El trastero y las escalas
Se metió en el trastero sin intención de buscar recuerdos, solo iba a por un bote de pepinillos en vinagre para la ensalada. En la balda de arriba, tras una caja con luces de navidad, asomaba la esquina de una funda que hacía tiempo no debería estar allí. La tela estaba descolorida, la cremallera atascada. Tiró con cuidado, y del fondo apareció el cuerpo alargado y estrecho de la funda, como una sombra estirada.
Dejó el bote sobre el taburete junto a la puerta para no olvidarlo y se agachó en cuclillas, como si así fuera menos difícil decidir. A la tercera, la cremallera cedió. Dentro, estaba el violín. El barniz apagado en algunos sitios, las cuerdas flojas, el arco parecía una escoba vieja. Pero la forma era inconfundible, y sintió, en el pecho, el chasquido de un interruptor.
Recordó cuando, en 3º de la ESO, llevaba esa funda cruzando todo el barrio, avergonzada por parecer ridícula. Después vino el módulo, el trabajo, la boda, y un día dejó de ir a la escuela de música, porque había que arrancar en otra vida. El violín pasó a casa de sus padres, después viajó con la mudanza, y ahora reposaba allí, entre bolsas y cajas del trastero. No estaba ofendido, solo olvidado.
Levantó el instrumento con delicadeza, como si fuera a desmoronarse. La madera estaba cálida bajo su mano, aunque hacía frío. Los dedos buscaron el mástil por instinto, y enseguida le dio vergüenza; la mano no recordaba el agarre, el instrumento parecía ajeno, como si lo hubiera recogido sin permiso.
La olla hervía en la cocina. Se levantó, cerró el trastero, pero dejó la funda fuera, apoyada en el pasillo. Fue a apagar el fuego. El salpicón podía hacerse sin pepinillos. Se sorprendió buscando excusas.
Por la noche, cuando la vajilla estaba lavada y en la mesa quedaban solo migas de pan, llevó la funda al salón. Su marido estaba frente a la tele, zapeando canales sin mirar. Levantó la vista.
¿Qué has encontrado?
Un violín, contestó ella, sorprendida por su propio tono calmado.
¿Todavía vive eso? sonrió él, no con burlas, sino con la ternura irónica de casa.
No sé. Voy a averiguarlo.
Desabrochó la funda en el sofá, colocando un trapo viejo debajo para no arañar la tapicería. Sacó el violín, el arco, una cajita de resina. La resina estaba cuarteada, como el hielo en un charco. Pasó el arco por encima, las cerdas apenas rozaron la superficie.
Afinar fue un suplicio aparte. Los clavijeros se resistían, las cuerdas chirriaban, una se rompió y le golpeó el dedo. Maldijo bajito, para que los vecinos no oyesen. Su marido resopló.
¿No será mejor llevarlo al luthier?
Tal vez, respondió; la rabia inflamaba dentro, no contra él, sino contra sí misma, por no saber ni afinar.
Encontró en el móvil una app de afinador y la dejó sobre la mesa. La pantalla mostraba letras, la aguja saltaba. Giró los clavijeros, escuchando cómo el sonido iba y venía, cruzándose. El hombro se le acalambró, los dedos cansados del esfuerzo.
Al fin, cuando las cuerdas dejaron de sonar como cables colgando en la tormenta, levantó el violín al mentón. El soporte estaba frío y sintió que la piel en el cuello se adelgazaba. Intentó enderezarse, como le enseñaron, pero la espalda no cooperó. Se rió sola.
¿Qué, concierto? preguntó él, sin apartar la vista del televisor.
Para ti, dijo, con una sonrisa. Prepárate.
El primer sonido le hizo estremecer. No era nota, era un lamento. El arco temblaba; la mano no seguía línea recta. Paró, respiró hondo y volvió a intentarlo. Mejoró un poco, pero seguía sintiéndose torpe.
La vergüenza era adulta, rara. No como cuando adolescente, que parece que el mundo observa. Ahora no había público. Solo las paredes, su marido y dos manos desconocidas.
Tocó las cuerdas al aire, como de niña, despacio, contando mentalmente. Después intentó una escala de re mayor y los dedos de la mano izquierda se enredaban. No recordaba los lugares, los dedos estaban más gordos y las yemas no acertaban. No había dolor habitual, solo el tacto blando.
No pasa nada, dijo él, de pronto. Esto no se puede todo al primer intento.
Ella asintió, sin saber para quién era ese no pasa nada. ¿Para él? ¿Para sí misma? ¿Para el violín?
Al día siguiente fue al taller cerca del metro. Nada de romántico: puerta de cristal, mostrador, guitarras y violines colgados, olor a barniz y polvo. El luthier, joven y con pendiente, cogió el instrumento con seguridad, como si manejara una herramienta más que madera.
Las cuerdas hay que cambiarlas, dijo. Afinadores, hay que engrasar, y corregir el puente. El arco sería mejor rehacer la crin, pero es más caro.
Sintió un sobresalto tras la palabra caro. Pensó en la factura de la luz, las medicinas, el regalo para el cumpleaños de su nieta. Se quedó a punto de decir Déjalo así. Pero en vez de eso, preguntó:
¿Y si solo cambiamos las cuerdas y ajustamos el puente?
Perfecto. Sonará.
Dejó el violín, recibió el recibo, lo guardó en el monedero. Al salir, se sintió como si hubiera dejado en reparación una parte suya, esperando que se la devolvieran funcional.
En casa, abrió el ordenador y buscó clases de violín para adultos. Le hizo gracia la frase. Adultos. Como si fueran una especie aparte, que necesita explicaciones con calma y delicadeza.
Encontró varios anuncios. Unos prometían resultados en un mes, otros hablaban de trato personalizado. Cerró pestañas, la ansiedad le crecía con cada palabra. Pero reabrió, y terminó escribiendo a una profesora del barrio: Hola. Tengo 52 años. Quisiera recuperar técnica. ¿Es posible?
Apenas lo envió, se arrepintió. Quería borrarlo, como si hubiese confesado una fragilidad. Pero ya estaba hecho.
Por la tarde llegó su hijo. Entró en la cocina, le dio un beso en la mejilla, preguntó por el trabajo. Ella puso la tetera, sacó galletas. El hijo vio la funda en el salón.
¿Es un violín? preguntó, genuinamente sorprendido.
Sí. Lo he encontrado. Estoy pensando en probar.
¿De verdad, mamá? sonrió, sin burla, más bien con incredulidad. Pero ha pasado mucho tiempo.
Mucho, admitió ella. Por eso quiero.
Él se sentó, girando la galleta entre los dedos.
¿Y para qué, mamá? Si ya te cansas bastante
Sintió como la protección automática subía: justificar, explicar, demostrar que tiene derecho. Pero las razones siempre sonaban débiles.
No lo sé, respondió con sinceridad. Solo quiero.
El hijo la miró a fondo, como si viera no solo a una madre que aguanta todo, sino a una mujer que desea algo para sí misma.
Bueno vale, dijo. No te agotes. Y los vecinos pobrecitos.
Se echó a reír.
Sobrevivirán. Tocaré por las tardes.
Cuando su hijo se fue, sintió alivio. No porque él aprobase, sino porque no tuvo que justificarse.
Dos días después recogió el violín del taller. Las cuerdas brillaban, el puente centelleaba. El luthier le mostró cómo tensar, cómo guardar.
Nunca junto al radiador advirtió. Y siempre en la funda.
Ella asentía como estudiante. En casa, dejó la funda en una silla, la abrió y miró el instrumento largo rato, temiendo quizá estropearlo de nuevo.
Eligió el ejercicio más fácil: arco largo sobre cuerdas al aire. De pequeña era un castigo aburrido. Ahora era refugio. Sin melodía, sin evaluación. Solo sonido, y el intento de hacerlo uniforme.
A los diez minutos le dolió el hombro. A los quince, el cuello entumecido. Paró, guardó el violín, cerró la cremallera. La rabia subió por dentro: al cuerpo, a la edad, a la dificultad.
Fue a la cocina, se sirvió agua, se sentó mirando la ventana. En el parque, adolescentes hacían acrobacias en patinete, reían sin mesura. Les envidió, no por la juventud, sino por la osadía. Se caían, se levantaban, y a nadie le preocupaba estar aprendiendo a equilibrarse fuera de tiempo.
Volvió al salón, reabrió la funda. No porque debiera, sino porque no quería terminar el día sintiendo rabia.
La profesora respondió al anochecer: Hola. Claro que es posible. Vente, empezamos con postura y ejercicios básicos. La edad no es obstáculo, solo paciencia. Leyó dos veces. Paciencia sonaba a verdad, y le tranquilizó.
El primer día viajó al aula con la funda en brazos, como algo frágil y preciado. En el metro, la gente miraba, algunos sonrientes. Ella captaba las miradas y pensaba: que miren, que vean.
La profesora era una mujer bajita, unos cuarenta años, pelo corto y ojos atentos. En la sala había un piano, estantes llenos de partituras, una silla con violín infantil.
Veamos, dijo, coge el instrumento.
Al tomarlo, supo al instante que lo agarraba mal. Hombro tenso, el mentón apretaba, la muñeca rígida.
No pasa nada, relajó la profesora. Si no has tocado, hay que empezar despacio. Vamos a sentir que el violín no es enemigo.
Le dio vergüenza y risa: con 52 años, aprendiendo a sujetar un violín. Pero también sentía libertad. Nadie le pedía que fuera buena, solo que estuviera presente.
Al terminar, las manos le temblaban, como al salir de gimnasia. La profesora le dio tarea: diez minutos de cuerdas al aire cada día, luego una escala, sin pasarse. Mejor poco y constante.
En casa, su marido preguntó:
¿Qué tal?
Cuesta, respondió. Pero bien.
¿Estás contenta?
Pensó. Contentamiento no era exacto. Sentía ansiedad, risa, vergüenza y una extraña claridad.
Sí, dijo. Es como hacer algo con las manos, no solo trabajar y cocinar.
A la semana se atrevió con una melodía sencilla, de esas que recordaba de niña. Buscó la partitura en internet, la imprimió en la oficina y la guardó en la carpeta, lejos de miradas curiosas. En casa, la colocó sobre un atril improvisado.
El sonido aún era irregular, el arco rozaba cuerdas vecinas, los dedos no atinaban. Paraba y reempezaba, una y otra vez. En un momento, su marido asomó al salón.
Eso suena bonito, dijo, con cautela.
No mientas, se rió.
No miento, es reconocible.
Sonrió. Reconocible casi fue halago.
El fin de semana vino su nieta. Tenía seis años y divisó la funda enseguida.
¿Qué es eso, abuela?
Un violín.
¿Sabes tocar?
Quiso responder: Antes sí. Pero para una niña no existe el antes. Solo cuenta el ahora.
Estoy aprendiendo, explicó.
La pequeña se sentó en el sofá, manos en las rodillas, como en una función de colegio.
Toca.
Sintió el nudo dentro. Tocar ante una niña es más difícil que ante adultos. Ellos escuchan sin filtros.
Vale, dijo, y tomó el violín.
Tocó esa melodía que había sufrido tanto. Al tercer compás el arco resbaló, el sonido chirrió escandaloso. La niña no se molestó. Inclinó la cabeza.
¿Por qué suena así?
Porque abuela mueve mal el arco, contestó, y se echó a reír.
La niña rió también.
Hazlo otra vez.
Y tocó otra vez. No fue mejor, pero no paró por vergüenza. Solo siguió hasta el final.
Cuando la casa quedó en silencio por la noche, estaba sola en la sala. Las partituras impresas sobre la mesa, el lápiz a mano para marcar los compases difíciles. El violín guardado en la funda, cerrada pero en el salón, no de nuevo en el trastero. Ahí permanecía, recordando que ahora era parte de su día.
Puso el temporizador del móvil en diez minutos, no para obligarse, sino para no agotarse. Abrió la funda, sacó el instrumento, comprobó la resina y la tensión del arco. Lo levantó al mentón, espiró.
El primer sonido salió más suave que por la mañana. Luego, se perdió otra vez. Esta vez no maldijo. Solo corrigió la mano y siguió alargando el arco, escuchando la duración, el temblor.
Cuando sonó la alarma, no soltó enseguida. Terminó la pasada, guardó con mimo el violín y cerró la funda. La dejó de nuevo junto a la pared, no en el trastero.
Sabía que mañana sería igual: algo de vergüenza, algo de fatiga, algún segundo puro por el que merecía abrir la funda. Y eso bastaba para seguir adelante.





