—Si es que solo está manipulando a mi marido —protestaba Inés, indignada

¡Esa mujer manipula a mi marido, pero vamos, descaradamente! protestaba Clara.

Clara miraba el móvil con una mezcla de resignación y cabreo que ya le resultaba tan familiar como el café de las mañanas.

Javier llamaba por tercera vez esa tarde.

Clari, de verdad que lo siento muchísimo dijo él con ese tono cansado, culpable, tan reconocible. Sé que habíamos quedado en lo del teatro, pero mira Laura dice que Lucas tiene fiebre, cuarenta grados. Y claro, está sola, no da abasto. Lo entiendes, ¿verdad?

Clara lo entendía.

Demasiado bien.

Javi, teníamos las entradas compradas respondió intentando sonar tranquila, aunque por dentro tenía ganas de tirar el móvil por la ventana. ¡Llevamos mes y medio esperando ese estreno!

Ya lo sé, cielo. De verdad que luego lo compenso, te lo prometo. Pero es que es un crío, y no puedo dejarla así.

Colgó el móvil y marcó el número de su amiga.

Aurora, ¿puedes creértelo? iba de un lado a otro de la habitación, gesticulando con las manos. ¡Otra vez! ¡Tercera vez en un mes! Que si el niño se pone malo, que si a la ex se le estropea el coche, que si cualquier chorrada…

Bueno, Clara, a lo mejor el niño realmente está enfermo sugirió Aurora, a lo diplomático.

¡Que sí, que lo sé! Clara se dejó caer en el sofá como si acabara de correr la San Silvestre. Los niños se ponen malos, claro. Pero que la ex le llame siempre a él, ¿qué pasa? ¿No tiene familia? ¿O es que las amigas han hecho una huelga?

Pues

¡Ni pues ni pués! Clara se levantó como un resorte. ¡Está claro que le maneja! Javier es buenazo, un trozo de pan, y la otra lo sabe. Sabe que dejará todo tirado por ir corriendo cada vez que ella chasque los dedos. ¡Y se aprovecha de eso!

Aurora suspiró como solo saben suspirar las amigas con paciencia infinita.

¿Y tú estás segura de que el problema es ella?

¿Pues en quién si no? Clara se quedó en blanco.

No sé, piénsalo. Si una mujer llama a su ex y él lo deja todo por ir ¿quién está utilizando a quién aquí?

Clara abrió la boca. Luego la cerró otra vez, masticando una sensación incómoda.

Aurora, no digas tonterías replicó secamente. Javier es un padre responsable. ¡No va a dejar al niño solo!

Vale, vale aceptó Aurora rápidamente. Solo lo decía por decir, eh.

Pero ese por decir se le clavó en la cabeza como una chincheta. Pequeña, punzante, imposible de ignorar.

Javier regresó tarde. Traía la cara de cansancio de quien ha estado lidiando con fiebre alta y ex viviendo en San Sebastián de los Reyes.

Perdóname, mujer la abrazó por detrás, respirando hondo sobre su cuello. Mira, te prometo que compro nuevas entradas, las mejores butacas, ya verás.

Clara no dijo nada. Miraba la ventana y emocionalmente repasaba el número de veces que había oído esa promesa. ¿Cinco? ¿Diez? ¿Veinte?

Siempre lo mismo: Lo entiendes, ¿verdad?

Entiendo, pensaba Clara. Lo que no tengo tan claro es qué demonios entiendo exactamente.

Poco a poco empezó a notar pequeños detalles.

Al principio pasa desapercibido, como el polvo encima de los muebles. No lo ves, pero pasas el dedo y ahí está: una capa gris de resignación.

De pronto Javier empezó a llevarse el móvil a todos sitios. Antes se lo dejaba por casa: en la mesa, en el sofá, hasta en el baño. Ahora lo llevaba encima hasta a por agua a la cocina.

Oye, Javi, ¿y ese móvil pegado a la mano? le soltó una noche, mosqueada pero procurando sonar ligera.

¿Mmm? Ah, costumbre. En el trabajo me tienen a salto de mata y ya lo llevo siempre encima.

Bueno, vale.

Un día, trasteando en su móvil para apuntar el dichoso teatro (el pendiente, esa especie de unicornio), se topó con el calendario de Javier: Recoger a Lucas de la escuela 16:00, Llevar a Laura papeles del coche, Llamar a L. por la vacuna.

L. de Laura, claro.

En la cena, dándole vueltas al azúcar ya disuelto del té, le soltó:

¿Sabes cuándo defiendo el TFM?

Javier levantó la vista del plato.

¿Tu TFM? Ah, claro, en mayo, ¿no?

En marzo. Quedan dos semanas.

Ah ¡Cierto! Perdona, se me va la pinza.

Curiosa fauna migratoria: para el calendario de Laura, memoria de elefante. Para el de Clara, memoria de Nemo.

Y luego estaba el dinero.

Una mañana vio un extracto en la mesa. Tres transferencias de doscientos euros cada una. Destinatario: L. Hernández.

Javier le llamó, agitando el papel. ¿Esto qué es?

Ni se inmutó.

Le estoy echando una mano a Laura. Su madre está ingresada y necesitaban dinero para las medicinas. Y a Lucas le hacen falta actividades extraescolares. Ya sabes, está sola con el niño.

Seiscientos pavos, Javier. En tres meses.

¿Y qué? Es mi hijo, Clara. ¿Quieres que los deje de la mano de Dios?

Ella apoyó el extracto en la mesa.

No, claro que no. Lo raro es que se te olvidara decírmelo.

No es olvido, es que ya sé que entonces montas el pollo.

Ese montar el pollo sonó tan de señora histérica, de maniática, de posesiva y encima celosa.

Y atención al siguiente episodio, patrocinado por la Vuelta a la Infancia.

Clara se sentó en el coche y vio, sobre el asiento trasero, el dibujo de un niño. Una casa, flores, sol y tres personas. Papá. Mamá. Lucas.

Clara giró el dibujo entre las manos. En la parte de atrás ponía, con letras torcidas y desiguales: Para papá, de Lucas. Nuestra familia.

Javi llamó suave.

¿Mmm?

¿Esto de dónde ha salido?

Él echó una ojeada.

De Lucas. Está gracioso, ¿eh? Menudo artista está hecho.

Clara tragó saliva mirando el dibujo, a Javier, al dibujo otra vez.

Javi, aquí dice nuestra familia.

Claro, es pequeño. Para él somos Laura, Lucas y yo. Es normal, es su mundo.

Clara dejó el papel y se sentó recta, abrochándose el cinturón. Pasó el viaje en blanco y silencio.

Y entonces, Laura empezó a dejar de ser solo digital.

Un día vino a recoger cosas de Lucas que había dejado en casa de Javier. Al siguiente, fue que había que hablar de las vacaciones de verano. La vez siguiente, que pasaba por aquí y me apetecía entrar.

Laura era tranquila, educada, simpática.

¡Clara, hola! decía como si analizaran juntas las rebajas del Corte Inglés. ¿Molesto? ¿Está Javier?

Y después de cada encuentro, Javier quedaba ausente. Pensativo. Monosilábico.

¿Te pasa algo? preguntaba ella.

Es que estoy muy cansado.

Clara empezó a sentirse la pieza de más del puzzle, la que no encaja por ningún lado.

Hasta que un día oyó, por casualidad, una conversación desde el baño. Javier pensó que había cerrado la puerta, pero no. Clara escuchó:

Laura, venga, no llores… Te ayudo, claro que te ayudo. Ya sabes que siempre estoy aquí para lo que necesites.

Un tono suave, casi tierno, más de lo que debería.

Clara se separó de la puerta, fue al salón y entonces lo supo: aquí no es que le manipulen a él.

Es que él deja y quiere que sea así.

Porque le viene de maravilla.

Tres días se lo guardó.

Ni broncas, ni teatro. Observó. Como si viera a una cabeza de león en el zoo tras un cristal: imparcial, curiosa.

Y no tardó en cuadrarle el asunto.

Javier recordaba el horario de Laura (y Lucas) mejor que la agenda vital de Clara. Sabía lo del horario de extraescolares, vacunas, revisiones Todo. Lo de Clara, ni un apunte.

El móvil no dejaba de vibrar. Respondía rápido, con una media sonrisa culpable y ese gesto como de pillado in fraganti.

Una tarde sonó el móvil mientras Javier se duchaba. Clara miró la pantalla.

Laura.

Casi sin pensar, descolgó.

¿Javi? la voz de Laura era un mar de lágrimas. Javi, ¿puedes venir? Estoy fatal y no sé a quién llamar…

Clara guardó silencio.

¿Javi? ¿Estás ahí? No puedo más, por favor. Siempre has estado para mí…

Clara colgó, dejó el móvil en su sitio y se sentó. Y de repente empezó a reír.

Madre mía. Qué idiota había sido. Una ingenua de libro.

Javier salió del baño, pelo mojado, toalla y gotitas en la oreja.

Te ha llamado Laura soltó Clara, casi de broma.

Javier se quedó petrificado.

¿Contestaste tú?

Claro. Ella se puso de pie. Lloraba mucho. Decía que solo podía contar contigo, que siempre has estado ahí para ella.

Él buscó excusas, su cerebro funcionando como Google al buscar sin wifi.

Clara, Laura lo está pasando muy mal. No tiene a nadie, solo me tiene a mí. No voy a dejarla tirada así como así.

¿Tirada? Clara soltó una risa irónica. Recordemos: os divorciasteis hace cuatro años. Ya no es tu mujer. Es tu ex. Ya la dejaste tirada entonces.

Pero el niño es de los dos.

¿Y eso qué significa, exactamente? se acercó. ¿Que tienes que ir volando cada vez que ella te llame con la palabra mágica Lucas? ¿Que le pasas dinero en secreto y le haces de agenda andante?

¡Estás exagerando!

¿Yo?

Clara sintió cómo algo, por fin, se rompía dentro. Cogió su bolso y empezó a meter sus cosas.

Mira, Javi, llevo tiempo intentando convencerme de que la culpa era de Laura, que si te manipulaba, que si no te soltaba Pensando que era una lagarta. Lo siento, pero no. El problema no eres tú ni ella. El problema es que tú lo permites. Es más, que te encanta poder tener dos vidas: una ex que necesita y una mujer nueva que traga. Así no tienes que elegir nunca. Lo tuyo es de manual.

No te vayas, Clara.

No me voy. Clara bajó la voz. Salgo de este triangulito donde yo siempre soy la pegatina del parabrisas. No voy a competir con tu ex. Simplemente me salgo de la ecuación.

Javier quedó en medio del salón, mojado, desarmado, roto.

Clari, espera, hablamos, venga…

Nada que hablar dijo ella poniéndose la chaqueta. Elegiste hace tiempo, yo solo era muy torpe para verlo. Ahora lo veo todo clarito.

Abrió la puerta.

Hasta luego, Javi. Saluda a Laura de mi parte. Dile que ahora puede llamarte día sí, día también.

Cerró la puerta sin ruido.

Un mes después, Clara tomaba un café con Aurora.

Bueno, ¿y tú cómo estás? preguntó su amiga, con ese tonillo de preocupación.

Bien sonrió Clara. De verdad bien.

Sincero, aunque sorprendente. La primera semana fue dura; se le apretaba el pecho y le daban ganas de mandarle un WhatsApp. Pero aguantó. Alquiló un estudio diminuto, pilló un curro de tardes, defendió el TFM.

Javier llamó. Mucho. Mandó mensajes larguísimos, plomizos, mendigando otra oportunidad.

Clara, perdóname, he sido un idiota. Tenías razón. Demos otra oportunidad.

Clara no contestó. Ya sabía que empezar de cero era inútil. El problema no era Laura. Era él. Y hasta que no lo viera, seguirían igual.

¿Y él qué tal? preguntó Aurora.

¿Quién?

Javier, claro.

Ni idea. No nos hablamos.

Aurora calló un momento.

¿Y te arrepientes?

Clara pensó. ¿Se arrepentía? Pues no. Curioso, pero no. Solo sentía alivio, como si por fin se hubiera quitado una mochila llena de piedras.

He elegido por los dos terminó el café. Y, también, por mí.

Aurora sonrió.

Ole tú.

No seas pelma le quitó hierro Clara. Solo he madurado, ya tocaba.

Javier se quedó solo.

Laura, curioso, dejó de llamar tan pronto como ver a Clara desaparecer. Sin público, ya no le apetecía el drama. Cuando Javier intentó reavivar lo pasado, recibió una negativa fría.

Tú escogiste a Clara en su momento le dijo Laura, tan pancha. Así que, arréglate tú solo. Mi vida ya está organizada, no hace falta que me salves.

Javier trató de recuperar a Clara. Esperó a la puerta de su piso, la buscó en el trabajo, escribió novelas en WhatsApp. Ella no cedió.

Déjame, Javi le dijo la última vez. Y déjate tú de telenovelas. Tú quieres dos vidas. Yo solo quiero una, pero de verdad.

Clara paseaba por las calles de Madrid al atardecer, pensando en lo extrañas que son las cosas. Tanto miedo a quedarte sola, tanto miedo a perderlo Y cuando lo pierdes, te das cuenta de que no has perdido nada.

Porque quien no puede elegir, nunca puede darte nada auténtico.

Y Clara, eso sí, solo quería algo auténtico.

¿Y vosotros qué decís? ¿Debería Javier intentar volver con su primera mujer? Total, si con Clara no ha coladoEl sol caía suave entre los tejados y Clara, por primera vez, no miró el móvil ni una sola vez durante el paseo. No esperaba mensajes, ni disculpas, ni promesas de nadie. Anduvo con paso ligero, disfrutando el rumor de la ciudad y la libertad recién hallada, tan ligera que le daban ganas de echar a correr solo por estrenar esa sensación.

Al pasar por la plaza, se sentó junto a una pareja de ancianos que compartían un cucurucho de castañas. Se le escapó la sonrisa: si algún día volvía a enamorarse, ojalá fuera así, sencillo y calmo. Sin rescates ni triángulos.

En la otra esquina, un grupo de niñas jugaba a la goma. Una se cayó, las otras la levantaron riendo y enseguida siguieron saltando. Clara pensó que la vida era eso: tropezar y levantarte, dejar de querer que otros te salven. Aprender a encontrar consuelo en tus propias manos, alegría en tus propios pasos.

Cruzó la calle cuando el semáforo se puso en verde. No llevaba prisa. Aurora le había dicho, en broma, que ahora podría hacer lo que quisiera, sin consultar agendas ajenas. Sonó a chiste, pero ahora Clara notaba lo cierto que era. Ya no necesitaba permiso ni aprobación. Tenía, al fin, todo su tiempo para sí.

Esa misma noche encendió una vela en su estudio y se quedó leyendo hasta la madrugada, rodeada de libros, gatos callejeros en la ventana, y un silencio amable que le pareció música. Antes de dormirse, pensó que, al final, no se trataba de ganar ni de perder, sino de saber soltarse.

La vida, como la función de teatro que nunca vio con Javier, seguía representándose con nuevas escenas y personajes. Esta vez, Clara era la única dueña del guion.

Y, por primera vez en mucho tiempo, le apetecía ver cómo continuaba la obra.

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—Si es que solo está manipulando a mi marido —protestaba Inés, indignada