Felicidad Libre
¡Javi, espera! Por favor, quédate un momento
Javier aflojó el paso, se giró.
Por el sendero, marcado hacia la casita de ladrillo de dos plantas, venía rápido Alba, una chica de dieciséis años con botas altas, faldita, un abrigo blanco corto y un pañuelo de lana en la cabeza. Por debajo del pañuelo de lana asomaban unos rizos oscuros, castaños, perfectos para realzar esos ojos verdosos, maravillosos y chispeantes, como si en cualquier momento fuesen a llenarse de lágrimas. Eso hacía a Alba parecer tan vulnerable, tan frágil, que te daban ganas de protegerla de todo.
Cada poco, la chica resbalaba o daba un traspiés, pero ni por un instante bajaba el ritmo.
¡Alba, no corras! ¡Que está resbaladizo! le reprendí con voz grave. Aunque La verdad es que te queda bien correr. ¡Tienes las mejillas encendidas! Hacía tiempo que no te veía así, cada día mejor.
Alba sonrió y se acercó casi tanto que rozó mi brazo. Le tendí la mano, ella la agarró y me guiñó un ojo, divertida.
¿Qué querías? pregunté mirando alrededor, luego me incliné y le di un beso rápido en la mejilla. Tu madre ha dejado claro que no quiere que nos juntemos, dice que si me ve contigo me va a poner firme
Alba bajó la mirada, torció las manos en la correa del bolso. Sin embargo, pronto volvió a sonreír.
¡Ay, Javi, qué bobadas dicen mi madre y mi padre! No van a hacerte nada, no les hagas caso. ¿Te vienes al cine conmigo esta tarde? Ya he comprado las entradas. ¡Mira!
Alba se quitó el guante, abrió la mano: llevaba dos entradas dobladas.
Le agarré la mano, sentí que ardía, acaricié sus dedos finos, de pianista.
¿Al cine? No sé La verdad es que tengo cosas que hacer fingí ponerme serio de nuevo. Alba retiró la mano y volvió a guardarla en el guante. Anda, bueno, si insistes, voy contigo asentí, fingiendo que refunfuñaba. ¿Y de qué va la peli? ¿De amor otra vez?
¡No, de guerra! Nacho la ha visto, dice que está muy bien negó rápidamente Alba. Pero sola me da miedo ir, y mis amigas no quieren.
¿Nacho? Él siempre habla por hablar Ve tú con él, que es muy apañado Si tanto te fías de lo que dice
Nacho Sastre era compañero de clase de Alba, un chico listo, de los que no paran de estudiar, participar y avanzar. A mí me ponía un poco nervioso su insistencia; siempre andaba siguiéndola, pero rival mío no era: demasiado blando. Alba, en cambio, siempre ha preferido chicos como yo.
Solo que ahora, yo ya no podía entrar en casa de los Ortega, y Nacho, al contrario, era el mimado de la familia: Aurora, la madre de Alba, siempre encantada de recibirle, le recibía con sonrisa
¡Yo no escucho a nadie! se enfadó Alba. Si te invito a ti, es porque quiero ir contigo. ¿Vas a venir o no?
Se sonrojó, entrecerró los ojos.
Me sentí orgulloso. Asentí.
Vale, vamos. Le da miedo refunfuñé con cariño. ¿Y yo qué? Os encanta ponerme al borde de un ataque. Luego dirán que grito por las noches
Le guiñé un ojo y ella estalló en carcajadas, agitando la mano:
¡Pero si tú no tienes miedo a nada! ¡Hasta luego! Te espero a las siete menos diez en el cine. Ahora me voy, mi madre está liada con la col, toda la cocina llena de barreños. Nos vemos.
Alba giró y se fue, con paso menudo.
Vivía a apenas dos casas de la mía. Habíamos crecido juntos, espantando gorriones en los jardines y subiéndose al cerezo para, a escondidas, comer las bayas oscuras; luego, tirando los huesos, a ver quién llegaba más lejos. Juntos íbamos y veníamos del colegio yo era dos años mayor, y las chicas estaban celosas de su suerte: un tío tan apuesto que parecía llevarla en volandas. Alba, sin embargo, lo veía natural. Para ella, yo siempre había estado allí, así que era normal que la cuidara.
El invierno antepasado, esquiando, Alba se sintió mal, se mareó y cayó, partiéndose la pierna. Allí, en la nieve, dolorida, moqueaba, sudando de miedo; el dolor le anudaba el pecho. Siempre le había tenido miedo al dolor, incluso sacar una astilla era un drama para su madre. Pero aquella vez, fue toda una pierna
Yo estaba cerca, siempre lo estaba. Era imposible no oír sus gritos. Cuando éramos peques, Alba lloraba grave, potente, como una sirena, y yo iba tras el sonido. Ahora su voz era más dulce.
Mientras la llevaba a casa en brazos, la pierna se fue hinchando tanto que hubo que cortarle la bota. Alba se me agarraba tan fuerte al hombro que me dejó marca, pero yo ni protesté: ella era más importante.
Llegó la ambulancia, la llevaron al hospital. Dijeron que la pierna no era gran cosa, pero tenía el corazón enfermo y le llenaron la cartilla de diagnósticos en latín. Pasó mucho tiempo ingresada. Al volver a casa, la nieve ya se había derretido, ella solo empezaba a reanimarse.
Tardó en soldarle el hueso, le picaba bajo la escayola, chillaba, se desesperaba con su madre Pero cuando venía yo, todo cambiaba. Le traía cosas interesantes: mapas del mundo, barquitos de papel, íbamos de viaje juntos, luego al Polo, y enseguida tomando té en una cabaña imaginaria; le traía el Mecano, hacíamos manualidades, dibujábamos aventuras en carteles
Cuando te quiten esa cosa señalaba yo su escayola, nos iremos de excursión. ¿A dónde quieres ir?
Al patio quiero salir, pero mi madre no me deja. Dice que tengo que estar tranquila, que el corazón Y ya hasta me he olvidado de andar.
Nadie se olvida. Sólo tienes que entrenar. Mi abuelo Manolo, en Soria, volvió de la guerra medio tullido, pero un médico importante le puso a trabajar y ahora camina perfecto. La ciencia avanza, ya verás, Alba, tú también saldrás de esta. Pero espabila, ¡caracol!
Jugando, le robaba la muñeca, la tentaba hasta que ella iba tras de mí, golpeando con las muletas.
Alba, hija, ¿a estas alturas, jugando con muñecas? yo la picaba. Pareces la señora Marisol de la tienda que sólo habla de achaques. ¡Ánimo, que aún bailaremos!
¡Alba! ¡A la cama ya! Javi, por favor, déjala tranquila irrumpía Aurora, la madre. ¡No le alteres! Venga, fuera.
¡Aurora! yo me defendía. Se te va a quedar en los huesos. No podes tenerla atada a la cama, como si estuviera hecha de cristal. ¡Tiene que vivir!
Eso no te corresponde a ti decidir. Anda, vete a casa, Javier. Ya vendrá Nacho a ayudarle con los estudios.
A solas, Aurora llegó a sacarme al porche y me agarró por el cuello del abrigo, reteniéndome contra la pared.
Escúchame, muchacho. No te metas más aquí como si nada. Alba está muy enferma, ni tener hijos puede: no sobreviviría un parto. Quiero que mi niña viva. No te atrevas a decirle nada, lo de formar familia es su gran sueño, y ya ves ¡Fuera, anda!
Ya llegando a casa, entendí la gravedad de lo que me acababa de contar: Alba era una enferma crónica, una auténtica discapacitada si el corazón estaba tan dañado
Va a morir, se me pasó por la cabeza como una descarga.
Mi abuela Carmen, desde el portal, quedó boquiabierta al verme echarme un cubo de agua helada a la espalda.
¡Javi! ¿Te has vuelto loco? ¡Te vas a poner malo! vino por una toalla.
Cabeceé, respiré hondo. ¡No puede ser! Le queda toda la vida por delante, y la vivirá, ¡y será feliz, lo prometo! pisoteé el suelo.
Mi abuela intentó entender lo que mascullaba, pero no pudo
Javier, hijo, ¿por qué tanto barullo? Anda, vete a la cama, que ya es tarde y debes estar cansado.
Vivíamos los dos solos. De mis padres se decía poco, nunca quise preguntar mucho. La abuela relataba historias extrañas, confusas: que si desaparecieron, que si murieron No contaba que mi madre me abandonó, o que ni siquiera sabían quién era mi padre.
A Alba la llevaban periódicamente a los médicos. Aurora les agasajaba con comida casera, implorando un milagro para su hija. Pero nunca llegaba.
Hoy no sabemos tratar esto, decía el médico, quizá en el futuro, con los avances, mejore, pero ahora todo es reposo, sin emociones. ¡Pero hay cientos, miles como ella!
Sí, sí claro reposo asentía Aurora. Nacho le hace mucho bien a Alba, la anima a leer mucho y cuidar su salud.
¡Mamá! protestó Alba, avergonzada.
¡Qué buena chica tienes al lado, Alba! el médico la felicitó. Cuídalo, que será buen marido Bueno, hasta la próxima, Aurora, Alba.
De ese modo, Alba se resignó a no dar un paso sin vigilancia, a vivir con miedo a cualquier emoción, a que su madre la controlase por todo.
El cine estaba lleno de humo y calor. Alba, aferrada a mi brazo, se acurrucaba llorando durante la película.
¡No llores, Alba! ¡todo va a ir bien! le susurraba, acariciándole el cabello.
Pero los de alrededor nos mandaban callar.
Javi, me encuentro mal. ¿Salimos?
¡Claro! Vamos.
Nos levantamos y salimos, bañados en luz al abrirse la puerta.
Siéntate, te traigo agua le ordené.
La acomodé y la portera nos lanzó una mirada severa.
Qué juventud ésta, ¿ya casados o qué?
No, pero nos casaremos pronto solté, de repente, a su lado.
¿Cómo? Alba se quedó lívida. ¿Eso va en serio?
Me miró, esperando mi respuesta.
Hay cosas con las que no bromeo le respondí serio. Quería decírtelo más adelante, pero… Alba, me voy a la mili. Pero cuando vuelva, ¡nos casaremos! ¿Recuerdas que te prometí llevarte a ver el mundo? Bueno, al menos veremos pingüinos, seguro. ¿Sabes lo que más quiero? Que te cures. Encontraré médicos buenos, Alba, y entonces podremos tener un hijo
Le habría dado un beso ahí mismo, pero la portera seguía atenta y preferí contenerme.
Bebe, y luego salimos fuera le dije, ayudándola con el abrigo.
¿De verdad no podré tener hijos nunca? me clavó la mirada.
Me puse nervioso. Aurora me prohibió que hablara de eso; me había traicionado.
Bueno Mejor no pensar en eso ahora. Ya veremos. Vamos a pasear.
Alba asintió, me dejó ponerle el abrigo y salimos al aire fresco.
Después, para animar a mi Alba, fui a ver a Kiko, que nos dejó su moto. Alba delante, con casco; yo llevando. Íbamos despacio, pero sentía su cintura y su calor. Por un momento, olvido dolor y médicos; solo importaba el aire, la moto, nosotros.
Esa noche, el médico tuvo que venir de urgencia; inyectó un calmante y se marchó murmurando que había que cuidar al niño, porque pronto tendría exámenes y ya estaba muy nerviosa.
¿Has estado con Javier? le preguntó Aurora con seriedad.
Sí, y él siempre me dice la verdad, todo. Hasta que hijos no tendré nunca
Alba se echó a llorar.
¡Le voy a partir la cara! gruñó su padre, Luis.
¡No! Es el mejor, mucho mejor que Nacho protestó Alba.
¡A dormir! cortó Luis, apagando la luz.
Desde entonces, Aurora no me dejó volver por casa. Me echaban la culpa de todo.
Aun así estaré a su lado. ¡La curaré, lo juro! ¿Por qué la encierran? ¡Déjenla vivir! supliqué, intentando despedirme antes de irme a la mili. Pero ni me dejaron entrar. Casi termino peleando con Luis cuando salió al porche, escopeta al hombro.
¿Vas a dispararme, don Luis? ¡Adelante! Total, a nadie le importo. Solo a mi abuela. Pero dile a Alba que me fui, no la hagas preocuparse más, ¿vale?
Le miré de frente, me planté ante el cañón, él dudó, bajó el arma.
Eres tonto, Javier. Vete. Alba duerme; por tu abuela, vete musitó.
Desde aquel día, Aurora y Luis repitieron que todo era culpa mía: si Alba se había puesto mala, si cayó en la nieve Todo. Que mejor desapareciera de la vida de su hija.
No te preocupes, mujer. A lo mejor se queda en la mili para siempre. Alba lo olvidará murmuró Luis. Aurora fue al cuarto de Alba, quien, de puntillas, observaba la silueta de Javier marcharse.
¡Gírate! ¡Dime adiós! pensaba desesperada.
Y él, a lo lejos, fingió ajustarse la gorra, pero le hizo un discreto saludo que solo ella entendió.
Pasaron cuatro años hasta que volví. Alba no lo supo; sus padres, tampoco. Me enviaron a misiones internacionales y durante meses no supieron si estaba vivo o muerto. Mi abuela Carmen falleció y Alba no pudo ir al entierro.
Todas las cartas que mandaba Alba se perdieron.
¿No contesta? preguntaba Doña Asunción, la cartera, cuando Alba venía a buscar el correo. A lo mejor ya no le interesa, hija Pero mírate, qué ilusión le hace a Nacho verte, ¡ya viene por allí!
Volví en otoño. La casa estaba oscura, llena de humedad; el techo goteaba, las paredes se habían manchado y el pañuelo de mi abuela seguía allí, como siempre. Me senté a la mesa, cerré los ojos. Todo era igual pero distinto; o tal vez era yo el que había cambiado.
Al amanecer fui a casa de Alba. Aurora tendía ropa.
¡Aurora! la llamé, tirando el cigarro. Estás igual que siempre.
Sentí que había pasado un siglo.
¿Quién eres? entrecerró los párpados.
Soy yo, Javier. ¿Puedo pasar?
Sin esperar respuesta, abrí la verja, recorrí el sendero, pero la ventana de Alba tenía las cortinas cerradas, ya no había plantas.
Se ha ido, Javi. Y tú ¿sigues vivo? respondió ella, titubeando.
¿A dónde?
A Valladolid. Nacho entró allí a la universidad, así que se mudaron juntos. Son marido y mujer. Alba no quería quedarse aquí, y como dijeron que tú habías muerto Allí están bien. Gracias a Nacho, Alba está más animada. Tras la muerte de tu abuela, volvió a recaer, pero Nacho nos ayudó. Mira, Javi dijo Aurora, tocándome el hombro. Estaba muy envejecida. Hazme el favor: no la busques. Deja que procure ser feliz.
La miré; suspiró resignada.
Alba nunca ha querido a Nacho dije, cortante.
Eso era antes. Cuando te fuiste, reflexionó. Con Nacho está segura; la cuida mucho. Por favor, no vuelvas a aparecer.
Sin contestar, me marché. Aurora entró también, donde Luis leía, costumbre que había aprendido de Nacho
Un par de días más en la casa vacía bastaron. Recogí lo justo, cerré ventanas con maderas, puse un candado, visité la tumba de mi abuela y dejé allí mi cruz.
Descansa, abuela Carmen Perdona.
Me fui.
Me volví un hombre duro, resolutivo, incapaz de aceptar el no por respuesta. Me enrolé en los negocios, algunos poco claros, siempre buscando algo. No, encontrar a Alba hubiera sido fácil, pero no era eso lo que buscaba: buscaba la posibilidad de ayudarla.
Años después, enredado en logística y suministros y en tratos de más talla, logré contactos con fabricantes de material médico y, a través de ellos, con los mejores médicos del país y el extranjero.
¿Por qué tanto interés en cardiología, Javi? me preguntó el doctor Ramírez, cardiólogo del Hospital Gregorio Marañón. Pide lo que quieras, pero necesitamos pruebas recientes.
Las conseguiré. Es vital para una buena amiga que vivía allí en Valladolid. Sufre de corazón desde adolescente.
Mira que esto requiere lo último en análisis, Javier.
Lo lograré.
Yo asentía y salía decidido del hospital. Ya en el pasillo, solo se oían pasos, algún suspiro distante
¿Dónde vas? Irene me abordó en el recibidor, ceñida en su bata de estar por casa. Hacía frío, yo siempre ventilaba. Son las cinco y otra vez te vas
Me encogí de hombros, cruzando con ella una mirada de disculpa.
Lo siento. Es un viaje de trabajo, serán dos o tres días, no te preocupes si llaman preguntando por mí.
Me acerqué y la besé con fuerza inesperada.
Quédate tranquila, ¿vale? Y por favor, no traigas visitas.
Irene fingió rendición, lanzó un beso al aire.
¿De verdad no desayunas?
No hay tiempo. Perdona.
Salí sin estruendo. Apenas oí mis pasos en la escalera.
Ella sabía que no la amaba; nunca lo oculté. Pero estábamos bien juntos; yo tenía una compañera y ella, un hombre atractivo y con dinero. No todo es tan fácil como parece.
Don Javier, muy agradecidos con sus ofertas decía, delante de mí en el restaurante, el doctor Soto, pequeño y huesudo, temblando. Pero el tema de historias clínicas es delicado. ¿Está usted haciendo una inspección? ¡Por Dios! A la tal Alba Ortega no la ubico Si es tema de suministros, hable con administración
Tranquilícese, doctor me reí. No vengo de ningún sitio oficial. ¿Cuánto quiere por la información? Alba es de mi infancia; su corazón está muy mal y su marido la tiene encerrada, medicalizada. Trabaja, sí, pero las vacaciones las pasa en casa; ni teatro ni cine, porque es demasiada emoción. ¿Así cómo se vive? Encima su marido consigue mejoras sólo por tener a una esposa enferma: piso, coche… pero ella va en autobús; los billetes al sur los disfruta solo él. Tienen un hijo; Alba no debía dar a luz, pero él quiso tener heredero. Ahora tortura al niño con los estudios: parece un topo de tanto encierro, mientras Nacho está radiante. Todo a costa de Alba. ¿No es triste, doctor?
Hablaba lentamente, conteniéndome para no gritar. Pero así era el protocolo allí.
¡Usted es peligroso, Javier! Peligroso balbuceó el doctor, contrayéndose. ¡Mete usted las narices donde no le llaman! ¡Es un crimen!
Crimen es aprovecharse así de una mujer enferma gruñí. Los camareros nos observaban de reojo. Anda, sólo te pido verla. Dame la historia clínica y lo olvido. El equipamiento llegará. Nadie dirá nada. Pagaré. Tú lo que quieres es dinero. Aquí está. Es un trato: tú salvas a tu familia, yo a Alba.
Salimos afuera; la lluvia calaba chaquetas y bufandas.
¿Cuánto? me preguntó finalmente.
Le dije la cantidad. Él me entregó los papeles y se fue, con mi sobre en el bolso.
Gracias. Los equipos llegarán la semana próxima.
Me marché.
Alba iba por la calle, abstraída, sin pensar en nada; simplemente, caminaba y respiraba. Al día siguiente, tocaba revisión médica. Nacho le había elegido la cita y, además, esa tarde había reunión de padres en el colegio de Valentín. Los padres de Nacho venían la semana siguiente, así que había que arreglar la casa Muchas cosas, pero ahora solo importaba disfrutar de ese paseo.
Unas motos pasaron a toda velocidad; una chica reía, agarrada a su novio. Alba sonrió, recordó aquellos paseos en moto conmigo, las carreras, los vecinos mirando a través del ventanuco.
¡Alba! oí mi voz. Ni el tiempo ni la distancia nos habían cambiado.
Tengo que hablar contigo, es importante, muy urgente la llevé a un banco. Ven, siéntate, aclaremos esto.
Javi Javier susurraba, tocándome hombros, cara, mientras lloraba. Carmen nunca creyó que volverías.
La abracé fuerte, como siempre. Lo había sabido toda su vida: podía confiar en mí.
¿Dónde hablamos, en una cafetería? pregunté.
Ven a casa, Nacho y Valentín ya han llegado así conocerás a nuestro hijo.
No puedo hablar allí, Alba. Esto es solo cosa tuya.
Bueno aquí mismo, si quieres.
Tardé en decidirme, pero le solté al fin:
Alba, tienes que venir conmigo. Tenemos que tramitar papeles, permisos
¿A dónde? preguntó ella, desconcertada.
Un amigo mío, el doctor Ramírez, ha encontrado quien puede tratar tu enfermedad. Debes operarte; así mejorarás y Nacho no podrá seguir teniéndote asfixiada. Ya está todo pagado, Alba, solo tienes que aceptar.
Él no me tiene asfixiada, solo me cuida replicó suavemente Alba. Te equivocas. Y tú, ¿cómo estás? ¿Casado? ¿A qué te dedicas ahora? Has cambiado mucho
¿De verdad? ¿Tan raro me ves?
Pues sí, muy distante, algo misterioso, incluso un poco peligroso. ¿No te metiste en líos?
He pasado por todo Empecé de cero, después fui subiendo. Ahora soy proveedor. Aprendí inglés, he viajado
Eso está bien. Valentín también estudia idiomas, Nacho le consiguió profesor. ¿Has ido a casa? ¿Cómo está?
Nada que contar. Pero no es el tema.
No sabía cómo pedirle que volviera a ilusionarse, que saliera de aquella rutina mortal. Me daba prisa, como si intuyera que nos iban a interrumpir pronto
¡Alba! Valentín te espera para cenar y tú aquí sentada apareció Nacho, serio. Vienes conmigo. Y tú tú eres Javier, ¿verdad?
Me miró, frío, agarró a Alba.
Espera, Nacho, Javier quería quería ofrecerme algo importante
Tienes que ir a casa, Alba, y tomarte la pastilla intervino Nacho, inquieto.
Volvimos a su piso, fresco, con olor a sopa recién hecha. Valentín nos estudió con curiosidad.
Javier le tendí la mano. Me la estrechó, en silencio.
Ve a cenar, que tenemos que hablar los mayores le dijo Nacho.
Alba llevó la cena al niño y volvió a la cocina.
¿Entonces? ¿A qué has venido? Nacho iba y venía como dueño de la casa.
Alba, sírvele una croqueta le ordenó, y después. ¿Y tú, casado?
No. Mira, encontré una clínica en el extranjero; operan corazones como el de Alba. Está todo pagado. Así podrá hacer vida normal Alba, ¿no te hace ilusión?
Alba, ve con el niño le cortó Nacho, hasta que salió. Luego me miró con frialdad:
¿Qué va a decir? ¿Que se va contigo, a saber con qué dinero, a operarse sin garantías, y nosotros qué? ¿Y si algo sale mal? Aquí estamos bien, nunca nos ha faltado de nada ¿Tú estuviste cambiándole los pañales a tu hijo, colaborando mientras Alba estaba en cama tras el parto? No. Ella me pertenece, Javier. Sé lo que le conviene.
A mí no me vendas tus méritos. Ella no es un objeto, tiene derecho a vivir de verdad. No a sobrevivir. Anda, que bien te cuidas tú de su coche, ¿eh? Si se recupera, lo conducirá ella sola. No das nada vergüenza, Nacho. Alba solo necesita una oportunidad, lo he preparado todo
No me iré, Javi. Me quedo. Es mi vida. Me da miedo irme, me aterra morir en la operación. Valentín es pequeño, no quiero que sufra. Estoy bien.
Alba me abrazó, recostándose sobre mi espalda.
Vamos a tomar un té, chicos. Hay pastelitos y bombones. Y luego, Javi, te marchas, ¿vale?
No quise té, me levanté y me fui directamente. Ni me despedí.
Mientras empujaba gente por la calle, solo pensaba: ¿cómo puede alguien rechazar una nueva vida? Ya llevaba años luchando por ella, vendí medio negocio solo para ayudarla y, al final, de nada sirvió.
Tantas gestiones, tantas súplicas entre médicos, todo en balde.
“Solo querías presumir ante Nacho, demostrar que aún ganabas tú. Pero fallaste”, pensé. Solo quedaba la amargura.
Irene me esperaba en casa, sin dormir.
Hola dijo en la entrada, en batín. Te he hecho sopa ¿Quieres probarla? Ha salido rica
Se acercó y me abrazó con todas sus fuerzas.
¿Qué pasa? pregunté, desconcertado.
Tenía miedo de que no volvieras, de que te quedaras con ella
Irene sollozó, se encontró conmigo en silencio, confiándose a mí.
¡Vamos, tonta! ¿Cómo iba a dejarte? de pronto, sentí una enorme ligereza, como si me hubiese quitado un peso gigante. No le debía nada a nadie, podía seguir adelante con Irene, casarnos, tener muchos hijos, construir una familia La nuestra.
Y es tan sencillo como permitirse ser feliz.
Irene me miraba, sonriente, mientras yo devoraba su sopa. Sabía que en esa casa, al fin, se había formado una pequeña familia. Y no tenía ninguna duda.







