Un rincón en la cocina

Un sitio en la cocina

¿Lucía, te has dormido ahí o qué? ¡Los invitados están sentados ya en la mesa, por si no lo sabías!

La voz de mi suegra cortó el ruido de la cocina como un cuchillo atravesando mantequilla. Yo, Lucía Gutiérrez Iglesias, ni siquiera pestañeé. Ya estaba acostumbrada a ese tono, a esas maneras, a ese “por si no lo sabías”.

Un momento, Carmen María, solo un minuto.

¿Un minuto? ¡Si ya llevas cuarenta!

Sin responder, di la vuelta a las albóndigas en la sartén. Chisporrotearon; salió el olor a cebolla y ajo dorándose. Tapé la sartén, bajé el fuego y miré el reloj. Faltaban exactamente ocho minutos para sacar el plato principal. Todo calculado de antemano. Como siempre.

Detrás de la pared, las voces resonaban. Era un día especial: treinta y cinco años de casados de Carmen María y Francisco Javier Gutiérrez. Habían venido los dos hijos, las nueras, los cuatro nietos y los vecinos Pilar Moreno y su marido. Desde las cinco, yo estaba en pie, cocinando. Primero la sopa. Luego las ensaladillas: rusa, Mimosa, las bandejas de embutidos. Después empanadillas de repollo, porque Francisco Javier no admitía otras. Luego la crema de verduras. Y las albóndigas caseras, esas con pan mojado en leche. Y tarta. Bolo de hojaldre casero, lo había hecho anoche porque a Carmen María le encantaba y no quería otra en su vida.

Me quité el delantal, lo colgué en el gancho, me arreglé el pelo. Cogí el plato de albóndigas y entré en el salón.

¡Por fin! exclamó Carmen María, sin dirigirse a mí, sino al hueco entre la mesa y la ventana.

La gente celebró mi llegada. Pilar Moreno se apresuró hacia el plato.

Lucía, ¿y la guarnición? preguntó mi marido, Daniel, sin mirarme siquiera; estaba enfrascado en el móvil.

Ahora la traigo.

Volví a la cocina, serví patatas con nata y eneldo. Como les gustan a todos. Como le gusta a mi suegro. Como le gusta a Daniel.

Al entrar de nuevo, estaban riéndose con un chiste de alguien. No mío.

Yo tenía cincuenta y dos años.

Veintisiete de ellos en esa familia. Primero compartimos piso Daniel y yo; luego nos mudamos aquí, a ese gran piso de la familia Gutiérrez en la calle Mayor, cuando nació Carlitos. Dijeron: será más cómodo, los padres ayudarán. Ayuda, poca. Eso sí, mi ayuda, día tras día. Cada fiesta. Cada domingo.

Lucía, trae más pan ordenó Carmen María.

Fui por pan.

Y mostaza, que no falte.

Ya estaba de pie comiendo en la barra. Porque mi sitio en esa mesa siempre era en la puntita, y siempre tenía que levantarme, así que mejor no sentarse.

Luego vino la tarta.

La cortó Carmen María, solemnemente, con Francisco Javier agarrándole la mano. Todos hacían fotos. Los invitados alabaron las capas.

¿Es de pastelería? preguntó Pilar Moreno.

¡Qué dices! respondió Carmen María. Es nuestra, casera.

Nuestra. Bebí un sorbo de té. Callé.

Luego Francisco Javier brindó. Habló de la familia, de la lealtad, de que la verdadera riqueza está en los hijos. Llamó a Carmen María la dueña del hogar. Ella sonrió con modestia. Todos aplaudieron.

Yo aplaudí también.

Después recogí los platos. Lavé la vajilla. Recogí las sobras. Limpié la mesa, la encimera, la vitro. Saqué la bolsa de la basura. Un final más para una fiesta como tantas.

Daniel apareció por la cocina hacia las once, ya con todos marchados.

¿Todo bien?

Todo bien.

¿Cansada?

Un poco.

Asintió, se sirvió un vaso de agua y volvió al salón a ver la tele.

Nada fuera de lo habitual. Pero, a la vez, algo sí había pasado. Algo minúsculo, casi invisible. Como una fisura en un cristal, apenas perceptible… hasta que todo se resquebraja.

Apagué la luz de la cocina. El olor de las albóndigas seguía flotando. Olor a cebolla. Olor a mi día.

Luego me fui a dormir.

Las siguientes tres semanas pasaron como siempre. Preparaba desayunos, comidas, cenas. Lavaba. Planchaba. Iba al mercado. Compraba. Planeaba el menú porque Daniel odiaba las lentejas, mi suegro no quería pescado entre semana, y mi suegra hacía dieta, según le venía en gana. Yo lo tenía todo en la cabeza. Siempre.

Trabajaba como contable en una empresa pequeña. Tres días a la semana. El resto, la casa.

Aquel viernes todo empezó con una tontería.

Para la cena, pollo con nata. Receta infalible; siempre les gustaba. Pero ese día, Carmen María llegó sin avisarcomo solía, con una bolsa de manzanas del pueblo.

Ah, pollo dijo, asomándose a la olla. Otra vez con nata. A Daniel le da acidez, ¿es que no lo sabes?

Es nata ligera, quince por ciento. Él mismo pidió esta receta.

No sé, no sé… Yo lo haría guisado, sin tanta nata.

Como quieras, Carmen María.

La suegra se sentó, encendiendo su móvil.

Por cierto, hablé ayer con Manuela, la vecina antigua. Su nuera trabaja de cocinera en una cafetería. Dice que Manuela come bien en casa, comida hecha al momento.

Esperé la lección.

A lo mejor tú también deberías buscarte un trabajo de verdad. Tres días a la semana, ¿eso qué es? Ni estás aquí ni allí… Y podrías ganar algo más.

Di la vuelta al pollo. La miré.

Gano lo que necesito, Carmen María.

Bueno, bueno, yo solo lo digo.

Ella siempre solo lo decía. Sin discutir, sin malas palabras, sin enfados. Como de pasada.

Tapé la olla, bajé el fuego. Y sentí por dentro una presión. Una más, pero más fuerte que otras veces.

El día siguiente llamé a mi amiga. Gloria Ruiz, amiga del instituto. Vive al otro extremo de Madrid, trabaja en una biblioteca, divorciada desde hace quince años, feliz, dice ella.

¿Gloria, qué tal?

Bien, y tú, Lucía? La voz te suena rara.

Todo bien.

Lucía…

Silencio.

Estoy cansada, Gloria. Solo eso. Muy cansada.

No me aleccionó. Solo preguntó:

¿Vienes?

Algún día iré.

Ven cuanto quieras. Hay té. Y charla.

Sonreí por primera vez en días.

Y entonces llegó esa noche. Aquella.

Fue un sábado. Daniel invitó a su hermano Gonzalo y a su mujer Laura a cenar. Como hace siempre, sin avisar con tiempo.

¿Te importa que vengan Gonzalo y Laura mañana?

¿A qué hora?

Sobre las siete.

Vale.

Ya no pregunté nada. El sábado me levanté a las ocho, fui al mercado. Compré carne, verduras, patatas, berenjenas. Elegí el menú: jamón asado al horno, ensalada griega, crema de calabaza y crepes de requesón. Una cena, como tantas.

A la una, todo en marcha. El jamón en el horno, la crema esperándose, la masa de crepes reposando en el frigo.

A las tres, Carmen María. Sin avisar, por supuesto.

¿Entonces hoy tenéis reunión? Nadie me dijo nada.

Gonzalo y Laura vienen dijo Daniel.

Ya… Carmen María fue directa a la cocina, abrió el horno. ¿Le has puesto especias?

Sí.

¿Cuáles?

Romero, tomillo, ajo.

Uf, a Francisco Javier no le gusta el romero.

Hoy no está invitado.

Silencio. Muy breve. Carmen María contestó despacio:

¿Cómo dices?

Me volví de la olla, calmada.

Hoy la cena es para Gonzalo y Laura. Francisco Javier no está, así que el jamón va con romero. Está más rico.

Mi suegra me miró como si fuera otra persona. Apretó los labios.

Ya… y se fue al salón.

Escuché que cuchicheaba con Daniel. Luego él vino.

Lucía, ¿qué te pasa?

Nada. Estoy en la cocina.

¿Era necesario contestarle así?

No le he dicho nada malo.

Bueno, pues se ha disgustado.

¿Por qué?

No respondió. No había respuesta. Pero me miraba igual que siempre: como si la culpa fuese mía, porque es más fácil así.

Gonzalo y Laura llegaron a las siete; risueños, trayendo vino y una caja de bombones de una pastelería con nombre francés. Todo salió bien. El jamón, jugoso y dorado. La sopa con nata y nuez moscada, todos repitieron.

Lucía, tú sí sabes cocinar dijo Laura, medio tumbada ya.

Gracias.

En serio, yo no podría. Me da pereza.

Todo es ponerse.

Anda ya, aquí vivimos con comida a domicilio Laura se rió.

Pues vivís tan bien como nosotros contestó Gonzalo.

Y vosotros también dijo Laura mirando la mesa. Mira cómo se lo curra Lucía.

Se lo curra. Recogí los platos. Preparé los crepes, puse a calentar el agua para el té.

Siéntate, Lucía insistió Laura, deja de moverte.

Me senté. Me serví un poco de té. Un crepe.

Oye dijo de repente Gonzalo a Daniel, ¿es verdad que queréis reformar la cocina? Lucía, ¿es cosa tuya?

Lo hablamos contesté con cautela.

Mamá dice que tú quieres cambiarlo todo y ella no.

Carmen María vive en su casa, yo aquí. Cocinas distintas.

Tiene lógica opinó Gonzalo.

No te creas saltó Daniel. Esto sigue siendo su casa.

Le miré.

¿De quién es esta casa, Daniel?

De sus padres. Lo hicieron todo aquí.

Llevamos veinte años viviendo aquí.

Bueno, y qué.

El silencio pesó sobre la mesa como el mantel. Laura miró su taza. Gonzalo se sirvió otro crepe.

Están riquísimos dijo él.

Nadie volvió a sacar el tema.

Esa noche no dormí. Miraba al techo. Daniel roncaba a mi lado. Yo, dando vueltas y vueltas a esa frase: “Sigue siendo su casa”. Suya. No nuestra. No tuya. Solamente suya. De otro.

Veinte años cocinando, limpiando, planchando, arreglando. Veinte años oliendo mi esfuerzo. Pero siempre ajena.

Por la mañana me levanté como siempre, hice café, preparé avena.

Todo siguió igual dos semanas más.

Hasta esa cena, el aniversario de boda. Treinta y cinco años.

Preparé todo dos días antes. Menú acordado con Carmen María. Quería de todo: sopa, dos platos principales, dos ensaladas, empanadillas al horno favoritas de Francisco Javier y tarta. Pregunté cuántos seríamos. Carmen María: catorce o quince, ya veré.

Aclaró el viernes por la noche: diecisiete.

Reconté compras. Volví al mercado, a por más.

El sábado, en pie a las cuatro. La sopa en la nevera desde el viernes a las diez. Estaba bien cuajada, transparente.

Luego, la masa para empanadillas. Me encanta sentir la masa, cálida, sabia, flexible, oliendo a levadura. Mi madre me decía: “La masa te lo pide, ya verás cuándo está lista”.

Mi madre ya no está, hace ocho años.

Amasando, pensaba en ella. En cómo canturreaba de pie en la cocina, harina hasta en los codos. Viejas canciones que nadie recuerda.

A las diez, empanadillas listas. A las doce, las ensaladas. A las dos, lo del horno. Todo preparado.

Los invitados llegaron a las tres.

Recibía, cogía abrigos, ofrecía asiento, servía aperitivos. Iba controlando el horno, la tetera, las preguntas, el tomate del sofrito.

Lucía, ¿puedes ir sirviendo las empanadillas? me pregunté en voz alta, porque nadie más iba a hacerlo. Todos en la mesa.

Las llevé. Felices por ellas.

¡Hechas en casa! exclamó una invitada, Nieves, vieja amiga.

Hechas por Lucía comentó Gonzalo.

¡Una joya! añadió Nieves, y enseguida se giró a Carmen María. Tienes una nuera de oro, cuídatela.

Bueno, se apaña respondió Carmen María.

Regresé a la cocina.

A las cuatro, saqué la carne al horno, plato grande, a dos manos. Empujé la puerta con el hombro y entré.

¡Por fin! proclamó Carmen María a todos. Ya pensábamos que nos habías olvidado.

Risas. No malintencionadas. Pero risas.

Dejé el plato, miré a mi suegro.

Qué pinta dijo Francisco Javier. Muy bien.

Lucía, ¿las patatas van aparte? preguntó Daniel.

Ahora las traigo.

Vuelta a la cocina.

Y justo entonces escuché la frase. Nieves preguntaba a Carmen María. En la pausa se oyó claro.

¿Y Lucía, qué es de profesión?

Contable respondió mi suegra. Trabaja tres días o así. Pero su sitio es la cocina, ahí es donde está bien.

“Su sitio es la cocina. Allí está bien”.

Me detuve en el umbral. De espaldas al salón, de cara a la vitro.

Nieves rió con un cof, casi una tos.

Alguien tendrá que cocinar…

Eso digo yo asintió mi suegra.

Un segundo más. Cogí la fuente de patatas. Volví. La dejé en la mesa.

Gracias, Lucía dijo alguien.

Asentí. Me acomodé al filo de siempre. Me serví agua. No vino, agua.

Comí en silencio. Respondía si me hablaban. Sonreía. Recogía platos, traía los siguientes, troceaba tarta. Y la frase seguía: “Su sitio es la cocina”.

Esa noche tampoco dormí.

Una y otra vez, dándole vueltas. Sin rabia. Observándola. Su sitio en la cocina. Veintisiete años. Madrugones, harina en las manos, masa, platos para diecisiete personas. Unas manos que nadie ve. Solo el resultado.

¿Adónde lleva mi camino? Aquí, donde se repite todo veintisiete años.

Daniel dormía. Lo miré en la oscuridad. Su cara tranquila, tan familiar. Sabía más de él que él mismo. Que no aguanta el calor. Que le duele el hombro de una vieja lesión. Que odia las lentejas, pero las come si tiene hambre. Que en el fondo es bueno. Solo que no ve. Nunca ve nada.

Me levanté en silencio. Me puse la bata. Fui a la cocina.

Encendí la luz. Puse agua a hervir para el té.

Todo limpio. Ordenado. Limpio por mí. Hoy, como siempre.

Me serví una taza de té. Abrí el móvil. Busqué el chat con Gloria.

Escribí: “¿Duermes, Gloria?”

Minutos después: “No, estoy con una novela. ¿Qué pasa?”

Miré la pantalla. Escribí: “Nada. Que quiero ir a verte. ¿Puedo mañana?”

Gloria contestó al momento: “Por supuesto. Te espero”.

Por la mañana, café. Desayuno: huevos, tostadas, tomates cortados. Puse la mesa. Daniel se sentó, aún medio dormido.

Buenos días.

Buenos días contesté.

Le serví el café, lo dejé al lado del plato. Le miré.

Daniel, necesito hablar contigo.

Ajá murmuró, cogiendo el tenedor.

Quiero irme unos días.

¿A dónde?

A casa de Gloria. Unos días.

Alzó la vista.

¿Para qué?

Para descansar.

Me observó. Luego, se encogió de hombros.

Vale, vete. ¿Y yo qué hago?

En la nevera tienes albóndigas. La sopa de ayer. Hay croquetas congeladas.

¿Y luego?

Te las apañas.

Me fui el domingo por la tarde. Una maleta pequeña. Nada más.

Gloria me recibió con un abrazo: ni preguntas, solo cariño.

Vamos a por un té dijo.

Nos sentamos en su cocina pequeña, acogedora, con geranios en la ventana y una lámpara con pantalla vieja. Preparó té con melisa, sacó galletas. Charlamos horas y horas. Yo hablé mucho, sin orden ni concierto, a trompicones a veces.

Y ¿sabes? acabé diciendo, ni siquiera estoy enfadada. Solo agotada. No del trabajo, de ser invisible.

Te entiendo dijo Gloria. Muy bien, además.

¿Y qué hago ahora?

No lo sé. Pero seguro que no volver deprisa.

Asentí. Apreté la taza. El calor del té, real.

A los tres días llamó Daniel.

¿Vas a volver?

No sé aún.

¿Cómo que no? La nevera está vacía.

Vete al mercado.

Silencio.

No sé cocinar.

Hazte unos huevos.

Bueno, huevos sí.

Pues eso.

Colgué. Podía hacerlo. Por primera vez en mucho tiempo reí.

A los cuatro días, Gloria sugirió:

Una conocida trabaja en una escuela de cocina. Buscan profesor de repostería y cocina casera. Es para una sustitución, pero igual es más largo. ¿Quieres conocerla?

La miré dudando.

No soy profesora.

Cocinas mejor que cualquier profesor. Llevo veinte años viéndolo.

Igual piden títulos.

Habla primero. Luego decides.

Dos días después, estaba en una sala de la escuela Sabor y Tradición, frente a la directora, Ana Beltrán, una mujer enérgica de unos cuarenta y cinco.

Gloria dice que eres muy buena cocinera. ¿Qué sabes hacer?

Me detuve a pensar.

Cocina tradicional española: guisos, masas, hojaldres, carnes, conservas, sopas. Algo de pastas y cocina europea.

¿Las masas tú sola?

Siempre. Nada de preparado.

Ana esbozó una sonrisa.

Bien. Haz una clase de prueba. Si gustan, contrato.

Clase de prueba el viernes: pan casero de masa madre.

No dormí el jueves. Pensando: esto es una locura, yo no he enseñado a nadie. ¿Qué dirán Daniel o Carmen María?

¿Y qué más da lo que digan?

El viernes llegué. Ocho personas. Mujeres sobre todo, una de mi edad, otra jovencísima. Miraban curioso.

Saludé. Tomé el bol, eché harina.

Empezaremos por lo básico. Un buen pan no va del todo en la receta. Es sentir la masa con las manos. Mostré cómo. Aquí, cuando ya no pega y está elástica, ese es el punto. Ningún reloj sustituye a la mano.

Hablaba, amasaba, explicaba. Mostraba cómo plegar la masa. Cómo saber el punto. La importancia del agua, del reposo.

La joven preguntó:

¿Y si no sale a la primera?

A la tercera saldrá respondí tranquila. La masa no se enfada.

Se rieron, a gusto.

Ana, la directora, nos observaba desde la puerta.

Al acabar, se acercó.

Sabes comunicar.

Nunca lo pensé.

Precisamente por eso. Cuando uno no lo piensa demasiado resulta natural. ¿Firmamos contrato?

El lunes lo firmé.

Tres clases semanales. Buen sueldo; mejor que el de contable.

Pedí excedencia en la empresa.

Luego llamé a Daniel.

He encontrado trabajo. Doy clases en una escuela de cocina.

¿Qué? ¿Una escuela? ¿Y cuándo vuelves?

No lo sé aún.

¿En serio, Lucía?

En serio.

Un silencio largo.

Mi madre dice que tenías algo, que te has enfadado por algo.

No me he enfadado. Estoy agotada.

¿De qué?

Silencio. Busqué palabras simples.

De no existir, Daniel. Veintisiete años sin verme. Hay albóndigas, camisas limpias, mesa puesta. Pero no estoy yo.

Silencio.

Lucía…

No te acuso. Sólo lo digo como es.

No supo qué decir.

Te llamo luego dijo.

Vale.

Pasaron dos semanas más. Vivía en casa de Gloria. Cocinaba porque me salía. Gloria siempre me daba las gracias. Sinceras.

Un día dijo:

Estás cambiada.

¿Sí? ¿En qué?

No lo sé. Más serena. Menos apresurada.

Me lo pensé.

Supongo.

En la escuela me esperaban ya. Los cursos se llenaban rápido. Ana, la directora, dijo que varias mujeres se apuntaron por mi clase.

Se nota lo que das comentó. Eso no se enseña.

Yo ponía esfuerzo, sí. Pero ahora la gente lo notaba.

Daniel vino al final de la segunda semana. Avisó antes. Gloria, discreta, fue a la biblioteca. Hablamos en su cocina.

Lucía, vuelve a casa.

Le miré. Había adelgazado. Se le veía cansado.

¿Para qué?

Tu casa, tu familia. Estoy solo.

Llevas solo tres semanas. Yo estuve sola veintisiete años.

Él bajó la vista.

No lo entendía.

Ya.

¿Entonces se acabó? ¿No me perdonas?

Suspiré.

No hay nada que perdonar. No estoy enfadada, es que ya no puedo volver a lo de antes. Es como un vestido que me queda pequeño.

Guardó silencio.

¿Y ahora qué? ¿Nos divorciamos?

No lo sé, quizá no. Pero será diferente. Trabajo. Y en casa no seré la criada. Ni para ti ni para tus padres.

Mi madre no quería hacerte daño.

No hablo de daño. Hablo de lo que dijo. “Su sitio es la cocina, ahí está bien”. ¿Sabes lo que eso significa?

Alzó la mirada.

Lo oíste.

Lo oí. Y más cosas. Durante veintisiete años.

Silencio.

No estuvo bien, tienes razón reconoció. No debió hacerlo.

Gracias.

Y yo tampoco. No me di cuenta.

Ya.

Le miré. Por un rato se parecía a aquel Daniel años atrás: perdido pero sincero.

¿Qué hago ahora? dijo.

No lo sé. Pero si quieres cambiar algo, empieza por lo básico. Aprende a hacer sopa.

Casi sonrió.

¿En serio?

En serio. Es fácil. Cebolla, zanahoria, patata… Te lo explico. Ahora soy profesora.

Me observó un buen rato. Luego preguntó:

¿Volverás?

Pensé de verdad. En la casa de la calle Mayor. En el olor a aceite por la mañana. En Daniel, la vida juntos. La vida, que no es perfecta, pero es vida. Que tengo cincuenta y dos años. Ni dieciocho, ni noventa.

Quizá. Pero no ahora. Necesito tiempo.

¿Cuánto?

El que necesite.

Se marchó. Yo me quedé a la ventana. Los geranios vivos, el otoño cayendo fuera.

Me levanté. Abrí el frigorífico. Saqué harina, mantequilla, huevos. Me puse a hacer masa. Por mí.

La masa estaba cálida. Viva. Se adaptaba a mi palma.

Amasé, pensando… en nada.

Un mes después, Ana me ofreció puestos fijos.

Quiero que te quedes, no solo de sustituta. Tres cursos semanales y un monográfico al mes. Aquí tienes las condiciones.

Las leí. Salario digno, libertad.

Acepto.

Firmé. Salí a la calle. El aire frío de Madrid me llenó los pulmones.

Llamé a Gloria.

Me queda el puesto fijo.

¡Lucía! casi gritó. ¡Bravo! ¿Lo celebramos?

Por supuesto. Hoy cocino yo.

¡Cómo no!

Sonreí.

Con Daniel hablé varias veces. Tranquilos. Llamaba a menudo. Contaba lo que cocinaba. Primero huevos. Luego pidió receta de cocido. Le di indicaciones. Llamó varias veces: que cuánta morcilla, y cuándo echar el garbanzo, y por qué le salía soso.

Quizá mucha agua, Daniel.

Echaba un vaso, como dijiste.

¿Vaso grande o pequeño?

Pausa.

¿Eso importa?

Me reí. Él también.

A finales de octubre apareció con flores. Crisantemos, otoñales. Sabía que me gustan, pero nunca los había traído, porque nunca hacía falta. Ahora sí.

Son preciosos le dije.

Lo sabía.

Tomamos té. Hablamos. De todo y nada. De los nietos. De que Gonzalo y Laura quizá se mudan. De que Francisco Javier había estado enfermo, pero mejoraba.

Entonces Daniel dijo:

Mi madre quiere hablar contigo.

Me quedé en silencio.

En serio. Algo le ha cambiado. Desde que te fuiste cocina ella, hizo una empanada no salió bien, pero la hizo.

Miré la taza.

Eso está bien.

Y reconoce que estuvo mal contigo. Aquel día, delante de todos. Dice que se equivocó.

Me alegro que lo entienda.

¿Hablarás con ella?

Le miré.

Cuando me vea con fuerzas. No hoy.

Vale.

No me apuró. Eso era nuevo. Antes siempre metía prisa. Parece que aprendía a esperar.

Al irse, en la puerta:

Lucía.

Sí.

Tenías razón. Todo este tiempo. Yo no veía. Y está mal.

Lo miré.

Lo sé.

Lo siento.

Asentí. No le dije que no pasaba nada. Porque no era cierto. Pero quizá, algún día, llegaría a estar bien.

Llámame mañana le pedí. Me cuentas cómo sale el cocido.

Hecho.

Cerró la puerta.

Me quedé en la entrada. Fui a la cocina. Puse agua. Miré Madrid por la ventana: las farolas ya lucían, cálidas.

Pensé en que pasado mañana tenía clase. Tema nuevo: masa quebrada. Se debe trabajar con manos frías, para que la mantequilla no se ablande. Una sutileza que muchos no captan y estropea la textura.

Sabré explicarlo. He aprendido.

El agua hirvió. Preparé té. Me senté junto a la ventana.

Allí, en la ciudad, estaba mi vida. La de antes y la de ahora, entrelazándose. No sé si volveré a la calle Mayor. O me quedaré aquí. O buscaré algo nuevo.

Pero esa noche, sentada a la mesa de Gloria, con mi sueldo propio, enseñando a sentir la masa, eso era real.

Eso me bastaba.

Al día siguiente, Daniel llamó a la hora de comer.

El cocido dijo.

¿Y bien?

Me ha salido. Hasta tiene color.

Entonces no te pasaste de agua con los garbanzos.

No. Lo hice como decías.

Bien hecho.

Pausa.

Lucía, ¿cómo estás?

Bien contesté. Y, por fin, era verdad.

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