Mi marido y yo dejamos nuestro piso para nuestro hijo y nos mudamos al campo. Pero él se fue a vivir…

6 de marzo de 2024

Hoy me siento especialmente nostálgica, así que he decidido poner en orden mis pensamientos por escrito. Hace ya casi un año que Fernando y yo dejamos nuestro piso de Madrid para mudarnos a la casa que habíamos construido en la Sierra de Guadarrama. El piso se lo dejamos a nuestro hijo, Javier, pero al final él decidió mudarse con su suegra y alquiló el piso.

Conocí a Fernando cuando terminábamos la carrera de Magisterio, y me casé con él a los veintitrés años, ya embarazada de Javier. Nunca tuvimos la ayuda de un padre rico, ni casas heredadas en Salamanca o en Segovia, así que todo lo que tenemos lo hemos conseguido con nuestro propio esfuerzo y con largos años de trabajo.

Tuve que volver a trabajar al poco de nacer Javier. Por mucho que lo intenté, apenas tenía leche, quizá por el estrés o por la monotonía de la vida de entonces. Javier casi nació con el biberón bajo el brazo. Con once meses ya estaba en la guardería, aprendiendo a comer solo, a dejar el pañal y a dormir sin que le mecieran. Nosotros teníamos que trabajar, como tantos en este país.

Primero alquilamos un pequeño estudio, después una vivienda de una habitación, y más tarde, tras mucho ahorrar, conseguimos comprar nuestro propio piso de dos dormitorios en Aluche. Pero Fernando y yo, de raíz castellana y pueblerina, siempre soñábamos con un trozo de tierra. Hace unos años, por fin, compramos una parcela al pie de la sierra y Fernando, ladrillo a ladrillo, levantó una casita de dos plantas con sus propias manos. Instalamos una cocina, nivelamos el terreno y poco a poco amueblamos nuestro hogar.

Por fin podíamos respirar tranquilos, disfrutar del trabajo hecho y de la libertad después de todos estos años. Tenemos 46 años y, al fin, empezábamos a vivir para nosotros. Pero el ciclo de la vida insiste y las raíces tiran más que nunca. Javier, con la misma edad en la que nosotros nos casamos, decidió hacer lo propio. Se enamoró de Lucía, una chica de familia acomodada y con quien estudió Derecho. Pronto anunciaron su boda.

Y ahí empezó el carrusel: querían una boda por todo lo alto, restaurante en la Gran Vía, limusina blanca, viaje a Punta Cana y, por si fuera poco, piso propio desde el primer día.

Siempre he sentido que nunca le di suficiente cariño a Javier. Fue el primero en ir a la guardería, a la escuela, siempre solo. Fernando y yo siempre con otros niños, siempre cuidando de hijos ajenos. Los abuelos vivían lejos, en Ávila y Toledo. Pero hicimos lo posible por compensarlo: juguetes caros, muebles, ropa de marca, matrícula en la universidad privada, coche al cumplir los dieciocho…

Y ahora, otra vez, queríamos que no le faltase de nada. Todos nuestros ahorros volcaron en la boda. Después de pensarlo mucho, decidimos regalarle el piso. Que no sufriera como nosotros. Los padres de Lucía también pusieron dinero, pero gastaron lo suyo en abrigos de piel y joyas para ella. Renovamos todos los muebles del piso. Sus suegros tienen un chalet impresionante en Las Rozas, con muebles de diseño y coches que siempre soñé conducir.

Poco a poco, Javier empezó a alejarse de nosotros. Venía a vernos una vez al mes y ya ni llamaba. Su cuñado le consiguió un puesto en una empresa importante.

Hace unas semanas, por casualidad, me crucé en el mercado con una vecina de toda la vida. Me contó que Javier no vivía en el piso desde hacía meses, y que lo tenía alquilado mientras vivía con Lucía y su madre. No tardé en llamar a Javier. Me contestó seco, casi grosero, recordándonos que el piso lo habíamos regalado nosotros y que los cuatro duros que aportamos nunca fueron nada. Nos gritó que le avergonzaba vivir de prestado en casa de su suegra mientras que nosotros, sus padres, seguíamos siendo unos simples profesores de colegio público. Sentí una punzada tremenda, no tanto por las palabras, sino por todo lo que se adivinaba detrás de ellas.

Fernando y yo no nos resignamos al trato ni a la injusticia. Consultamos con un abogado de la zona y resultó que, al no haber hecho donación oficial, el piso seguía legalmente a nuestro nombre. Sólo el propietario podía alquilarlo formalmente.

Decidimos no denunciar a Javier. Hablamos con los inquilinos y les dimos un mes para marcharse. Fueron comprensivos, no hubo malentendidos. Al cabo del plazo, volvimos a mudarnos a nuestro piso, ese que tanto esfuerzo nos costó conseguir. Pero el vacío de Javier pesa mucho. No tenemos contacto, y Fernando arrastra una tristeza constante. Yo también estoy dolida. Quizá con el tiempo todo se cure y esta herida se cierre. Mientras tanto, vuelvo la mirada atrás y trato de entender en qué momento nos perdimos, y si algún día recuperaremos lo que fuimos.

Rate article
MagistrUm
Mi marido y yo dejamos nuestro piso para nuestro hijo y nos mudamos al campo. Pero él se fue a vivir…