María, ¿te acuerdas de que el domingo tenemos el cumpleaños de mi madre? preguntó mi esposa durante el desayuno.
¿Cómo se me va a olvidar, claro…? No haces más que repetirlo. Tu madre me lo ha recordado al menos cuatro veces solo esta semana… A ver quién sería capaz de olvidarlo…pensé, aunque solo le sonreí y dije:
Lo sé, Juanito, no te preocupes… Suspiré levemente. Últimamente, ir a ver a mi suegra se me estaba haciendo realmente cuesta arriba. Carmen Ruiz siempre tenía ese gesto gruñón en la cara. Y nunca terminaba de comprender qué era exactamente lo que le molestaba de mí. Amo a su hijo, le he dado nietos, llevo la casa fenomenal. Pero está claro, nunca se puede contentar a todos…
…A Juan y a mí nos presentó algo muy común hoy en día: internet. En un foro de nutrición deportiva. Yo solía comprar allí vitaminas, y él barritas de proteínas. Empezamos con una conversación de lo más normal, seguimos chateando, pusimos algunos “me gusta” y así arrancó lo que fue amistad, terminó haciéndose amor… Siete meses después nos casamos.
María, ¡voy a ser un padre estupendo, de verdad! Y quiero tener familia numerosa, cuatro hijos: dos chicos y dos chicas. Creo que un solo hijo es malo, se vuelve egoísta. Si hay varios, crecen unidos, y salen buenas personas.
Ay, qué exagerado le sonreí. Tú mismo eres hijo único y para nada eres egoísta…
Bueno, es que yo soy una excepción guiñó un ojo, y me dio un beso en la mejilla.
Carmen, la madre de Juan, el día que me conoció, me inspeccionó con esas cejas perfectamente perfiladas y un aire de profesora exigente. En la mesa, me fue sacando tema familiar, estudios… Cuando se enteró de que yo era de Valladolid, estudiante de familia numerosa, y solo vivía con mi madre en un piso modesto, se la notó claramente decepcionada, y pasó el resto de la comida perdiendo la mirada en su plato, apretando los labios…
La boda fue por todo lo alto, en uno de los restaurantes más famosos de Madrid. Desde Valladolid vinieron mi madre, mis dos hermanas y tres hermanos. Todos jóvenes, alegres y bulliciosos. La fiesta fue inolvidable. Juan y yo éramos pura felicidad, inseparables, como dos tórtolos…
Y dos meses después, dimos la noticia a la familia: íbamos a ser padres. Juan estaba tan nervioso de alegría que casi se le atragantaba todo. Mis hermanos y hermanas nos llenaron de buenos deseos y mi madre lloró de emoción en la llamada cuando la felicitamos por convertirse en abuela. Pero Carmen, al escuchar la noticia, tan solo suspiró y apretó los labios más finos aún.
Pero, ¿corre prisa traer hijos al mundo? Disfrutad un poco de la vida, vivid un poco para vosotros. ¿De verdad estáis preparados para ser padres? Si aún sois críos…
Mamá, querida, ¡vas a ser abuela! ¿No te das cuenta? ¡Es una felicidad enorme! ¡Y yo voy a ser papá! sonrió Juan, la cogió de las manos y la hizo dar una vuelta por el salón. Ella se zafó con gesto molesto.
Llegado el momento, tuvimos una niña preciosa y sana, igualita a mí. Juan era el hombre más feliz del mundo. Me entregué por completo a la maternidad y a nuestro hogar. Juan ganaba bien y me podía permitir asistenta y niñera, pero quise hacerlo todo yo sola. Me convertí en una madre y ama de casa ejemplar. Juan, dicho sea de paso, participaba encantado: en cuanto tenía un rato, salía al parque, daba biberón o cambiaba pañales.
El primer cumpleaños de nuestra pequeña, Claudia, llegó con sorpresa: esa misma mañana nos enteramos de que vendría otro bebé. Juan soñaba con un niño y se le concedió el deseo: nueve meses después nació nuestro hijo, Diego.
Con dos pequeños en casa, tuve que pedir ayuda y contratamos a una asistenta para que pudiera centrarme en los niños. Me sentía plena, la vida me sonreía: mi marido me mimaba, adoraba a los niños y nos daba una vida cómoda y llena de amor. ¿Qué se podía pedir más? Siempre, claro, está el “pero”, esa gota de vinagre en el barril de miel: Carmen, mi suegra.
Juan, ¿puedes explicarme por qué tu madre no me soporta? Y creo que ni a sus nietos les tiene especial cariño. ¿Qué le pasa conmigo?
María, no te lo tomes a pecho. Mamá siempre fue complicada, vive en su mundo. Nunca terminamos de encajar allí me abrazó y me besó en la frente. Lo fundamental es que yo te quiero muchísimo…
Los niños crecían, el negocio de Juan iba viento en popa, todo era perfecto. Yo aún agradezco aquel día que acepté quedar con aquel chico desconocido del foro… Ahora era la persona más importante de mi vida. Mi marido.
Un día nos animamos a ir al teatro juntos, dejando a la niñera con los niños. Yo adoro el teatro, es mi pasión. Me senté con el programa entre las manos, dispuesta a disfrutar, cuando me empezó a entrar malestar…
Juan, me encuentro fatal… Creo que ha sido la ensalada de aquel café. Ya me parecía raro el olor…
Intenté relajarme, beber agua, respirar hondo, pero no mejoré. Con pena, salimos a la calle y regresamos a casa. Un rato después, al sentirme algo mejor, decidí hacerme un test de embarazo. Por si acaso. Y sí, salió positivo.
¡María, qué maravilla! ¡Tres! ¡Tres peques, justo como soñé! mi marido no podía con la emoción, me hizo girar por la casa.
Tres está bien, pero… ¿no es demasiado pronto? Diego y Claudia aún son tan pequeños… le contesté algo abrumada.
Vamos, ¿qué más da el ritmo? Son hijos nuestros. Lo superaremos, María, claro que sí. ¡Ya verás la cara de mi madre…! Se lo damos de sorpresa en su cumpleaños, junto al regalo.
Sí, claro, la suegra va a estar precisamente encantada… Ya me mira como si le diera urticaria, y ahora sí que va a pensar que estamos criando una camada como conejosdije para mis adentros, pero solo le sonreí. Que fuera lo que Dios quiera…
Y así, en un espléndido domingo soleado, fuimos toda la familia a casa de la suegra, pasando antes por la pastelería y la floristería. Llegamos media hora tarde.
Carmen nos abrió con la sonrisa de una rosa y envuelta en un perfume caro y francés. Tras los besos y las presentaciones, pasamos a la mesa.
La mesa estaba llena y el ambiente ya animado. Ni Juan ni yo nos libramos de los típicos brindis y tontos castigos por llegar tarde. Juan se levantó con la copa y, sonriendo, ofreció el brindis.
¡Querida madre y abuela! ¡Felicidades en tu día! Que sigas tan guapa, sana y feliz. Nosotros, tus hijos, vamos a hacer todo lo posible por mantener tu sonrisa. Y ahora, el regalo y la sorpresa dijo dándole una cajita con una pulsera de oro y diamantes, y encima un sobre blanco. La besó y se sentó a observar la reacción.
No se hizo esperar.
Carmen acarició la cajita, la abrió e, intrigada, rompió el sobre. Sacó el papelito con las dos rayitas del test y, poco a poco, la expresión de su cara fue mutando. Con asco, como si hubiera tocado un sapo, lanzó el test sobre la mesa y se volvió hacia mí.
Este es tu regalo, por lo que veo. Ya me lo imaginaba, porque otra cosa no eres capaz de regalar. Naciste solo para dar a luz, ¡como las gatas! ¿No te cansas de andar siempre embarazada? ¡Vaya plan! Desde luego que has salido lista: en casa todo el día, traer niños al mundo mientras mi hijo trabaja para alimentar a esta troupe. Que si asistenta, que si niñera… Un parásito, vamos…! dijo, mordaz y en voz baja.
Se hizo un silencio sepulcral. Todos se volcaron hacia sus platos, espiando de soslayo el espectáculo.
Juan se puso blanco como el mantel y, con los labios crispados de rabia, miró a su madre.
¿Pero qué dices, mamá…? No puedo creer lo que estoy escuchando. De ti, además… Pensaba que me querías, a tu hijo. Pero por lo visto, solo te quieres a ti misma
Se levantó, yo le seguí con los niños, intentando no llorar. Nos abrigamos y salimos del piso, mientras Carmen ni nos miró, y el resto de los invitados seguía clavado en su sitio, sin decir palabra.
En el coche, rompí a llorar, en silencio, para no asustar a los pequeños. Las lágrimas me caían a chorros. Juan me miraba apesadumbrado, suspirando de vez en cuando, visiblemente tocado.
Al llegar a casa, pasamos el resto del día en silencio. Ya de noche, cuando los niños dormían, nos sentamos en la cocina a tomar un té y desahogarnos…
María, he estado pensando mucho en todo esto. Y me he dado cuenta de que tú no tienes la culpa levanté la mirada, extrañada. Da igual que hubieras sido tú, o Lucía, o Inés, o Carmen… Se habría agarrado a cualquier cosa; si no era por los niños, sería por la comida o el polvo en el suelo. Me tiene celos. Nunca me ha soltado del todo. Y, además, pura envidia. Mi madre me crió sola, mi padre desapareció y ni mantenía. Ella tiró el carro, luchó como una mula para sacarme adelante. Ahora ve esto: tú, viviendo sin preocupaciones, conmigo siempre a tu lado, unos hijos preciosos y una vida llena. No lo soporta, ni aunque sea la felicidad de su propio hijo… Y quiero pedirte que la perdones, que seas generosa y magnánima. Al menos, en tu corazón. El tiempo dirá lo demás…
Pasamos mucho rato abrazados, con la luz tenue de la cocina, sumidos en nuestros pensamientos. Juan, dolido al descubrir a su madre, preguntándose cómo mirar ya a la gente… Yo, pensando que sí, la perdonaría, pero necesitaría tiempo antes de querer volver a verla. Y quién sabe lo que traerá la vida…
Ambos teníamos muchos pensamientos distintos, pero algo en común nos unía por encima de todo: nuestro amor y nuestros hijos. Y eso, sin duda, es lo más importante.





