Mi vecina me robaba el estiércol a saco por las noches. Ayer fui generosa y añadí un poco de levadura.
¿Otra vez has ido con los cubos a mi montón? no fue una pregunta, fue una constatación tan evidente como que en agosto hace calor en Sevilla.
Lorena, la vecina del chalé de al lado, ni se inmutó. Plantada en medio de su huerto, apoyada en la azada, me miró como si le estuviera echando la bronca sin motivo.
Carmen, hija, ¿otra vez te enfadas? ¡Si tienes ahí una montaña de compost! ¿De verdad te da pena por una amiga de toda la vida?
No es compost, Lorena. Son trescientos euros por camión más el porte señalé la notablemente menguada pila en mi jardín trasero . Y, por si no ha quedado claro, es MI propiedad.
¡Ay, que te aproveche, chiquilla! hizo un teatral giro de ojos . Será por llevarme dos cubos para los pepinos Que mi pensión es una birria, no puedo andarme encargando camiones como tú.
Ahí está ella, la reina del drama. Lorena siempre supo dar la nota de víctima: que si la culpa es de los políticos, que si el calor, que si las tormentas solares… O mía, porque mis tomates maduran antes que los suyos.
Entré en casa con un nudo en la garganta de pura rabia. No era por los cubos ni por los euros: era esa poca vergüenza y la sensación de que se piensa que me chupo el dedo.
Cada noche, sobre las dos, escuchaba ese susurro sospechoso. Ya no era un cubito. Lorena iba a lo grande: llenaba bolsas grandes de basura, negras y resistentes, y se llevaba el tesoro como si esperara el asedio de los visigodos.
Tote, mi marido, estaba en la cocina resolviendo un crucigrama y devorando un bocata.
¿Otra vez la ha liado? preguntó sin levantar la vista.
Otra vez. Y encima dice que soy una rata.
Pues ponle una trampa.
Sí, y luego explico por qué la vecina se ha quedado sin pierna Aquí hace falta picardía, no fuerza bruta.
Miré por la ventana hacia su invernadero, la joya de la corona del vecindario. Lorena siempre presume de que si tiene una variedad única y una mano de oro. Mano de oro, sí. Sobre todo para afanarse el abono ajeno.
Esa noche no pegué ojo. Entre los ladridos lejanos, los grillos y, por supuesto el archiconocido shhh-shhh de su pala. He cuidado ese montón con mimo, tapándolo con plástico, y ella viene a servir con toda la cara.
Por la mañana salí al porche: Lorena ya andaba faenando entre sus matas.
¡Buenos días, Carmela! me cantó. ¡Veo que a tus calabacines les falta vidilla, no estarán pachuchos?
Tiene una satisfacción en la cara Las huellas dejan claro que esa noche arrasó con tres bolsas mínimo.
Buenos días, Lorena. Ni lo sueñes.
Me dirigí al cobertizo y mi mirada se clavó en el estante de productos para el huerto: semillas, fertilizantes y un enorme paquete amarillo de levadura seca de panadero. El plan se me ocurrió solo.
Lorena escondía lo robado en bolsas de obra bien atadas en el invernadero, para que madurara al calorcito. Y en ese invernadero hay calor sahariano y humedad para criar malvas. Perfecto para la fermentación.
Llené un cubo con agua templada, vacié allí el resto del azúcar olvidado en la despensa y, sin miramientos, toda la levadura. Aquello empezó a burbujear como una fiesta patronal, olía a bodega improvisada y a dulce justicia.
Con la caída de la noche, cuando ella aún no había salido a su faena, recorrí la valla silenciosamente. Sabía bien dónde se colaba, por aquel hueco que nunca repara. Allí eché mi cubo, removí un poco ¿Te gusta apropiarte de lo ajeno? Pues toma extra de mi parte.
Volví a casa, me fregué las manos y me metí en la cama con el alma en paz.
¿Qué te pasa? musitó Tote con voz adormilada.
Que esta noche va a ser interesante respondí tapándome.
Esa noche, ni un ruido. Lorena debió actuar más sigilosamente que nunca.
Pero la mañana no empezó con café, ni con trinos de mirlos. Empezó con semejante grito que parecía que un jabalí se había metido en el huerto.
Tote y yo saltamos del colchón. Él, en calzoncillos, corrió a la ventana.
¿Qué narices pasa?
Me puse la bata y salí al porche. El aire de la mañana traía un aroma peculiarmente ácido. Lorena estaba ante su invernadero reluciente de policarbonato, con las puertas abiertas de par en par.
Digamos que su aspecto era original. Llena de manchas marrones, como salpicada por una fuente de chocolate… pasado. Me acerqué a la valla fingiendo la mayor sorpresa.
¿Pero qué ha pasado, Lorena? ¿Se ha roto la tubería?
Giró hacia mí despacio, el terror y el compost escritos en la cara.
¡Ha ha explotado, Carmen! jadeaba ¡Eso está vivo!
Asomé la cabeza y tuve que contener una carcajada. Aquello parecía el Guernica, pero versión agrícola. Las bolsas cuidadosamente alineadas la noche anterior se habían convertido en un campo de batalla épico.
La levadura, el calor y la humedad obraron el milagro: las bolsas, cual globos de feria, hincharon la materia orgánica hasta que, claro, la física hizo de las suyas.
El plástico reventó y el contenido voló por la estancia. Las paredes transparentes irisadas marrón, el techo igual o peor. Sus pimientos especiales parecían haber sobrevivido a una guerra química, y ahí estaba Lorena, protagonista absoluta de la función.
¿Y qué te ha explotado? pregunté, más tranquila que la Duquesa de Alba en sesión de rayos UVA.
¡Las bolsas! chilló medio llorando . Entré a mirar y ¡pum! Una, y luego otra. ¡Carmen, qué demonios echaste ahí!
¿Yo? fingí la inocencia de una santa . Lorena, ese compost es mío y solo lleva lo que salió de la vaca. Nada más.
Eso sí, el que aparezca tan empaquetadito en tu invernadero eso sí que es misterio de Cuarto Milenio.
Se le veía la maquinaria mental funcionando a toda velocidad. Si dice que es mío, admite el robo. Si dice que es suyo, pues que explique el petardazo. Así quedó, como las goteras de su invernadero, empapada en todos los sentidos.
¡Es un sabotaje! logró soltar por fin . ¡Me quieres envenenar!
¿Yo? ¿Con abono natural? me encogí de hombros. Igual es cosa del feng shui de tu huerto O será que tienes la mano tan ligera que se vuelve volátil.
Tote asomó a ver la escena, se tapó la boca para no partirse de risa y se retiró antes de soltar la carcajada. Lorena agarró la manguera y empezó a restregarse con desesperación.
El olor no se iba ni con aguarrás. Era el nuevo Chanel Nº5 del fracaso hortícola.
Aquel día el pueblo bullía de rumores: que si una destilería ilegal, que si había explotado un meteorito. La protagonista callaba como una tumba y restregaba y restregaba el invernadero.
Tuvo que tirar toda la plantelada y renovar la tierra, pues la vitamina fue demasiada incluso para sus súper-pimientos. Ni se asomó a tomar café a la puerta al atardecer, un milagro.
Una semana después encargué otro camión de estiércol. Esta vez la pila amaneció intacta, ni un rasguño, ni bolsas misteriosas en la verja.
Por la mañana Lorena cruzó la acera, mirando de reojo, muy digna y muy callada. Ahora compra el abono en bolsas brillantes en el Mercadona y lo paga religiosamente.
¡Buenos días, vecina! la llamé . ¿Qué tal tus pimientos?
Se giró, sin pena ni gloria, con esa mirada de quien ha visto cosas indescriptibles.
Bien masculló . Ahora manejo yo sola. Sin ayudas.
Perfecto, si necesitas la receta secreta, ya la conoces.
Soltó un bufido y se largó escopetada. Yo me hice un té negro y sonreí.
Al fin paz en mi parcela. Sin rencor y sin euforia: simplemente todo volvió a su sitio. Lo mío es mío. Y lo ajeno, mejor que nadie lo toque.
Los límites no los marca la valla, sino las lecciones bien aprendidas. Y mejor no escarbar en montones ajenos, salvo que quieras ver la química casera en acción.
Eso sí, la levadura seca la guardo arriba en la estantería. Por si alguna otra plaga del oeste intenta probar suerte con mi generosidad. Aquí, cada uno recibe su cosecha.







