Mi compañero de piso me puso un ultimátum: “¡No aguanto más! gritó en cuanto me vio entrar. ¡Estoy harto de ese gato viejo!”… y lo eché fuera de casa no era el hombre adecuado…
El recibidor quedó sumido en el más absoluto silencio. Él se marchó, dando un portazo que retumbó por toda la casa. Ya no colgaba su chaqueta en la percha, su intenso perfume desapareció como si se lo llevara el viento, y quedó libre un hueco en la zapatera, como si alguien hubiese arrancado de golpe un trozo de vida ajena.
Respiré hondo y bajé la mirada. Justo a mis pies, con las orejas pegadas hacia atrás y arrastrando un poco una pata trasera, se encontraba Lorenzo. Quince años vividos y seis kilos de lealtad incondicional.
Bueno, viejo amigo susurré, agachándome para acariciar su pelo, ya algo áspero y sin tanto brillo como antes. Parece que, una vez más, hemos salido adelante.
Lorenzo me contestó con un breve y rotundo “mrr”.
Un gato con pasado y el espejismo del compromiso
Rubén apareció en mi vida hace poco más de seis meses. Nos entendimos enseguida y, casi sin darnos cuenta, decidimos convivir. Lorenzo no era ningún secreto: en todas nuestras citas yo hablaba de él, de sus rarezas, y Rubén no hacía más que sonreír y asentir. “A mí los animales me caen bien”, aseguraba.
Pero Lorenzo tenía una historia. Lo recogí siendo apenas un cachorro, empapado bajo una tormenta en las calles de Madrid. Con él he compartido alegrías, pérdidas, y momentos en los que mi vida cambió por completo. Es el testigo silencioso de mis días, guardián de todos mis secretos. Ahora, con quince años, padece insuficiencia renal, sigue una dieta estricta y las visitas al veterinario y los tratamientos ya forman parte de nuestro día a día.
Desde que Rubén se instaló en mi piso, su amor por los animales se fue disipando.
Primero era sutil: “¿Por qué duerme a tus pies? No es higiénico”. “¿Merece la pena gastar tanto en veterinarios? Es solo un gato, podrías adoptar uno nuevo”.
Yo intentaba suavizar los roces: cambiaba las sábanas más a menudo, compraba arena cara, le daba la medicación cuando Rubén no estaba. Me convencía de que así es como las parejas superan sus diferencias.
El momento de la elección
El martes llegué tarde del trabajo y Rubén ya había vuelto a casa. Al entrar, noté el fuerte olor a lejía y escuché gritos.
Lorenzo había vomitado sobre la alfombra nueva del dormitorio, esa que Rubén había comprado hacía apenas unos días. Era incómodo, sí, pero nada irremediable.
Rubén estaba en mitad de la habitación, rojísimo de rabia, señalando al gato que temblaba bajo la cama.
¡No puedo más! espetó en cuanto me vio . ¡Estoy harto de este gato!
Me quité el abrigo en silencio y empecé a explicar lo que para mí era evidente.
Es un ser vivo. Lleva quince años conmigo. Está enfermo dije mientras cogía el producto de limpieza.
¡Me da igual! Yo quiero vivir cómodo y limpio. Elige: o yo, o esta vieja bola de pelos. Esta noche decides: lo duermes o lo das, si no, yo me marcho.
Me enderecé apretando fuerte el trapo de limpiar. Rubén esperaba lágrimas y súplicas, pero opté por otra cosa.
No hace falta esperar a la noche dije con tranquilidad. La maleta está en el armario de arriba. Tienes quince minutos.
¿En serio? ¿Me echas por un gato? ¿De verdad prefieres quedarte solo a los cuarenta con este…?
El tiempo corre ya.
Se puso a meter sus cosas en la maleta, repartiendo reproches por toda la casa. Yo permanecí callado: con cada palabra suya, mi decisión era más firme. Lorenzo, mientras tanto, no se movía de debajo de la mesa de la cocina, callado y paciente.
Rubén cerró la maleta y se volvió hacia mí.
Clara, por favor, no exageres. Ha sido un calentón. Hablemos dijo, bajando la voz. ¿Y si lo llevamos a casa de tu madre? De verdad, este olor…
No, le corté. El problema no es el olor, Rubén. El problema es que me has obligado a elegir.
Cuando escuché cómo se cerraba la puerta, fui a la cocina y me serví un vaso de agua. Lorenzo salió de su escondite, se acercó, me rozó la pierna con la cabeza húmeda, y soltó un breve y rotundo: “Miau”.






