La última llamada
Desde primera hora de la mañana, Lucía no podía desprenderse de un extraño presentimiento; presagiaba que algo iba a pasar.
¿Algo malo?
Llamó en cuanto pudo a su madre, pero Carmen Rodríguez la tranquilizó enseguida:
La tensión perfecta, el corazón como una rosa, ni dolor de cabeza. ¿Por qué lo preguntas?
Bah, por si acaso respondió Lucía. Bueno, tengo que prepararme para ir a trabajar, mamá. Si pasa algo, me llamas, ¿vale?
Vale, hija, no te preocupes.
Después de hablar con su madre, debería haberse quedado más tranquila, pero la inquietud seguía allí, dándole vueltas en la cabeza.
No conseguía entender de dónde venía esa angustia. No había motivos concretos para estar intranquila aunque, claro, en su trabajo podía pasar de todo. Además, hoy era lunes, y todo español sabe que los lunes están gafados.
Terminó el café de un sorbo, miró el reloj las seis y media, se vistió a toda prisa, cogió un bocadillo rápido y se fue al centro de salud.
*****
En el parking de la base de ambulancias, Lucía se cruzó con Álvaro, el conductor con quien le tocaba patrulla ese día. Él, al verla tan mustia, le saludó agitando la mano con esa alegría que parece reservada a la gente tan mañanera como él.
¿Qué te pasa hoy, Lucía? le guiñó un ojo mientras encendía un cigarro. ¿Has tenido pesadillas o algo?
No, Álvaro. Todavía no ha pasado nada. Pero tengo el pálpito de que hoy va a ocurrir algo le respondió ella, pensativa.
Vamos, por favor ¿Y eso? ¿No habrás dormido mal?
Lucía optó por el silencio. Miró hacia arriba: el cielo de Madrid estaba encapotado, gris plomizo. Iba a caer la mundial en cualquier momento.
Desde pequeña odia la lluvia.
¿Será que es eso? ¿Que la murria me viene del tiempo?
Hasta sonrió al pensar haber encontrado el motivo de su agobio. Solo que el mal fario no tardó en volver a colarse en su pecho.
¡Que tengáis buen turno, compañeros! gritó una joven al pasar corriendo junto a ellos.
Álvaro, al oírlo, estuvo a punto de atragantarse con el humo. Cuando dejó de toser, le lanzó una mirada de reojo:
Ay, hija, eso no se dice masculló, mientras lanzaba la colilla a la papelera metálica.
La chica, que llevaba en la ambulancia apenas una semana como técnico, aún no había aprendido que desear buena guardia era de lo más gafe para el personal sanitario.
Pues ya está, ahora fijo que pasa algo susurró Lucía, sintiendo un escalofrío corriéndole por la espalda.
*****
Lucía se mordía los labios cada vez que la central le enviaba un aviso al tablet, seguido de la voz monótona de la operadora:
Varón, 35 años, con dolor de cabeza intenso. Farfullea, podría ser un ictus.
Ya decía yo que el lunes venía fuerte, pensó Lucía. Una se prepara, sí, pero no deja de doler.
Ella se tomaba cada aviso como algo personal y lo pasaba fatal, sobre todo en los casos con final trágico. Y un ictus no es moco de pavo.
Por suerte, el paciente no tenía más que una resaca épica. El farfulleo y el dolor no eran sino las secuelas de la juerga nocturna del cumple de un amigo. Lucía le dio una pastilla y le aconsejó dormir.
¿Y si me tomo una cervecita, me mejorará? preguntó el enfermo, cargándose de fe.
¡Ni hablar! Eso sería peor. Si quieres llegar a viejo, olvídate del alcohol, hombre.
Al salir de la casa, Lucía suspiró con alivio. Nada grave. ¿No tendría razón Álvaro, y el maldito presentimiento no sería sino cansancio y estrés acumulados?
Estaba casi convencida, cuando la voz de la central llegó como un jarro de agua fría:
Os toca ir al cementerio municipal.
¿Al cementerio? preguntó Álvaro con cara de susto.
Sí, resopló Lucía, aferrando el tablet.
Hoy se celebraba el entierro de un famoso actor local; sorprendente que Lucía ni le sonara. Había multitud. Gente de todas las edades. Algunos callados con claveles, otros llorando. Otros recordando al artista entre susurros.
Lucía no quitaba ojo, esperando que en cualquier momento ocurriera algo. Álvaro triplicó el consumo de tabaco. Pero nada. Nadie requirió los servicios de la ambulancia.
Los siguientes avisos fueron, para alegría de Lucía, de rutina médica y sin sobresaltos.
Sin darse cuenta, le volaron las doce horas del turno. Quedaban apenas diez minutos antes de poder volver al queridísimo centro de salud.
Soñaba ya con la ducha y el colchón. El día siguiente sería mejor, seguro.
Por si acaso, Lucía llamó otra vez a su madre:
Todo bien contestó Carmen Rodríguez. Ceno algo y me pongo la novela.
¿Qué tal está tu madre? Álvaro levantó las cejas al ver a Lucía guardar el teléfono.
Bien.
¡Lo ves! le sonrió a lo andaluz. Te lo dije. Nada de catástrofes hoy. Pero tú venga con el mal fario
Álvaro, es que aún lo tengo No sé, hay algo que me come la cabeza.
¿Por qué no te buscas un animalito? Los bichos son mano de santo para los nervios.
¿De verdad lo dices?
Claro. Yo tengo un gato, Pancho. ¡Solo con que me suba encima a ronronear después del curro, se me van todos los males! Y duermo como un bendito.
Álvaro, ¿con mi horario y tú pensando que me dé por los animales? ¿Quién lo cuida cuando hago noche? Tú al menos tienes mujer e hijos. Yo vivo sola.
Quería añadir algo más, pero el tablet pitó y la voz temida de la central:
Lucía, perdona, pero te queda un último aviso. Calle Machado, 23. Piso espera
¿No será el 4B?
Anda, sí, ¿cómo lo sabes? preguntó la operadora.
Ahí vive Don Eusebio. Ya voy tantas veces, que parece que voy de visita. ¿Mismas quejas de siempre?
La central suspiró, y un mal escalofrío le recorrió la espalda a Lucía.
Ha fallecido, Lucía Esta mañana, parece. Está la policía ya allí, pero debéis ir por protocolo.
Ya, claro respondió Lucía, como en trance.
Con la mano temblorosa, dejó el tablet en sus piernas y miró a Álvaro. Éste lo había oído todo y optó por el silencio.
Al cabo comentó:
Qué pena de Don Eusebio. Por lo que me has contado, era buen hombre. Pero Lucía, tú no podías hacer más. Él no quería hospital, ni médico ni nada No es culpa tuya. ¿Me oyes?
Sí
Lucía se recostó en el asiento, cerró los ojos y se sumergió en sus pensamientos.
*****
Conoció a Don Eusebio hace mes y medio. Él mismo llamó a la ambulancia por dolor fuerte en el pecho.
El señor dice que la puerta está abierta; pasad directamente comunicó la central.
Al entrar, le recibió un cachorrillo. Pequeño, con más oreja que cuerpo, tamaño mantecado.
Al principio le gruñó, hasta que el dueño le llamó, y el perrito salió corriendo a la habitación, moviendo el rabito.
Lo recogí de la calle y ahora es mi guardaespaldas bromeó Don Eusebio, forzando una sonrisa desde la cama.
Quédese tranquilo lo atajó Lucía. Y el cachorro es precioso. Yo también tendría uno si pudiera.
¿Y por qué no puedes?
Ya, cosas mías Pero dejemos eso. Cuénteme, ¿qué le pasa?, ¿es la primera vez?, ¿le ve algún médico?
Don Eusebio le relató todo. Problemas de corazón desde que murió su esposa el año anterior. Iba poco a la consulta, porque decía que en el ambulatorio empeoraba con solo esperar la cola. Los dolores, eso sí, imprevisibles.
Unas veces se pasa con valeriana, otras con lo que pille. Nada grave, de momento
Ya, pero eso no es tratamiento le sonrió Lucía. ¿Me deja hacerle un electro?
Había problemas cardíacos, lo confirmaba el electro. Intentó convencerle para ingresar, pero él se negó.
¿Y mi Bimba? ¿Con quién la dejo? Déme una pastillita o un pinchazo; que tengo lo justo para tirar unos días.
Lucía insistió, pero Don Eusebio seguía en sus trece. Como mucho, una vez a la semana llamaba y solo quería lo mínimo.
Antes me dolía y al rato se me pasaba. Pero ahora esto ya es otra historia
Es que sin tratamiento esto solo va a peor. ¿No quiere que lo llevemos?
No puedo, Lucía dijo, acariciando al cachorro. Si me pasa algo, la vecina se ocupará. Le he enseñado hasta dónde guardo los euros, para pienso y esas cosas.
¿Dinero?
Claro, mujer. Muchos no quieren un perro callejero por el gasto
Buen hombre, en fin.
Ahora Lucía iba otra vez a su casa, pero ya solo para verlo de lejos. La última llamada iba a ser, efectivamente, la última.
Y aunque Álvaro decía que no era culpa suya, Lucía sentía que sí lo era. Debió haberle convencido. Tenía que
Lucía, hemos llegado.
¿Eh? notó la mano cálida de su compañero en el hombro.
Subió, con piernas de gelatina, los tres pisos, y entró en el piso donde estaban el agente de policía y la vecina, Doña Pilar, con la que ya trataba de anteriores visitas.
Un día, Don Eusebio se puso malo en la calle; la vecina llamó a la ambulancia y así se conocieron.
Buenas tardes, Lucía.
Buenas, Doña Pilar. ¿Llamó usted a la policía?
Sí, claro. Nadie más podía. Es que el perrito estuvo ladrando toda la mañana, y me extrañó que Don Eusebio no saliera a pasear con él. Pero bueno, pensé, cualquiera sabe si se encuentra mal. Cuando volví de la compra, seguía el pobre ladrando y llamé a la policía. El agente vino con un cerrajero. Abrieron y señaló discretamente a la habitación.
Gracias, lo entiendo.
Pasó Lucía al dormitorio, miró a Don Eusebio largo rato, conteniendo las lágrimas, y redactó el documento oficial.
En eso, algo la inquietó; recorrió la casa, rebuscando en la cocina, el baño, hasta el balcón.
¿Busca algo? preguntó el policía.
El cachorro. Debería estar aquí, pero no lo veo. ¿Lo ha visto usted?
Sí, sí. Andaba por aquí ladrando. Luego la vecina dijo que se lo llevaba.
Lucía exhaló, aliviada.
Por un momento temió que el perrito hubiera acabado otra vez en la calle. Don Eusebio le tenía un cariño tremendo.
Se despidió y bajó a preguntar a Doña Pilar, que había desaparecido con prisas.
¿Lucía? apareció la mujer, algo sorprendida. ¿Pasa algo?
Quería agradecerle que se hiciera cargo de Bimba. ¿Está bien? ¿Se le ve muy triste?
¿Quién, el perro? Ah, bueno, eso Yo solo lo saqué un rato a la calle, porque no paraba de ladrar. Pensé que estaría mejor fuera. Total, si no hay dueño, ¿para qué tenerlo dentro? Al agente también le molestaba.
¿Lo dejó en la calle, entonces?
Que no, sólo le di una vuelta, mujer. A mí no me interesan perros. Don Eusebio no me pidió nada. Ni sé de dónde sacas lo del dinero.
Él me lo dijo.
Lucía, hija, no puedo hablar más. El mundo es de los valientes, y si el perro quiere buscarse la vida, pues que la busque. ¡Adiós!
*****
Bajó Lucía corriendo a la calle; el tiempo había empeorado, la lluvia arreciaba de verdad.
¡Lucía, que te vas a calar! gritó Álvaro desde la ambulancia. Sube, que vas a pillar una pulmonía.
Dejó la caja de medicinas en la furgo y ¡no, todavía no!
Álvaro, tengo que hacer una cosa antes de volver. Buscar al perrito.
¿Qué perrito, Lucía? ¿Ahora te salen impulsos heroicos?
En dos frases le contó el drama del cachorro. Álvaro resopló, tiró la colilla en el suelo y la aplastó con el pie.
No te voy a dejar aquí sola, mujer. Ya casi es de noche. Buscamos juntos al perrito.
Pero, Álvaro, que tú no puedes dejar la ambulancia aparcada
Bah, tampoco vamos a ir anunciándolo. Nada va a pasar.
Ambos recorrieron el barrio buscando al cachorro perdido. Al rato, el policía, que salió a fumar, se les unió.
¡Lo tengo! gritó Álvaro, y Lucía corrió como un resorte.
Allí, bajo un banco frente a la portería, lo encontraron: asustadísimo, empapado, pero entero. El agente se rió:
Menudo carácter tiene el perro. En vez de agradecer que lo encontramos, va y me gruñe.
Lucía, de la emoción, no supo si las lágrimas eran de alegría o por la lluvia.
Bimba, precioso, ¿me reconoces?
El perrito salió, la miró con carita triste y empezó a gimotear.
Ya lo sé, pequeño Nuestro Eusebio se ha ido. Pero aquí estoy yo.
Álvaro y el policía disimularon un par de lágrimas mirando al cielo.
A ver, Bimba, yo no soy Eusebio, pero le susurró Lucía. Si quieres, podemos intentarlo juntos. ¿Vienes conmigo?
Y Bimba fue. Porque sabía que Lucía era buena gente. Y además, odiaba la lluvia.
*****
Al principio, Lucía dudaba si podría hacerse cargo sola. Pero ahí estaba su madre, dispuesta como siempre.
Cuando Lucía tenía turno de noche, Carmen iba a casa, paseaba y alimentaba a Bimba. Los días libres, iban juntas al Retiro. Lucía, su madre y el perrito.
Nunca se arrepintió de adoptar a aquel cachorro solitario. Su vida cobró sentido y comprendió por fin a Eusebio, aunque, como médica, no compartiera su rechazo a ir al hospital.
Y, con el tiempo, a su cuadrilla se le sumó alguien más.
Aquel mismo policía la buscó para invitarla a cenar con ramo de flores incluido. Bimba le hizo el examen de rigor: husmeo general, mirada escrutadora, ladrido de aceptación.
Ya podía entrar. Eso significaba que para Lucía solo quedaba el peligro de ser feliz; por fin, de verdad, feliz.







