Diario de Javier Díaz
Esta mañana comenzó para Lucía y para mí, Javier, con un retraso. Nos volvimos a dormir tras el primer pitido del despertador y de pronto ambos corríamos de un lado a otro por el piso, intentando vestirnos deprisa y preparar también a nuestro hijo pequeño, Mateo, para la guardería.
¡Cariño! ¿Puedes tú recoger hoy a Mateo? me gritó Lucía desde el dormitorio, mientras se ponía los vaqueros y metía los juguetes y una muda en la mochila de nuestro hijo.
Sí, no te preocupes contesté, rebuscando sin éxito las llaves del coche.
¡Yo no las he visto! rezongó Lucía con paciencia a punto de agotarse, mientras rastreaba la casa en busca de su móvil. Por fin lo encontró y se apresuró a vestir a Mateo, que ajeno al caos, seguía jugando con un tren.
Llegaron a la guardería en tiempo récord. Lucía intentó quitarle la chaqueta a Mateo, pero la cremallera se había atascado. Cuando levantó la vista, vio que su niño estaba a punto de echarse a llorar.
Mamá, no quiero ir a la guardería sollozaba Mateo, frunciendo el ceño y con los puñitos apretados.
Lucía respiró hondo y se agachó, acariciándole el pelo:
Venga, peque, hoy va a ser divertido, vas a ver a tus amigos y jugarás mucho.
De poco sirvieron los ánimos. Mateo permanecía clavado en el sitio, cada vez más alterado. Al rato, salió la educadora, que le dedicó a Lucía una sonrisa dulce y tomó a Mateo de la mano.
No te preocupes, Lucía le dijo. Nosotros nos encargamos. Vamos, Mateo, que ya te esperan tus amigos.
Lucía suspiró aliviada, aunque el peso del estrés no tardó en aplastarla de nuevo.
Madre mía, siempre voy con la hora pegada susurró mirando el reloj. Salió: decidió llamar a su clienta para avisar de su retraso. Sacó el móvil del bolso y, al buscar el contacto, se dio cuenta de que ese no era su teléfono. Con las prisas, habíamos cogido los dos el mismo modelo, con la maldita funda igual y además, la misma contraseña.
Perfecto masculló, tratando de pensar cómo resolver el lío. Tendría que llamarme y pedirme que le pasara el número que buscaba.
Mientras cavilaba, el móvil vibró en su mano y apareció una notificación de mensaje:
Dimás: ¿Qué tal la chica esa del gimnasio? ¿Al final te dio el número?
Lucía se quedó petrificada. Leyó la notificación un par de veces, y finalmente, entrando en la conversación, empezó a ver todo el chat:
Dimás: Entonces, ¿lograste caerle bien o qué?
Javier: Sí, me lo dio. Hemos quedado para este finde. En mi casa.
Lucía no daba crédito. ¿Este fin de semana? Ella pensaba pasar el sábado con Mateo en casa de su madre. Sintió cómo el estómago se le encogía.
Ojalá nunca hubiera visto esto, malditas fundas iguales musitó, intentando recomponerse.
A Lucía le costó disimular durante los días siguientes. Cada vez que me miraba, los mensajes resonaban en su cabeza: Este finde. En mi casa. Yo, sin embargo, actuaba como siempre: atento, cariñoso, pendiente de ayudar y jugar con Mateo. Ella buscaba respuestas en mis ojos, pero según me contaría después, a su juicio no encontraba ni un atisbo de culpa. Y eso le asustaba más aún.
El miércoles por la noche vimos una peli juntos en el sofá. La abracé como tantas otras veces, pero notaba en su cuerpo una rigidez extraña, como si las paredes de su mundo fueran a venirse abajo conmigo allí. Cada uno de mis gestos le sonaba a teatro, a secreto guardado.
El viernes, después de cenar y acostar a Mateo, Lucía se quedó absorta ante el grifo abierto de la cocina. Me acerqué por detrás, pasé los brazos por su cintura y le susurré al oído:
Hoy estás tristona ¿Todo bien?
Ella se quedó quieta. Noté la tensión.
Sí, solo es cansancio me respondió forzando una sonrisa.
Bueno, si necesitas hablar dije besándola en la cabeza.
Esa madrugada, cuando ya dormía, Lucía se levantó y se encerró en el baño. Sentada en el borde de la bañera, dejó que las lágrimas salieran en silencio, mientras susurraba una sola palabra:
¿Por qué? ¿Por qué a mí?
Repetía mentalmente las dudas, las sospechas: ¿Le enfrento? ¿Me callo y desaparezco? La angustia la devoraba desde dentro. Solo sabía que por la mañana, otra vez, le tocaría disimular. Al día siguiente descubriría, por fin, la verdad.
El sábado, Lucía llevó a Mateo a casa de su madre. Se sentía agotada y su madre enseguida notó que algo no iba bien.
Lucía, hija, ¿estás bien?
Sí, mamá, tranquila. Es que quiero sorprender a Javier respondió con una sonrisa fingida, besando rápidamente a Mateo y saliendo al coche.
Condujo de regreso a casa arrastrando pensamientos: ¿Y si solo iba a ver a un amigo? ¿Y si ni aparece? ¿Y si yo estoy viendo cosas donde no hay? Experimentaba una mezcla entre el ansia de pillarme en falta y el deseo de que todo fuese un error, ilusiones provocadas por el estrés.
Aparcó frente al portal y no pudo bajarse enseguida. Recordó tantos momentos felices: risas en la cocina, paseos en el Retiro, noches de sofá y película, Mateo jugando entre nosotros. La vida, de repente, parecía tan frágil, tan feliz y tan a punto de perderse. Se quedó ahí un rato más, apurando los últimos instantes antes de enfrentar lo que fuese que esperaba arriba.
Subió despacio, con el corazón en la boca, la llave temblándole entre los dedos. Abrió la puerta y encontró la casa casi a oscuras, salvo una luz cálida en la cocina. Le llegaron voces bajas, risas, algún susurro. Sintió un mareo.
Es él, pensó. Todo ha ocurrido.
Notaba las piernas flojas. Aun así, avanzó por el pasillo, como si una fuerza la obligara. A cada paso, el rumor se hacía más nítido y la ansiedad mayor. Al llegar a la cocina, su voz le salió apenas audible:
¿Javi?
Y, tras no recibir respuesta, más alto:
¡Javier!
Lucía irrumpió en la cocina y encontró allí a dos personas sentadas a la mesa: un hombre y una mujer. El hombre no era yo. Era Diego, mi mejor amigo de toda la vida. Por un instante, Lucía no supo reaccionar. Diego se sobresaltó:
¡Lucía! No es lo que parece, te lo juro Mira, no iba a llevarla a casa de mi madre ¡Lucía! Sabes cómo está la cosa en la casa, no pintaba irme allí
Lucía no escuchaba nada; solo veía las caras y oía un zumbido en sus oídos. Sus lágrimas caían pero, al notar el absurdo de la situación, se sorprendió sonriendo.
Ya lo entiendo, Diego dijo con una voz casi apagada. Me voy.
Se giró y salió del piso. El aire fresco en la cara la devolvió a la realidad. Sacó el móvil, marcó mi número con los dedos temblando.
¿Diga? contesté.
Lucía apenas pudo articular palabras. Entre sollozos y el amago de reír por los nervios, solo acertó a confesar, con voz rota:
Te quiero Mucho.
Entre risas entrecortadas y algún hipido, Lucía trató de organizar sus pensamientos.
He estado en casa Diego estaba allí susurró.
Vale Perdóname, no te enfades, por favor. Estoy en la oficina, ven le rogué. No te enfades, mujer, ven para acá Tú ya sabes como es Diego. ¿Vienes?
Ya voy
Lucía corrió al coche, deseando poder abrazarme cuanto antes.
Al poco, compartíamos el suelo del despacho, una botella de vino entre los dos. Lucía se acurrucó en mi hombro, apretando fuerte su copa.
Perdón Nunca había espiado tus mensajes, de verdad, no quería, nunca
Perdónate tú. Tenía que haberte contado lo de Diego desde el principio, y ahorrarte este mal trago.
¿Por qué te pidió el favor?
Porque soy su amigo. Ayer la lió con esa chica del gym: se chocó con ella y le tiró una lata de Red Bull encima, dejó su traje blanco hecho un desastre Se derrumbó como un chaval de catorce, que no puedo, que me da vergüenza, Javi, ayúdame.
Intenté remedar la voz de Diego, lo que provocó la risa de Lucía.
Es mi mejor amigo. Me da pena Al final conseguí su número para él, le hice quedar bien y ya está.
¿Pero por qué la metió en nuestra casa, vamos a ver? ¿Por qué no a un hotel?
Lucía, ¿te acuerdas de por qué sigue viviendo con su madre?
Porque así no paga alquiler y la madre le hace las croquetas y le plancha los calcetines
Eso mismo le dije alzando las cejas.
¡Qué tacaño es! Lucía se echó a reír.
Llevamos veinte años siendo amigos, desde el cole. Creo que soy el único ante el que no tiene vergüenza de mostrarse así
Eres un buen amigo, Javi. De verdad.
Lucía me miró con cariño.
Pero, espera ¿Y si siguen ahí? No pensaba dormir en la oficina Y no quiero volver a casa todavía. Que limpien ellos.
Le di un beso.
Yo no soy tan agarrado como Diego. Además, nos merecemos una noche romántica.
¿De veras? ¿Nos vamos a un hotel?
Asentí, y de golpe la cogí en brazos. Lucía se debatía y reía mientras yo sostenía su peso.
Prometo llevarte sana y salva.
Lucía rompió a reír, incrédula por lo vivido tan solo unas horas antes, cuando pensó que su matrimonio había llegado a su fin.
Aquella noche aprendí que la confianza y la comunicación son la base de una pareja. Basta un malentendido para tambalearlo todo, pero sincerarse a tiempo puede salvar lo que más amas.







