Pues mira, te cuento una historia de esas que me recuerdan a mi infancia en el pueblo
La abuela Valentina apenas logró abrir la verja del jardín, arrastrando los pies hasta la puerta. Con un suspiro hondo, forcejeó largo rato con la cerradura oxidada y por fin entró en su vieja casa fría. Se sentó despacio en una silla, junto a la chimenea apagada.
El aire dentro olía a sitio deshabitado. Habían pasado solo tres meses desde la última vez que estuvo, pero ya había telarañas en los techos y las sillas crujiendo a cada movimiento, como protestando. El viento aullaba por la chimenea y, si la casa pudiera hablar, seguro que le habría reprochado: ¿Y tú dónde estabas, dueña mía? ¿En quién confiaste? ¿Cómo vamos a pasar este invierno?
Ella acarició la madera y susurró: Espera, espera, mi cielo, dame un ratito. En seguida te caliento
Hasta hace un año, la abuela Valentina se movía por la casa que daba gusto verla; encalaba la cocina, pintaba las ventanas, acarreaba agua del pozo. Siempre andaba de aquí para allá: orando ante el altar familiar, midiéndose en la cocina, volando al huerto para plantar, desyerbar, regar.
La casa, en agradecimiento, crujía feliz bajo sus pies, las ventanas se abrían a la mínima caricia de sus manos gastadas y la chimenea no paraba de brindar bizcochos humeantes con aroma a gloria. Eran inseparables: la abuela Valentina y su vieja casa en la sierra de Ávila.
Se quedó viuda joven y sacó adelante a tres hijos, todos bien puestos en la vida. El mayor, Fernando, capitán de la marina mercante, anda siempre en altamar. El segundo, Alejandro, coronel en Madrid, tampoco viene mucho. Solo Lola, la hija pequeña, siguió en el pueblo, trabajando de jefa de campo en la cooperativa y tan atareada que apenas se acerca a ver a su madre, salvo el domingo para probarle una empanada y poco más.
El mayor orgullo y consuelo de la abuela era su nieta Nuria. Creció prácticamente a su lado. Y mira que niña: guapísima, con unos ojos grises enormes, pelo rizado y rubio, largo hasta la cintura, brillando como el trigo maduro. Cuando se hacía una coleta y el pelo le caía a los hombros, los mozos del pueblo se quedaban mudos, embobados. De figura, ni te cuento. ¿Y esa planta y ese porte para una chiquilla de pueblo?
La abuela Valentina fue una mujer bonita en su juventud, pero pones una foto suya al lado de Nuria y parece la pastora y la reina del baile
Pero es que además la chica era un portento en el colegio. Estudió en la Facultad de Agrónomos en Salamanca y volvió al pueblo a trabajar de economista. Se casó con Víctor, el veterinario, y al poco, por esas ayudas a jóvenes familias, les dieron una casa nueva, robusta, de ladrillo, con su tejadito de teja roja y ventanas grandes de madera.
Aún así, solo el jardín de la abuela era un vergel de cerezos, rosales y romero. En la casa de Nuria todavía no había tiempo ni fuerzas para plantar nada: apenas cuatro brotes ahí de adorno. Y es que, para ser de pueblo, Nuria era de salud delicada, protegida siempre del frío y del trabajo pesado.
Encima, al poco tuvo a Martín, un niño precioso, y entre el crío y el trabajo enseguida dejó de lado la huerta.
Total, que Nuria insistía a la abuela: Ven a vivir conmigo, que no tienes que preocuparte de la leña ni de nada, aquí estamos mejor, la casa es grande y todo bien montado.
Abuela ya tenía ochenta años y las piernas se le cansaban. Cuando empezó a flojear, no le quedó más remedio que ceder. Se fue a vivir unos meses con la nieta, pero
Un día, Nuria le dice:
Abuela, te quiero mucho, pero ¿por qué solo estás sentada? Has sido pura actividad toda la vida, ¡y aquí te apoltronas! Yo quiero montar mi huerta, y esperaba que me echaras una mano
Pero si ya casi no ando, hija, estoy mayor.
Vaya, llegas aquí y en seguida te apalancas
Al poco, la abuela volvió a su casa. Le dolía el alma por no poder ayudar a su nieta, y esa pena la dejó casi postrada. Apenas podía andar del dormitorio a la cocina; ir a misa llegaba a ser misión imposible.
Don Borja, el párroco del pueblo, fue a visitarla. Siempre había sido su mano derecha en la iglesia. Observó la situación: la casa helada, ella arropada solo con un jersey gastado y un pañuelo atado, las botas de fieltro bien viejas.
Pensó: A la Valentina le hace falta quien le eche un cable. ¿Y si le digo a Asunción? Vive cerca y aún tiene fuerza
Dejó pan, magdalenas y la mitad de una empanada de atún (regalo de su mujer Rosa). Remangándose la sotana, apartó la ceniza de la chimenea, trajo leña suficiente para varios días y puso una olla de agua a hervir para el té.
¡Ay, hijo! Bueno, quiero decir, padre Borja, ¿me ayudas con las direcciones de las cartas? Con mi letra de gallina, los hijos no reciben nada
Él se sentó y, mientras escribía sobre los sobres, no pudo evitar leer una frase en una de las cartas, escrita con letra grandísima y temblorosa: Estoy bien, mi hijo querido, no me falta de nada, gracias a Dios.
Las lágrimas dejaron algunas manchas en las letras, y todos entendimos de qué iban.
La vecina Asunción empezó a hacerse cargo de Valentina, y don Borja se preocupaba de acercarle la comunión e invitarla a las celebraciones. El marido de Asunción, el tío Paco el marinero, los domingos llevaba a Valentina a misa en su moto vieja.
Nuria, la nieta, cada vez pasaba menos. Hasta que un día cayó enferma. Lleva tiempo arrastrando un dolor de estómago que achacaban a los nervios. Pero resultó ser cáncer de pulmón y, en menos de medio año, Nuria se apagó.
El marido se pasó semanas bebiendo sobre la lápida y el pequeño Martín, con solo cuatro añitos, entre mocos y sin comer, nadie sabía qué hacer con él.
Se lo llevó Lola, su tía, pero con tanto trabajo a cuestas y el campo sin parar, pronto decidieron que Martín iría a un internado. El colegio no estaba mal: director majo, buena comida, y los fines de semana los dejaban ir a casa si querían.
No era lo ideal, pero Lola no tenía otra; entre la faena y la pensión que aún le quedaba lejos, era imposible cuidarle.
Entonces, la abuela Valentina apareció en un sidecar viejo de Montesa, conducido por el tío Paco, que era un espectáculo con su camiseta de rayas y los tatuajes de anclas y sirenas.
La abuela, con una seriedad que imponía respeto, dijo:
Me llevo a Martín conmigo.
¡Pero mamá! Si apenas puedes con tu alma, ¿cómo vas a cuidar del niño?
Mientras yo viva, Martín no va a un internado.
Lola se quedó callada, asintiendo, y le preparó la maletita al niño.
El tío Paco los llevó a su casita, y las vecinas cuchicheaban: ¿Pero a quién se le ocurre? ¡Si ella debería estar cuidada, y se lleva a un crío! No es lo mismo que tener un perrillo, ¡un niño necesita mucha atención!
Don Borja fue a ver cómo estaban, temiendo lo peor. En vez de eso, la casa estaba calentita, la chimenea a tope; Martín, limpio y contento, escuchaba un cuento de vinilo en el comedor. Y la abuela, ligera como antes, cocía bollos y reía mientras pelaba patatas, como si le hubiesen brotado alas.
¡Padre Borja! Justo estaba haciendo unas rosquillas Lleve unas pocas para usted y para Trini, su niña
Don Borja volvió a casa contándolo sorprendido, y su mujer Rosa fue a por el diario viejo familiar para leerle algo que venía al pelo:
Mi bisabuela Carmen pasó toda la vida en el pueblo. Cuando estaban ya listos para despedirse de ella, una noche de febrero con nieve hasta la ventana, se puso a rezar ante los santos, se acostó y anunció traed al cura, que me voy.
Pero justo entonces, su nieta Lucía vino del hospital con la niña recién nacida, llorando a más no poder. Entre la faena de la nieta y los llantos, a la bisabuela no la dejaban ni morirse en paz.
Se incorporó en la cama, buscó las zapatillas, y cuando todos llegaron de trabajar, la encontraron de pie, arrullando a la pequeña, la más viva de la casa.
Y decía luego: Morirse, ¡anda ya! Todavía me queda faena en casa.
Carmen vivió otros diez años más, ayudando a criar a su bisnieta, mi madre.
Y así, con una sonrisa, Rosa terminó: A morirse, aún nos queda tiempo Siempre hay asuntos en casa que no esperan.
Y don Borja se rio, dándole la razón, porque hay cosas que ninguna edad ni enfermedad pueden quitar: las ganas de cuidar, de sentirte útil, y de querer a los tuyos.
Aún nos quedan cosas por hacer en casa… La abuela Valentina logró abrir la verja a duras penas, a…





