En la fábrica, se burlaban a menudo del apellido de Basilio, tanto los hombres como las mujeres. Más aún cuando alguna lo oía por primera vez. Aquella mañana, en el torno de entrada apareció una nueva vigilante, una mujer de unos cuarenta años. Al leer el pase de Basilio y ver su apellido, no pudo reprimir una sonrisa.
¡Ay, Carrasquero! ¿De verdad existen apellidos así?
Pues claro que sí, lo estás viendo con tus propios ojos contestó Basilio, tuteándola enseguida, porque ella parecía más joven que él. Y vaya si existen.
Curioso… ¿y de dónde salió, en tu familia, ese apellido tan raro? ¿Eh, Carrasquero?
Basilio ya era perro viejo en esos asuntos y sabía desviar las bromas.
Dicen que mi tatarabuela, allá por el siglo XIX, tuvo algun lío con un duende travieso. Y bueno, luego nació una criatura. Así se quedó el apellido.
Pero en vez de reír, la vigilante puso una cara tan entre incrédula y asustada que hasta Basilio rompió a reír.
¿De verdad dices eso? murmuró ella, conteniendo el aliento.
Sí, muy en serio. De hecho, todos los Carrasqueros hemos heredado algo raro… dones paranormales, dicen. Así que mejor no te metas conmigo, reina. Que como me enfade, me planto en tu casa hecho duende y no te dejo dormir en toda la noche.
La vigilante le lanzó una mirada tan dura y escéptica, que le espetó:
No me asustes, ¿eh? Que ya verás que yo soy capaz hasta de espantar a los duendes si hace falta. Anda, tira para dentro y no entretengas al personal.
Por la tarde, al salir del turno, la vigilante seguía en el torno. Al verlo, frunció el ceño y miró a Basilio con fastidio.
Pero, mujer, ¿por qué esa cara tan seria? le preguntó Basilio, con una sonrisa.
No soy ninguna mujer, soy Inés Fernández gruñó ella, muy castizamente. Y no me mires tanto. ¡Circula!
Vaya, pensó Basilio al salir, parece que ya me gané una enemiga. Esta mujer ni pizca de sentido del humor tiene…
A la mañana siguiente, la vigilante no estaba en el torno. Pero en la hora de la comida, apareció Inés Fernández en la cantina. Se sentó silenciosa junto a Basilio, justo cuando él estaba mojando pan en el puré de patatas con filete, y le susurró, como quien teme a las paredes:
A ver, Carrasquero…, confiesa. ¿Fuiste tú anoche?
Basilio casi se atragantó.
¿De qué me habla, Inés Fernández? ¿A qué se refiere con eso de fui yo?
No te hagas el tonto, Carrasquero. Me lo advertiste tú mismo…
¿Advertir qué?
Que contigo no se podía discutir. Dijiste que podías venirte en cuerpo de duende a fastidiarme por la noche. ¿A qué sí lo dijiste?
Pero, mujer, ¡solo era una broma! respondió Basilio, serio.
¿Broma ni broma! insistió ella, casi chisporroteando por los ojos. ¿Y quién fue entonces el que me agarró del tobillo?
¿Cómo que del tobillo?
Así mismo. Estaba a punto de quedarme dormida, bien entrada la medianoche, cuando siento que alguien me quita la sábana y… ¡zas!, un tironcito suave en el pie! Casi me desmayo del susto.
Pero por favor, Inés Fernández, ni sé dónde vive usted murmuró Basilio, blanco. ¿Insinúa que entré por su ventana a tirarle de los pies?
No sé cómo lo hiciste, pero lo sentí. ¡Era tu mano!
¿La mía? ¿Y su exmarido, quizá, gastándole una broma?
¿Exmarido? Llevo divorciada cinco años. Esto sólo podrías haberlo hecho tú.
¿Y por qué yo?
¿No ves que eres Carrasquero? Que decías que tu tatarabuela con un duende Eso lo dijiste tú.
Pero vamos a ver, que es una historia, un cuento… Se la cuento a todos, y todos se ríen. Menos usted, que…
Ya ves hasta dónde llegan tus bromas… Lo miraba con ganas de fulminarle. Por tu culpa, no he pegado ojo esta noche.
Eso son cosas de la mente, mujer, nada más. Ni fui yo ni fue ningún duende, en serio.
Pero Inés Fernández negó con la cabeza, firme.
No, Carrasquero… Ahora esto lo arreglas tú. Hiciste el lío, deshazlo.
¿Qué lío?
Me han dicho que no estás casado…
¿Y?
Que hoy duermas a mi lado tú, que para algo no tienes a nadie que te regañe, ¿no?
¿Cómo? ¿Por qué dice eso?
Para que me cuides de tus parientes. De tus duendecillos, los Carrasqueros. Desde anoche le he cogido miedo a la oscuridad. Luz tampoco me deja dormir. Así que vienes conmigo, me calmas, y haces de guardián. ¿Te ha quedado claro?
Perfectamente… contestó Basilio, dándose cuenta de que no había escapatoria. ¿Y a qué hora quiere que vaya?
En cuanto acabemos el turno. Nos vamos juntos, para que no te escaquees. Te invitaré a cenar, te arreglo la cama, y a las nueve te despierto para que pases toda la noche en vela si hace falta.
De más está decir que, tras aquella noche, Basilio jamás se alejó de Inés Fernández. Porque ella resultó ser una gran mujer: un poco nerviosa, sí, algo miedosa, pero, sobre todo, cariñosa y cuidadora. Y al fin y al cabo, ¿qué más necesita un hombre de una mujer? Cariño y comprensión. Nada más.







