Este suceso tuvo lugar en el ya lejano año 1995. Por aquel entonces yo estudiaba en la Academia General Militar de Zaragoza, y en mitad de una jornada lectiva, me hicieron salir de clase de inmediato y me ordenaron presentarme en el despacho del director. En el despacho, presidido por aquella luz sobria y repleta de retratos de oficiales ilustres, se encontraba una mujer. Se la veía completamente abatida, el rostro empapado de lágrimas que secaba una y otra vez con un pañuelo de tela.
El director de la academia era un general con mucho temple, un militar de los de antes, curtido en las misiones en Bosnia. Era un hombre estricto, pero ante todo justo y en quien todos sentíamos un profundo respeto y también algo de temor. Pero jamás lo había visto con esa mirada.
Se acercó a mí y me dijo, casi derrotado:
Hijo, hoy te hablo como a un compañero, no como a un subordinado. Necesito tu ayuda.
Dígame, general, estoy a su disposición respondí con firmeza, sin dudarlo un instante. ¿En qué puedo colaborar?
Mi sobrino está muy grave prosiguió el general. El año pasado terminó aquí en la academia; seguro que le conoces. Luego empezó Medicina en la Universidad Complutense de Madrid, pero algo le ha pasado. Nuestra última esperanza es tu abuelo. Quiero que nos ayudes; a lo mejor él acepta ver al chico y descubrir qué le ocurre.
No hice ni una sola pregunta. Llamamos enseguida a mi abuelo y, en menos de un cuarto de hora, ya íbamos rumbo a su piso, a toda prisa, en el SEAT negro del general. Por fortuna, mi abuelo tenía el primer día de vacaciones y conseguimos pillarlo en casa, apenas media hora antes de que saliera hacia su casa del pueblo en la Sierra de Madrid.
El paciente venía con nosotros. Aunque le conocía personalmente, fui incapaz de reconocerle. Sus ojos vacíos, la mirada perdida… parecía sumido en otra realidad. No negaré que llegué a sentir un escalofrío.
Llegamos enseguida. Subimos al piso, y mi abuelo nos recibió escuchando atento los sollozos y el relato de la madre del chico.
Siete meses antes, su hijo había empezado la carrera de Medicina. De forma repentina, sufrió una crisis extraña durante una clase. Lo ingresaron en el hospital militar, lo examinaron de arriba abajo y no hallaron explicación. Apenas le dieron el alta, el ataque se repitió. Luego una y otra vez… Nadie acertaba a dar con la causa. La última esperanza era mi abuelo, reconocido como uno de los mejores neurólogos y psiquiatras de España.
Y aquí llegó lo curioso. Mi abuelo se llevó al chico a su dormitorio y, quince minutos después, salió sin él.
Ya está. Pueden ir tranquilos a casa le dijo a la madre y al general, con esa calma suya tan seca.
¿Pero y mi hijo? ¿No necesitará tratamiento? la mujer, nerviosa.
Marchad, id tranquilas. Nosotros nos vamos al pueblo. Tengo que cortar leña, y no se me ocurre mejor ayudante que este mozo tan fuerte respondió mi abuelo, con su típico humor recio.
Casi a rastras, nos consiguió despedir. Y él, sin más, se marchó con el paciente a su casa de la sierra.
Un mes más tarde, el general volvió a llamarme a su despacho. Allí estaba la misma mujer, esta vez con una sonrisa que lo iluminaba todo. A su lado, el que había sido paciente, completamente diferente, aspecto saludable, vigor renovado. Me dio la mano, agradeció mi ayuda, y lo propio hicieron el general y su tía. El joven a quien nadie daba solución estaba recuperado en menos de treinta días. Para ellos fue un milagro. Si supieran cuántos así logró obrar mi abuelo en vida…
Con el tiempo, le pregunté a mi abuelo qué le ocurrió realmente al muchacho. Me explicó que, tras una sobrecarga mental descomunal debida a la exigencia del primer curso de Medicina, su mente colapsó: el cerebro saturado de información simplemente se apagó, como si dejara de registrar todo lo que recibía. Mi abuelo lo entendió al vuelo y optó por una terapia radical: llevarle al campo, ponerle a cortar leña y relegar cualquier tipo de esfuerzo intelectual.
El chico se levantaba a las ocho de la mañana, se daba una ducha fría, desayunaba y se iba a romper troncos al patio. Así, mañana y tarde, durante casi un mes, solo interrumpido por las comidas y la cena. Mi abuelo lograba agotarlo tanto, que al acabar la jornada se desplomaba en la cama, durmiendo a pierna suelta. Y tras un tiempo, su mente descansó al fin y acabó funcionando mejor que nunca.
Durante toda la recuperación, mi abuelo no le dio ni un solo medicamento. Solo trabajo físico, duro y constante.
Y así fue toda la historia. Una de esas que marcan para siempre.




