El libro sin terminar
Bueno, ya está, Eugenia, me voy. No hace falta que me acompañes. Llegaré tarde. Para mañana prepara la camisa y el pantalón azul, no lo olvides. Hay que recogerlos de la tintoreríagritó desde la entrada Víctor, mientras se ajustaba la gabardina y, tras mirarse con detenimiento en el espejo, cogía el sombrero y salía dando un portazo.
El portazo retumbó de tal manera que las ventanas de la galería temblaron.
“Corriente de aire…”, pensó doña Eugenia, apagó el grifo, se secó las manos en el delantal y asomó desde la cocina. Todo como de costumbre: un pasillo iluminado por el sol, al fondo la entrada, fotos colgadas en las paredes, el papel pintado a rayas alegresdos anchas, dos finas, en azul delicado, el abrigo de Eugenia en el perchero. Y…
Eugenia frunció el ceño.
¡El hatillo! Su marido se había dejado el hatillo, y dentro estaban las empanadillas. Aquellas empanadillas caseras que Eugenia había preparado al amanecer, con cebolla y huevo, como a Víctor le gustaban. Las había hecho para ese día, sabiendo que su esposo iba a visitar una obra y allá ni se podía comer bien, y nada hay como lo hecho en casa.
Deprisa, se quitó el delantal y se arregló el moño. Con su simple vestido casero de mangas cortas abullonadas y una mancha de café en la falda, cogió el cálido hatillo y, estrechándolo como si fuera un bebé, salió a la escalera. Menos mal que se había acordado de tomar las llaves, de lo contrario ahí se habría quedado aguardando ante la puerta cerrada. Bajó las escaleras sosteniéndose de la barandilla, lisa y barnizada, que enroscaba del cuarto al tercer piso, al segundo…
Eugenia podría, como hacían otras mujeres, haber gritado a Víctor por la ventana, esperando a que saliera a la calle, pero no, tampoco era apropiado ponerse a gritar. Ella misma le daría el hatillo y se despediría, ofrecería la mejilla para que Víctor la rozara con sus labios secos; él asentiría, como diciendo que era hora de irse…
El correr aceleró el pulso de Eugenia. Salió al patio chocando la puerta con ímpetu, y eso que ya no era ninguna jovencitacontaba cuarenta y nueve años, y correr ya le pesaba.
Buscó con la mirada la figura familiar de su marido, con la gabardina color asfalto y el sombrero claro.
A Víctor le gustaban las gabardinas largas que el viento agitase, que volasen como alas, y el sombrero: tenía varios, uno para cada estación. Eugenia cuidaba de ellos, los limpiaba y en caso de desgaste compraba nuevos.
El sombrero es cuestión de estilose justificaba Víctor cuando su hijo, Miguel, se burlaba de él. Sois de otra generación, de fibras y sintéticos, no sabéis de esto…
¿Dónde estaría Víctor?
Allí, ya salía del portal, sumergiéndose en una calle bulliciosa y soleada. Si Eugenia no se daba prisa, él cogería el autobús y se iría, y entonces…
Se apresuró por el patio, saludando con la cabeza a las vecinas mayores que tomaban el sol. Miraban su carrera y sonreían para sus adentros, celebrando tanta devoción conyugal.
¿Qué pasa, hija?preguntó Encarna, encorvada, a la espalda ligera de Eugenia.
¡La comida! ¡Víctor se la ha olvidado, tengo las empanadillas!respondió Eugenia agitada.
Encarna sonrió satisfecha; empanadillas y amor, ambas cosas bien.
Entre tanto, Eugenia salió a la calle, dispuesta a llamarlo, pero… se detuvo. Bajó los hombros, como si la sombra cubriera todo de golpe. Se mareó y se aferró a la bajante de lluvia.
Víctor, de perfil, ya en la parada, acompañaba del brazo a una joven de busto generoso. Ella reía coqueta y Víctor la contemplaba sonriente. De repente, la joven lo apartó, le dedicó una mirada desdeñosa; pero él, servil, intentó retenerle la mano y besarla. La joven retiró la suya, bien cuidada y rosada, como si diera un bofetón. Víctor se erguía, resignado, luego suplicante, acariciándole la espalda y ofreciéndole un caramelo. Ella rio y abrió la boca, aceptándolo.
A Eugenia le dieron arcadas. ¡Dios mío! Su marido, respetable, ya mayor, humillándose ante una jovenzuela.
La joven lucía vestido de verano azul de lunares blancos, con lazo a juego en el pelo y sandalias.
Eugenia observaba su figura, sin saber qué hacer con el hatillo ni con su propia vida.
Llegó el autobús; Víctor ayudó a subir a la chica y la multitud llenó el vehículo. Al arrancar, creía ver cómo él la miraba, haciéndola sentir avergonzada de su vestido de casa, de sus alpargatas gastadas, y de aquel hatillo de empanadillas.
De golpe, Eugenia se giró y caminó de vuelta, cruzando el patio entre las faldas alegres de las vecinas, ya sin chaquetas. Casi tropieza con Encarna junto a la jardinera.
¿No llegaste a tiempo, hija?le preguntó la vecina, señalando el hatillo, llamándolo táper con cierta sorna, reprobando en el fondo tanto desvelo conyugal.
No llegué,musitó Eugenia, distraída.
Vaya, se echará a perder la comida. Mandaré a Mariano. Estás en casa hoy, ¿no?
Eugenia movió la cabeza sin convicción.
Mejor, que come bien. Yo no hago empanadillas, me faltan manos. Espera.
Encarna se fue corriendo tras un tractor que irrumpía en el patio.
¡Fuera! ¡Ni se te ocurra acercarte a mis petunias, animal!gritaba ella al conductor.
Eugenia ni escuchaba. Caminó hacia el portal, se sumergió en la frescura, y sus pasos diminutos resonaron en las escaleras de mármol. El sollozo se fundió con el chirrido de la puerta al cerrarse y todo quedó en silencio.
Eso era el final: el fin de la familia, del calor, de la confianza, del refugio. Marido, pensó: algo sólido, al que una se entrega para que la cuiden ¿y ahora qué?
Eugenia cayó en una banqueta del recibidor; el hatillo se desparramó y varias empanadillas rodaron al suelo. El gato Tiberio se acercó, restregándose a sus piernas y maullando en busca de comida, pero ella ni lo notaba. Aún estaba allí, junto a la bajante, mirando el vestido azul de lunares y la chica. Y a Víctor. Las lágrimas le recorrían las mejillas, cálidas, amargas, que incluso le resultaban dulces, por dejarse llevar, por una vez, por el desconsuelo.
No sabría decir cuánto tiempo pasó así, hasta que alguien empujó la puerta de entrada y el gato salió disparado.
La puerta crujió y asomó la cabeza don Mariano, el marido de Encarna. Nariz ancha, mejillas con cicatrices, labios mullidos, cabellos rizados, cuello rojo, todo en Mariano era demasiado… poco refinado para aquel portal de burgueses, aunque era del barrio, con fama de bohemio y pintor.
Un artista, Eugeniadecía Víctor. Y buen director de galería. Los artistas están un poco locos, pero sin ello no serían artistas…
Eugenia se limpió las lágrimas y alzó la vista a los ojos azules y mansos del visitante. Pensó que, de no ser pintor, habría sido buen sacristán.
¿Don Mariano? ¿Usted?
¿Y quién sino?respondió perplejo, mirándose. Me ha dicho Encarna que te sobraron empanadillas En casa andamos con la cocina patas arriba, Encarna cambiando los mueblessuspiróy lleva días sin hacerme nada, me manda a comer de menú, y ya estoy harto…
Soltó un suspiro, meneando los rizos, y se abrió paso torpemente en el pasillo, hasta ocupar el cuadrado soleado.
Espera, que me quito los zapatos dijo, hablando como de pueblo. Y los calcetines, que están mojados, he pisado un charco. Sí, mujer, ¡los calcetines!insistió, y Eugenia bajó la mirada; pies grandes, calcetines corrientes, con agujero en el dedo gordo.
Eugenia llevó los zapatos a la galería a secar, esquivando a Tiberio.
Déjalos donde estabangritó Mariano, y ella vaciló.
Pero así se le secan, no vaya a coger fríosusurró.
¡Mi cuerpo es mi asunto!protestó él, observándola con picardía.
Ella no le hizo caso. ¿Iba a dejarle ir calado? ¡Nunca!
Puso los zapatos al sol en la galería, apartó al gato y suspiró. Mientras tanto, Mariano ya rebuscaba en la cocina.
¡Eugenia! ¡Venga, hazme un té! Uno de esos buenos, negro y con una rodaja de limón. Dame el gusto, mujer, que estoy agotado…
Extendía las piernas en el pasillo, bloqueándole el paso.
Ahora mismo,murmuró ella, encendiendo la cocina automáticamente, con el pensamiento frío y ensombrecido.
Víctor… ¿cómo podía hacerle eso? Dos pasos de casa y ya flirteando…
Eugenia ardía preguntándose si Víctor habría ido más allá con aquella. No, no, ha sido un malentendido. Una coincidencia. Una colega. Cuando vuelva, ni amagues. Calor y cariño, lo retendrás, se repetía a sí misma.
Entretanto, Mariano frunció el ceño.
¿Pero qué haces, mujer? ¿Me vas a dar té del de ayer? Eso se tira, a los cerdos. Hazme uno nuevo, como corresponde…
Cogió la tetera de porcelana y oliéndola puso mueca de asco. Esto es para la basura.
¿Pero si acaba de hacerse? Es buen té, pruebereplicó ella, pero luego suspiró, asintiendo. Preparar otra tetera era lo de menos. Víctor ¿cómo vivir ahora con él?
Silbó la tetera, se vertió el agua humeante y la fragancia del té de Ceilán con elefante envolvió la cocina.
Mucho mejor. Tráeme la taza azul y dorada, que es la que prefiero. No seas tacaña. Y las empanadillas, de las de Víctor; si él no las quiere, yo sí. Pon todo en la bandeja bonita, y mientras, cóseme estos calcetines. Encarna no quiere, está liada con los muebles, y yo lo paso fatal con el agujero…
Eugenia, toda una señora y antigua maestraya no daba clases, dedicándose por entero al hogar, al marido, ni quería pero igual cogía los calcetines comprados en la mercería.
De pronto, Mariano golpeó la mesa con el puño y, alzándose como una montaña peluda y resollante, exclamó:
¡Pero bueno, doña Eugenia! ¿No se valora usted nada? Aquí, dejando que cualquiera mande como si fuera aún una cría. Uf, qué horror Y Encarna tenía razón, aunque yo no quería creerlo. Siempre te recordé altiva, reina del barrio, ¡mi corazón galopaba al verte! Y ahora… te dejas pisotear. Qué pena…
Agitaba los brazos y resoplaba tanto que asustaba. La loza fina tintineó y las empanadillas se apiñaron en la fuente.
¿Y para qué viene entonces, si es para decirme esto? ¡No quiero saberlo! Ahí estaba mi Víctor en la parada, con otra yo… Corrí para darle el hatillo, y ellos… Eugenia rompió a llorar, las lágrimas manchando el mantel.
Todo quedó en suspenso. La cortina dejó de ondear, el reloj detuvo su tic-tac, el mundo parecía detenido.
Mariano suspiró.
Por eso mismo, Eugenia. Víctor ha buscado lo que necesita fuera. Antes hasta los alumnos te seguían, y ahora te dedicas a servirle, atenta sólo a él. Víctor, el chaquetón; Víctor, la fiambrera; Víctor, no cargues tú, que ya voy yo. Demasiado. Te has volcado tanto que lo has asfixiado. Somos lobos, cazadores; queremos pasión, no siempre zapatillas calientes. Y con el hijo fuera, volcaste aún más en tu marido. Mientras, otras menos complacientes lo han hecho sentirse joven…
Eugenia no comprendía, o no quería aceptar. ¿Había entregado la vida a su familia para nada? ¿Y su propia vida?
Dejó la escuela hacía una década, para facilitar la rutina diaria, despedir a Víctor sin agobios de corregir cuadernos o reuniones; sólo orden y paz doméstica. Pero aún quedaban alumnos que venían a clases particulares, hasta que Víctor enfermó de pulmonía y le molestaba el jaleo. Ella les pidió dejar de venir sin dudar. También había dejado de cantar, de pintarel olor del aceite para los pinceles desagradaba a Víctor, y todos los lienzos acabaron relegados.
Y después, Eugenia, te anulastedijo contemplándose en el reflejo del aparador. Ni manicuras, ni vestidos nuevos; ¿Para qué? decía Víctor. Y los zapatos de tacón, a guardarse.
Sus amigas apenas llamaban y el hijo Miguel iba una vez al mes, comía y se marchaba sin más.
Eso era el fin…
¿Pero quién te ha dicho que te hundas? Vuelve a levantarteMariano golpeó la mesa con la cuchara. Aún estás en flor, mujer. Sería capaz de cortejarte yo si tuviera dieciocho años. ¡De veras!
Y se marchó. Eugenia se quedó sola.
…Víctor regresó tarde, algo bebido y desaliñado, oliendo a perfume y vino.
Se alargó la reunión le tendió el maletín, frunciendo el ceño por el lumbago. Sirve un poco de vodka con las patatas. Eugenia, ¿por qué te quedas ahí?
Eugenia no recogió el maletín, sino que le pidió apartarse para pasar con la maleta.
¿A dónde vas?preguntó Víctor, perplejo, al ver a la elegante Eugenia, con moño perfecto, pendientes y vestido beige junto a las sandalias.
Me marcho de viaje. Te las apañas solo, con lágrimas o sin ellas, pero solorespondió Eugenia.
¿Y la comida? ¿Y la camisa?insistió él.
Eugenia titubeó, como si fuese a plancharle la camisa, pero hizo un gesto de desdén.
Arréglatelas. O que venga ella, si le gusta. Adiós, Vítor. Ya es hora.
Y salió volando por la escalera, la maleta tropezando un poco en la mano, el vestido apareciendo un instante antes de esfumarse en el crepúsculo. El taxi arrancó en el patio.
Víctor corrió al rellano, asomado, queriendo gritar algo, pero sólo gimió de dolor con la espalda, un relámpago en los ojos y lágrimas brotando.
Eu-ge-nia…gimió.
¿Dónde estás, Eugenia? Ahora le frotarías la espalda, le pondrías una pomada, le envolverías con la manta, te tumbarías a su lado y lo dormirías…
¿Clara? ¿Eres tú? murmuró, gimiendo por teléfono. Sí, soy yo… Ya sé que no debía llamar, pero… la espalda, Clara, y no puedo prepararme nada, no llego a la cocina. No somos extraños… ¿cómo?…
La voz cortó, señalando que para médicos debía llamar a otro número, y la llamada quedó en silencio. Clara no vendría, ni a cuidarlo ni a plancharle la camisa. Demasiado digna. No era Eugenia.
Llevó su dolor a la cocina, vio las empanadillas frías sobre el plato y gimió. No era una pesadilla; era una catástrofe. Y era consecuencia de todo cuanto él mismo había hecho.
…Doña Eugenia volvió al día siguiente a media tarde, con el médico y un ramo de rosas, comprado para ella misma. Las colocó en un jarrón de cristal. Olía a perfume y un leve toque de tabaco. Sí, Eugenia fumaba, a veces, cuando los nervios pesaban.
Espere, doctor, aún no pinchedijo, deteniendo la mano del médico.
Víctor gimoteaba, sin encontrar alivio.
¿Qué ocurre?preguntó el médico.
Un momento, Víctor, ¿qué le prometiste a esa? Las como ella sólo aparecen por interés; para ella eres demasiado mayordijo Eugenia inclinada hacia el rostro sudoroso de su esposo.
No soy mayor… estoy en mi mejor momento…
La pensióncompletó el médico. ¿Qué le prometiste, pues? Habla ya o me voy, tengo prisa.
Un puesto. Y el doctorado. Pero no conseguirá nada, te lo juro, sólo te quiero a ti, Eugenia, sólo a ti…
Sí conseguirá. Un hombre ha de cumplir su palabra. Que tenga su cargo y su grado, así no se sentirá pisoteada. Además, tú dejarás ese despacho. No sé dónde irás, pero buscarás algo. Y que sepas, la próxima semana yo vuelvo al trabajo. El planchado está en el armario, las camisas en la ropa sucia. ¿No te parece? Pues te divorcias. ¿Entendido?
Víctor asintió a duras penas. El dolor era insoportable, Eugenia mandaba, el médico estaba de su parte, y hasta Mariano asomaba por el dintel. Pronto llegaría Encarna y el ridículo sería mayor.
Lo he entendido todo… inyección, por favor, o me muero…
Eugenia asintió. El médico intervino.
…Clara era feliz, saltaba como una mariposa: su tesis improvisada prosperó, consiguió el título y un buen puesto, todo gracias al simple anciano, Víctor.
Ahora ni respondía a los saludos de Víctor; su esposa había dejado claro que podía perderlo todo, y pronto buscaría alguien nuevo.
Víctor dimitió. Nadie comprendía por qué, con tan buen empleo. Una vez, sólo una, murmuró haber dado su palabra. No especificó a quién ni sobre qué.
En la fiesta de despedida, llevó a su esposa enjoyada, bailó tango con ella y la miró como nunca miró a Clara. ¿Por qué? ¿Qué tenía Eugenia?
Lo tenía todo. Era el propio aire que Víctor había respirado siempre; nadie lo nota hasta carecer de él. Y no solo el calor en la cama. Resultó que Eugenia seguía siendo ese libro sin terminar, inesperada como las fresas de julio al sol con que alimentaba a su joven esposa frente al mar. Y ese libro, nunca terminaría de leerse ni de pasar la última página. Ojalá fuera así.
Clara simplemente aún no había crecido, o quizás nunca lo haría. Ya se verá…







