EL ÚLTIMO RAYO
La jefa de Medicina Interna del hospital no pasaba desapercibida para nadie. Los hombres la miraban con marcado interés y muchas mujeres con abierta envidia. Lucía elegante en su bata blanca, que resaltaba su figura esbelta y el brillo oscuro de sus ojos. Recogía sus cabellos en un moño bajo, y el gorro almidonado que llevaba le sumaba unos centímetros de porte. Nadie decía con certeza su edad: aparentaba cuarenta y cinco, pero entre el personal nadie sabía exactamente cuántos años tenía. Estricta y sin concesiones, Clara Jiménez de la Vega imponía respeto tanto en compañeros como en pacientes.
Algunos hombres, tanto internos como colegas, intentaban cortejarla, la invitaban a cenar, le regalaban flores y bombones. Pero al cruzarse con su severa mirada, se quedaban parados y titubeaban. Corrían muchos rumores sobre ella: que si había tenido un amor desgraciado, que su marido falleció, quizá en el mar o en alguna misión en el extranjero. Decían que perdió un hijo Pero nadie sabía qué parte era verdad y cuál un invento de malas lenguas.
Todos sabían únicamente que vivía sola. No tenía amistades cercanas, no daba pie a la confianza de nadie. Pero tampoco era considerada cruel o arpía. Simplemente, se mantenía distante.
En su juventud, Clara se había enamorado perdidamente de un compañero de carrera, el apuesto Hugo Jiménez. No podía vivir sin él. Pero a Hugo, que estaba constantemente rondado por mujeres, le incomodaba una devoción tan absoluta. Y se marchó, prefiriendo a otra.
Desde entonces, el corazón de Clara quedó cerrado a otros. Quizá aún amaba a Hugo, o simplemente temía nuevas decepciones.
Esa tarde, Clara se detuvo junto al puesto de la enfermera.
Vera, ¿puedes darme la historia clínica de Gordo, de la habitación cinco? Así preparo el informe de alta para mañana pidió. Con el expediente contra el pecho, regresó a su despacho.
“Bueno, el hombre se ha curado. Ahora dependerá de su voluntad y de sus fuerzas el no regresar” pensaba Clara, tecleando en el ordenador el formulario estándar de alta: pruebas realizadas, tratamientos prescritos, resultados de laboratorio
Quedaban treinta minutos para acabar la jornada.
Clara salió del despacho, cerró con llave y se quedó parada. Al fondo del pasillo, una mujer hablaba en voz baja por teléfono, de espaldas a la ventana. Clara alcanzó a oír unas palabras extrañas.
No, no ha muerto. Más vivo que nunca. No te enfades Ya se lo he dicho ¿Tú crees que no lo sospechaba? Eso, esta noche hablamos la mujer guardó el teléfono y se alejó por la escalera sin mirar atrás.
Clara entró en la habitación cinco. Habitualmente habría reprendido la ausencia de los pacientes, pero al ver el cuerpo tenso y la espalda encorvada del hombre, mudo ante la ventana, guardó silencio.
Iván Alonso, mañana empezó, pero al volver él la cabeza, con el dolor reflejado en los ojos, no pudo continuar.
¿Qué ocurre? Clara se sentó en el filo de la cama, tratando de no imponerse.
¿Puedo quedarme? No tengo adónde ir logró balbucear.
Ya su sitio lo ocupa otro. Su mujer ha traído a otro hombre. Así, con esas palabras, lo dijo: “Fin de la comedia. Ahora soy de otro y le seré fiel hasta la muerte”. Y a ti, un puntapié intervino el hombre canoso de la cama del fondo.
¿Es cierto? preguntó Clara en voz baja.
“Así que de él hablaba esa mujer por teléfono junto a la ventana. Esperaba que el marido muriera, y al ver que no, declaró ocupado el lugar mientras él se recuperaba en el hospital”, dedujo.
Iván Alonso, un hombre corpulento de unos cincuenta y pocos años, con el cabello ya entrecano y ojos tristes, permanecía vuelto hacia la ventana, apretando la mandíbula.
Clara también miró hacia el exterior. Abril tocaba a su fin. Las yemas de los árboles en el parque del hospital estaban a punto de abrirse, preparando la explosión de verde joven. Pero el cielo, entre gris y frío, amenazaba aún con algún copo de nieve. El sol no había aparecido ese día.
¿No tienes de verdad adónde ir? ¿Y amigos? ¿Hijos? preguntó con empatía.
Cada uno tiene su familia. Un par de días, quizá, pero Me avergüenza a mi edad andar de aquí para allá sin rumbo. Sabía que ella tenía a otro, pero pensé que se le pasaría
Iván, quedarte unos días no te salvará ni a ti ni al hospital, y necesitamos camas para otros. Clara vaciló. ¿Sabes qué? Tengo una casa en un pueblo, a ochenta kilómetros de la ciudad. El camino es bueno. La casa es sólida, aunque requiere algo de trabajo y manos. Lleva mucho vacía. Mañana te traigo las llaves, y te cuento cómo llegar se levantó y salió decidida, sin ofrecer opción a rechazar.
¡Vaya, vaya! exclamó admirado el paciente de la cama de la esquina. Es estricta pero menuda persona. No te atrevas a decir que no, Iván. Esa mujerzuela ni le llega a la suela.
Con la primavera, las acacias ya habían perdido sus flores y las ventoleras frescas dieron paso a días cálidos y soleados. Un domingo por la mañana, Clara subió a su “Honda” y fue a visitar a Iván.
Se sorprendió gratamente del cambio en la casa. Los marcos de las ventanas pintados de azul vibrante, el tejado remendado, un peldaño nuevo y blanco en el porche, supliendo al viejo. Al aparcar, Iván salió al encuentro, en camiseta y vaqueros, descalzo. Nada quedaba del hombre mustio y demacrado: se lo veía moreno, de hombros rectos y músculos marcados en los antebrazos. Estaba rejuvenecido, con otra actitud ante la vida.
Buenos días, vengo a controlar que no te traten mal por aquí bromeó Clara al salir del coche, apoyada en la puerta.
Nadie me maltrata. Solo tres abuelas encantadas de que haya vida en el pueblo. Los veraneantes, a lo suyo respondió él, sin salir de su asombro.
Te ha sentado bien el aire del campo. ¿Y el trabajo? preguntó, sin acercarse más al porche, y él no la invitó a entrar, indeciso.
Mi trabajo tonterías, seguridad privada tras licenciarme del Ejército. Pero no hay de qué quejarse, tengo buena jubilación.
Bueno, enséñame cómo te has apañado insistió Clara, y al fin se acercó al porche.
¡Qué despiste el mío! Iván se tocó la frente al instante. Me he quedado bloqueado, discúlpame. Abrió la puerta de par en par para Clara.
Al cruzar el umbral, Clara se detuvo. Alfombrillas tejidas a mano cubrían el suelo, el sol tamizaba el encaje y lanzaba destellos. Había dos macetas de geranios en el alfeizar; el viejo reloj de pared latía acogedor.
Me los dio Valentina, la que vive al final del pueblo. Así el ambiente es más cálido, ¿no crees? justificó Iván, al notar la mirada en las flores.
¿Y ese olor tan rico? Clara lo miró con curiosidad.
He preparado sopa de repollo y patatas al fuego. ¿Te apetece? Iván se apresuró, ilusionado tras ver por primera vez sonreír a Clara. No fue fácil al principio encargarme de la comida. Nunca había vivido en el campo. Menos mal que las vecinas me enseñaron. Antes, o crudo o quemado
Clara sintió el deseo impensado de estirar los brazos y desperezarse, el ambiente la envolvía con una calidez doméstica y la devolvía a la infancia, a los recuerdos de su abuela y de su madre Hacía mucho que no había vuelto desde la muerte de su madre. No podía. Tampoco quería vender aquella casa cargada de recuerdos. Había sido primero de los abuelos; después, su madre veraneaba allí y solo regresaba a la ciudad en invierno
Recordó cómo llenaban el coche de tarros de pepinillos, mermeladas, setas y luego se alimentaban de ello durante todo el invierno evocando el verano. Mamá Cuánto tiempo había pasado.
Dime, ¿cuánto tiempo puedo quedarme aquí? la voz de Iván la sacó del ensueño. Dímelo sin tapujos.
Quédate todo lo que quieras. Yo no he venido en casi diez años. No he podido. Volveré a verte si no te molesta. Aquí, como cuando vivía mi madre, se está cálido y acogedor. No sé ni quiero ocuparme de la casa ni de la tierra bajó la mirada, algo avergonzada, y él lo entendió.
Te he traído provisiones, por cierto. Lo tenía olvidado Clara salió corriendo al coche.
Iván inspiró hondo. Nunca la había visto sin bata ni gorro, con un vestido ligero parecía aún más joven. Unos mechones se le habían soltado del moño y su presencia resultaba cercana, muy distinta. Miró sus propias manos, con rasguños de trabajar en el campo, y notó de pronto su edad.
Clara marchó ya entrada la tarde, dejando en la casa un leve aroma a perfume. Todo, desde los platos hasta la ropa, olía a ella. Eso inquietaba y al mismo tiempo aceleraba el corazón de Iván, que no recordaba una sensación así. Y nunca lo hubiera imaginado, de no ser por Ahora incluso daba las gracias a su mujer. Pasó la noche en vela, luchando contra una fantasía desatada.
Clara volvió dos meses después. Trajo víveres y una caña de pescar nueva. Iván había reparado la valla caída y contaba orgulloso cómo incluso de la aldea vecina venían abuelas y mujeres solas a pedirle ayuda con alguna reparación, pagándole con leche, nata, huevos
La casa, ya habitada, parecía hinchar el pecho, diciendo: “Ya tengo dueño, no soy menos que ninguna”.
En invierno te daré a probar pepinillos en conserva de los míos presumía Iván. Clara notó, alegre, que él estaba más esbelto; la barriga se esfumó. Ella se sonrojaba ante su mirada.
El sol empezaba a rozar la línea del bosque, tiñendo todo el paisaje de naranja.
Ahora vuelvo dijo Iván y salió apresurado.
Clara recorrió la casa. Había objetos ajenos, otros olores, huellas de otra vida. Al ver que Iván tardaba, salió al porche, recorrió la calle y acabó en el huerto, donde encontró a Iván sentado en el suelo, apoyado en la valla.
¡Iván! corrió hacia él y cayó de rodillas.
Le tomó el pulso, irregular pero fuerte, y salió en busca del botiquín en el coche. A medio camino recordó el vaso de agua, corrió de nuevo a la cocina y regresó con todo. Con nervios, le introdujo una pastilla bajo la lengua y le dio agua.
Al cuarto de hora, Iván se levantó; Clara le ayudó a entrar y sentarse en la cama.
Me pasé hoy con el sol, quería coger pepinillos para ti Quédate balbuceó Iván, ya tuteándola.
Clara dudó qué responder. Iván apoyó la cabeza en su vientre y suspiró.
La felicidad es así: uno la espera, la llama, la busca, teme perderla Nos acostumbramos a vivir solos, sin traiciones ni miedo a la pérdida. De repente, los caminos se cruzan y las personas siguen adelante, juntas. Y el amor el amor tiene muchas formas. De joven es un huracán, obsesivo, ansía poseer por completo. Con los años se vuelve tranquila, cálida y serena, como el último rayo del sol al atardecer.
Y eso, al final, es lo que verdaderamente importa: nunca es tarde para volver a abrir tu corazón y descubrir que aún puedes ser feliz.




