Valentina iba camino al trabajo cuando, de repente, se dio cuenta de que había olvidado el móvil en casa. Decidió volver, entró en el ascensor y…

Diario personal, jueves, 7 de marzo

Hoy ha sido un día digno de una novela de Almodóvar, de esos que te dejan el alma en un puño y la mente dando vueltas sin parar.

Esta mañana salía yo con prisas hacia la oficina, típico de un jueves, cuando nada más cruzar el portal me he dado cuenta de que me había dejado el móvil en casa. Maldición. Decidí subir de nuevo al piso, resignada a perder el Cercanías a Atocha, y pulsé el botón del ascensor. Todo normal hasta que, al llegar al octavo, el ascensor se detuvo con un golpe seco. Apagón, silencio, y yo dentro, atrapada.

Intenté sacar el móvil, pero claro, seguía en la mesilla, junto al despertador. Me resigné a esperar a que la comunidad llamase al técnico y, rodeada por el eco del hueco del ascensor, todo estaba extraño y demasiado tranquilo en ese instante.

De repente, escuché voces en el pasillo. La mía propia se habría helado de sorpresa al distinguir la de mi marido, Javier, hablando dulcemente con una mujer al otro lado de la puerta. No quise ni respirar. Decía:
Cariño, cuánto te he echado de menos. No veo el momento de volver a tenerte solo para mí.

La mujer respondió:
Esta noche nos veremos. Vente después de las diez.

¿Hoy tu marido vuelve a turno de noche?
Sí, toda esta semana lo tiene, sale a las nueve y media y vuelve antes del amanecer. Por cierto, pronto estará aquí, tenemos que darnos prisa.

Javier, nervioso, murmuraba algo acerca del ascensor, preguntándose por qué tardaba tanto en llegar. Yo contenía la respiración. Escuché cómo se despedían rápido, y enseguida bajaron corriendo por las escaleras.

Me costó asimilar lo que estaba oyendo; al principio, ni lo pensé. No puede ser, ¿serán vecinos?, me pregunté. Pero pronto la mujer, Elvira, la del 8ºD, mencionó su propio nombre y el de Javier. Mi estómago dio un vuelco al comprender que mi propio marido me engañaba, y nada menos que en el mismo edificio.

Medité, ahí dentro, sobre aquel paseo nocturno que él decía necesitar para tomar el aire en el barrio de Chamberí. Me repetía: Ya sé cuál es ese aire fresco que tanto necesita… Pero hoy te vas a acordar, Javier. Te va a salir cara tu caminata.

Al rato llegaron los técnicos y me liberaron del ascensor. A mi vuelta, tenía ya en mi cabeza el plan para la noche.

Poco antes de las diez, como cada noche, Javier anunció:
Laura, salgo a dar una vuelta, solo será un paseo corto.

¡Pero si está lloviendo, Javier! le dije con asombro.

Me llevo el paraguas. Deja que me mueva un poco, me sienta bien, ya me conoces.

Mejor quédate y respira aire fresco en el balcón, hombre…

Imposible, necesito andar, para el corazón. No tardo.

Hoy no es tu día, Javi, mejor quédate en casa.

Déjate de supersticiones, Laura. Vuelvo en una hora.

A la media hora regresó, descompuesto y sin bolso ni abrigo. Le abrí por la cadena.

¿Dónde está tu paraguas? ¿Y la chaqueta, los zapatos?

¡Unos chavales me han parado en la calle y me han quitado todo! Déjame pasar, que estoy helado.

Tus cosas están en la basura, al lado del portal. Dile a Elvira que le mando recuerdos.

¿Elvira quién?

La del octavo… ¡la de tus paseos!

Cerré la puerta y me fui a ver la tele. Al menos nuestros hijos ya están casados y lejos, pensé. No tienen que ser testigos de este esperpento.

Javier, al darse cuenta de que iba en serio, salió corriendo al cuarto de la basura, donde había dejado una maleta con su ropa. Al rato le vi irse a la calle, supongo que buscaba un taxi para ir con su madre.

Lo cómico es que su móvil se lo había dejado en casa de Elvira. Decidió volver para pedirme uno, pero, karma, al intentar volver, se quedó atrapado en el ascensor, justo cuando cortaron la luz en todo el bloque para una revisión.

Al cabo de un rato, ya con la luz restablecida, los dos Javier y Elvira bajaron juntos en el ascensor, cada uno con su maleta, sin dirigirse la palabra y pidiendo ya distinto taxi desde la acera.

Definitivamente, a veces la vida en Madrid es más intensa que cualquier novela. Y yo, mientras escribo esto, solo puedo agradecer que hoy, aunque dolida, me siento más libre que nunca.

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Valentina iba camino al trabajo cuando, de repente, se dio cuenta de que había olvidado el móvil en casa. Decidió volver, entró en el ascensor y…