Había ropa de mujer esparcida por el suelo y, cuando entré en el dormitorio, le vi con otra mujer
Madrid
Álvaro y yo llevábamos juntos más de tres años, una relación tranquila y basada en la confianza. Ya nos habíamos presentado a nuestras familias y hacía meses que planeábamos nuestra boda. Todo parecía marchar a la perfección; yo estaba convencida de que quería compartir mi vida, tener hijos con él y envejecer juntos.
El día que regresó de su viaje de negocios, no teníamos ningún plan, pero decidí darle una sorpresa. Pedí el día libre en el trabajo, preparé una tarta de almendras su favorita y conduje hasta su piso en Chamberí. Guardaba mis propias llaves, así que, mientras él dormía, hasta me permití el lujo de preparar el café para acompañar la tarta.
Deslicé la puerta del dormitorio sin hacer ruido. A punto estuve de tropezar con algo blando en el suelo la habitación estaba sumida en la penumbra, así que alumbré con la linterna del móvil. Allí, desordenadas, vi prendas femeninas; al avanzar, les descubrí a los dos, abrazados entre las sábanas.
No grité ni provoqué escena alguna. Cerré suavemente la puerta tras de mí, dejé la tarta y las llaves en la encimera y salí. Fuera hacía frío; no quería volver a casa de mis padres, así que me perdí entre los bancos del parque de El Retiro y rompí a llorar bajo la luz mortecina de una farola. Al poco rato se sentó un chico a mi lado, preguntó con suavidad qué me pasaba. No le conté el motivo de mi tristeza, pero la conversación fluyó sola. Sin saber cómo, acabamos tomando un té en su casa, sin pretensiones.
Ahora vivimos juntos y planeamos nuestra boda en Toledo. A veces pienso que el destino quiso que todo sucediera así, porque en la vida nada pasa por casualidad.




