los dos en el sofá, con la tele prendida y el chihuaha del vecino ladrando a la luna. Pero a mí no me molestó. Porque al final, todos necesitamos que alguien nos vea.

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