La fila afuera de la taquería “El Rincón de Doña Tere”, en la Boyle Heights, se estiraba como un acordeón. Eran las dos y cuarto de un sábado de agosto, y el sol caía a plomo. Por la pandemia solo dejaban entrar a cuatro clientes a la vez, así que los demás esperábamos en la banqueta, cada quien con su tapabocas bien puesto y un metro de separación.
Delante de mí iba un tipo que parecía un ropero de dos metros. Barba oscura entrecana, chamarra de cuero grueso con el parche de un club de motociclistas, pantalones del mismo material y botas vaqueras que rechinaban hasta cuando respiraba. Su moto, una Harley-Davidson Heritage Classic con el manubrio bien alto y el asiento color café, resplandecía junto al cordón. No sé mucho de esos juguetes, pero saqué cuentas rápido: esa máquina valía más que mi troca 2010 con los intereses sumados.
Detrás de mí, una señora con el pelo teñido de caoba codeó a su amiga. —Mira nomás, qué hombre tan imponente —dijo en voz baja, y soltó un suspiro que se le escapó hasta por el cubrebocas. La amiga se abanicó con un volante de ofertas del supermercado La Bonita y asintió. Yo me limpié el sudor con la manga del uniforme, todavía manchado de yeso. Había salido tarde del jale y solo quería unos tacos de carnitas con doble aguacate antes de caer muerto en el depa.
Por uno de los costados de la fila, pegada a la pared llena de grafitis, apareció una gata gris. Era chiquita, flaca, con la panza toda colgona y las tetillas hinchadas. Cualquiera se daba cuenta de que acababa de parir. Maullaba quedito, pero si alguien le arrimaba un pedazo de tortilla, ella saltaba hacia atrás como si le hubieran lanzado una piedra. La gente comentaba: “Pobrecita, tiene hambre, pero no se deja ayudar.” Yo pensé que con tanto movimiento no iba a comer en todo el día. El olor a carne asada y cebolla chamuscada lo envolvía todo, y la gata relamía el aire sin moverse de su rincón.
El motociclista entró, pidió algo que no alcancé a oír y salió con una bolsa de plástico. Supuse que montaría la Harley y se iría tragando el lonche por la freeway. Pero no: se recargó contra la pared de la taquería, se deslizó y se dejó caer al suelo, sentándose en plena banqueta sobre sus pantalones de cuero que seguramente costaban lo que yo gano en una quincena. La fila soltó un rumor colectivo. La señora del pelo caoba se llevó la mano al corazón. —¡Ay no! —se quejó—. Va a echar a perder todo ese cuero. ¿Pero qué le pasa?
Él ni se inmutó. Sacó un contenedor de aluminio con tacos al pastor y otro más pequeño lleno de carne asada en cubitos. Empezó a masticar sus tacos con una calma que contrastaba con todo el cemento caliente alrededor, y el contenedor de la carne lo dejó a medio metro, contra el muro. Mascullaba entre bocado y bocado: —No me los van a bajar del plato… siempre con sus mañas. Si no se los aparto, ni se asoman. —Y alzó los ojos al toldo raído de la taquería—: En mi casa tengo tres igual, bien latosos, y a todos les compro su porción aparte.
Mientras él hablaba, la gata gris se fue acercando, agazapada, con las orejas hacia adelante. La gente de la fila se quedó quieta. El motociclista, sin voltear, emitió un gruñido grave, de esos que se sienten en el diafragma. Un rugido tan hondo que hasta un pitbull habría retrocedido. La fila dio uno, dos pasos atrás. —¡Qué grosero! —tronó la señora del pelo caoba, soltando el brazo de su amiga—. Una se hace ilusiones y luego sale con esto. Un patán.
Pero la gata no se asustó. Metió una pata, pescó un cubo de carne y salió disparada hacia un callejón. A los cinco minutos había vuelto y repitió la maniobra tres veces más. La última, ya se quedó a un metro del motociclista, se sentó y empezó a lamerse el costillar, con la cola enrollada alrededor de las patitas.
Él acabó sus tacos, guardó la basura en la bolsa y se incorporó despacio, sacudiendo las rodillas. Miró a la gata y dijo, apenas alzando la voz: —Buen provecho, mija.
—¡Oiga, se le olvidó el otro contenedor! —lo llamó la señora, señalando el recipiente con la carne que aún no se había terminado.
—No se me olvidó —respondió él, sin darse la vuelta—. Esa carne la compré para ella.
Una abuelita que hacía bulto más atrás en la fila alzó la mano y le dijo: —Dios te bendiga, mijo, que te vaya bien.
La señora del pelo caoba le echó un vistazo que, si hubiera sido de fierro, lo abría en canal. Pero el motociclista se caló el casco, se montó en la Harley y la encendió con un rugido que retumbó entre los edificios. Justo entonces el sol resbaló sobre su nuca y le prendió fuego a la barba, como si se hubiera bañado en cobre derretido. Todos nos quedamos callados, sin una palabra; hasta la señora dejó caer las manos. La gata gris, mientras tanto, hundió el hocico en la carne y empezó a comer con una tranquilidad absoluta, como si aquella esquina siempre le hubiera pertenecido.
La Harley dobló en la Whittier Boulevard y se perdió entre el tráfico. La fila avanzó. Yo pedí tres tacos de carnitas, pero también un contenedor extra de carne asada. No solo para mí.
Al día siguiente, domingo, pasé otra vez a la misma hora, más por curiosidad que por hambre. La gata ya estaba ahí, ovillada sobre una caja de aguacates vacía, junto a la pared. En el suelo había dos contenedores de aluminio limpios y un plato de plástico hondo con agua fresca. De la Harley ni rastro, pero en el cemento cuarteado alguien había garabateado con gis: “Para la mija gris, con cariño. Atte. El Oso.”
Dejé mi propio contenedor al lado del plato y me quedé quieto. La gata parpadeó, estiró el lomo y vino a restregárseme contra las botas. Sentí el ronroneo en los tobillos mientras la gente seguía desfilando con sus bolsas de tacos. No me hizo falta nada más.







