Mi esposo por herencia
Hace muchos años, recuerdo cómo una mujer alta y de voz potente salió del compartimento del tren. En un instante, puso orden entre los pasajeros y ahuyentó a todos los que nos molestaban con su ruido. Es curioso, porque hasta los hombres más descarados y fornidos obedecieron sin rechistar, como si de un sargento se tratase.
Llevaba unas gruesas trenzas rubias enroscadas alrededor de la cabeza, los ojos tan azules como el cielo de Castilla y unas mejillas encendidas, llenas de vida. Miró hacia la zona del baño justo cuando de ahí salió un hombre bajito y delgado, de pelo blanco y rostro tierno, casi infantil.
¡Iñaki! ¡Ya pensaba que te habías perdido! Oía un jaleo, la revisora parecía hasta temer acercarse. Pensé: ¿cómo estará él? ¡Con lo fácil que es que estos mamarrachos te molesten! dijo la mujer, resoplando.
¡Ay, Verita! ¡Yo a esos…! Bueno… ¿y tú por qué saliste, Verónica? ¡Si eres toda una dama! Iñaki le sonrió, tímido, y se coló de nuevo en el compartimento.
Ella echó una rápida ojeada a los que quedábamos, calculando el peligro; al no ver ninguna amenaza, desapareció también.
Más tarde nos volvimos a encontrar en el coche restaurante. No quedaban mesas libres, así que me senté con ella. Su marido no aparecía por ningún lado. Terminó con el filete y las patatas y, con resonante voz, dijo:
Me llamo Verónica Sánchez de la Fuente. Pero dime solo Vero.
¿Viajas sola? ¿Tu marido vendrá luego?
No mujer, está descansando. No saldrá. Le até el pañuelo al cuello y le hice tomar zumo de arándanos; imagina, ponerse malo justo al salir de viaje… No te lo pierdas, ¡que sale a sacudir la alfombra en pleno suéter, con este frío! Se me despista, no veas me contó, gesticulando.
Seguro que le quieres mucho. Saliste a plantarle cara a los alborotadores por él, no al revés. Y ahora hablas de Iñaki con tanto mimo le comenté, suspirando.
Verónica sonrió, pero enseguida suspiró.
Iñaki me vino por herencia. No es realmente mi marido, aunque vivamos juntos. Todavía está muy triste; su primera esposa solo hace poco que se fue al otro mundo. Qué buena era… me confesó, grave.
¿Cómo que por herencia? me asombré, sin poder evitarlo.
Y así empezó a relatarme su historia.
Iñaki había sido el compañero de la vida de una tal Lucía. Se conocieron de niños, luego entraron juntos en la universidad de Salamanca. Se casaron. Él era un genio; de esos que valen para todo lo complicado y nada para lo cotidiano. Recibía encargos de empresas, les iba bien económicamente. Pero en la vida diaria era un despistado: se dejaba la vuelta en la tienda, cruzaba donde no debía, no sabía qué o cómo comprar. Tan inocente que cualquier desconocido podía sacarle unas monedas.
Hija, ese hombre tuyo parece caído del cielo por accidente. A nosotras nada se nos da, sudamos tinta para reunir unas pesetas, y él, mira tú por dónde, el dinero le llueve decían las amigas de Lucía, siempre con asombro.
Pero Lucía nunca se quejó, porque tenía energía y sentido práctico para ambos. Preparaba la ropa de Iñaki, le revisaba si llevaba guantes, abrigo o bufanda, y después, cuando pudo, se sacó el carné, le llevó en coche. Una vez él se fue en taxi y dio una dirección equivocada, había estado distraído. Pero juntos se complementaban.
Un día Lucía pasó una semana en el hospital. Al llegar a casa, casi se desmaya: Iñaki había estado alimentándose de pan duro y agua. Ni el hervidor puso a calentar. Todo lo que le había dejado preparado, ahí seguía, olvidado.
Sin ti nada apetece, Luci. El hambre se me va sin verte le sonrió Iñaki.
El hijo, Andrés, había salido clavadito a su padre: muy inteligente, pero tímido y despistado. Pero esa cabeza bien valía. Se emparejó con Olga, una muchacha callada del pueblo. Por supuesto, Lucía era el pilar de todos. Y con la llegada del nieto, Alejandro, pensaba seguir así; pero enfermó de repente y no hubo remedio.
La casa quedó sumida en la tristeza y la confusión. Iñaki, perdido, no sabía cómo seguir. Acudió a los mejores médicos, dispuesto a pagar lo que fuera, pero no hubo solución.
Lucía, por su parte, no pensaba en sí misma sino en los suyos: ¿Cómo se apañarían sin ella su marido y su hijo? ¡Se desmoronarían! Como plantar una orquídea en noviembre en Ávila, esperando que floreciera
Por eso, en vez de pedir por ella, rezaba para que Dios asegurara la protección de su familia. Y entonces apareció Verónica, que trabajaba de cuidadora y era pariente lejana del médico de Lucía.
La primera vez que Vero entró en aquella casa, le salió a recibir un hombre delicado, su voz un suspiro. La casa era puro abandono: pilas de ropa sucia, montañas de platos sin lavar (con lavavajillas y todo), el aire denso y apesadumbrado.
En la cama, Lucía: apenas piel y huesos, pero de ojos vivaces. Sonrió al ver a Vero, que suspiró, se remangó y se puso manos a la obra.
Por la noche la casa era otra. Todo relucía; olía a guiso, a dulces y a pollo asado. Lucía dormía limpia y tranquila. Iñaki, dispuesto a irse con lo primero que pilló un cortavientos finísimo, fue parado por la voz firme de Verónica:
¡Alto ahí! ¿Adónde vas así vestido en pleno invierno, hombre de Dios? ¿Quieres caer enfermo también? Tu esposa te necesita, así que nada, este abrigo, bufanda bien atada, gorro ¡Ale! Ahora sí, puedes salir le regañó con cariño.
Lucía sumó lágrimas de agradecimiento. La casa que era un caos ahora olía a hogar. Vero podía ser ruidosa y algo toscona, pero tenía buenas manos y un corazón enorme.
Gracias, Dios mío, ya los dejo bajo buen cuidado susurró Lucía al cielo.
Poco después, cuando la cosa pintaba mal, quiso hablar con Vero. Le preguntó por su vida: vivía con su madre y la familia de su hermana en un piso pequeño, se apañaba, trabajando casi siempre fuera porque en casa sobraba gente y bullicio. Nunca se había casado. Tuvo sus historias, pero nada serio, y ya con 45 años no aspiraba a más.
Entonces Lucía, resuelta, le dijo:
Vero, cuida de Iñaki cuando yo falte. Te dejo a mi marido en herencia, por decirlo de algún modo. Es tan fácil de pillar catarros y confía en todo el mundo
Vero se quedó sin palabras. Quiso negarse, pero Lucía insistió.
No me digas que no aunque solo sea un tiempo. Te lo pido, de rodillas si pudiera.
Y Verónica prometió.
Al poco tiempo, Lucía se fue. Vero pensaba largarse: no quería que dijeran que se acercaba al viudo por el piso. No le caía ni bien ni mal, era como una mariquita indefensa, ¿qué se iba a hacer? Pero había dado su palabra y decidió pasar a ver cómo estaba.
Nadie abría, la puerta no estaba cerrada; en la habitación del fondo, Iñaki, sentado en el suelo con la bata de Lucía abrazada, sollozando como un niño abandonado.
Verónica se acercó, él le cogió la mano y lloró desconsolado.
Venga, hombre… Lidia tenía razón, te vendría bien compañía. Anda, vamos a tomar un té… dijo ella, animándolo.
Y así fue como trajo de nuevo vida a la casa. Iñaki la esperaba ansioso cada día en la puerta. A poco se mudó con él; su familia lo celebró (más sitio para nosotros) y Vero ganó, por decirlo así, un hijo grande en vez de un marido. Listo, vaya si lo era, y nunca faltaba el dinero. Él le pidió que dejara sus otros trabajos. Hubo habladurías en la familia, pronto calladas por su forma directa de ser.
Mira, hay quien recoge perros o gatos de la calle, ¿no? Pues a veces también los hay humanos: desamparados, abandonados, que alguien debe ayudar a enderezar. Yo haré lo que pueda. Buen hombre es. Iñaki es cariñoso, y nos necesitamos. Ahora vamos a casa de su hijo; quiere que le eche una mano con el nieto, ¡y yo encantada, hasta diez podría criar sin cansarme! me contó Vero, llena de vida.
Entonces la puerta del vagón-restaurante se abrió. Apareció Iñaki con un largo pañuelo y un ramo de flores silvestres.
¡Ay, Vero! ¿Por qué te has levantado? Estás aún flojito, hijo Ahora a cambiarse, ¡que sudas enseguida! fue diciendo Verónica, sujetándolo del abrigo y guiándolo hacia la puerta.
El, sin embargo, le susurraba:
¡Vero, mira! Te he comprado florecillas a las abuelas en la estación. ¿Te gustan?
Verónica se ruborizó aún más y le posó afectuosa la mano en el hombro.
Bajaron juntos del tren en la siguiente estación. Ella, arrastrando una maleta enorme; él, agarrado a una bolsa pequeña. Ella le sujetaba por detrás, entre la muchedumbre, como para que no se le perdiera. Ambos sonreían bajo el sol de Castilla, dejando claro a quienes los miraban que, aunque tarde, ella sería su segunda esposa.






