Carta al padre
¡Pero bueno, Ivancito, menudo pájaro estás hecho! ¡De ti no me lo esperaba! exclamó Lucía, olvidándose de modales, y se limpió la nariz con la manga de su blusa.
Esa blusa, tan bonita, se la había cosido su madre. Sacó de su baúl un retal de seda, suspirando al pensar que la prenda no sería para ella, y se sentó delante de la máquina de coser.
Como no, la niña había crecido. Ahora necesitaba vestirse bien. ¿Quién se iba a fijar en ella si iba hecha un desastre?
«Casi habría preferido que mamá no se hubiese molestado tanto ¿De qué ha servido?» pensó Lucía, mirando cómo se alejaba la primera persona de la que se había enamorado.
Ese amor se marchaba de su lado marcando el paso, como un soldado, sin dignarse ni siquiera a mirar atrás.
¡Da rabia hasta el extremo!
Lucía volvió a sollozar, pero se contuvo al recordar que llevaba las pestañas pintadas, a pesar de la prohibición de su madre, y llorar era imposible.
Iván, Ivancito su único y gran amor. Apenas medio año de felicidad. Lucía lo llevaba bien contado. Exactamente seis meses desde el día que se conocieron.
Seis meses, y aun así, cuánto había pasado
Iván se giró, pero Lucía fingió que no lo veía.
¡No se merecía otra cosa! Con la noticia que ella le llevó, y él, dándoselas de digno. ¡Que se largue! Marinerito de agua dulce, lo que quiere es el mar y la libertad. ¿Pero tú te lo crees? Pues que se vaya bien lejos. ¿Por quién la tomaba él? ¿Que no podría ella sola criar al pequeño? ¡Pues lo hará, y no le pedirá permiso a nadie! ¡Ya estaba bien de tanta ceremonia!
Lucía disimulaba su rabia, pero por dentro la ofensa la devoraba, chillándole en el alma.
¿Cómo podía ser? ¡Si le juró amor eterno! ¡Prometió un hogar! ¡Decía que se casarían! ¿Y luego? ¿En cuanto le dijo que esperaba un niño, se desentendió?
Bueno “decirlo” Lo insinuó, que quería algo más que verse solo algún fin de semana, y él contestó que lo esperaba el mar, que no iba a cambiar nada por un capricho suyo. Que si lo quería, que se fuera con él.
¿A dónde se iba a ir ella, embarazada, lejos de su madre? ¿A otra punta del país, donde no tenían ni familia ni amigos?
¡De ninguna manera!
Lucía se levantó del banco, se estiró la falda y se arregló el pelo. Cuatro pelos, pero el permanente hace milagros. Su madre tenía razón: el aspecto lo cambia todo. Iván, el pobre, tampoco era ninguna belleza y, sin embargo, tenía a todas locas porque era divertido y listo y podía hablar de lo que hiciera falta. ¡Eso que solo estudió hasta quinto de primaria y un par de pasillos! Pero vaya cabeza…
Ella tampoco podía presumir de un gran currículum. Terminó el instituto y ya. Su madre insistió para que estudiara más, pero Lucía se negó, hasta enfadarse y dejar de hablarle durante semanas. ¡Quién la ha visto!
Pero Lucía sabía mirar por sí misma. ¿Para qué más estudios si en la obra, donde trabajaba, ganaba mucho ya? Mandaba dinero a su madre y también se apañaba para sí.
Con el tiempo, su madre se calmó; le volvió a dar cariño y la tomó bajo su ala. Así son las madres. Pero, ¿cómo reaccionaría cuando se enterara de que iba a ser abuela? ¿Sería un escándalo?
Ni había que pensarlo. ¡Por supuesto!
Su madre chilló tanto que acudieron las vecinas. Pero no les explicaron nada. Les soltaron que Lucía tenía un lío en el trabajo y las echaron de casa. Cosas de familia, para nadie más.
¿Pero, hija? ¿No te enseñé a cuidarte antes de casarte? ¿Y ahora quién te va a querer? ¡Ay, Iván! No me esperaba semejante traición. Y parecía buen chico bufó la madre. ¡Pero qué serpiente! ¿Así que cuando le dijiste lo del niño, se largó?
Lucía dudó si contarle la verdad. Si lo hacía, su madre la acorralaría. Mejor callar, que Iván ya estaría lejos.
Sí, mamá, fue así.
Ay, mi niña ¿Y ahora qué hacemos?
¡Pues nada! ¿Acaso somos unas crías? Podemos con todo, mamá. Si me ayudas al principio, no me da miedo tenerlo.
¿Dónde iba yo a dejarte sola, hija? ¿Qué madre abandona a su hija cuando más la necesita?
Lucía cerró los ojos un instante y suspiró aliviada.
¡Mira, Iván! Sin ti también saldremos adelante. Que te vaya bien, si tanto amas el mar más que a tu propio hijo
Con el tiempo, Lucía casi olvidó la discusión con Iván. Incluso se convenció de que le había contado del embarazo y él la había rechazado. Así, el resentimiento se anidó dentro de ella, enredándose entre rabia y dolor, que de vez en cuando asomaban por dentro, cuchicheándole:
¡Fíjate! La niña igualita al padre: un diablillo en miniatura, nunca tiene paz. Y espera, que también se irá de casa cuando crezca, como él huyó al mar. Porque no saben querer ni valorar lo que tienen. ¡La manzana no cae lejos del árbol!
Tal vez por eso, Elena, la hija de Lucía, creció pensando que solo la quería su abuela, y eso, a veces. En ocasiones la mimaba, pero si oía las vecinas cuchichear, enseguida decía:
¡Anda, ve con tu madre, que te consuele ella! Ay, Señor, ¿por qué este castigo?
Hasta los tres años, Elena creía que castigo y desgracia eran sus nombres. Como Elena, que solo escuchaba en los pocos ratos en que su madre estaba calmada. Eran momentos dulces y escasos de verdadero cariño.
Ven aquí, hija, déjame peinarte esas trenzas. ¡Qué bonitas! No son mi pelo, no Son como el de tu padre: tan tupido, tan oscuro como el ala de un cuervo, y los ojos tan azules, como el océano al que se fue. Eres igual que él, preciosa, aunque me temo que la felicidad se te escapará como a nosotros.
¿Por qué, mamá? lloriqueaba Elena.
¡Porque sí!
El tono de Lucía se quebraba y Elena entendía que era mejor no insistir. Más valía irse con la abuela, hundir la cara en el delantal que olía a croquetas y potaje, y soltar unas lágrimas: primero por ella, luego por la madre y, al final, también por la abuela. Porque la vergüenza de la madre la arrastraba la abuela.
¿Cómo era esa vergüenza y por qué había que cargar con ella? Elena lo descubrió mucho después. Apenas cumplió diez años, cuando su madre de repente se fue a la ciudad, tan guapa y radiante, para empezar una vida nueva.
Elena se quedó con la abuela.
No es que echase de menos a la madre; ya antes la dejaba largas temporadas cuando se iba a trabajar, diciendo que alguien tenía que alimentar a una hija sin padre. Pero aquello era distinto: su madre volvía de esos viajes cansada pero feliz, traía regalos y ropa, abrazaba a Elena admirando lo delgaducha que estaba, y luego reñía a la abuela:
Mamá, ¿por qué está tan flaca? ¡Parece que no la alimentamos!
La tuya no come, hija. Ni pan quiere la niña. Si estuvieras, comería mejor. ¡A ver cómo me las apaño yo, con la granja, el campo y la criatura en casa! Menos quejarte y más estar aquí con tu hija
No hace falta criarla tanto, mamá. Ya es mayorcita. Anda, no te pelees, mira qué te he traído
¿Y para qué valen tus regalos? Ay, hija Mejor estar aquí a mi lado. ¡Cómo me duele el alma de echarte de menos!
La madre torcía el gesto y Elena, asustada, se apartaba previendo discusión.
¿Tú aburrida? ¿Y yo no? ¡Soy joven, bonita y aquí estoy, como una viuda! Y encima tú reprochándome ¡Para qué vivir, si esto es vivir! Ay, mamá, al menos tú entiéndeme. Bastante carga tengo ya Si hubiese sabido que sería así, ¡nunca le habría dejado marchar!
Ya no importa, hija. De nada sirve lamentarse, solo hay que seguir adelante.
¡Mamá!
¿Qué? Si has tenido una hija, la crías. Si no quieres, escribe al padre. ¡A ver si se la lleva!
¿Yo, dársela a él? ¡Jamás! Ni quiso saber de ella. Ahora, ¿le regalamos una hija ya criada? ¡No! Después de tantos años sufriendo en la obra, no va a venir a llevarse lo que no ha movido un dedo por criar.
Pues entonces deja ya de quejarte. La niña escucha todo. ¿Crees que no le duele? Saber que su padre la abandonó y su madre se desvive
Pues que lo oiga. La vida no es color de rosa. Golpea más de lo que crees. ¡Tema zanjado! Y ni se te ocurra escribir tú a Iván, ¡que te conozco!
La abuela cumplía el mandato hasta cierto punto.
Elena se preparaba para los exámenes finales cuando llegó la noticia de la ciudad: su madre había tenido un niño, pero a la semana había fallecido, sin apenas dar explicación.
Y el secreto de su nacimiento habría quedado guardado para siempre, de no ser por la obstinación de Elena.
Al enterarse, la abuela se marchó de inmediato, dejando a la niña sola, con la orden estricta de mantener la casa.
Ahora no es momento de llorar, criatura susurró la abuela, mientras ajustaba su mantón negro. ¿Qué será de nosotras, cómo viviremos?
Abuela, yo puedo trabajar.
Espera. Antes hay que resolver lo del bebé. El padre se lo llevó, pero no quiere criarlo. ¿Crees que podremos sola, Elena?
¿Hay otra opción? Yo me crié sin madre; ¿y al pequeño lo vamos a dejar en un hospicio? No puede ser
Lo sé, pero me asusta. No sé si me quedan fuerzas.
La abuela partió, y Elena aprovechó para rebuscar en la casa. Los mandatos maternos ya no servían de nada.
Había que buscar a su padre; solas no podrían.
Sabía lo que debía hacer. Desde niña, antes de saber escribir, dibujaba cartas para su padre, escondiéndolas de su madre y la abuela. Le contaba si había gato nuevo en casa, si la abuela le enseñaba a preparar croquetas. Más tarde, empezó a escribir cartas de verdad, en cuadernos que escondía bajo la cama, donde volcaba su vida entera: alegrías, penas, victorias e injusticias.
Ahora solo le quedaba escribir la carta más importante: la que de verdad enviaría.
Elena encontró la dirección. El sobre amarillento lo había escondido su madre con tanto sigilo Si no hubiese movido un marco de fotos, jamás lo habría hallado. El cristal saltó y, al despejar los restos de la foto de su madre, asomó el sobre.
¿Qué es esto? tiró del sobre, se dio cuenta de lo que era, y rompió a llorar aún más fuerte. ¡Mamá! ¿Por qué me hiciste esto? ¿Por qué?
Pasó largo rato hablando en voz alta a la madre, diciéndole lo mucho que le dolía todo y pidiendo perdón sin saber por qué.
Nadie le dijo que sería fácil.
Lo siento, mamá, pero no voy a obedecerte. No querías que buscara a papá, pero lo necesito. La abuela no es eterna Me enfado cuando lo dice, pero tiene razón. Y solas no podemos. Si él es tan ruin como dijiste, al menos lo sabré y no volveré a perder la esperanza. Pero si no No te lo tomes mal, mamá, pero no te creía del todo. Siempre decías que papá era malo, pero entonces, ¿por qué me tuviste si no querías quererme? ¿Para qué ese sacrificio?… Dices que soy ingrata. Será. Pero duele, mucho, que nadie te quiera. Que digan que te pareces a alguien que no conoces ¿Cómo saber cómo era? Yo sólo quiero verle una vez y escuchar lo que tiene que decirme.
Ni pensó si su destinatario seguía en esa dirección.
No pensó. Actuó.
Pasó la tarde y parte de la noche sobre una hoja arrancada de un viejo cuaderno. Logró escribir tres líneas en las que volcó todo: su dolor, su llamada de auxilio y la esperanza de que la oyeran.
La envió al colegio, de camino. Al volver a casa, encontró a su abuela, que había traído un bebé inquieto y minúsculo, al que miró con admiración.
Mira, Elenita Este es Alejito, tu hermano la abuela suspiró, tapándolo en la cama.
Abuela, ¿por qué es tan pequeño?
Es normal. ¡Tú eras más menuda aún!
¿En serio?
Claro que sí. Y mira el estirón que has pegado. Él también crecerá.
¿Y su padre?
Dijo que ayudará, pero llevárselo, no. Tiene otras cosas.
Pues menos da una piedra Elena imitó la voz de la abuela y ésta sonrió.
¡Ay, Elenita! ¿Nos apañaremos?
Claro, abuela. ¡Como todas!
Rápidamente, aprendió a cuidar del niño. Un día pasó corriendo Ksenia, la vecina, que ayudó a desenvolver al pequeño Alejo.
¡Venga, chaval! ¿Lloras? Mejor así, que se te hagan los pulmones. Elena, escucha. No temas, que todas sabemos hacerlo. Te enseñaré a bañarlo y cuidarlo. ¿Dónde está tu abuela?
En la ciudad, arreglando papeles. Me lo enseñó, pero quería preguntarte cómo lo haces tú
¿Y la lección de la abuela no vale?
No es eso, Ksenia. Mi abuela ya casi ni recuerda lo de ser madre, y tú lo tienes muy reciente
Pues claro Hace nada que tuve los mellizos rió Ksenia. Te lo enseño y luego te las apañas sola.
Elena, viendo las manos de Ksenia, comprendió que cuidar de su hermano era solo el principio. Había que quererle. Pero eso sí lo aprendió con Alejo: ya no iba a casa, volaba. El primer diente, la primera sonrisa, los compartió con Elena. Y fue a ella a quien el niño llamó primero por su nombre.
¡Ena! gritaba el regordete, tambaleándose por el patio hacia su hermana.
¡Aquí estoy, mi vida! Ven, que te dé un abrazo
Las manitas lo envolvían todo. Elena lo besaba en la cara sucia.
¿Dónde te has metido? ¡Vamos a limpiarte!
Alejo se dejaba hacer por su hermana, la única que podía enjabonarlo. La abuela reía viendo la persecución:
¡Es un bichillo! Agárralo bien, no se te escurra.
Elena, entre tanto ajetreo, olvidó la carta enviada a su padre. Nunca recibió respuesta y supuso que su silencio era respuesta suficiente: no le interesaba.
Se revolvió la tristeza dentro de su pecho, pero tenía otras cosas en qué pensar: Alejo se llevaba todo su amor.
La abuela insistía en que debía ir a la universidad, pero Elena no quería ni hablar del tema.
Abuela, sabes que no puedo. Si lo hago, tendría que ir a la ciudad. ¿Qué haces aquí sola con Alejo? No quiero ni pensarlo.
La abuela no cedía, y eso a Elena le enfadaba más. Ella encontraba trabajo en el pueblo: en la granja siempre querían a alguien, y la tienda de Ksenia y su marido necesitaba dependientas. Juro que Ksenia ya le decía que la contrataría si se quedaba.
Pero la abuela no cedía.
Elena, no entiendes nada. Tu madre desperdició así la vida, y tú vas por el mismo camino. ¡Yo solo quiero lo mejor para ti!
Abuela, sí lo entiendo. Pero no insistas. Hay cosas más importantes que un título.
Y en medio de esas discusiones apareció quien menos esperaba Elena.
Volvían del patio de Ksenia ese día, Elena con Alejo dormido en brazos. El niño, agotado de jugar con los mellizos, caminaba despacio.
En la puerta tiró de la falda de su hermana:
¡Ena! ¡Cógeme!
La hermana lo alzó, sonriendo, y avanzó hacia el porche. De pronto, vio un hombre en la galería: subido a un taburete, trasteaba con una bombilla que nunca funcionaba.
¡Vaya! gruñó el hombre cuando la lámpara por fin encendió. ¡Al fin! bajó del taburete, y solo entonces vio de pie a Elena y a Alejo.
Hija
Iván se acercó, y antes de que Elena pudiera apartarse, la abrazó a ella y al niño con fuerza.
Mi niña
Elena se sorprendió al ver lágrimas en los ojos de aquel hombre.
Perdóname, hija ¡No sabía de ti! ¿Es tuyo? señaló a Alejo.
No corrigió Elena, confusa. Quiero decir el niño es hermano mío, hijo de mamá…
¡Ah! Iván abrazó al niño, que no se apartó, sino que frotó la mejilla en su barba.
¡Pica!
Eso se arregla afeitándome se rió Iván. Vamos dentro, hija, que aquí los mosquitos devoran.
Hay un río cerca, papá…
Lo recuerdo
La abuela apareció, con un gesto que le dijo a Elena que los mayores lo habían hablado y no habría más problemas.
¿Importaba acaso el pasado de sus padres? Lo esencial era lo que ocurría ahora.
Veía a Alejo girando alrededor del padre y sintió que, al fin, llegaba un hombre a la familia. Era bueno.
Más adelante, Elena descubriría que la carta sí llegó. Pero su padre ya no vivía allí. La nueva inquilina, al descubrir la vieja carta, dedicó tiempo y empeño para buscar al antiguo dueño. Tardó en encontrar cómo darle la carta, y el sobre, arrugado, esperó meses más a que Iván regresara de puerto en puerto.
En cuanto leí tu carta, hija, vine corriendo. Me creía solo en el mundo. Escribí a tu madre varias veces, quería formar una familia.
¿Y ella?
Solo me respondió una vez, diciendo que se había casado y que no molestara. Por eso no insistí. Ay, hija, si hubiera sabido lo que pasaba ¡habría vuelto a nado! Pero qué suerte la mía No la merezco. ¿Te vendrás conmigo? Tengo un piso enorme en Vigo. Se ve el mar y unos atardeceres que llenan el alma.
Papá, no puedo
¿Por qué?
Dejar a Alejo y a la abuela, ni pensarlo. No es justo.
¿Y quién ha dicho eso? El piso es grande, cabemos todos. Tú a estudiar, la abuela cuida de Alejo, y tú a la universidad.
¿Y de qué vamos a vivir? Apenas podemos salir adelante. El padre de Alejo prometió ayudar, pero ni paga ni aparece. Hace más de un año que no lo vemos. Solo vino una vez, diez minutos y se marchó. Para él, ni existe el niño.
¿Me quieres hacer daño, hija? Iván frunció el ceño, y Elena sintió ganas de reír: era igual que Alejo cuando se enfadaba. ¿Te crees que yo no podré mantener a dos mujeres y un chiquillo? ¡Vamos, hombre! Prepara tus cosas. La abuela ya ha dado su visto bueno; sólo faltabas tú, que ahora ya has decidido.
Sí, papá Sí
Y Elena abrazaría a su padre, agradecida por atreverse a escribirle aquel día. Luego se iría con él al océano, que de tranquilo solo tiene el nombre.
Su vida no sería tranquila y habría tormentas y bonanzas para tres océanos, pero sabría siempre que tendría un puerto seguro donde refugiarse pase lo que pase.
Allí la esperarían los suyos y el aroma de empanada de la abuela, que por mucho que intentara, nunca llegaría a igualar. Y, además, siempre tendría a su lado a ese niño despeinado que algún día la recibiría, ya con voz grave:
¡Hola! Papá dice que venías. ¡Te he echado de menos, Elena!
Y yo a ti, cariño Y yo tambiénElena se quedó allí, en el umbral de la casa, envuelta en la risa de Alejo y la mirada profunda de su padre. Por primera vez, sintió que el pasado no pesaba ya como un ancla, sino que podía convertirse en vela. Dejó que la brisa del atardecer le removiera el pelo, llevando lejos los reproches antiguos. En esa misma puerta donde su madre la despidió una mañana gris, ahora le esperaba una vida distinta, sin secretos, ni cartas sin respuesta.
La abuela salió y, al verlos juntos, asintió satisfecha, como si supiera que el ciclo por fin se cerraba. Alejo corrió dando vueltas alrededor del padre, tropezó, y esta vez fue Elena quien, sin pensarlo, lo alzó en brazos y lo consoló con dulzura. Iván la miró con un orgullo silencioso, como si en ese momento reconociera en su hija la fuerza de todas las mujeres de su familia.
Delante de ellos, el camino descendía hacia el pueblo y, más allá, hacia el mar que antes fue frontera y ahora prometía futuro. No sabían cuánto tiempo estarían juntos, ni qué les depararían los días por venir. Pero la certeza de estar, al fin, unidos, les bastaba.
Esa noche, sentados a la mesa, Alejo llamó a Elena mamá por accidente. Todos rieron y la abuela levantó su copa de vino tinto:
Por los que se fueron y por los que siempre encuentran el camino de regreso.
Y mientras el crepitar del horno llenaba la casa de olor a pan caliente, Elena entendió, de verdad, que uno solo necesita un puñado de cartas, un poco de valor y el coraje de querer para volver a empezar. Y quizá, en la próxima primavera, podría escribir una carta másno para buscar un padre ausente, sino para dar las gracias por todo lo que había encontrado al fin.







