NUERA
Carmen Ramos puso sobre la mesa, cuidadosamente decorada, una gran fuente con pato asado y suspiró. En cualquier momento, llegarían sus hijos con sus respectivas esposas.
Hacía poco que se había casado el menor. Fue una boda sencilla. Bueno, ahora los jóvenes prefieren hacerlo así. Ella lo habría celebrado a lo grande, pensó. De hecho, ni siquiera ellos celebraron mucho: solo una visita rápida al Registro Civil. Hasta las alianzas no las pudieron comprar hasta pasado un añodos sortijas finas de oro. A sus hijos, eso sí, les habría gustado organizar una verdadera fiesta. Pero bueno, cada uno toma sus propias decisiones.
“Solo tiene un defecto ¡está demasiado arreglada!”, confesó alguna vez la suegra a una vecina. Pero la nuera ya había decidido tratar ese tema con ella.
La nuera, Lucía en este caso, era una muchacha agradable y simpática. Había influido positivamente en su hijo Jorgele ayudó a encontrar un buen trabajo. Y lo sigue orientando aún, animándole a crecer profesionalmente. Hasta los treinta, Jorge siempre tuvo todo hecho y no aspiraba a nada; Carmen ya empezaba a preocuparse. Pero todo acabó resolviéndose, por suerte.
Sólo que Lucía tenía esa manía de estar cuidadosamente arreglada. Parece que siempre está en alguna peluquería o centro de estética; cortes de pelo, tintes, masajes, manicuras Se le van un dineral en esas cosas. Y una mujer casada no debería comportarse así si la familia es lo primero.
Imagina cuando tengan hijosen vez de comprarle zapatos al niño, ¿irá a hacerse la manicura? Carmen nunca aprobó ese tipo de mujeres en silencio. Siempre se ponía a la cola de sí misma, sobre todo cuando falleció su marido y, aunque los hijos ya eran adultos, seguían necesitando el apoyo económico de su madre.
Un timbrazo en la puerta cortó sus pensamientos: la juventud había llegado. Lucía entró en el salón como una estrella. Un peinado recién hecho, la manicura impecable Apenas maquillaje gracias a manos de una buena esteticista.
¡Lucía, qué guapa estás! exclamó la suegra, sinceramente pero no pudo evitar ese ligero tono crítico. Ese traje, ¿es nuevo?
Sí, lo compré ayer contestó la joven sonriente. En el trabajo me dieron una buena prima.
En ese caso, estas cosas es mejor ahorrarlas aprovechó Carmen para soltarle una lección. Todas las primas, los extras, la paga doble hay que guardarlas para malas rachas. Créeme, llegan.
Lucía no contestó. Carmen le parecía una buena mujer, siempre entregada a la familia. Pero, en el fondo, Lucía creía que los días grises llaman a quienes los esperan con tanto esmero.
La velada fue agradable, aunque la suegra insistió de vez en cuando con comentarios velados sobre gastos innecesarios. Lucía captó enseguida el mensaje.
¿Hace mucho que no te haces la manicura, Carmen? le soltó de pronto.
¿Yo? se quedó a medias la madre de Jorge. Nunca. En casa me arreglo algo si acaso, para llevar las manos limpias. Pero no necesito más.
Nadie pareció fijarse en ese breve diálogo. Pero a Lucía, como mujer, le dio rabia por su suegra. ¡Fíjate! Criar a dos hijos que ya ganan bien y aún le cuesta gastarse algo en sí misma
¿Jorge, tu madre hace algo alguna vez para ella misma? preguntó Lucía de camino a casa.
No sé. Cocina, mira la tele, va a casa de las vecinas. ¿Por qué lo preguntas?
Porque nunca ha disfrutado de nada bueno. Podríais invitarla al cine, un teatro, un restaurante de vez en cuando
¡Si a ella eso no le hace falta! No exageres.
Lucía se calló. Pensó en su propia madre, que incluso apretándose el cinturón, se permitía un corte bonito de pelo, un vestido nuevo y siempre se regalaba un abono al teatro de la ciudadpor placer.
Así que la nuera decidió que Carmen tenía, al menos, que probar a vivir un poco para ella, y no quedarse esperando nietos frente al televisor, a quienes también terminará entregando toda su vida.
Pasados unos días, Lucía llamó a Carmen y la invitó a pasear, tomar un café e incluso a pasar por un centro de estéticaLucía tenía cita con la esteticista y le ofreció escoger cualquier tratamiento que quisiera.
¡Qué dices! se sobresaltó Carmen. Si tú lo necesitas, te espero en la entrada o en la calle.
¡Pero por qué esperar sin más! Media hora o una hora pueden ser bien aprovechadas. Al menos, una manicura y un masaje de manos, ¿te parece?
A regañadientes, la suegra aceptó. Lucía llamó antes al centro de belleza, donde la conocían bien, para explicarlo todo.
Por favor, chicas, tratadla como a una reina. Y ofrecedle algo más, pero de forma natural: pedicura, mascarilla, lo que sea. Si pregunta por el precio, decidle que ya está todo pagado. Confío en vosotras. Y si se siente bien, igual tenéis una clienta fiel.
Llegado el momento, Lucía llevó a la resistente suegra al salón y la dejó en manos de las expertas.
¿Solo media horita, verdad Lucía? insistía. ¿Y cuánto cuesta esto?
Cuando una de las chicas condujo a Carmen dentro, Lucía se sentó en la entrada y sacó el móvil. Para ella, aquel día no tenía planeado ningún tratamiento.
Aunque era fin de semana, aprovechó para contestar mensajes pendientes. Así se entretuvo.
La suegra salió al cabo de dos horasrelajada y con el semblante rejuvenecido. Las profesionales habían hecho un gran trabajo.
¡Ay, Lucía, me han hecho de todo! exclamaba. Hasta infusiones y café me ofrecieron. ¡Son encantadoras! Pero esto tiene que costar una fortuna
¡Hoy había promoción! intervino la recepcionista. Traes a una amiga y sus servicios son gratis. Así que hoy no pagas nada.
Lucía y una radiante Carmen se dirigieron a una cafetería cercana. Ella, tomando un sorbo de capuchino, se recostó en la silla.
¿Y si empezamos a hacer esto juntas de vez en cuando? propuso Lucía. Siempre hay ofertas interesantes para clientas habituales. ¿Te ha gustado?
Mucho reconoció Carmen. No sabía que podía ser tan agradable.
Tenías que haberlo probado antes.
Bueno, antes Los niños eran pequeños. Mi marido, que en paz descanse, siempre controlaba los gastos y no quería que derrocháramos. Y después, ya ni lo pensé.
Ahora sí hay motivo. Para hacerme compañía, por lo menos.
Pues para acompañarte de vez en cuando no está mal.
Desde entonces, la suegra empezó a cuidarse más con la nuera. Lucía, muy diplomática, le fue renovando el armario, siempre diciendo precios mucho menores.
Convenció a su marido para que invitaran a su madre a cenar fuera. Luego salieron todos juntos al cine. Y en Navidad, Lucía le regaló a Carmen un abono para el teatro de la ciudad.
¡Vaya cambio Carmen, estás rejuvenecida! le decían las vecinas.
¡La juventud me lleva con ella! sonreía modesta.
Y, de verdad, Carmen sentía que, por fin, ahora que era madre de dos hombres hechos y derechos y disfrutaba de su jubilación, le estaba llegando la verdadera juventud.




