Él vagaba por Madrid bajo el parpadeo de luces antiguas, tambaleante y ausente, empapado en Rioja y preguntas. ¿Hacia dónde iba? Ni le importaba. Sus pasos conocían las aceras mejor que su mente, y quizá le llevaran directos a casa. Iba enfrascado en temas más graves: filosofaba consigo mismo, a media voz.
¿Por qué, por qué tengo yo esta vida? se lamentaba mientras la brisa le zarandeaba la chaqueta. Veintisiete años y los amigos llevan a sus críos al colegio. A mí, cada chica me abandona como mucho al mes. En el mejor de los casos ¿Soy borde? No lo sé Bueno, sí, un poco brusco, pero así ha de ser un hombre rió Nicolás, hablándose al reflejo cortado de una farola. Lo único bueno que me ha salido es el negocio. Millonario, no, pero para vivir bien, suficiente.
De repente se detuvo, apretó la cabeza entre las manos y los ojos se le llenaron de lágrimas.
Tanto dinero gastado en ese médico y al final: Lo siento, no puedo ayudarle. Aquí tiene la dirección de un especialista de Madrid, pero dudo que sirva de nada. Iré mañana, qué remedio decidió Nicolás mientras el mundo giraba tenuemente a su alrededor.
Llegó a un puente sobre el Manzanares, miró hacia el río oscuro y susurró:
¿Y si me lanzo? El fondo será hondo Final sencillo se acercó aún más. No, qué va. Hace frío. Además, Sócrates no ha comido. Mejor a casa.
Siguió andando cuando vio a una joven plantada justo en medio del puente: mochila en el pecho y un pequeño bebé dentro, la noche pegada a su rostro. La joven subió a la barandilla, pies descalzos al abismo, los brazos abiertos.
Nicolás, sin pensar, corrió hacia ella y la abrazó con fuerza, bajándola al suelo. Cayeron juntos a las losas frías. El niño estalló en llanto.
¿¡Estás loca!? gritó Nicolás, súbitamente sobrio.
¿Qué quieres? ¡Déjame en paz! sollozó la muchacha.
Me ha parecido que tenías prisa por irte señaló al niño. Y él no tiene culpa de nada. Anda, levántate y vete con tu madre, tu marido, lo que sea.
No tengo marido, ni madre, ni casa. No tengo nada respondió vacía.
¡Vaya! Lo que me faltaba sin embargo, la ayudó a ponerse en pie. Vamos.
No pienso ir a ningún lado contigo. ¿Y si eres un loco?
Mira, suicidarte puedes otro día. Pero ¿el loco te da miedo? Anda, camina tiró de su brazo, avanzando.
***
Avanzaban bajo la luz temblorosa, el llanto del bebé les perseguía como una campana rota. Nicolás se impacientó.
¿Por qué llora tanto?
¿No ves que tiene hambre? ella acurrucó al pequeño.
Dale leche, entonces.
No tengo ni leche ni euros.
Ni idea, tampoco Nicolás miró a alrededor. Mira, ahí hay un supermercado abierto. Vamos, compro leche.
***
La cajera y el guardia de seguridad les escrutaron con sospecha. Nicolás cogió la cesta, estiró el cuello.
Vamos se dirigió a la cajera. ¿Dónde está la leche?
Por ahí respondió con desgana.
En la sección refrigerada, Nicolás ordenó:
Coge la que necesites.
Ella eligió un cartón pequeño.
Coge más, mujer. Lo que haga falta. Y ¿qué más?
Pañales.
¿Eso qué es?
Ahí, a la derecha por fin sonrió tímidamente.
Llévate los que quieras, venga.
¿Y algo de toallitas húmedas?
Allá van.
En la caja, Nicolás pasó la tarjeta.
Solo aceptamos efectivo, señor.
Sacó un fajo arrugado de billetes de cincuenta euros. Pagó con uno.
Sin cambio la cajera, seca.
Pues dámelo en chocolate, anda y señaló a una tableta.
***
Ya en su piso, la mujer miró a su alrededor, sorprendida. Nicolás se quitó los mocasines, tiró una dorada en la cocina para Sócrates, el piso y ronroneante gato, y abrió el zumo de naranja, bebiendo de un trago. Se volvió hacia la invitada:
Dormirás aquí indicó con el dedo. Cocina, baño, el salón Yo me largo a dormir.
Iba a irse, pero se frenó en seco.
¿Tú cómo te llamas?
Inés.
Yo, Nicolás.
***
«Parece que no es un criminal», pensó mientras entraba en la cocina. Encendió el hornillo y puso agua a hervir. «¡Madre mía! Por poco me suicido. Menuda gilipollez Si no es por este loco ¿Qué habría hecho con Mateo por la calle? Nos habríamos helado. Mañana seguro que nos echa, pero esta noche al menos estaremos calientes.»
El agua bullía. Inés corrió al cuarto, recostó al bebé en la cama y sacó un biberón diminuto de la mochila. Regresó, lo lavó, echó leche y la templó. El niño bebió con ansia, succionando hasta dormirse. Lo limpió con una toallita húmeda y le puso un pañal.
Después de lavarse y pasar por el baño, volvió a la cocina y se acordó de que hacía días que no comía. Abrió la nevera; cogió un trozo de chorizo y lo devoró. Mientras masticaba, cortó pan, queso y jamón.
Saciada, sintió que no había sido muy educada, pero terminó encogiéndose de hombros y se echó junto a su hijo y cayó en un sueño inmediato y profundo.
***
Amaneció. Un par de veces se levantó a alimentar a Mateo, que con ocho meses no dejaba de pedir comida. Escuchó en sueños cómo el dueño de la casa se levantaba y ahora andaba ya por la cocina.
«Ya está, se acabó», murmuró para sí al levantarse sin hacer ruido.
Él revolvía algo al fuego. Inés se lavó rápido, entró y se sentó.
¡Siéntate! Hago huevos revueltos ahora mismo.
Mejor siéntate tú le desplazó suavemente. Que yo me arreglo. Sacó eneldo fresco, picó y espolvoreó los huevos, limpió los vasos y preparó café.
Durante todo esto, él hablaba por teléfono, mandaba, discutía. A Inés le daba la impresión de que para él era un mueble más. Comieron en silencio. Al terminar, se irguió.
Inés tembló.
«Ya está, ahora nos echa».
Inés, escúchame bien. Me marcho una semana. Lo más importante: alimenta al gato, Sócrates. Por nada le des pienso barato: solo pescado fresco, carne de la buena. No entres en mi despacho. En el resto de habitaciones, haz lo que quieras.
Del dormitorio brotó un llanto. Inés corrió escaleras arriba, con una mirada de incertidumbre.
¡Ve! asintió Nicolás.
Unos minutos después, regresó con Mateo. Nicolás dejó varios billetes en la mesa.
Esto debe bastar para la semana indicó señalando el dinero. Me voy.
Se volvió, pero Mateo, con las manos abiertas, emitió algo que sonó a «pa-pá». Tal vez se lo imaginó Nicolás, pero algo se le estrujó dentro. El padre que nunca sería.
Inés, ¿puedo cogerle? preguntó, sorprendiéndose a sí mismo.
Claro esbozando una sonrisa, le tendió al niño. ¿Nunca has cogido un bebé?
Jamás.
Así, mira.
Mateo gorjeó, agitando los brazos. Nicolás lo contempló, hipnotizado.
«Nunca tendré un hijo», pensó con amargura, devolviéndolo a su madre.
Y salió de casa.
***
Después de ver al especialista del Barrio de Salamanca, la sentencia fue definitiva: jamás tendría hijos. Caminó cabizbajo por las aceras de vuelta a su piso.
«¿Para qué quiero tanto dinero, un piso de cuatro dormitorios, un todoterreno? Un hombre gana dinero para la familia Pero aquí siempre está todo patas arriba y el coche, medio vacío.»
Entró serio y se paró en seco. Todo olía a limpio. Al fondo, la mujer lo miraba con una sonrisa tímida. Y tras ella, las manitas de Mateo de nuevo en alto: «¡Pa-pá!»
La bolsa cayó de sus manos. Solo pudo correr hacia el niño.







