El Cruce de Caminos

Doña Carmen acariciaba a Cleopatra, su esfinge de pedigree, como si estuviera puliendo una joya. La gata, un regalo que le había traído su hija Mónica desde un criadero en Dallas, era su orgullo. Cada parto de Cleo era un evento que reunía a compradores de todo el condado de Bexar, con lista de espera y depósitos por adelantado. Esta camada no fue la excepción: cuatro criaturas perfectas de piel arrugada y grandes orejas de murciélago, el estándar de la raza. Pero el quinto… el quinto parecía un error del sistema.

—¿Y esto? —masculló Carmen, sosteniéndolo con dos dedos como si fuera una papa podrida—. Parece una rata con cola de chango.

El gatito era una bola de pelusa negra, con las patas demasiado largas y una cabeza diminuta. Un contraste absoluto con sus hermanos, lampiños y color crema. Lo peor es que no tenía un solo papel en regla. A sus espaldas, el pecado de un gato callejero rondando el jardín de las buganvilias había quedado impreso en ese animalito.

—La gente va a hablar, piensa mal de mí —se quejó Carmen esa noche, mientras revolvía los frijoles con más fuerza de la necesaria—. Van a decir que ando metiendo gatos corrientes en la vitrina.

Su esposo, don Ramiro, un hombre de pocas pulgas, bajó el volumen de la televisión donde estaba a punto de empezar el noticiero.

—Ay, vieja, no friegues. ¿Te acuerdas del Canelo? Ese perro parecía un trapeador viejo y lo quisiste hasta el último día. No te hagas.

—El Canelo era diferente —replicó ella, pero el argumento sonó hueco.

En el rincón, su nieto Mateo, de nueve años, no les quitaba los ojos de encima. Se acercó al gatito negro y lo envolvió en la orilla de su sudadera de los Spurs.

—Abue, ¿me lo puedo quedar? Le voy a poner Azabache. Yo lo cuido, te lo juro. Limpio lo que ensucie y le doy de comer.

Doña Carmen soltó un suspiro cargado de fastidio mientras servía la cena. Sabía que ese animalito traería problemas. Entre la cocina y la sala, un olorcillo a tortillas de maíz recién hechas inundaba la casa, mezclándose con el aroma artificial de manzana y canela del ambientador de la mesita de la entrada.

—Luego vemos, m’ijo. Ahorita no estés chingando con eso.

Mateo no dijo nada, pero sus manitas se aferraron a la bolita de pelo negro con una decisión callada. En los días que siguieron, Doña Carmen observaba el reloj y a los gatitos con la misma ansiedad. Los cuatro esfinges ya tenían dueño esperando. Pero ese bulto negro y huesudo seguía ahí, una mancha viviente en su historial de criadora perfecta. Una idea empezó a tomar forma en su cabeza, tan silenciosa como el veneno.

El miércoles por la mañana, con Mateo ya en la escuela primaria Woodlawn y don Ramiro en el taller de hojalatería, Carmen escuchó el motor de la camioneta de don Beto, un señor que vendía tamales y churros en la Alameda, y que cada quince días se iba hasta Laredo a surtirse de mercancía. Salió al porche. El cielo estaba gris y seco, típico de un diciembre en San Antonio. Con una bolsa de tela del H-E-B en la mano, se acercó a la reja.

—Beto, me haces un favorcito. Te encargo a esta criatura. Déjalo por el Mercado, donde hay bastante gente. Al rato alguien se lo lleva.

El hombre miró dentro de la bolsa y alzó una ceja.

—¿No es el del chico, doña Carmen?

—Qué va a ser. Es un arrimado.

En cuanto la camioneta dobló la esquina de Zarzamora Street, dejando atrás el mural de la Virgen de Guadalupe pintado en la pared de la carnicería, el estómago de Carmen dio un vuelco. Una culpa diminuta, con patas de alfiler, le caminó por el pecho. Se obligó a pensar en la próxima camada, en una gatita lista para reemplazar a Cleo. “Se le pasa”, se dijo. “Los niños olvidan rápido”.

Mateo entró a la casa como un vendaval. El eco de su mochila al caer al suelo retumbó en el pasillo alfombrado. No hubo maullido de bienvenida. Recorrió la sala, la cocina, el cuarto de lavado, buscando a su sombra negra.

—¿Abue, y el Azabache?

Doña Carmen, sentada en su mecedora, ni siquiera levantó la vista del rosario. Pero Mateo notó cómo sus dedos apretaban las cuentas de madera con demasiada fuerza.

—Se lo llevaron, hijo. Una muchacha pasó tempranito y le gustó. Dijo que era para su niña chiquita.

—Pero… era mío. Tú sabías.

La voz del chico no era de berrinche. Era un susurro partido, como de alguien que acaba de descubrir la consistencia exacta de una mentira. Mateo se encerró en su cuarto. No lloró de inmediato. Se quedó sentado en la orilla de la cama, mirando un póster del Alamo pegado en la pared, sintiendo que algo, en alguna parte, no encajaba.

A treinta millas de allí, en un rincón del Parque Brackenridge, donde las ardillas son dueñas del pasto y el tráfico del Loop 410 es apenas un rumor lejano, Azabache tiritaba. Don Beto había cumplido con el encargo, abrió la bolsa a la sombra de un viejo roble, cerca del cruce de dos caminos de tierra, frente al quiosco de los helados que en invierno estaba cerrado con candado. El gatito sintió el frío del suelo en sus almohadillas. No entendía nada. Su mamá les había dicho que cada uno tendría un dueño y una casa. Él ya había elegido la suya y a su chico. ¿Por qué ahora esto?

El hambre le mordía las tripas vacías. El olor a pino y a polvo le era totalmente ajeno. Solo se movía un torbellino de hojas secas arrastradas por el “norte”, ese viento helado que baja sin avisar. Estaba tan entretenido cazando una hoja de encino que brincaba con el viento, que no sintió los pasos que se acercaban por el sendero.

—Eli, mira. Un gatito.

Dos chicos de cabello oscuro y chamarras del Northside ISD se detuvieron. Uno de ellos, el más chaparrito y de lentes, se agachó, pero el gato no era arisco. Azabache, muerto de frío y soledad, corrió directo a las zapatillas del chico, ronroneando como un motorcito descompuesto.

—Está chiquito, mano. Lo dejaron botado —dijo Elian, el mayor, mientras le rascaba detrás de las orejas—. Mi mamá nos mata si lo llevamos al depa, pero no podemos dejarlo aquí. Se lo comen los coyotes o se muere de frío.

—¿Qué hacemos? —preguntó Gabi, el menor, con los ojos brillantes de preocupación.

La solución se llamaba don Tomás, el portero del edificio de apartamentos de la calle Fredericksburg, un veterano de bigote canoso que se sabía los nombres de todos los niños y todos los gatos del barrio. Don Tomás guardaba las herramientas de jardinería en un sótano tibio que olía a fertilizante y a tabaco de pipa. Ahí, junto a la caldera, los chicos improvisaron una cama con una toalla vieja de los Vaqueros y un plato de aluminio con agua. Compraron una lata de Fancy Feast con el dinero del lonche.

—Solo unos días —rogó Elian a don Tomás, mientras el viejito colgaba la llave del sótano en un clavo escondido detrás de la tubería—. El viernes regresa mi mamá del viaje y hablamos con ella.

Don Tomás sonrió con una mezcla de lástima y ternura, recordando las veces que otros “refugios temporales” se convertían en residentes del edificio, para descontento de su esposa. Pero asintió.

El viernes, la mamá de los chicos, la señora Valeria, regresó agotada de una convención en Houston. Antes de que pudiera quitarse los zapatos, sus dos hijos estaban plantados en la sala con una caja de cartón que olía ligeramente a humedad de sótano.

—Ma, queremos pedirte un favor gigante —comenzó Elian, el mayor—. Encontramos un gatito en Brackenridge. Lo íbamos a dejar, pero nos siguió. No podíamos dejarlo morir, ma, no somos así.

Valeria vio la carita de su hijo menor, Gabi, que apenas podía sostener la caja de puro nervio. Luego miró al gatito negro, flaco y con una cabeza que parecía desproporcionada. Un bigote chueco y unos ojos azules como el cielo de octubre en Texas.

—Pero si parece un gremlin —dijo ella, conteniendo una sonrisa.

—¡No, ma! —protestó Gabi—. Es chiquito nomás. Nosotros le damos de comer. Ya no queremos regalos ni para Navidad ni pa’l cumpleaños. Solo queremos que Azabache se quede.

Valeria suspiró. Pensó en el sofá de cuero recién comprado en el Mercado de Pulgas de Eisenhower, en las cortinas beige. Pero vio la resolución en los ojos de sus chicos. Esa misma resolución que su propio padre, un bracero de Coahuila, le había enseñado a ella.

—Está bien. Pero si se hace pipí en mis macetas, lo bañan ustedes.

Azabache trepó por el sillón, arañando la tela camino al respaldo, se instaló en la cima como un pequeño rey destronado que acababa de conquistar un imperio. Decidió que los pies calientes de Gabi eran un buen lugar para dormir. La barriga llena, el radiador encendido en el departamento y la suave música de una cumbia de Selena saliendo de la cocina ahuyentaron el frío del parque.

En San Antonio, a unas calles de la Alameda, Mateo no durmió bien esa noche. Se asomó a la ventana de su cuarto, esa que daba al jardín trasero donde un viejo columpio chirriaba con el viento. Un sabor amargo, a traición con dulce de piloncillo, se le quedó en la garganta. Algo dentro de él, una inocencia prestada, se había quebrado para siempre. Se tapó la cabeza con la almohada y apretó los puños, sintiendo un vacío helado en los pies donde antes se enroscaba la bolita de pelo negro.

Pasó un año, quizás dos. Doña Carmen fracasó en su intento de hacer de Cleo una criadora rentable. La gata, quizás por la edad, nunca volvió a quedar preñada. El negocio de los gatos finos se desinfló como un globo al día siguiente de una piñata. Nadie hablaba del tema, pero ahí estaba la repisa del negocio vacía.

Una tarde de primavera, en una carne asada familiar, Mateo llegó con su novia. Mientras todos mordisqueaban elotes con crema en el porche, un gatazo negro, enorme, imponente y con un pelo brillante como la obsidiana, saltó a la mesa de la cocina. Parecía una pantera en miniatura, un ejemplar tan perfecto que hasta la misma Carmen se quedó muda. Lo había traído una vecina buscando un remedio para un ojo infectado, creyendo, por su porte, que doña Carmen era veterinaria.

El gato ronroneaba como un tractor, sobándose contra los muebles como si conociera cada rincón, cada olor.

Carmen lo miró fijamente. Esos ojos azules. Esa chispa altanera.

Algo se le encogió en el pecho. Se acercó con una mano temblorosa al lomo del animal, el cual, apenas sintió sus dedos, se apartó con la cola erguida y se fue directo a enredarse en los tobillos de Mateo.

Mateo se agachó, y por un instante, una sombra fugaz de recuerdo pasó por su rostro. Su mano acarició la cabeza, grande y perfectamente proporcionada, del gato.

—Míralo nomás, abue —dijo sin voltear a verla, con la voz tranquila—. El que era un arrimado, resultó ser el rey.

Doña Carmen se quedó estática, con una cuchara de servir en la mano. La vista se le nubló por un segundo. Vio su reflejo en la puerta corrediza del patio: una mujer mayor, con una corona de canas y un error atorado en la garganta. Nadie le dijo nada. No había nada que decir. Solo el escándalo de los chiles asándose en el tambo y el suave ronroneo que, para Mateo, sonaba como una venganza oportuna y un perdón que no había pedido.

Sobre la mesa, junto a los platos de barbacoa, quedó olvidada una taza con el logo del Mercado donde Azabache había conocido el abandono. El gato lamió el borde, saciando su curiosidad, mientras el sol se metía pintando de naranja las azoteas de San Antonio. La abuela no probó bocado esa noche. Mateo, en cambio, cenó con el gato a sus pies, sintiendo cómo, por fin, las piezas desordenadas del universo volvían a encajar en su lugar, sin prisa pero sin pausa, como solo los milagros de la calle saben hacerlo.

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