Maribelita, hazme el favor y cúbreme el turno mañana, por favor… Es el cumpleaños de mi suegra y tengo que ir a felicitarla.
Pero si hace nada la felicitasteis por el santo, ¿no? María levantó la vista de la caja de ficheros.
¡María! No me seas puntillosa. Una cosa es el santo, otra el cumpleaños. Que tengo que ir, entiéndelo. ¿A ti qué te cuesta? Si ni tienes niños, ni tienes lío. ¡Sola como la una! Uy… perdona, no quería ser borde…
Irene se dio un manotazo en la boca, pero ya era tarde. María le dio la espalda y, tras asentir con la cabeza, salió de la sala de lectura.
Es que a veces meto la pata… Irene se encogió de hombros y miró de reojo a su compañera Lucía.
Con Lucía no se bromea. A ella esas cosas se le ven venir rapidito, y te corta el rollo nada más empezar. Eso de que las bibliotecarias eran todas unas solteronas, como decían de María… menuda tontería. Mírala a ella misma o a Lucía, bien cómodas con su vida. Pero María, siempre de la biblioteca a casa a toda prisa, con sus bufandas, gatos y cosas así como una soltera antigua. Lo decía desde el cariño, pero también para pincharla.
¡Tienes que abrirte más, mujer! Míranos, Lucía y yo. El otro día casi me parto de risa oyendo a Irene, porque se cree que nosotras no tenemos problemas… Y tú siempre igual, de casa a la biblioteca y vuelta. Luego que si bufandas, que si gatitos De verdad María, lánzate un poquito, que eres una chica guapa, sana… ¿no, Lucía?
Lucía solía mandarle callar, cortando las conversaciones de cuajo.
Ya está bien, Irene. Tú ahí de ejemplo… Con la de historias que has tenido. Y mira cómo vives, con tu marido que ni te cuida bien, ni te respeta. Y tú ahí, tan guapa, queriendo dar lecciones.
Bueno, pero marido tengo. Y críos. ¿Y María qué tiene? Otro gato más cada año. Al final, la vemos mudándose a la biblioteca. María, por lo menos plantéatelo: tener un hijo por tu cuenta, si lo del marido se hace esperar. Tus padres te dejaron una ayudita, ¿no? Seguro podrías criar uno tú sola. No estarías tan sola.
En ese punto Lucía no podía más y se iba, mientras Irene encontraba cualquier excusa para marcharse, y María desaparecía al fondo de la sala, intentando que no se notara su emoción.
¿Por qué le tenía que tocar a ella ese papel? Qué culpa tenía, si la vida había venido así. Sus padres enfermaron, primero el padre y después su madre, y llevaba casi quince años entre cuidados, lavadoras, la casa… Así, ¿cómo iba a tener vida propia? Y tampoco aparecieron grandes oportunidades… María se miraba al espejo y se veía del montón: ni guapa ni fea, con ojos grises y una trenza gruesa que se cortó justo al morir su madre para hacerlo más cómodo.
Por lo demás, María era normalísima. Sin grandes vicios ni tampoco muchos sueños. Miraba a su alrededor y le asustaba la realidad de las familias: Irene, por ejemplo, tanto luchó por su matrimonio y para qué. Todo el pueblo comentaba las peleas continuas y la relación abierta de su marido. Pero Irene, muy española, opinaba que que digan lo que quieran, yo soy la esposa y punto.
Eso a María le costaba entenderlo. ¿Por qué perder el respeto propio por no quedarse sola? Aunque, siendo realistas, los libros no preparan para la vida. Irene, en el fondo, siempre estaba dispuesta a ayudar en serio. Le había enseñado a poner inyecciones y, más de una vez, le cuidó a la madre gratis, por puro compañerismo.
¿Quieres ofenderme ofreciéndome dinero? protestaba Irene mientras preparaba la jeringa. Anda, guárdatelo. Faltaría más, con lo fácil que me lo pones siendo vecinas. Dame más líos como este, que no me importa.
A María le daba vergüenza, así que intentaba compensarla regalando prendas tejidas. Los niños de Irene, y hasta la propia Irene, lucían sus bufandas y gorros con orgullo. La hija de Irene, por ejemplo, solo se ponía los mitones con pájaros en días señalados, por miedo a perderlos.
Un día, Irene le propuso abrir una tiendecita online para vender sus labores. Al principio María lo dudó yo no soy capaz de producir tanto pero con Irene insistiendo “con la ayuda de las vecinas, esto puede ser un éxito”, la cosa tiró para delante. Se montó un grupito de abuelas del portal, que, aguja en mano en el banco de la plaza, tejían y charlaban, y María e Irene diseñaban nuevos modelos.
¡Mira, esto salió en la última pasarela! Tía Lola me enseñó el mismo diseño el otro día para un centro de mesa. ¿Ves? Se retoca un poco y te sale una falda estupenda. Yo misma la llevaría.
El negocio nunca les hizo ricas, pero sí les dio independencia y, sobre todo, comunidad. Hasta Lucía colaboraba a veces tejiendo encaje, lo que vendía María a buen precio en la web. Lucía lo hacía por necesidad: su marido, un artista bohemio, desapareció nada más tener gemelos, con la excusa de “encontrarse a sí mismo”. Ella, sola con los tres, trabajaba y recibía toda la ayuda del campo sus padres seguían gestionando una finca en La Mancha y le mandaban todo lo que podían.
Sus hijos eran alegría pura, y María, al verlos, pensaba: Si supiera que los míos serían así, igual hacía caso a Irene y me lanzaba. Pero no se atrevía, sentía miedo de dejar sin apoyo a un hijo si ella faltaba, y de cargar al niño con una vida complicada solo porque la madre se sintió sola.
Lo que María no sabía era que su pequeña comunidad había hecho asamblea para encontrarle pareja. Había poca oferta en el pueblo, así que el consejo no encontraba a nadie que cumpliera… y se resignaba a esperar.
Hasta que, sin avisar, apareció el candidato menos esperado. Un día, tras aceptar cubrir el turno a Irene tras otra conversación surrealista, volvía María a casa pensando en cómo describir el nuevo vestido de encaje que había diseñado Lucía para la tienda.
Subiendo por las escaleras, escuchó una voz casi inaudible:
Socorro…
Al principio pensó que era cosa suya, pero el quejido se repitió. Y ella reconoció la voz; era del piso de doña Pilar, antigua maestra, amiga de su familia y parte esencial en la vida de María tras perder a sus padres y luego a su marido. María brincó las escaleras, llamó a la presidenta de la comunidad, doña Carmen, y juntas decidieron saltarse las reglas. Menudas son las señoras españolas para eso.
Con las llaves que guardaba doña Carmen, entraron y la encontraron en la bañera, caída y sin poder moverse. Solo María escuchó su llamada, sólo María la atendió, y, desde entonces, María decidió que nadie debería pasar por esas cosas solo.
Doña Pilar pasó medio año en el hospital. María la cuidó, la llevó a casa, la sentó a la mesa y la colmó de compañía, igual que hacía antes por sus padres. Irene, tras soltarle una bronca de broma, apareció poco después con la bolsa de las inyecciones.
Te vas a recuperar, mujer. Aquí no se le permite a nadie enfermar por capricho.
Al principio doña Pilar protestó: No quiero molestarte, María, pero terminó aceptando, viendo que su ayuda era sincera y del corazón.
La casa de María se llenó, de pronto, de historias y risas. Los gatos se enredaban, el gato Boris, heredado de doña Pilar, decidió mandar sobre las dos gatas rescatadas de María, naciendo una convivencia caótica y animada.
Y en esas, una tarde, suena el timbre.
Irene, ¿otra vez? María, extrañada, dejó en pausa la tele, donde las dos solían ver series viejas, y abrió la puerta.
En el rellano había un tipo, con barba, cara seria, cazadora de cuero y ese aire de haber recorrido medio país en moto. No era el perfil de vecino típico del pueblo.
¿Busca a alguien?
Sí, ¿es aquí donde vive ahora doña Pilar?
¿Y usted quién es?
Un amigo. Vine a verla.
Estuvo dudando, pero Boris, el gato, salió disparado, se frotó en los pies del desconocido y el hombre se iluminó: ¡Hombre, Boris! ¡Cuánto tiempo!. Y fue como si la casa, de repente, le diera la bienvenida.
Doña Pilar le reconoció enseguida. “¡Sergio, hijo! ¡Qué sorpresa!”. Era un antiguo alumno que, de vez en cuando, llamaba o pasaba a verla. Esta vez iba de paso, camino de un encuentro motero por el Guadalquivir.
La presentación entre Sergio y María fue peculiar. Doña Pilar, espabilada, enseguida vio lo que pasaba: se inventó mil excusas para que Sergio ayudara a María, para ver si chispeaba algo entre los dos.
Sergio se fue a los dos días, pero no tardó en volver. Cuando regresó, ya era distinto. A María le tocó hacer de novia, y cuando ella dudó por la rapidez de todo, él soltó: “¿A quién hay que dar cuentas? Ya no tenemos edad de pedir permiso. Si nos apetece, ¡adelante!”
Cuando María lo contó a Irene y Lucía, se quedaron mudas del asombro. Irene, por una vez, no supo qué decir.
María, no te voy a preguntar si le quieres como en las películas… Pero, ¿es bueno para ti?
¿Y por qué no iba a serlo? respondió María, con una sonrisa tan distinta que Irene se quedó pillada.
Anda, calla, que hoy estás guapísima… Eso es el amor, amiga.
Lucía intervino: Bueno, ¡ya he retirado el vestido blanco de la web! Así que ya tienes vestido de boda.
Y llegó el gran día. No se había visto en el pueblo una boda igual: una comitiva motera atravesando las calles hasta el ayuntamiento. Las señoras asomaban por las ventanas, cruzando apuestas sobre el novio, mientras la felicidad de María contagiaba a todos.
Tres años después, Sergio ayudaría a doña Pilar a bajar del coche.
¡Ya está, hijo! Ve a por tu niño que yo puedo sola.
María, estrenando vestido bordado por Lucía, colocó a todos para la foto a la salida del hospital. Quería que aparecieran todos: Irene con su familia, Lucía con los suyos, el grupo de abuelas, doña Carmen… Todo el pueblo cabía en la foto.
Porque, al final, en la vida, buena gente nunca sobra. A veces las cosas llegan cuando menos se esperan, y a veces, el destino trae justo lo que hace falta. Y María, que nunca se sintió especial, por fin podía decir: “Esta vida, con todos vosotros, sí que es bonita.”





