La poco agraciada Galia

La fea Leonor

¡Madre mía, pero dónde va Leonor! decía Carmen, con la voz soñolienta de quien está a medio camino entre la siesta y el chisme, sentada en el banco de la plaza frente a las viviendas. ¿De verdad no ve con quién se va a casar? ¡Si ése ni es hombre ni es nada! Bajito, escuchimizado, más feo que un pecado mortal

Tampoco exageres contestó Rosario, recolocando la mantita del cochecito. Es verdad que la estatura no la heredará la genética de su familia, pero… tampoco la cara es un pozo de agua. Leonor no es ninguna belleza, y mira qué feliz va.

Eso sí. Pero imagínate los hijos… Qué tragedia, ¿no?

Las mamás jóvenes, aburridas del sopor de la tarde, se entretenían con sus críticas, mientras espiaban a sus niños dormidos en los cochecitos, convencidas de que ningún futuro hijo de Leonor podría igualar jamás la gracia de sus propios bebés.

Pero Leonor, recién llegada con Ricardo el prometido cargando las bolsas del supermercado, sonreía a las vecinas y se apresuraba:

¡Ricardo, cariño, que te ayudo! intentó coger una bolsa al menos pero él, sonriente, le retiró la mano.

¡Leonorcita, mejor sujeta la puerta! Las cosas pesadas no son asunto de mujeres, y menos tú, corazón.

Las vecinas se miraron, casi condescendientes.

Ya lo dirás, hasta que se case. Después, empiezan los reproches, y adiós caballerosidad de pacotilla. ¡Ya lo veremos!

Leonor y Ricardo ya habían desaparecido por la escalera, pero en el banco seguían diseccionando su aspecto, el coche del futuro marido, y el paso de la novia. Porque, total, ¿qué otra cosa hay que hacer en una tarde sin siesta?

Mientras tanto, a Leonor los murmullos le daban igual. Corría a ver a su madre Julia, a quien no veía hacía dos semanas: primero un viaje de trabajo; luego las obras en el piso nuevo, que ella y Ricardo intentaban terminar antes del enlace. Julia le había prohibido estresarse ni acercarse si no era indispensable. La nevera está llena, el teléfono funciona, y la boda está a la vuelta de la esquina. ¿Pero cómo esperar tanto?

Leonor no pudo resistir. Jamás había estado tanto tiempo lejos de su madre ni aprendido a convivir con la ansiedad de la distancia.

A Leonor su madre la había tenido con treinta y cinco. Julia, con su naricilla prominente y los hombros caídos, trabajaba de dependienta en una tienda de ultramarinos del barrio. Familiares y amigos le habían colgado el cartel de solterona; ¿acaso podía cualquiera imaginar hijos ya?

Sin embargo, Julia les sorprendió a todos: se fue de vacaciones a la Costa del Sol y regresó con un novio de película. Alto, hombros anchos, ojos verdes, sonrisa de galán. Parecían el ratón y el león juntos, pero al poco tiempo, era Julia quien vestía pieles y tacones.

El marido de Julia, Manuel, era listo y trabajador. Sabía ganar euros y multiplicarlos. Y, sobre todo, amaba tanto a su mujer que a Julia no le faltaba nunca ni dinero, ni flores, ni palabras dulces. De pronto, ella empezó a florecer; nuevo corte de pelo, ropa a la moda, adiós a las amistades que solo venían a pedir favores o chismorrear.

Julio, el esposo, la aisló del veneno social. Conocía bien la mala lengua de las vecinas: Ése tan guapo, a saber qué hace con esa mujer, decían por lo bajo. Así que con paciencia, fortificó su hogar y sólo dejó entrar a los que de verdad eran familia.

Manuel sabía por experiencia lo poco que ayudan la belleza y la fama. Había crecido huérfano, criado por una abuela hastiada y bebedora. A los tres años perdió a sus padres en un accidente en la carretera de Toledo: su padre, un poco ebrio, no supo retener el coche en una curva mojada.

Manuel se aprendió de niño a planchar camisas, cocinar, e ir a la escuela con las mismas ondas rubias y la misma belleza que tanto atraía a adultos indiscretos. A la abuela le importaba más la botella que su nieto. Sólo la panadera, Clara madre soltera de dos, le daba a diario una caricia en el pelo y una barra de pan con la merienda: ¡Que la comida es crianza y consuelo, hijo!

Años después, muerta la abuela, Clara lo adoptó legalmente: Ya eres de la familia, Manuel. Y así aprendió él que lo importante era la bondad, no el físico.

Trabajó, reformó el piso heredado; pero las chicas, si primero suspiraban por su cara bonita, luego le rehuían: Demasiado guapo. Me dejas en cualquier momento; no quiero verte irte. Con el corazón endurecido, siempre volvía a consultar sus pesares con Clara: La tuya está por llegar, hijo. ¡Tienes que creer!, decía ella, positiva.

Fue a los treinta y pico, en otra visita casi obligada a la Costa del Sol, cuando vio a Julia. Nadie reparaba en la muchacha que observaba el mar enfurecido tras la tormenta. Pero a Manuel se le heló el alma: Julia era igualita a Clara. Al tratar con ella, sintió que la vida le daba el segundo mayor regalo tras su madre adoptiva: Julia tenía esa misma ternura sin estrenar, tantas ganas de amar. ¡Su sueño hecho real!

Se casaron sin dudar. Tuvieron a Leonor, a quien amaron tanto que hasta temían consentirla en exceso.

¡A ver si la vamos a malcriar, Manuel! suspiraba Julia. ¡No hay que mimarla tanto!

Pues sólo por sus méritos, porque Leonor es lista decía él, besando a la niña.

La abuela Clara, en sus visitas desde Salamanca, repetía: Ha salido a su madre, dulce y trabajadora. Quédate con eso, Manuel: la felicidad es el verdadero lujo en esta vida.

Manuel, ya padre, mantenía con sus hermanos y con Clara el lazo familiar más fuerte que oro. Por eso, cuando los médicos empezaron a darle malas noticias, fue primero a sus hermanos, para no preocupar aún a Julia ni a Clara.

Hiciste bien en contar le dijeron ellos. ¡Estamos contigo!

Le buscaron el mejor especialista en Madrid. El diagnóstico fue un mazazo, pero no permitieron que se ahogara en la pena.

Ni lo sueñes. Tienes una hija y estamos todos contigo. Y la medicina avanza.

La lucha contra la enfermedad duró diez años. Manuel era fuerte porque tenía a Julia y a Leonor esperando, a la niña trayéndole caldo y merienda tras el colegio, a su mujer llorando pero siempre cocinando.

No me entra nada, hija…

¡Papá, venga! El caldo está salado porque mamá ha llorado haciéndolo, pero pronto estarás en casa. Te lo prometo, ¿sí?

Claro, Leonorcita. Pronto volveré

Y él volvía. Siempre. Porque en casa lo esperaban.

Cuando se fue, fue en silencio, en casa, sobre el hombro de Julia. Ella se quedó hasta el amanecer abrazándolo, recordando toda una vida juntos:

No me puedo quejar. ¡Cuánto amor, Manuel! Gracias, mi vida.

Por la mañana, Leonor entró a la habitación y chirrió como un pajarito asustado. Julia la apretó:

Shh, mi vida Papá ya descansa. Está bien, ya nada le duele No llores. Estoy contigo.

Nunca se quedaron solas. Los hermanos venían a ayudar; Clara vino a instalarse unos meses desde Salamanca. La familia, aunque herida, se unió alrededor de las dos.

El tiempo pasó. Leonor creció, y cada vez que se miraba en el espejo se convencía más de su poca gracia. Sabía que nunca sería guapa.

¿Podía cambiarse el tamaño de la nariz, hacerse los ojos más grandes? Ni la zanahoria que comía religiosamente dicen que ayuda a crecer la transformaba.

En el instituto la llamaban cosas feas. Julia la consolaba: Ya verás, hija mía, quién es feliz de verdad. ¡Ya veremos!

Leonor acabó el bachillerato, fue a la universidad. Allí, igual: nadie supo ver la dulzura callada, sólo pedían sus apuntes antes del examen, porque estaban perfectos y detallados. ¿Para qué soñar? Allí las bonitas y alocadas triunfaban.

¿Qué hacemos, mamá? le preguntó Julia una tarde, triste.

Clara sonrió:

La llevamos al mar. La receta siempre funciona. ¿No se casó Julia junto al Mediterráneo? ¡Hagámoslo de nuevo!

Pero Leonor no querrá ir sola contestó Julia.

Iremos todos; hermanos, sobrinos, cuñadas y tíos. Allí, en la playa, seguro que huye a la primera ocasión, los niños la volverán loca. ¡Sorpresa!

Pero el destino tenía su propio juego.

Leonor fue al mar, pero resistió todos los intentos de llevarla a conocer gente:

No quiero ir sola a ningún sitio, mamá.

La familia se resignó. Y allí, las olas siguieron su curso, indiferentes.

Ya de vuelta en Valladolid, una tarde de lluvia, Leonor estacionó el coche y salió a pie. Un aguacero furioso la sorprendió, calándole hasta los huesos.

Se quitó los nuevos zapatos de charol y corrió con los pies desnudos, salpicando charcos, hasta que un coche pasó y la empapó de barro de arriba a abajo.

¡Madre mía! suspiró Leonor, y luego rompió a reír, tan sincera que el conductor, al bajar a disculparse, se quedó mirándola embobado.

El destino se rió. Su lista cumplida, tachó otro nombre: Leonor y Ricardo tendrían su historia.

Pasaron los años. Las mismas vecinas se sentaban en el banco y, cuando Ricardo llegaba en el coche familiar, susurraban:

¡Vaya abrigo el de esa mustia! El mío ni me lo compra Y a ella, sin esfuerzo.

Ya empiezas otra vez.

Y ese bolso, ni le pega el color.

¡Eres de lo que no hay! ¡Ojos de codorniz y lengua de trapo! ¿No ves que su marido la cuida, que adora a sus hijos? Te mueres de envidia.

¡Pues sí! ¿Qué mérito tiene esa gente? Ni guapos ni nada y sus hijos parecen sacados de catálogo. ¿Por qué?

Cosa de genes, hija. El marido era un bellezón. Ahí lo tienes.

¿Entonces cómo puede Leonor estar siempre de buenas? Nunca responde mal, siempre una sonrisa. ¡Debería odiar al mundo si la miras!

Eso crees tú. Pero no todo es la cara Quién sabe, si fueses menos envidiosa igual te salía el guapo a ti.

A Leonor ya no le importaban los comentarios ni qué decía la ciudad. Bastante tenía con lo suyo: su madre envejeciendo; Clara preparando otra mudanza, queriendo vivir cerca; los tíos que pedían ayuda con la obra.

¡Alejandro, Lucía, adentro! ¡La abuela ha sacado la tarta del horno! ¡No hagáis esperar a la abuela!

Y habría otra noche de charla, guitarra y cuentos antes de dormir, con Julia narrando historias a sus nietos, y la vida rodando como en un sueño de verano, cálido y extraño, en el que la felicidad se cuela ligera por debajo de la puerta, sin pedir permiso.

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