No pude abandonarlo, mamá susurré. ¿Lo entiendes? No podía.
Tenía catorce años, y sentía que el mundo entero estaba en contra de mí. O, mejor dicho, que nadie quería comprenderme.
Otra vez el gamberro ese murmuraba la señora Clara, la vecina del tercero, cruzando deprisa la plaza para no pasar cerca de mí. Un niño que cría sola su madre. ¡Ahí tienes el resultado!
Yo caminaba con las manos hundidas en los bolsillos de los vaqueros desgastados, fingiendo que no escuchaba. Pero claro que escuchaba.
Mi madre trabajaba una vez más hasta tarde. En la mesa de la cocina me dejaba una nota: Hay croquetas en la nevera: caliéntalas. Y silencio. Siempre ese silencio.
Como hoy, volvía del instituto, donde los profes volvían a darme la charla por mi conducta. Como si no supiera, perfectamente, que todos me consideraban un problema. Lo sabía. Pero ¿y qué?
¡Eh, chaval! me llamó don Víctor, el vecino del primero. ¿Has visto al perro cojo, ese? A ver si lo echas.
Me paré y miré bien.
Junto a los contenedores de basura, allí estaba tumbado el perro. No un cachorro, sino ya adulto, de pelo canela con manchas blancas. No se movía, sólo los ojos seguían los pasos de la gente. Ojos inteligentes, pero tan tristes.
¡A ver si alguien lo echa de una vez! añadía la señora Clara. Ese bicho seguro que está enfermo.
Me acerqué. El perro ni se movió, sólo agitó débilmente la cola. Su pata trasera tenía una herida, con costra de sangre seca.
¿A qué te quedas ahí plantado? soltó don Víctor, impaciente. Coge un palo y échalo de ahí.
Entonces sentí dentro como estallaba algo.
¡Sólo que se atreva alguien a tocarlo! solté de golpe, poniéndome delante del perro. Él no molesta a nadie, os lo juro.
Vaya, vaya se sorprendió don Víctor , ya tenemos defensor.
Y lo defenderé. Me agaché junto al perro y le tendí despacio la mano. Él olisqueó mis dedos y me lamió la palma con suavidad.
Algo cálido me llenó el pecho. Por primera vez en mucho tiempo alguien era bueno conmigo.
Vamos le susurré al perro. Ven conmigo.
En casa monté una cama para el perro con chaquetas viejas en un rincón de mi cuarto. Mamá estaba aún en el trabajo, así que nadie iba a regañar ni a echar al bicho.
La herida en la pata daba mal aspecto. Me conecté a Internet, buscando artículos sobre primeros auxilios para animales. Leía, frunciendo el ceño con los términos médicos, pero memorizaba todo lo importante.
Hay que lavar con agua oxigenada murmuraba, rebuscando en el botiquín. Luego poner yodo en los bordes. Despacio, sin que le duela.
El perro se quedó quieto, ofreciéndome la pata herida como si se fiara de mí por completo. Me miraba agradecido así no me había mirado nadie en mucho tiempo.
¿Cómo te llamas? le pregunté mientras vendaba la pata. Canela eres, ¿te llamo Canela?
El perro ladró suavemente, como si estuviera de acuerdo.
Por la noche llegó mamá. Yo me preparé para el escándalo, pero sólo miró a Canela, tocó el vendaje y no dijo nada.
¿Has hecho tú la cura? preguntó en voz baja.
Sí. Lo busqué en Internet.
¿Y qué le vas a dar de comer?
Algo se me ocurrirá.
Mamá me miró largo rato. Luego miró al perro, que le lamía la mano con confianza.
Mañana llevamos a Canela al veterinario decidió. A ver qué le pasa. ¿Ya tienes nombre?
Canela respondí, casi sin poder esconder la sonrisa.
Por primera vez en meses no había ese muro de incomprensión entre nosotros.
Por la mañana me levanté una hora antes. Canela intentó ponerse de pie, gimió por el dolor.
Tranquilo, quieto le calmé. Ahora te traigo agua y algo de comer.
No había pienso en casa, claro. Le di la última croqueta y mojé pan en leche. Canela comía con ansia, pero sin prisa, limpiando cada migaja.
En el instituto, fue la primera vez en mucho tiempo que no discutía con los profes. Todo el día pensaba en Canela. ¿Estaría bien? ¿Le dolería? ¿Se sentiría solo?
La tutora me miró extrañada.
Hoy estás diferente.
Me encogí de hombros. No iba a contarlo seguro se reirían.
Al salir, corrí a casa, sin hacer caso de las miradas de los vecinos. Canela me recibió con un salto y aullidos ya se tenía en tres patas.
Bueno, compañero, ¿quieres salir? improvisé una correa con una cuerda. Despacio, que no se te resienta la pata.
En la plaza, la escena era increíble. La señora Clara, al vernos, casi se atraganta con las pipas:
¡Pero si se lo ha llevado a casa! ¡Miguel! ¿Te has vuelto loco?
¿Y qué? contesté tranquilo. Le estoy curando. Pronto estará bien.
¿Curando dices? se acercó la vecina. ¿Y de dónde sacas dinero para medicamentos? ¿Te los robas a tu madre?
Estrujé los puños, pero me mantuve tranquilo. Canela se pegó a mi pierna, como si supiera que me tensaba.
No robo nada. Gasto mi propio dinero. El de los desayunos, lo había ido guardando musité.
Don Víctor negó con la cabeza:
Chaval, ¿sabes que has cogido una responsabilidad? Un ser vivo, no es un juguete. Hay que cuidarlo: comida, medicinas, paseos.
Ahora cada mañana empezaba con una vuelta por la plaza. Canela mejoraba rápido, ya podía correr aunque aún cojeaba. Paciente, yo le enseñaba trucos durante horas.
¡Sentado! ¡Muy bien! ¡Dame la pata! ¡Así!
Los vecinos miraban desde lejos. Algunos negaban, otros sonreían. Pero yo, sólo veía los ojos leales de Canela.
Fui cambiando. No de golpe, sino poco a poco. Dejé de contestar mal, ayudaba en casa, incluso mejoré notas. Tenía una meta. Y era solo el principio.
Tres semanas después ocurrió lo que más temía.
Volvíamos de un paseo, cuando un grupo de perros callejeros salió de detrás de los garajes. Cinco o seis, nerviosos, hambrientos, con los ojos brillando entre sombras. El líder, un mastín negro, mostró los dientes y avanzó.
Canela instintivamente se puso detrás de mí, y con la pata dolorida no corría bien. Aquellos notaron su debilidad.
¡Atrás! grité, agitando la correa. ¡Lárguense!
Pero la manada no se iba. Se acercaban, olían a pelea. El mastín gruñía más fuerte, listo para saltar.
¡Miguel! gritó alguien desde uno de los balcones. ¡Corre! ¡Deja el perro y corre!
Era la señora Clara, asomada. Detrás, otras caras de vecinos.
¡No hagas el héroe! gritaba don Víctor. ¡El perro no puede correr, no seas tonto!
Miré a Canela. Temblaba, pero no se movía. Se pegó a mi pierna, dispuesto a compartir el destino.
El mastín saltó primero. Me cubrí con los brazos y recibí el golpe en el hombro. Sus colmillos rompieron la cazadora y me arañaron la piel.
Pero Canela, a pesar del miedo y la herida, se lanzó a defenderme. Se aferró con los dientes a la pierna del líder, colgándose de él.
Empezó la lucha. Yo me defendía como podía, pateando, cubriendo a Canela de los colmillos. Recibía mordiscos y arañazos, pero no me rendí.
¡Madre mía, lo que está pasando! gritaba la señora Clara. ¡Víctor, haz algo!
Don Víctor bajaba las escaleras, cogiendo palos, hierros, lo que pillara.
¡Aguanta, muchacho! gritaba. ¡Voy!
Caía bajo los perros, cuando escuché un grito conocido:
¡Fuera!
Era mi madre. Corrió desde el portal y arrojó un cubo de agua sobre la manada. Los perros se apartaron, gruñendo.
¡Víctor, ayuda! pidió.
Don Víctor corrió con el palo, seguido por más vecinos bajando. Los perros, viendo que perdían, huyeron.
Caí al suelo, abrazando a Canela. Los dos sangrábamos, temblando, pero estábamos vivos.
Hijito mi madre se arrodilló a mi lado, revisando mis heridas con cuidado. Me has dado un susto horrible.
No pude abandonarlo, mamá susurré. ¿Lo entiendes? No podía.
Lo entiendo contestó ella suave.
La señora Clara fue al patio, se acercó. Me miraba como si nunca me hubiera visto.
Muchacho dijo, confundida. Podrías haber… muerto. Por un perro.
No por un perro intervino don Víctor . Por su amigo. ¿Captas la diferencia, Clara?
Ella asintió, en silencio. Tenía lágrimas en las mejillas.
Vámonos a casa dijo mamá. Hay que lavar las heridas. Y las de Canela también.
Con esfuerzo me levanté, cogí al perro en brazos. Gimoteaba flojito, pero movía la cola apenas, feliz de tenerme cerca.
Esperad nos detuvo don Víctor. ¿Mañana vais al veterinario?
Sí.
Yo os llevo en coche. Y pago el tratamiento ese perro se ha ganado el respeto.
Me quedé perplejo.
Gracias, don Víctor. Pero puedo solo.
No discutas. Ya me lo devolverás cuando puedas. Por ahora… me dio una palmada en el hombro. Estamos orgullosos de ti. ¿Verdad?
Los vecinos asintieron.
Pasó un mes. Una tarde cualquiera de octubre, volvía de la clínica veterinaria donde ahora ayudo como voluntario los fines de semana. Canela corría a mi lado la pata curada, apenas le quedaba cojera.
¡Miguel! me llamó la señora Clara. ¡Espera!
Me paré, esperando alguna queja. Pero me dio una bolsa de pienso.
Para Canela dijo, incómoda. Es bueno, y caro. Le cuidas mucho.
Gracias, señora Clara respondí honestamente. Pero ya tenemos, Ana, la veterinaria, me paga por ayudar.
Llévatelo igual. Puede que te sirva más adelante.
En casa, mamá preparaba la cena. Al verme, sonrió:
¿Cómo te va en la clínica? ¿Ana está contenta contigo?
Dice que tengo buen pulso y paciencia. Acaricié la cabeza a Canela. Igual acabo como veterinario. Lo estoy pensando.
¿Y las notas?
Van bien. Hasta Paco, el profe de física, me elogia.
Mamá asintió. Ese mes me había transformado. Ya no era borde, ayudaba en casa, saludaba a los vecinos. Lo principal: tenía una meta. Una ilusión.
Oye me dijo , mañana vendrá Víctor. Quiere proponerte otro pequeño trabajo. Tiene un amigo con criadero de perros, necesita ayudante.
Me iluminé:
¿De verdad? ¿Puedo llevar a Canela?
Claro. Es casi un perro de servicio ya.
Por la tarde, yo estaba en la plaza con Canela. Practicábamos el comando vigila. Canela obedecía serio, atento.
Don Víctor vino y se sentó a mi lado en el banco.
¿Mañana vas de verdad al criadero?
Sí, con Canela.
Acuéstate pronto. Será un día duro.
Cuando se fue, me quedé un rato. Canela puso la cabeza sobre mis rodillas y suspiró, feliz.
Nos encontramos el uno al otro. Y nunca más estaremos solos.
Aprendí que ser amigo significa estar, pase lo que pase, y no soltar a quien confía en ti. La soledad se vence cuando uno apuesta por el corazón.




