Me fui de excursión a Italia con un grupo de jubilados: No imaginaba que, a la sombra del Coliseo, conocería a un hombre capaz de hacerme sentir joven de nuevo

Diario personal Junio, Madrid

Hace unas semanas decidí apuntarme a un viaje organizado para jubilados a Italia, algo que jamás imaginé que me decidiría a hacer. Mi intención era sencilla: desconectar un poco de mi rutina, llenar el álbum de fotos para mostrar a mis nietos y traerles algún recuerdo curioso. Sobre todo, necesitaba escapar de esa soledad que cada vez se hacía más grande dentro de mí.

Suponía que Roma, Florencia o Venecia serían, para mí, simplemente paradas más en el programa turístico, algo bonito que ver antes de regresar a casa, como esas postales que se guardan en un cajón. Pero fue bajo la sombra del Coliseo donde sucedió algo inesperado: conocí a un hombre que me devolvió esa vitalidad que creía perdida.

Estaba yo contemplando los arcos majestuosos del anfiteatro, embelesada con su grandeza. El guía hablaba sobre los gladiadores, pero mi mente estaba en otra parte. Entonces, sentí cómo a mi lado alguien comentaba en tono simpático: ¿Te imaginas a los gladiadores quejándose del calor como nosotros ahora?.

Me giré y allí estaba él: alto, canoso, con una sonrisa cálida y, a la vez, traviesa. Llevaba una camisa ligera y un sombrero de ala ancha, y me miraba como si el bullicio desapareciera y sólo estuviéramos los dos.

Nos presentamos. Él se llamaba Francisco, era viudo y llevaba unos años jubilado, como yo. Me confesó que había decidido venir solo porque no quería seguir esperando el día perfecto para conocer Roma. Y, entre bromas y anécdotas, la charla fluyó, ágil y divertida, como si fuésemos viejos conocidos. Terminamos tomando café bajo el Coliseo, compartiendo nuestras primeras impresiones del viaje. Hacía años que alguien no me escuchaba con tanta atención.

Desde ese momento, los días en la excursión tomaron un color diferente. Buscábamos sentarnos juntos en el autocar, compartíamos mesa en las comidas, y entre la multitud intuímos la presencia del otro sólo con mirarnos. Había una inocencia deliciosa en esos gestos, pero también una pequeña corriente de emoción.

Por las noches, cuando los demás se juntaban a jugar a las cartas en el salón del hotel o veían la tele, nosotros salíamos a la terraza, contemplando la ciudad italiana iluminada y hablando de todo: nuestros hijos, lo que añorábamos, lo sorprendente que era volver a sentir el corazón palpitar con prisa a nuestra edad.

Me sentía rejuvenecer. Me arreglaba más, incluso empecé a maquillarme y a reírme todo el rato. Algunas compañeras del grupo lo notaban: unas me miraban con complicidad, otras con cierta envidia amable. Yo sentía que reencontraba a esa parte de mí que quedó enterrada bajo años de rutina y soledad.

Pero, a medida que se acercaba el final del viaje, la pregunta se hacía más intensa en mí: ¿y ahora qué? Él vivía en Sevilla, yo en Madrid. Cada uno con su vida, sus costumbres, su propio círculo. ¿Era suficiente una semana para pensar en algo más?

La última tarde decidimos pasear solos por Roma, lejos del grupo. Nos sentamos en las Escalinatas de la Plaza de España, compartiendo un helado y un silencio dulce. Finalmente, él rompió la tranquilidad: Es curioso hacía tiempo que no me sentía tan bien. Pero temo que al volver todo esto se desvanezca. Tú tienes tu vida en Madrid, yo la mía en Sevilla. ¿No será esto sólo una ilusión pasajera de verano?.

No supe qué decirle. Dentro de mí peleaban dos pulsiones: el anhelo de creer que era el comienzo de algo verdadero y el miedo de que todo no fuera más que un encantamiento fugaz, que se esfumaría tras el último vuelo de regreso.

En el aeropuerto nos despedimos. Un abrazo más largo de lo habitual, una mirada llena de promesa y nostalgia. Nos dimos los teléfonos, pero ninguno se atrevió a decir en voz alta: Tenemos que vernos otra vez.

Ahora, sentada en mi salón de Madrid, pienso en ese viaje como si hubiese sido un sueño cálido, alegre e irreal. Quizá Francisco tuviera razón y sólo fuese una fantasía. O quizá lo que echo en falta es el valor para averiguar si el destino, por una vez, quería regalarme una segunda oportunidad.

Me pregunto, día tras día: ¿vale la pena arriesgar la estabilidad silente por un sentimiento que llegó sin avisar? ¿Fue simplemente una aventura bajo el cielo italiano, o es la introducción de una historia aún por escribir? Porque aún hoy el corazón se me agita al recordarle, y la cabeza me dice que es locura.

Quizá por eso dejo escrito esto, para consultar con las mujeres y hombres que, como yo, ya han pasado los sesenta¿tenemos derecho a abrirnos a algo nuevo, aunque sea tarde? ¿Es mejor guardar la experiencia como un recuerdo brillante y seguro, o atreverse, por fin, a seguir el pulso de las emociones, aunque dé vértigo no saber a dónde conducirán?

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Me fui de excursión a Italia con un grupo de jubilados: No imaginaba que, a la sombra del Coliseo, conocería a un hombre capaz de hacerme sentir joven de nuevo