Necesito una mujer que no tenga más de cuarenta y dos años, eso como máximo. Aunque, en realidad, si aparenta treinta y cinco, aún mejor. A los cincuenta, eso ya es distinto, ¿lo entiendes, Jaime? Busco a alguien con chispa y energía, no a una coetánea.
Vamos, que yo tampoco soy Miguel Bosé, pero por dentro tengo veintiocho. Además, a los hombres, la edad nos sienta bien, ganamos en valor; pero una mujer bueno, ya sabes.
Con mi amiga Maite nos habíamos quedado en una terracita de Avenida de América tras pilates. Repasábamos la nueva dieta, y de repente, el monólogo de un tipo de la mesa de al lado rompió nuestro hilo de conversación, como si el mismísimo Ramón del Valle-Inclán hubiera tomado forma y se lanzara a actuar.
¿Lo has oído? murmuró Maite, sofocando una risita. Debe de pensar que sube de cotización, cuando en realidad está en liquidación.
Shhh, le susurré con una sonrisa. Escuchémosle, esto es puro teatro del absurdo.
Nuestro protagonista seguía, ajeno a las miradas.
Yo, por ejemplo, no como las sobras de ayer, por principios. Una mujer debe cocinar cada día comida fresca. Ahora, mientras esté soltero, me apaño con una tortilla francesa. Pero cuando hay pareja, que sea en serio: gazpacho, albóndigas, empanada. Y delgadita, que a mí me gustan los contrastes: yo serio, ella menuda.
¿Y los hijos, Paco? preguntó su compañero, mirando de reojo el serio abdomen del orador. Los tuyos ya han terminado la universidad, y pronto tendrás nietos
Descendencia no necesito. Busco a una compañera, para el alma y para el cuerpo. Que quiera ir a la Sierra, al campo, o al menos escaparse el fin de semana a la casa del pueblo
Por poco no me atraganto con el zumo. ¿La Sierra? Este hombre no debe haber pasado de ir al kiosco a por el Marca.
Maite, apostamos a que se presenta? musité, con una ceja alzada.
¿En serio, Vera? Si ni de broma aparentas menos de cuarenta
Shhh me llevé el dedo a los labios. Es un experimento social. Necesito entender cómo funciona la lógica onírica masculina.
El acercamiento sucedió como quien se encuentra una cabra montesa en la Gran Vía: natural, inevitable, extraño. Intercambiamos teléfonos; esa noche, ya charlábamos por WhatsApp como viejos amigos.
En Internet se ocultaba bajo el nick de LoboMacho48.
La foto: diez años atrás, metiendo tripa, con un Audi de fondo y una mirada que intentaba ser segura.
A los pocos días, Francisco me invitó a quedar en la Plaza Mayor.
Apareció trajeado, botoncillos tirantes, tripa orgullosa abriéndose paso, y una sonrisa que no dejaba claro si era galantería o dolor de muelas.
Verónica dijo, hoy luces simplemente deslumbrante.
Gracias, Paco respondí sin mirar. Tú tampoco estás nada mal.
Quedamos varias veces. Para mí, todo era un entrenamiento de teatro del surrealismo puro: escuchaba cómo narraba su imperio de negocios (el puesto de encurtidos en el mercado), que casi tenía un coche nuevo (pero mejor invertir en futuro), y su pasión por la armonía doméstica.
Paseábamos por El Retiro, veinte minutos después ya resoplaba, justificándolo como ejercicio de respiración consciente.
Llegó la hora crucial.
Francisco, amorosamente aletargado tras una buena fabada y mis simpáticos halagos, decidió sincerarse.
Verónica, dijo, tomándome la mano, eres perfecta: joven, hábil, elegante. Pero tengo que confesarte una cosa: no tengo cuarenta y ocho.
¿No? ¿Entonces cuántos?
Cincuenta y cinco su voz se quedó suspendida en la atmósfera de jamón ibérico. Pero me conservo bien, ¿verdad?
Desde luego, Paco bromeé. No aparentas más de cincuenta y cuatro. Además, siempre me han gustado los hombres experimentados.
A eso, él se expandió como nata montada de tarta de cumpleaños.
Menos mal. Me preocupaba. ¡Es que soy muy estricto, eh! Mujeres mayores de cuarenta y dos, imposible. La energía cae. Pero tú eres un volcán, mujer.
Gracias, corazón le acaricié la calva como si puliera un azulejo de Talavera. Por cierto, también guardo un pequeño secreto
¿No me digas? ¿Niños? ¿Deudas?
No, qué va. Mi edad.
Vi cómo apretaba la copa de vino: tensó los hombros, sudó un poco.
¿No tienes cuarenta, entonces?
Casi.
¿Treinta y ocho? preguntó, con voz de esperanza.
Saqué el DNI de mi bolso. Se lo puse en la mano.
Ábrelo.
Dedicó un rato a hacer sumas y restas, como si intentara resolver un jeroglífico egipcio en plena Gran Vía.
Mil novecientos setenta y tres.
¡Cincuenta! susurró, empalideciendo. ¿Tienes cincuenta?
Exactos, Paco. Lo celebré hace apenas dos meses.
El documento le resbaló y cayó como una hoja de otoño. Me miró como si de repente me hubiera convertido en la bruja del cuento de la abuela.
Pero ¿cómo? Si parece que
Que me cuido, Paco. Que no me alimento de croquetas y torreznos cada día.
¡Es una mentira! gimió. Te dije, cuarenta y dos como máximo. Es mi principio. No puedo relacionarme con alguien de mi misma generación.
Pues no lo somos del todo, por si no lo notas. ¿No te han molestado otros detalles? ¿Te caía arroz del bolso o algo así?
Paco se ruborizó, mirando el mantel como buscando un billete de lotería ganador.
No, pero verlo escrito Cincuenta. Es casi la jubilación.
Me levanté, tranquila, mientras el camarero quitaba el gazpacho frío sobrante.
Paco, la vejez es cuando la cabeza se niega a aceptar lo que ve. Yo soy una mujer en flor. Y, ¿sabes?, también he aprendido algo.
¿El qué? me preguntó con esos ojos aguados, de perro trasquilado.
Que una mujer de cincuenta requiere un hombre valiente, no un pack de complejos, barriga y un kiosko de encurtidos. El fuego no es para todos. A ti te chamuscaría.
Metí el DNI al bolso y me encaminé a la puerta.
¡Vero! exclamó al borde del llanto. Espera, ¿y nosotros?
¿Nosotros? Siguiendo tu lógica, estamos en igualdad de condiciones. Pero tú buscas juventud. Pues venga, suerte, a ver si encuentras a alguna despistada o con gafas muy graduadas.
Salí de aquel nido tapizado en ganchillo y tomé aire fresco en la calle Francisco Silvela.
Abajo, en el Seat León, me esperaba Maite.
¿Qué? preguntó. ¿Se le cayó el mito?
Más que eso reí. Cuando saqué el DNI, puso una cara ni el Museo del Prado, hija.
¿Y cómo ha terminado la función?
Bueno, él seguirá buscando a la joven, amargado con su anuncio nuevo: Mujer estrictamente menor de 40. Sincera. Y la foto, claro, la de hace una década.
Mientras tanto, nosotras vamos a celebrar. Hoy tengo cita con un hombre decente: tiene cuarenta y cinco y le da igual lo que ponga mi DNI.
En algún rincón digital, Paco sigue actualizando su perfil, atrapado en un sueño extraño en el que la edad es solo un número y las mujeres, espejos cóncavos.
¿Por qué temen tanto algunos hombres a sus coetáneas? ¿Se debe esconder la edad para ligar, o es mejor soñar despierta y vivir en la verdad desde el principio?




