Nuestros parientes vinieron a visitarnos y se presentaron como los mismísimos Reyes Magos, cargados de regalos. Eso sí, que no tardaron en insinuar que quizá estaría bien ponerlos directamente sobre la mesa.
Un buen día recibimos la noticia: los primos se apuntaban a pasar el fin de semana en casa. Por supuesto, les avisé con toda la claridad de la Gran Vía: Mira, aquí se vive justito, que uno no nada en euros, ni la pensión da para alegrías. Por aclarar, no pasamos hambre (toco madera), pero tampoco nos da para cenas de gala ni postureos en Instagram. Yo, jubilada. Mi hijo, con curro tan escaso que podrías perderlo de vista. En definitiva, que lo de recibir visitas es deporte de alto riesgo para nuestro bolsillo.
Ellos llegaron sin las manos vacías, hay que reconocerlo, y desembarcaron provisiones como si fuésemos a quedarnos encerrados por una nevada madrileña: embutidos, bollos, una docena de huevos, y hasta algún detallito. Mi hijo, educadísimo, les dio las gracias y yo guardé las cosas en la despensa más rápido que un camarero recogiendo la terraza en plena tormenta.
Como ya había avisado de nuestra economía empeñada, el menú del mediodía fue pan con mantequilla, galletas María y té. La cara de mis parientes valía por mil palabras (la de una abuela pidiendo sal en una marisquería, para entendernos), pero ahí se quedaron, callados. La sinceridad ante todo, que yo ya avisé: cada cual ofrece lo que tiene, no lo que quisiera tener.
Y para la cena, seguimos en la misma línea gourmet: sopa ligera, más pan (el de siempre), quesitos, sandwiches con jamón cocido y otro té. El despliegue culinario no impresionó a nadie; de hecho, alguno pareció esperar tapas en El Retiro. Pero es lo que había en la nevera, con más ganas que recursos.
Fue entonces cuando una prima (de esas que no se callan ni por cortesía) empezó a preguntarme, con tono de detective de comisaría de barrio, por qué no habíamos puesto su comida en la mesa. Yo, entre el asombro y la risa, solo pude preguntarme si debíamos entender los regalos como autocheque regalo o si en realidad se los traían solo para catar ellos mismos. Si era así, ¡que lo hubieran dicho! Saco el lomo y lo meto en la nevera sin problema.
Después de un buen rato de debate acalorado digno del Congreso, recogieron sus cosas (menos las croquetas, menos mal) y se marcharon con viento fresco. Sinceramente, ni me preocupa dónde dormirán. Ya les he perdido la pista y no me desvelo por ello. Al menos, nos han dejado algunas cosas bien aprovechables: pastas, paté, nubes y frutasalgo bueno rasqué de esa visita. Así que esta noche, mi hijo y yo, nos vamos a merendar como marqueses: un té tranquilo y un pastel riquísimo. Y, por fin, sin caras largas ni quejas de fondo. Eso sí que es un regalo.


