Dicen que la apariencia abre puertas, pero en ocasiones ese viejo dicho se convierte en una trampa onírica, capaz de dejarte tumbado en el andén de tus propios prejuicios. Ahora intentaré contarte un sueño extraño, de ésos que amanecen en la mente y huelen a asfalto recién mojado en Madrid.
**Escena 1: Vergüenza entre los reflejos de la Castellana**
El sol se retorcía, multiplicado, en los cristales del rascacielos de Azca. A la entrada, una mujer elegante sus tacones relucían tanto que parecían querer deslizarse por el aire lo observaba con el ceño fruncido, como si su mera presencia molestara el equilibrio de su mundo. Su acento cortaba, su bolso costaba más que algunos coches y su mirada estaba pegada a las botas polvorientas del hombre, donde aún se enredaban restos de cemento. En el puño, casual, él llevaba el casco amarillo de la obra.
**MUJER:** “Pero mira cómo vienes, ¡hecho un cuadro! Te pedí mil veces que te cambiaras antes de pasar por mi oficina, que no se te puede sacar de la obra ni un momento”
**Escena 2: Serenidad ante la tempestad**
Él la miró con calma, como cuando agradeces a una paloma que no te manche la gabardina, y se sacudió la chaqueta vaquera.
**HOMBRE:** “Acabo de terminar con los muchachos el encofrado. No había tiempo de pasar por casa si no quería llegar tarde.”
**Escena 3: El corte glacial**
Ella se acercó, la voz ahora aguda como las campanas lejanas de una iglesia vacía, mirando alrededor por si algún directivo salía de la sombra.
**MUJER:** “Me da igual. Eres un simple albañil, ¡un currante! No pienso ser el hazmerreír, paseando contigo por estos pasillos. Borra mi número y hazme el favor”
Al girar sobre sí misma, las puertas automáticas zumbaban a sus pies y, casi flotando, apareció un hombre impecable, corriendo con un tablet en mano.
**Escena 4: Giro inesperado**
El recién llegado ni la vio. Señalando al “obrero” con una media sonrisa nerviosa, soltó:
**ASISTENTE:** “¡Don Fernando Hurtado! Espere, por favor. Los inversores están preparados ya para la visita en helicóptero a *su* torre nueva”
**Escena 5: Despertar y caída**
La mujer se petrificó, hipnotizada, como si todo fuera ralentizado en una canción antigua de Joaquín Sabina. ¿Don Fernando? ¿El dueño de la torre de cristal?
Él soltó el casco, que voló de mano en mano como un arlequín azul y amarillo, y los ojos ya no brillaban ni por rabia ni por afecto.
**FIN DEL SUEÑO**
Ella balbuceó, perdida en la Plaza de Castilla, la voz desdibujada entre el tráfico:
“Fernando yo perdona, no tenía ni idea de que todo esto era tuyo”
El hombre sonrió, más frío que las estatuas del Retiro en invierno.
**HOMBRE:** “Quería saber si te interesaba quien soy o solo la fachada. Ahora lo tengo claro.”
Se colocó la chaqueta que, hacía un minuto, parecía trapo, y fue él quien sentenció:
**HOMBRE:** “No te molestes en eliminar mi número. Te bloquearé yo. Disfruta de tu día, Lucía.”
Y, con ese paso seguro de quienes saben construir sueños desde el barro, se fue hacia el ascensor, mientras el rumor del helicóptero como un zorro eléctrico hacía vibrar los ventanales. Lucía quedó allí, sola en Madrid: no había dejado ir a un albañil, sino un puente hacia un amor cierto.
**Moraleja entre la niebla:** Nunca juzgues el mar por la espuma de la orilla. Bajo unas botas con cemento puede latir el corazón de quien crea ciudades, y tras un traje caro quizá solo haya aire y vanidad.







