La amiga de mi marido no paraba de pedirle favores, y tuve que intervenir

¡Ay, Diego, por favor! ¡Que no sé qué hacer! ¡Sale agua por todas partes, que voy a inundar a la bruja del cuarto de abajo! ¡Mis manos tiemblan, no puedo ni encontrar la llave de paso! El grito desgarrador de la llamada era tan potente que hasta Carmen, sentada al otro lado de la mesa, lo escuchaba perfectamente, aunque el móvil no estaba en altavoz.

Carmen dejó el tenedor cuidadosamente sobre el plato. El sonido de la porcelana en la tranquilidad de su cocina fue como la campanada de un ring, anunciando el tercer asalto de una batalla que ya duraba tres años. Frente a ella, su marido Diego alternaba bostezos apurados y remordimientos, dudando entre el estofado recién salido del horno y la pantalla luminosa del teléfono.

Clara, tranquila susurraba Diego al auricular. ¿A qué llave te refieres? ¿A la de debajo del fregadero o la del baño? Intenta cortar la general.

¡Que no sé ni dónde está! Diego, ven por dios, que se me va de las manos, ¡y si es agua caliente! ¡Estoy sola, me muero de miedo!

Diego levantó la mirada y le regaló a su mujer esa mezcla de súplica y resignación que Carmen conocía tan bien últimamente.

Carmen, ya lo has oído Que es que le va a reventar la casa. Clara con los arreglos, vamos, es peor que un niño pequeño Tendré que ir, lo siento.

Naturalmente respondió Carmen con voz firme, conteniendo la tempestad interna. Qué importan veinte años de casados, ni que llevemos planeando esta cena dos semanas, ni que hubiese pasado la tarde cocinando. Anda, corre, Diego, ve a salvar a Clara. A ver qué hace sin ti la pobrecilla.

No empieces, anda dijo Diego, cogiendo las llaves del coche como quien busca el Santo Grial. Que es sólo echar una mano, somos amigos de toda la vida. Cambio la junta esa y vuelvo en un suspiro. Mete el guiso al horno que no se enfríe.

Puerta cerrada, cena solitaria y aromas de celebración mezclados con el regustillo amargo del chasco: un combo típicamente español, tan clásico como los villancicos. Carmen se asomó a la ventana justo a tiempo de ver el coche de Diego esfumándose en la noche madrileña.

Clara. El nombre ya era un inquilino más en su matrimonio. Amiga del cole, una más de la pandilla, según Diego. Pero desde que se divorció, Clara se había rehecho un hueco en sus vidas: primero pedía mover muebles, luego que si instalar el Wifi, y siempre, por arte de magia, justo cuando Carmen y Diego tenían almuerzo familiar, noche especial, partido del Atleti, lo que fuese.

Pero la costumbre hace vicio. Ahora cada petición de Clara era digna de un episodio de Alerta Roja. Que si rueda pinchada en la A-6, que si la estantería se le caía a traición un sábado, que si urgía montar un armario porque, pobrecita, tenía toda la ropa apilada como si viviera en un trastero. Y siempre tocaba a la hora menos oportuna.

Carmen nunca fue una esposa celosa de ópera. Entendía eso de la amistad. Pero la intuición femenina, infalible como el jamón de bellota, le avisaba: ahí había algo más que grifos rotos. Clara, con ese porte de señora bien arreglada y esa manía de hablar a los hombres como si fuesen toreros bajados de la Maestranza, jugaba la baza de damisela desvalida como experta. Y Diego caía, hinchando pecho como galán de novela.

Carmen, apática, metió la cena en la nevera. Apetito: cancelado. Diego volvió tres horas después, sudando, cansado, pero satisfecho de sí mismo.

¡Jo, menos mal! suspiró. Iba a ser el Diluvio Universal, el sifón salió disparado y tuve que ir a comprar una junta a la tienda de guardia. Clara estaba atacada, le tuve que dar un par de valerianas.

¿Y te invitó al menos a un café el caballero salvador? preguntó Carmen fingiendo leer una novela.

Claro y tarta de manzana. Había preparado una. Me pidió que te disculpara por la cena, que qué faena.

Tarta. Carmen lo archivó mentalmente. Así que mientras buscaba la llave para que no le explotase la fontanería, la tarta iba en el horno No está nada mal la chica.

No dijo nada más. Discutir era como regañar a un político: solo se enroca más. Carmen tomó una decisión: la próxima vez iría con Diego a salvar a Clara.

La oportunidad llegó demasiado pronto. El sábado siguiente, plenos preparativos para irse a la sierra, el coche cargado de carbón y chimichurri, y el móvil de Diego volvió a sonar con el tono especial de Clara.

¿Clara? ¿Qué pasa? ¿Que qué chisporrotea? Diego palideció. ¿Huele a quemado? Desconecta los plomos corriendo, y no toques nada. Vale, tranquila, voy para allá.

¿Otra vez? dijo Carmen, resignada, con la caja de petunias aún en la mano.

El cuadro de luces echa chispas. Dice que el olor a quemado es como para asustar a los bomberos. En sábado el electricista del edificio ni aparece, y los particulares se suben a la parra o tardan la vida.

Así que pueblo cancelado. Carmen dejó las flores en el suelo. O al menos, pit stop express, ¿no?

Nada, pasamos por su casa, lo miro y seguimos, prometido. Que son dos minutos.

Perfecto sentenció Carmen. Pero yo voy contigo.

Diego, por un momento, pareció haberse tragado un hueso de aceituna.

¿Para qué? Si tú de electricidad, lo justo…

Ah, sí. Pero, chico, además de mujer de electricista soy la presidenta del club de no me da la gana esperar mirando el techo. Además, así saludo a Clara, que hace siglos que no la veo.

Diego no tenía excusa. Allá fueron. Durante el trayecto, Diego aporreaba el volante como si no existiesen semáforos, mientras Carmen, aparentemente tranquila, se reía por dentro.

Abrió Clara, divina y radiante, en bata de seda, piernas al aire, pestañas impolutas. Al ver bajar del coche a Carmen, por un segundo se le descompuso la sonrisa, pero la recuperó con la pericia de presentadora de TV.

¡Carmen! ¡Qué alegría! Perdona las pintas, que estoy atacada y ni me he peinado dijo, recolocando sus perfectos rizos. Pasad, pasad, Diego, ven, que aquello chisporrotea como una verbena.

La entrada olía más a plástico quemado que a incendio. Diego, en modo manitas, se puso con el cuadro de luces en plan rescatador.

Carmen, vente a la cocina y nos tomamos un café susurró Clara, dispuesta a quitarla de la escena.

No, gracias Carmen sonrió. Me quedo aquí por si Diego necesita que le sujete algo una linterna, por ejemplo.

¿Una linterna? rio con tono de anuncio. Diego es un manitas, arregla cualquier cosa hasta dormido, ¿a que sí?

Diego murmuró algo entre cables.

Carmen, serena pero mirándola fijamente, preguntó:

Oye, ¿y no has llamado al seguro? Para esto tienen su servicio de urgencias, suelen llegar rápido, y además es electridad, ¡cuidado!

Uy, horror, vienen llenos de porquería, te dejan todo perdido y son unos bordes Diego es de la familia, y tiene manos de oro. Solo confío en él.

Carmen estiró la estocada:

Las manos de oro de mi marido iban a estar ahora mismo con una brocheta en la barbacoa. Íbamos al campo.

Ay, perdón, ¡si es que siempre la lío! Clara puso cara de corderillo. Siempre me sale todo mal. Sin un hombre en casa qué desastre, hija, no te haces una idea. Tú al menos tienes de todo, qué suerte.

Diego terminó en quince minutos.

Era el cable flojo, se había achicharrado. Te apunto el tipo de automático que necesitas. Pero de verdad, cámbialo cuanto antes.

Clara no perdía el tiempo:

Ay, Diego, ¿podrías venir tú la semana que viene y me lo pones? Te pago, ¿eh? Hazme el favor…

No va a poder intervino Carmen. Nosotros este finde estamos fuera y el próximo tenemos las entradas para el teatro. Llama a un electricista, Diego te apunta el modelo en un papel.

Clara le echó a Carmen una mirada que mataba, pero volvió a sonreír:

Venga, ¿ni un café os tomáis? ¡Tengo tus pasteles favoritos, Diego!

Vamos servidos, gracias cortó Carmen, enganchando del codo a Diego. Que tenemos el día cronometrado.

En cuanto salieron, Diego intentó justificarse:

Jo, Carmen, qué cortante has estado Ella es así, pero no lo hace con mala fe.

No, Diego replicó Carmen. Lo que le gusta es colgarse de ti. ¿No lo ves? Bata, ojitos, elige el momento justo No busca ayuda, busca tu atención.

¿Qué dices? Si somos como hermanos de toda la vida

Justo, hermano que le monta estanterías y le sube la autoestima. Un hermano de lo más apañado.

Se fueron a la casa en la sierra, pero Carmen sabía que la telenovela no había terminado. Clara no era de las que retroceden: le encantaba sentirse en control y, sobre todo, ver cómo el marido ajeno acudía en cuanto ella chasqueaba los dedos.

El capítulo final llegó un par de semanas después. Diego estaba fuera por trabajo, llegaba un viernes tarde. Carmen preparaba cena especial, cuando Diego la llamó:

Cariño, me retraso un poco. Estoy llegando a la ciudad, pero Clara tiene otra emergencia.

¿Ahora qué le pasa? ¿Ha caído un meteorito en el balcón?

Se ha comprado una barra de cortina nueva, de esas de forja, y al intentar montarla se la ha dejado caer en el pie. Dice que no puede andar, el pie hecho un globo. Me pide que pase a subirle la barra y de paso a la farmacia a por una crema. Solo echo un vistazo y vuelvo.

Carmen respiró hondo.

Diego, escúchame: ves a casa. Yo voy a ver a Clara.

¿Tú? ¿Para qué?

Porque soy mujer y sé mejor qué crema ponerle. Y le hago el vendaje yo, no te preocupes. Tú llegas molido. Quédate calentando la cena, que en media hora estoy de vuelta.

Bueno, vale. Pero no te pelees con ella, ¿eh? Bastante tiene con lo del pie.

Carmen cortó y puso su plan en marcha. No iba a ir de enfermera: iba a curar la situación.

Buscó en internet el Manitas Express, llamando al más rudo y profesional, y encargó también por Glovo una crema y vendas. Luego, rumbo a casa de Clara.

Al llegar, el repartidor de la farmacia ya estaba en el portal. Carmen recogió la compra y subió. Clara, esperando a Diego, había dejado la puerta sin cerrar.

Lo que Carmen encontró era de vodevil: luces bajas, velas, vino, dos copas, y Clara en el sofá con aire de doncella desvalida y la barra perfectamente apoyada en el suelo.

¿Diego? ¿Has traído la crema? Me muero de dolor gimió Clara.

Carmen encendió la luz del techo, desmontando el ambiente romántico. Clara saltó del sofá olvidando el pie.

¿Carmen? ¿Qué haces aquí? ¿Y Diego?

Diego está en casa, cenando. Yo te traigo la crema y soluciones.

¿Qué soluciones? Yo sólo quería que Diego me subiera la barra, él es fuerte

Para eso está el servicio de manitas, Clara.

En ese momento llamaron al timbre. Carmen abrió: un tipo del calibre fontanero de póster con su maletín de herramientas.

¿Se llamaba para instalar una barra y chapucillas?

Sí, pase, Clara le indica.

El manitas analizó la situación, pidió una escalera, y se puso manos a la obra.

Clara, roja como una gamba, clavó la mirada en Carmen.

¿Qué ganas con esto? murmuró, mientras taladraban la pared a ritmo de flamenco.

Ayudo, ¿no era eso lo que necesitabas? Aquí tienes la crema, el instalador y todo pagado. Diego está ocupado con su familia. Y la barra pues ya te la cuelga alguien de verdad. ¿O preferías colgarte de mi marido?

Clara se levantó, olvidando el pie renqueante:

¡Lárgate de mi casa! gritó.

Por supuesto Carmen sonrió. El técnico acaba en veinte minutos y está pagado. Cuídate ese pie, corres muy deprisa para estar coja.

Carmen salió sintiéndose ligera como una pluma. No montó un drama, ni se tiró de los pelos con la rival. Solo puso luz encima del paripé.

Al llegar a casa, Diego estaba nervioso.

¿Cómo está? ¿Muy mal de la pierna? No contesta al móvil.

Carmen se sirvió una tila y le miró fijamente:

Del pie, como nueva. Anda deprisa, te lo aseguro. La barra se la pone un manitas, pagado y todo.

¿Un manitas? Pero yo

No, Diego. Siéntate.

Diego obedeció.

¿En serio nunca viste nada? ¿Las velas, el vino, la ayuda siempre cuando yo estaba ocupada?

Diego se sonrojó y jugueteó con el pan:

Supongo que lo intuía, pero me sentía incómodo diciéndole que no. Siempre tan sola, tan sensible

Sensible nada Carmen sonrió. Te manejaba como a una peonza. Por quedar bien con ella quedabas mal conmigo, robando tiempo a tu familia.

Silencio.

Perdona, lo he hecho fatal.

Un poco rió Carmen. Pero eres un buenazo. Y te quiero. Pero desde hoy, Clara, sólo con el manitas. Si le aburre hablar, que llame a una amiga. Tú ya no eres el bombero de emergencias. ¿Queda claro?

Clarísimo. Gracias por arreglarlo. Si llego a ver yo lo de las velas madre mía.

Clara nunca volvió a llamar. Ni en dos semanas, ni en dos meses. La dignidad, o lo que quedase de ella, le impidió pedir más favores de amiga.

Medio año después, Carmen vio por casualidad a Clara en el Corte Inglés, paseando del brazo de un hombre de corbata, bolsazos de Loewe y cara de haberle ganado la Champions a la vida. Cruzaron miradas. Clara alzó la barbilla y siguió adelante, como si Carmen fuera invisible.

Carmen sonrió. Mejor por ella. Ya tenía a quien le colgase cortinas con todos los papeles en regla. Y en casa de Carmen y Diego, finalmente reinaba una tranquilidad como la siesta de agosto. Si decían que se iban de escapada, se iban. Porque hasta a las doncellas indefensas hay que ponerles fronteras, por mucho acento que pongan.

Si te ha sacado una sonrisa este cuento y crees que la amistad está bien, pero los límites son sagrados, regálame un me gusta y suscríbete. Y dime en comentarios, ¿qué habrías hecho tú en el lugar de Carmen?

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