Mateo llegaba a la casa con los labios pegados. No importaba si había tenido educación física o si el termostato de la escuela en Boyle Heights se descomponía otra vez. Él aguantaba. Mi sobrino de diez años podía correr detrás de una pelota hasta quedar empapado y ni así se acercaba a su botella. Siempre con la misma excusa: "Luego tomo, tío. No traigo sed."
Pero yo lo veía al cruzar la puerta. Directo a la cocina. Tres vasos de agua, uno tras otro. A veces cuatro.
Una tarde me quedé en el marco de la puerta mientras él escurría el último vaso sobre el fregadero. Tenía la camisa del uniforme todavía mojada de sudor.
—Mateo, ¿por qué no tomas agua en la escuela?
Se encogió de hombros sin voltear.
—No sé.
—Llevas semanas haciendo lo mismo. Te vas a deshidratar, chamaco.
Abrió la mochila despacio y sacó una botella de Gatorade toda raspada, con la etiqueta a medio despegar. La puso sobre la mesa como quien confiesa un delito.
—Todos llevan de las que son de metal. Con stickers y sus nombres grabados. Hasta la Carolina trae una que le costó como cuarenta dólares. Y yo con esto…
Mi hermana me dejó a Mateo cuando él tenía tres años. Ella trabajaba limpiando oficinas en Downtown y una noche simplemente no regresó. Un aneurisma. De esas cosas que no avisan. Desde entonces yo me hago cargo. Vivo en una renta cerca de la Soto, con un taller chiquito en la cochera donde arreglo muebles. No me va mal, pero tampoco como para andar comprando termos de cuarenta dólares por capricho.
Esa noche no pude dormir. Me quedé en la cochera como a las dos de la mañana, rodeado de sillas a medio reparar, pensando en la cara de Mateo. No era tristeza lo que traía. Era vergüenza. Y esa madre me calaba más.
Al día siguiente fui a la escuela sin avisarle. Quería verlo. Me estacioné en la Morelia, donde está el puesto de elotes, y caminé hasta la reja del recreo. Por un ratito no lo encontré. Luego lo vi jugando básquet. Corriendo. Defendiendo. Sudando a chorros.
El silbato sonó. Los demás chamacos se fueron acercando a las bancas y empezaron a sacar sus botellas. Unas azules, otras rosas, con calcomanías de equipos de futbol y personajes. Mateo se quedó atrás. Esperó a que casi todos se fueran al salón. Luego se metió detrás de los arbustos que dan al estacionamiento de los maestros. Ahí sacó su botella de Gatorade, le dio como tres tragos rápidos y la volvió a esconder antes de que alguien lo viera.
Me regresé a la camioneta y me quedé un rato con las manos en el volante. El carrito de elotes ya se estaba yendo y el olor a chile en polvo entraba por la ventana. Me sentí poca cosa. No por no tener el dinero. Por no haberme dado cuenta antes.
Esa noche estuve dando vueltas en el taller. Sobre la mesa de trabajo tenía un termo viejo de metal. Era de mi papá. De cuando trabajaba en la construcción allá en El Sereno, antes de que se accidentara. El termo estaba todo rayado y tenía un golpe en la base, pero todavía cerraba bien y conservaba el frío. Lo había guardado en una caja por años sin saber por qué.
Dudé un rato. Lo que estaba pensando me parecía una tontería al principio. Pero luego ya no.
Lijé todo el exterior hasta quitarle las rayaduras más feas. Busqué pintura en aerosol que me había sobrado de un trabajo: azul noche. Le di dos capas. Cuando secó, agarré la herramienta que uso para grabar madera y empecé a hacer puntitos diminutos sobre el metal: un cielo estrellado. Me tardé casi tres horas. En la parte de enfrente grabé unas montañas chiquitas, como las de un viaje a Big Bear que hicimos con mi papá una Navidad. Y abajo, con letra cuidadosa:
**"Cada rasguño cuenta una historia."**
No soy bueno para las manualidades. Soy carpintero. Pero cuando terminé y me hice para atrás a verlo… no estaba mal. Estaba distinto.
A la mañana siguiente lo puse junto al plato de Mateo, antes de que se levantara. Cuando entró a la cocina se quedó viendo el termo sin decir nada. Lo agarró con las dos manos.
—¿Es el de mi abuelo?
—Era. Ahora es tuyo.
Lo estuvo volteando un buen rato. Pasó el dedo por las letras grabadas. Por las montañas. Luego me vio y traía los ojos así, medio aguados, pero aguantándose.
—Gracias, tío.
No dijo más. Pero ese día no escondió el termo.
Cuando llegó a la escuela, uno de sus amigos, un güerito que se llama Kevin, se le acercó en chinga:
—Enséñame eso, ¿qué es?
Mateo se lo pasó. Otros dos chamacos se arrimaron. Empezaron a darle vueltas entre todos.
—Está bien chido. ¿Dónde lo compraron?
—No se compró —dijo Mateo—. Lo hizo mi tío. No hay otro igual.
Esa semana pasó algo que ni él ni yo esperábamos. Los compañeros de Mateo empezaron a llegar con botellas decoradas por sus familias. Una niña trajo una forrada con retazos de colores que le había ayudado a coser su abuela. Otro trajo una cubierta de mezclilla con parches de bandas de rock. Un chavito del salón de al lado llegó con una botella pintada de amarillo con flores hechas a mano por su mamá. Hasta Kevin, el güerito que todo lo compraba de marca, apareció con un termo envuelto en fotos de su familia pegadas con cinta adhesiva transparente. Se veía chueco, pero él lo presumía como si fuera de diseñador.
La maestra de Mateo, la señora Castillo, organizó con la directora un taller de reciclaje. Invitaron a los papás a ir un sábado para decorar botellas juntos. Me pidieron que hablara. Yo no soy de andar dando discursos. Mejor le paso el martillo a la madera y me callo. Pero fui.
El taller era en la cafetería de la escuela. Pusieron mesas largas con pinturas, telas, pegamento, calcomanías. Llegaron como cuarenta familias. Había chamacos por todos lados: unos pegando cuentas, otros pintando, otros nomás haciendo un desmadre y riéndose. Mateo estaba en una esquina ayudando a una niña más chica a grabar un arbolito en su botella. La niña se llamaba Lucía y había llegado con su mamá, que era costurera. Entre todos nos fuimos prestando herramientas.
Cuando me tocó hablar, respiré profundo. No llevaba nada preparado. Me paré junto a la mesa de la señora Castillo y me metí las manos en las bolsas del pantalón.
—Miren, yo no soy de dar consejos —dije—. Pero sí creo que a veces se nos olvida lo que tenemos. Un termo viejo… un mueble roto… una persona que ya no está. Y pensamos que para que algo valga tiene que ser nuevo, de esos que salen en los anuncios. Pero las cosas que más duran son las que alguien hizo con tiempo. Con atención. Las que traen una historia pegada aunque no se vea.
Vi a Mateo desde el otro lado del salón. Tenía el termo entre las manos, como lo había hecho esa mañana en la cocina. Me sonrió.
Después del taller, Lucía se me acercó jalando a su mamá de la mano.
—Señor Daniel —dijo la señora—. Mire, nosotros no traíamos botella porque no nos alcanzó para una. Pero mi hija quiere hacer una. ¿Usted cree que le pueda ayudar?
—Claro —le dije—. Tengo otro termo viejo en la casa. Se lo traigo la semana que entra.
Mateo se me quedó viendo. Luego se acercó y me dijo bajito:
—Le podemos hacer uno como el mío, ¿verdad, tío?
—Sí, chamaco. Como el tuyo.
Esa noche, ya en la casa, Mateo sacó el termo de la mochila y lo puso en la mesa del taller. Lo observó un rato. Luego lo agarró, le dio un trago largo y me dijo:
—Hoy en el recreo Kevin me preguntó si le podías hacer uno a su hermano chiquito. Dice que su mamá no tiene tiempo porque trabaja dos turnos.
Lo miré. Estaba serio. Ya no hablaba como el chavito que se escondía detrás de los arbustos.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Que sí. Que tú le haces uno. Pero que le va a tener que poner algo que signifique algo. Porque si no, no sirve.
Me reí. Agarré el termo de mi papá —el de Mateo ahora— y le señalé las estrellas que había grabado.
—¿Ves esto? Cada una de esas puntadas fue con una broca de un milímetro. Me tardé una hora solo en esta esquina. Y este raspón de aquí es de cuando tu abuelo tiró el termo desde un tercer piso en una obra y rebotó en el concreto. No se rompió.
Mateo pasó el dedo por el raspón.
—Esa historia no me la sabía.
—Hay un montón que no te sabes. Pero las vas a ir sabiendo. Y cuando tú le hagas un termo al hermano de Kevin… ese va a tener sus propias historias.
Afuera ya estaba oscuro. Se oía el ruido de la freeway a lo lejos y un helicóptero del LAPD dando vueltas por algún lado. Mateo se quedó callado un rato. Luego dijo:
—A lo mejor un día yo le hago uno a alguien.
Levantó el termo y le dio otro trago. Ya no se escondía. Ya no volteaba a ver quién andaba cerca. Solo bebía.







