Ganadora sin amor

Diario de una vencedora sin amor

Bueno, Álvaro, ya está dije yo, Inés Jiménez, mientras dejaba la taza de café sobre el platillo, haciéndola sonar con un golpecito suave que yo misma sentí como solemne. Podemos seguir adelante.

Madre, hablas como si hubieras ganado un torneo de ajedrez me respondió mi hijo, mirándome como desde lejos.

¿Y acaso no es así?

Álvaro se asomaba por la ventana. Afuera era marzo, y la ciudad de Valladolid tenía esa lluvia tozuda y grisácea de los finales de invierno, como un trapo viejo colgado del cielo. Seguí su mirada, sin ver allí nada interesante. No necesitaba más respuestas.

Álvaro, te pregunto ¿No es una victoria?

Mamá, ella simplemente se ha marchado. Con una maleta pequeña. No entiendo qué hay que celebrar.

Pues eso. Que se fue. Con una maleta. Llegó con las manos vacías, se va también así. Eso es justo.

Finalmente, giró la cabeza para mirarme. Yo esperaba ver cualquier cosa en sus ojos: resentimiento, enfado, aunque fuera cansancio. Pero lo que vi fue indescriptible, algo en lo profundo, que preferí no mirar fijamente.

Celia invirtió en este piso, susurró. Su propio dinero.

El piso está a mi nombre. Te lo regalé a ti. No a ella.

Sé cómo está puesto todo.

¿Entonces de qué estamos hablando?

Se puso de pie en silencio, cogió la chaqueta de la percha. Observé que había dejado el trozo de bizcocho, la tarta de manzana que había intentado hacer esa mañana, la mitad intacta.

Me marcho un rato murmuró.

¿A dónde?

A cualquier parte.

La puerta se cerró sin ruido, suave, completamente opuesta a cualquier portazo cargado. Como si mi hijo, Álvaro, hubiera pasado la vida entera esforzándose en no hacer ruido, en no romper nada. Me quedé mirando la tarta medio perdida en la mesa. Luego tomé un tenedor y me la comí yo misma. Las manzanas estaban algo ácidas, pero era ese tipo de acidez auténtica, de fruta de la tienda de barrio, que sabe a casa.

Y así me encontraba sola en la cocina de mi piso de la calle Torrecilla, donde he vivido casi cuatro décadas, convencida en esa absurda seguridad de que ahora sí todo estaría bien.

Ya estoy en mi año sesenta y tres. Pequeña, pulcra, siempre con el pelo recogido en un moño sencillo y las manos ágiles, acostumbradas a repasar facturas y cuentas. De mi pensión no puedo quejarme, al menos según los baremos de Valladolid. Cuarenta años de contable dan para saber contar, y justo por eso, cuando Álvaro trajo a Celia a casa hace cinco años, la calé a la primera mirada. «No es de aquí, viene de Palencia, con las ideas claras», pensé. Sencilla, de hablar suave y trenzas largas, con esa costumbre de no mirar nunca fijamente. Yo, que me sé leer a las personas, la leí enterita en nuestro primer plato de lentejas juntos: esa chica apuntaba al piso.

Álvaro decía otra cosa. Decía que estaba enamorado. En realidad, hablaba poco, y cuando lo hacía, yo pasaba sus palabras por mi filtro particular y siempre sacaba la conclusión correcta. Mi conclusión.

Vivieron juntos tres años en el piso que yo amablemente doné a mi hijo cuando cumplió veintiocho. Un viejo amigo abogado me había aconsejado: «Así, si hay problema, este piso no se divide en caso de divorcio». No pensaba todavía en divorcios, pero la precaución es costumbre de mi casa.

Celia fue cambiando la casa poco a poco. Puso cortinas nuevas. Yo lo vi como una osadía. Cambió la vajilla, y, según mi criterio, la anterior era mejor. Cocinaba cenas dos veces por semana e invariablemente me invitaba. Yo iba, comía y me marchaba con esa sensación de que algo no terminaba de encajar, aunque no supiera ponerle nombre.

Una tarde Celia reformó la cocina. Con su dinero, bien especificado en sus conversaciones con Álvaro, no conmigo. Me enteré cuando ya no tenía remedio, después de ver los nuevos azulejos y armarios blancos. Fruncí los labios.

Inés, ¿no te gusta? me preguntó sin rodeos. No, no me gustaban los directos.

Es muy mono, hija.

Dije mono con ese tono que en mi boca suena casi a feo, y lo supimos ambas. Celia no contestó. Tenía la capacidad preciosa de callar justo cuando yo esperaba pelea.

El divorcio llegó al cuarto año. Muchas causas; ninguna la real. O tal vez todas, pero ninguna única. Álvaro distanciado, resignado. Celia preguntaba, explicaba, suplicaba a ratos. Él callaba y se refugiaba en la televisión. Yo, después de varias llamadas donde me contaba lo mal que estaban, le dije lo que pensé que había que decir.

Álvaro, así no puede seguir. Ni para ti, ni para ella.

A lo mejor se arregla

No se arreglará. Solo empeorará.

Vinieron los papeles, el notario. Al final, la escena final en la cocina, la tarta y ese marzo lluvioso tras los cristales. Celia se fue con su maleta gris, pequeña, sobre ruedas, sin mirar atrás.

Recuerdo que pensé: He ganado. Y sentí ese alivio de fiebre que se rebaja tras una larga gripe.

Álvaro Jiménez, mi hijo, tiene treinta y cuatro años y es ingeniero en una constructora. Gana bien, nunca habla de dinero a iniciativa propia. Siento por él esa mezcla de amor y propiedad, y algo más, difícil de definir. Lo crie sola desde que su padre se fue con otra cuando él tenía ocho. Éramos dos y a mí eso me parecía el estado natural de las cosas.

Cuando mi hijo tenía diecinueve descubrí que sabe estar solo. No en el buen sentido. Sino en el de no saber luchar por algo, ni exigirlo, ni siquiera enfadarse en voz alta. Solo sabe asentir o callar. Lo llamé «educación» entonces, y me quedé tranquila.

Tras el divorcio vivió un mes solo. Luego me llamó para decir que había conocido a Lucía.

¿Dónde la conociste?

En una comida de empresa.

¿Y esa Lucía cómo es?

Buena chica. ¿Vienes a conocerla?

Accedí. Fue en una cafetería, no en casa, lo cual ya fue un signo que me pasó desapercibido. Era siete años menor que Álvaro, o sea, veintisiete. Trabajaba en una agencia de publicidad, vestía con determinación, y se le notaba que sabía lo que quería. No solo del menú, del camarero y de la vida.

Inés me dijo, dándome la mano como si fuera ella la anfitriona. He oído hablar mucho de usted.

¿Por Álvaro?

Por Álvaro. De todo un poco me respondió, abriendo el menú.

Sentí una punzada aguda bajo las costillas, pero pensé que era la corriente de aire que entraba de la puerta.

Lucía era guapa. No una belleza discreta, como Celia, sino de esas que saben lo que son. Pelo oscuro, labios perfectamente perfilados, mirada intensa. También sabía callar, pero no como Celia: lo de Lucía era evaluación.

A los cuatro meses, se casaron por lo civil. Lo supe por el teléfono, una noche cualquiera.

Nos hemos casado anunció Álvaro. Hoy.

¿Hoy?

Sí. No queríamos líos.

No me molesto murmuré. Felicidades.

Colgué y me quedé sentada diez minutos en el sofá. Luego regué las plantas y me fui a la cama. Por la mañana, todo era igual.

Lucía se mudó al piso en una semana. Trajo cajas, muchas, y ocupó el pasillo entero. Cuando fui, habían quitado ya las cortinas de Celia y en su lugar había otras: verdes, gruesas, que oscurecían la sala como si fuera un despacho.

Lucía, ¿y las otras?

A la basura, Inés.

Pero si estaban nuevas…

No son mi estilo.

No hubo más que decir. Por primera vez, me quedé callada de verdad. Sin un «ya se verá» girando por dentro.

En los primeros meses iba mucho. Lucía no me echaba, pero hacía fácil sentirme fuera de lugar. No salía del salón cuando llegaba, no ponía el hervidor, no cortaba su trabajo. Respondía con monosílabos y enseguida me veía yo misma como una visita pesada en una casa que era mía.

Era una sensación nueva y nada agradable.

Álvaro, delante de mí, era aún más callado. Servía el café, ofrecía galletas, escuchaba, miraba a su mujer con una cautela que yo no lograba nombrar, aunque el nombre era sencillo: miedo.

En octubre, Lucía cambió las cerraduras. Un día Álvaro me avisó:

Madre, hemos cambiado la cerradura. Si vienes, avisa y te abro.

¿Por qué?

Lucía dice que es más seguro así.

¿Seguro de quién?

La pausa fue larga y hueca. Oí mucho más de lo que dijo, aunque no dijera nada.

Guardé la llave antigua esa misma tarde en el cajón del recibidor. Nunca más volví a sacarla.

Nochevieja siempre era en mi casa. Así había sido veinte años, con mis tradiciones, mi árbol de Navidad y mis recetas. En noviembre, Lucía dejó dicho por Álvaro:

Esta vez lo celebraremos en casa de mis padres, en Madrid.

¿En Madrid?

Bueno, allí está toda su familia.

¿Y yo?

Madre, ya sabes. No podemos estar en dos sitios a la vez.

Pasé la Nochevieja sola. Cena para uno, media botella de cava abierta a las doce, discurso del rey, la vajilla recogida rápido y a dormir antes de la una, porque no quedaba nada más por hacer.

Por la mañana llamé a Álvaro para felicitarle. Tardó en responder, tenía la voz adormilada.

Feliz año, madre.

Feliz año, hijo. ¿Qué tal por allí?

Bien, muy bien. Luego te llamo, ¿vale? Lucía sigue dormida.

Por supuesto.

Ese «por supuesto» llevaba tono de nunca jamás, pero él no lo percibió.

En febrero, Lucía apareció en mi casa, por primera vez desde la boda. Sin llamar, vestida de punta en blanco, con tacones. Yo abrí y me quedé sin saber qué decir.

Pasa le dije finalmente. ¿Un té?

No me vendría mal.

Nos sentamos en la cocina. Lucía examinó el espacio como quien planea una reforma.

Inés, quiero hablar contigo claramente.

Habla.

Álvaro te llama todos los días. Es mucho. Son horas largas. Interfieren en nuestra rutina. Creo que podrías llamarle menos.

Puse el agua en las tazas, con manos firmes.

Lucía dije despacio. Álvaro es un adulto. Sabe con quién y cuándo quiere hablar.

Por supuesto. Pero un adulto vive primero para su propia familia.

Yo también soy familia.

Eres su madre. No es lo mismo.

Nos miramos en silencio. El té se enfrió. Pensé que si Celia estuviera ahí, ya habría bajado la mirada. Lucía no.

Te entiendo dije al final.

Estupendo contestó ella, terminando el té como si hablásemos del tiempo.

Después de irse, me quedé un buen rato mirando la calle. Una gota de lluvia en el alféizar reflejaba el cielo. Pensé en Celia. En que nunca habría venido así, tan franca. Celia era torpe, desubicada muchas veces, pero jamás agresiva. Nunca tan fría.

Empujé ese recuerdo al fondo de la mente, debajo de una caja pesada.

Las llamadas de Álvaro se espaciaron. Primero cada dos días, después cada tres. Empecé a llamar también menos, porque siempre notaba su prisa o escuchaba a Lucía al fondo, con ese tono de presentadora de televisión.

Lucía tenía buen sueldo. Lo decía Álvaro con una especie de orgullo resignado. Compraba tecnología, ropa, viajaba. Tomaba decisiones, y poco a poco, Álvaro se replegó, sin espacio para otras cosas.

Una mañana de abril llegué sin avisar. Álvaro abrió la puerta con expresión de sorpresa incómoda.

Madre, debiste avisar.

Pasaba por aquí. He entrado.

¿Por aquí?

Vivo a diez minutos.

Lucía trabaja desde casa. No quiere que la molesten.

He venido por ti, no por ella.

Me dejó entrar. Estuvimos media hora en la cocina. Lucía no salió. Me despedí, y supe que sería la última vez sin llamar. No porque él lo pidiese, sino porque yo no quería ver más esa cara al abrir.

El verano transcurrió tranquilo. Fui a la casa de campo, saqué tomates y pepinos, llevé a los hijos de la vecina a Torremolinos. Nietos propios, ninguno. Lucía decía que era pronto, por la carrera. Yo ya aprendí a no discutir con aquello que no se puede cambiar.

En septiembre ocurrió lo que llamo «casualidad», aunque en Valladolid pocas cosas lo son.

Salía de la carnicería de la Plaza España, bolsas en mano, cuando vi a Celia. Apoyada en la puerta de una pequeña oficina, charlaba por teléfono. Abrigo azul marino, el pelo corto, ondulado. Reía, y su risa era abierta, distinta. Nada que ver con la risa tímida de antes.

Me quedé parada con las bolsas.

Celia me vio enseguida. Acabó la llamada y vino hacia mí.

Inés.

Celi contesté, sorprendida de usar el diminutivo.

Se te ve bien dijo ella.

A ti también le respondí, y era la pura verdad.

Celia ya era otra persona. De porte seguro, mirada de frente.

¿Trabajas aquí? le pregunté, señalando la puerta.

Aquí mando yo contestó. Hace seis meses abrí mi estudio de interiores.

¿Y eso? ¿De dónde sacaste el dinero? pregunté, y me arrepentí en el acto. Pero ya estaba dicho.

No se ofendió. O, si lo hizo, no lo mostró.

Trabajé tres años a doble jornada. Por las mañanas en una oficina y por las tardes para mis propios clientes. Ahorré. El año pasado compré un piso pequeño. En la Avenida de Burgos. Vivo sola.

Sentí que las bolsas pesaban el doble.

¿Y sola? ¿No es triste?

Me gusta.

Quedó un silencio breve. Alguien reía tras la esquina.

Celi… empecé sin tener claro qué decir.

Inés me paró suavemente. Tengo reunión en diez minutos.

Claro, por supuesto.

Que vaya todo bien.

Igualmente.

Se alejó hacia la oficina. Al llegar, se giró y me miró. Vi en su gesto una paz nueva.

Volví a casa, deshice la compra, lavé las manos, hice sopa y me senté junto a la ventana.

Celia compró un piso. En la Avenida de Burgos. Nuevo negocio. Sola.

Y yo, a estas alturas, conservo el piso. Mi hijo, en Madrid. Lucía, con sus llaves y cenas en otra ciudad. La primera nuera, trabajando, independiente.

Pero ahora mi hijo me llama solo una vez a la semana. Y la Nochevieja, otra vez con los padres de Lucía.

Octubre: Lucía dice que se mudan a Madrid, que en Valladolid ella se siente atada, que la empresa le ofrece un ascenso y no puede rechazarlo. Álvaro me lo comunicó un domingo, después de comer.

Mamá, queríamos comunicarte que, quizá, nos mudamos.

¿Cuándo?

Aún lo estamos viendo. Te aviso con tiempo.

Gracias respondí, más fría de lo que quise.

Podríamos alquilar el piso mientras. Tú podrías vigilarlo. Estás tan cerca…

Entendí bien: vigilar a inquilinos en una casa donde ahora no tengo llave.

Ya lo pensaré.

No te preocupes, mujer. Madrid está a nada, en AVE.

Por supuesto.

En noviembre llegó el frío antes de tiempo. Fui al mercado con el abrigo puesto y encontré a Manuela, mi vieja amiga. Compramos té y nos sentamos un buen rato.

Me habló de su familia, la casa de campo. Yo compartí que Álvaro planeaba mudarse. No supe qué más decir.

¿No te arrepientes, Inés, de Celia? Era tranquila…

Muy tranquila. Pero quería quedarse con un piso que no era suyo.

¿Eso sigues pensando?

La vi la semana pasada. Piso propio, negocio abierto, bien.

Manuela me miró largo rato, sin juicio ni lástima.

Entonces no iba tras el piso susurró.

No le des vueltas.

No me engañas, Inés. Hoy estas sola, y tu hijo se va.

El camino a casa lo hice andando, sola, por las amplias calles de Valladolid. Andar era mi forma de disipar niebla mental.

Diciembre trajo el primer hielo. Saqué el árbol, lo decoré con bolas viejas, la guirnalda temblorosa del mismo modo de cada año.

Álvaro llamó el 23 de diciembre:

Llegaremos el día 31 por la mañana, pero enseguida nos iremos a lo de los padres de Lucía.

Entiendo.

Madre, de verdad

Me alegro que vengáis. Haré bizcocho de manzana.

Vinieron a las once. Lucía traía un abrigo elegante, un paquete de bombones y una botella de cava. Lo dejó en la mesa en silencio. Álvaro me abrazó. Tomamos café. Lucía, con el móvil toda la visita, comentó su trabajo apenas.

¿Bizcocho, Lucía?

No, gracias, no como harina.

¿Y tú, Álvaro?

Por supuesto, madre.

Comió su ración. Yo miraba cómo masticaba, consciente de que quizás sería la última merienda juntos aquí, porque todo tira hacia Madrid, hacia otro lado, lejos de lo que fue rutina.

Se fueron poco antes de la una. Lucía me miró en la puerta.

Inés es usted buena anfitriona. El bizcocho, exquisito.

Gracias.

Lucía asintió y se fue. Álvaro me besó en la mejilla.

Adiós, madre.

Adiós, hijo.

Recogí todo, empaqueté el trozo sobrante de bizcocho, lavé los vasos. El televisor ni me llamó la atención.

Recibí el año sola. Por segundo año consecutivo. Descubrí que el cava en soledad tiene la mitad de burbujas.

En enero me comunicaron que se mudan en marzo. El piso quedará cerrado. Solo vendrán de vez en cuando.

Febrero se escurrió monótono: mercado, casa, televisión, a veces Manuela. Fui a la peluquería una vez, y otra a ayudar a la vecina en su huerta.

A principios de marzo, aún con nieve entre las aceras, llamé a Celia.

Memoricé su móvil con precisión de contable.

¿Sí?

Celi. Soy Inés.

Pausa. No amarga, solo pausa.

Buenas tardes, Inés.

¿Podrías verme?

Otra pausa larga. Miré a la calle mojada.

¿Para qué? preguntó. Dímelo claro.

Para hablar. Son cosas que solo puedo decir cara a cara.

Pausa eterna. Creí que me rechazaría.

Vale. El sábado puedo. Cafetería de la Plaza Mayor, ¿sabes cuál?

Sí.

A las doce.

Allí estaré.

El sábado llegué quince minutos antes. Pedí un té y busqué el mejor ángulo de luz natural. Parecía primavera, aunque no lo fuera.

Celia llegó en punto. El abrigo azul marino, el pelo corto. Me saludó, colgó el abrigo en la silla y se sentó frente a mí.

Hola.

¡Hola, Celi! Gracias por venir.

¿Qué quieres decirme?

Jugué con la taza.

Quería decirte que me equivoqué contigo. Mucho. No en todo, pero sí en mucho.

Celia me miró sin descomponerse.

Pensé mal de ti desde el principio, antes de que hicieras nada. Eso no fue justo.

Ella no respondió.

Creía que solo te interesaba el piso. Que no querías a mi hijo. Que eras calculadora.

¿Y ahora?

No. Te vi aquel día en septiembre, feliz. Me di cuenta de que solo buscabas familia, un hogar.

Celia apartó la vista, viendo a través del cristal.

Inés, gracias por decirlo. De verdad. Pero no sé qué hacer con estas palabras.

No pido que hagas nada. Solo necesitaba decirlo. Para mí.

La miré y vi serenidad. Sin vanidad, sin lástima.

¿Y Álvaro? preguntó ella.

Se mudan a Madrid. Lucía trabaja allí.

Ya veo.

Lucía es diferente a ti no sé si mejor o peor.

¿Y eso importa?

Puse la taza en el platillo.

No lo sé, Celia admití honestamente, tal vez por primera vez.

Ella sonrió levemente, sin burla.

¿Quieres algo más? ¿Te ayudo en algo?

No, de verdad. Solo necesitaba hablar.

Entonces me voy, tengo cita con un cliente.

Por supuesto.

Se puso de pie, recogió su abrigo y fue a pagar.

Pago yo, Celia.

No hace falta.

Por favor.

Ella me miró, luego guardó el monedero.

Vale.

Con el abrigo ya puesto, se detuvo.

Inés, no me duele ya. Hace mucho. Solo quería que lo supieras.

Me alegra.

Para mí. Así estoy mejor. No guardo rencor, no porque fueras justa, sino porque yo lo necesito.

Asentí. No supe qué decir. Por primera vez en mucho tiempo.

Que vaya bien.

A ti también, Celi.

Celia salió y, tras la cristalera, la vi marchar tranquila, sin prisa. En la esquina se detuvo, revisó el móvil y siguió hacia su nuevo destino.

Pagué, me puse el abrigo y salí. En la calle olía a marzo, a humedad y promesa de primavera. Un olor que me acompaña desde niña, y que siempre me ha llenado de posibilidades, más que de nostalgia.

Mirando atrás, recordé esa mañana tres años antes, cuando vi a Celia marcharse con su maleta por la calle. Yo, desde la ventana, convencida de que había vencido.

Celia caminaba con dignidad, sin dramatismo, sin mirar atrás. Yo creía que ese era el gesto de quien pierde, pero ahora pienso que solo los que saben adónde van caminan así.

Con mis llaves, subí las escaleras a mi piso, a mi silencio habitual. Colgué el abrigo, encendí el hervidor.

Ahí estaba mi victoria: el piso intacto, el hijo lejos, tradiciones desmontadas. Celia en su propio piso, construyendo su camino.

Siempre he sido inteligente, calculadora, perspicaz. Cuarenta años con números te enseñan a mirar balances.

El balance ahora era este: sola en la cocina, con el té humeante.

No es falta de gente para llamar: está Manuela, la vecina, mi hijo, aunque lejos. Pero la casa es silencio cada tarde, cada festivo, cada Navidad.

Celia venía sin motivo. Traía pasteles del horno de la Plaza, aquel que cerró. Ponía en la mesa y decía: Inés, estos son de repollo, que los prefieres así. Yo comía y calculaba otra cosa.

Bebí el té. Lavé la taza, las manos en el paño que traje de una feria allá por 2017.

Cogí el móvil y llamé a Álvaro solo por llamar.

Madre, ¿todo bien?

Todo bien, hijo. ¿Y vosotros?

Aquí, organizando cajas. ¿Y tú?

Bien. Solo quería saludarte.

Vale, luego te llamo, ¿sí?

Por supuesto. Ocúpate.

¿De veras estás bien?

Todo bien, hijo.

Genial. Un beso.

Colgué. Miré la escoba olvidada fuera, emergiendo del resto de nieve de marzo. Silencio.

Fui al salón, rescaté el viejo álbum. Fotos de Álvaro de niño, con su caña de pescar en la ría, mi yo sonriente. Sabía reír entonces; no recuerdo cuándo lo dejé de hacer.

Otra página: Álvaro y Celia de jóvenes, cogidos de la mano. Ahora lo veo distinto: dos personas, ni aferrados, ni distantes. Solo juntos.

Cerré el álbum. El atardecer llenó el salón de sombras y no encendí la luz. Escuché el reloj y el silencio.

Celia dijo: no me duele ya. No guardo rencor, no porque tuvieras razón, sino porque así vivo mejor.

Esa es la diferencia. Ella hacía las cosas por y para sí misma. Yo, por y para mi hijo. Ahora él, en Madrid, y yo aquí, sentada en la penumbra.

No lloré. No soy de lágrimas. No tras el abandono de mi marido, no después de aquello; solo entonces, con un Álvaro de ocho años, un cine, y el llanto aparcado para siempre.

Fui a la cocina, piqué el resto de bizcocho.

Ya era noche cerrada. El farol daba una luz naranja sobre la nieve.

Mordisqueando la tarta, decidí que el sábado llamaría a Manuela para tomar un café, dar un paseo, quizás. Lo que surgiera.

Pensé que en primavera iría a la casa de campo, a remontar los bancales. Tomates para todos, como siempre.

Y luego ya no pensé nada. Solo mastiqué despacio, mirando la calle naranja bajo el farol, y el teléfono en silencio.

La gata de la vecina maulló al otro lado. Un golpe en la tubería. La vida seguía igual.

Mañana, al mercado. Quizás encuentre plantones de calabacín, o sea pronto aún.

Limpié, apagué la luz y fui a la habitación. Abrí el libro de misterio a medias, lo cerré sin recordar qué acababa de leer.

Dormí mirando el techo. Vi a Celia avanzar por la acera, abrigo azul.

Caminaba recta y serena, igual que hacía tres años con la maleta. Pensando que era el paso de quien pierde, ahora pienso que quizás era quien tenía claro adónde iba.

Yo nunca he sabido mirar hacia adelante. Solo repasar lo que fue, lo que pude conservar. El balance es ese: piso, hijo, vida. En silencio.

Me tumbé de lado. Cerré los ojos.

Marzo avanza entre la nieve que se rinde. Quizá para abril se haya ido del todo. La primavera llega, quieras o no.

Quizás pase de nuevo cerca de aquella oficina de Celia en la Plaza Mayor. No a propósito. Si se cruza, miraré a ver cómo le va. Seguro que sigue. Celia, para las cosas importantes, nunca se rinde.

Eso sí me lo enseñó.

Quedé un buen rato sin dormir, oyendo la calma de mi hogar que, con todo, siempre fue mío.

La gata maulló una vez más.

Pensé en ir al mercado, en llamar a Manuela, en el piso vacío y en hacer algún día el viaje rápido en AVE a Madrid. Y que, si vuelvo a cruzarme a Celia, pueda decirle algo distinto. Algo de verdad. O no diga nada. Valladolid sigue siendo pequeño.

Mis pensamientos fueron haciéndose lentos, como el último tranvía de la ciudad cuando se aproxima a la parada final. Y en esa lentitud encontré una paz rara, ni buena ni mala, la de aceptar lo que ya no puede cambiarse.

Seguir para adelante, eso sí lo sé hacer. Nadie me lo va a quitar.

Mañana me levantaré a las siete, como siempre. El hervidor, la ventana, el deshielo de marzo.

Y, en alguna parte del otro lado de la ciudad, Celia hará lo mismo en su piso, su té, su ventana.

Y miraremos el mismo cielo de marzo, el mismo deshielo, la misma luz.

Solo que cada una desde su ventana.

Por fin cerré los ojos de verdad.

Fuera, la noche de marzo era suave y sin ruido.

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