¡Gloria a Ti, Señor! ¡Al fin ha llegado el momento! – La abuela respiraba con dificultad, pero su rostro irradiaba una felicidad sincera. Acariciando tiernamente el rostro de su nieto con sus manos enjutas, las dejó caer suavemente sobre la manta.

¡Gracias a Dios, por fin! la abuela respiraba con dificultad, pero su rostro irradiaba una felicidad sincera. Acarició el rostro de su nieto con sus manos secas, y luego las dejó descansar sobre la colcha.

Descansa un poco, abuela le pidió Ignacio. Mañana tenemos todo el día para hablar sin parar.

No, Nacho contestó ella con una triste sonrisa, solo le pedí a Dios una cosa: poder verte de nuevo. Con eso me basta, ya te he visto y te he abrazado. Ahora voy a intentar descansar un poco y después hablamos. Cerró los ojos, agotada. Carmen, dale de cenar al chico, que viene de viaje.

La abuela no se encontraba bien. Ella misma sabía que le faltaba poco tiempo. Nacho era el único ser querido que le quedaba, al igual que ella para él. Los padres de Nacho se desvanecieron en la nada, entregándolo todo al maldito vino: primero vendieron lo poco material, después los muebles, luego la ropa y el piso. Lo último que ofrecieron en sacrificio fueron sus propias vidas. Por suerte, la abuela logró rescatar a su nieto de ese abismo, lo crio, le insistió para que terminara los estudios, sacara el carné de conducir coche y camión, y lo despidió cuando partió al servicio militar. Y hoy, al fin, lo recibía de vuelta. No era la vuelta soñada, pero ya no podía elegir.

Mientras Carmen, antigua vecina y amiga de la abuela, servía la cena a Nacho en la cocina, la abuela, con los ojos cerrados, buscaba palabras, profundas y certeras, que calaran en el corazón del nieto. La memoria, sin embargo, a veces le fallaba. Acariciaba a su querida gatita Trini, que no se separaba de ella desde hacía días, sintiendo la desgracia. Por fin, llamó al nieto:

Nacho, ven aquí le pidió con un gesto. Cuando se sentó a su lado, empezó a hablar en voz baja: Me habría gustado jugar con tus hijos, Nacho, pero da la impresión de que no podré. Te vas a quedar solo. Es duro, lo sé. Si conoces a una buena muchacha, no la dejes escapar, escoge con cabeza y para toda la vida. La vida nunca es fácil, nunca lo ha sido, ni lo será. No te permitas la holgazanería ni el jolgorio vacío y, sobre todo, mantente lejos del vino maldito. Uno se pierde en él y arrastra con él a toda la familia. Hay muchos caminos en la vida, Nacho, elige el correcto.

La abuela hizo una pausa, quizá recordando a los padres de Nacho, antes de continuar:

El piso ya lo he puesto a tu nombre; así tendrás un sitio donde llevar a tu futura esposa. He reservado algo para el entierro, Carmen te enseñará dónde está. El resto está en tu cuenta bancaria, debería bastarte para empezar. Cuida de Trini, por favor, no la dejes desatendida. Es lista y de buen corazón, bien lo sabes, que fuiste tú quien la recogió siendo un cachorro… Creo que ya está todo. Anda, vete a descansar, yo también voy a intentar dormir, estoy agotada.

A la mañana siguiente, la abuela no despertó.

Nacho consiguió trabajo como técnico instalador de redes de internet, por recomendación de unos amigos. El equipo era de seis personas, dedicados a instalar fibra óptica y a conectar a los nuevos usuarios. Era un trabajo duro, pero el sueldo era decente y la satisfacción de dejarlo todo bien hecho compensaba los contras.

En casa le esperaba Trini, la gata gris que recogió de la calle ocho años atrás. Desde la muerte de la abuela, Trini había caído en una profunda tristeza; apenas comía y pasaba horas acurrucada en el viejo sillón favorito de la abuela, mirando a la puerta con ojos muy abiertos, esperando lo imposible: el regreso de su dueña.

Nacho intentaba animarla, hablándole largo rato mientras la tenía en el regazo, contándole cómo le había ido el día y ofreciéndole comida apetitosa. Solo al mes vio alguna reacción.

Justo aquel día había cobrado su primer sueldo. Y sus compañeros exigieron invitarles, una tradición inquebrantable, cuya infracción era tildada de tacañería. Nacho organizó una cena en un bar, les invitó bien, y él mismo disfrutó. Volvió a casa tarde y alegre. Trini lo esperaba en la entrada, y sintió una punzada de vergüenza al mirarla a los ojos, grandes, verdes y profundamente comprensivos. Intentaba evitar su mirada, pero Trini insistía. Finalmente, entendiendo su estado, la gata maulló con pena y se escondió bajo el sofá.

Trini musitó Nacho, como disculpándose, no pude decir que no a los amigos. Son ellos quienes me buscaron el trabajo, y bueno, son amigos. Sentía que se justificaba no ante la gata, sino ante la abuela.

Al día siguiente, Trini recibió a Nacho como siempre y, al notar que hoy su dueño volvía sobrio, le rodeó las piernas y ronroneó fuerte, feliz. Comió con buen apetito y no se separó de Nacho en toda la noche, durmiendo acurrucada a su lado.

Lo entiendes todo le susurraba Nacho, acariciando con cariño a Trini. No te preocupes, estoy grande ya, sé lo que hago. Si uno pierde el norte, solo es por culpa del vino… Y eso es lo que temo, debe de correr en la sangre. Así que tendré que dejar este trabajo, aquí todo gira en torno a beber: celebran lo que sea, usan cualquier excusa, desde el cansancio, los festivos, hasta el día del vaso ancho. Y el viernes, por supuesto. Yo intento negarme, pero ya me miran mal. No, toca buscar otra cosa. Siempre soñé con ser camionero, transportista de largo recorrido, pero no tengo aún los permisos necesarios y quién me va a confiar un tráiler…

Un viernes más, Nacho estaba con los compañeros en un bar. Ellos festejaban, celebrando el fin de semana, y Nacho, como de costumbre, sólo tomaba agua con gas mientras veía a sus amigos cada vez más exaltados.

Esa noche les atendía una camarera joven y simpática. Los chicos estaban pesados, la invitaban a sentarse, hasta que el jefe del grupo la cogió del brazo, intentando atraerla. Asustada, la chica intentó soltarse, en vano; él era corpulento y, ya pasado de copas, no medía su fuerza.

Déjala en paz levantó la voz Nacho. Todos callaron al instante: era impensable alzar la voz al jefe del grupo. El otro se despistó y la muchacha logró soltarse, pero se quedó cerca, mirando a Nacho con inquietud.

El conflicto se disipó cuando apareció el dueño del bar, un hombre enorme con delantal blanco y mangas arremangadas. Al verle, todos se apresuraron a salir, dedicando a Nacho miradas de resentimiento.

No te vayas, chaval le llamó el dueño, deteniéndolo. Que salgan fuera a despejar la cabeza, a ver si se les pasa. Y con una sonrisa, añadió: ¿Para qué te juntas con esa gente si tú ni bebes? Yo lo he visto, no pintas nada ahí.

Es la cuadrilla… respondió Nacho encogiéndose de hombros. Trabajamos juntos, descansamos juntos…

Déjalo, no te convienen esos amigos” gruñó el hombre, presentándose como Ricardo. Eso no es descansar. Y menos con gente como esa. Lucía llamó a la camarera, hija, saca unos tés, de esos que tú preparas. Así descanso un poco.

¿Hija? Nacho miraba a Lucía, que se alejaba.

Sí, ella me ayuda cuando termina las clases. Se sentaron en la misma mesa, saboreando el aromático té servido en tetera de porcelana. En fin, chaval, tendrás que buscar otro trabajo, hoy te los has echado encima Ojalá solo fuera eso, pero te acabarán arrastrando si sigues ahí. ¿Sabes de algo más? ¿Tienes carné?

Sí, tengo todos los permisos, hasta el de camión. Hice prácticas un año en el ejército. De crío soñaba con ser camionero, pero, ¿quién me va a contratar para llevar un tráiler?

No será fácil, pero te puedo echar una mano admitió Ricardo. Conozco grandes transportistas; si quieres, empieza aquí, con la furgoneta de reparto. Hay trayectos entre ciudades. Me ayudas, y después saldrás con los camiones grandes, sacas el carné de tráiler y todo irá rodado.

¡Eso quiero! sonrió Nacho. Ricardo le caía bien: enorme, tranquilo, buena gente. Y además, padre de Lucía, solo por eso ya era para respetarlo. Viendo cómo Nacho miraba a su hija, Ricardo se dirigió a la muchacha:

Lucía, termina y vete a casa. Nacho te acompaña. Observó divertido cómo se sonrojaban ambos.

***

Cinco años después, Nacho conducía un tráiler por una fría carretera invernal.

Faltaban solo treinta kilómetros para llegar al pueblo donde esperaban su esposa Lucía, su hija María y la abuelita Trini, ya viejita. Al borde de la carretera vio a un hombre solo, con chaqueta ligera, temblando de frío.

Pobre, se va a quedar helado, pensó Nacho y paró a su lado.

¿Raúl? preguntó, al ver que se subía al camión.

Raúl lo miró con ojos vidriosos, olor a aguardiente en el aliento.

Ah, eres tú murmuró. Fui jefe de cuadrilla, pero ya no queda cuadrilla. Ahora otros ocupan nuestro sitio, y de los nuestros quedamos la mitad. Uno se mató de frío, otro se ahogó, ambos borrachos. El resto a chapuzas, como yo. Sacó una botella de licor barato, dio un trago y volvió a encogerse de hombros. ¡Ya nos apañaremos!

Nacho lo dejó cerca de la calle principal, le dedicó una mirada de compasión y recordó, sonriendo con amargura, la bravura etílica de su antiguo jefe.

Al llegar a casa, miró las ventanas del piso: la luz de la cocina encendida, Lucía sin dormir, esperándolo. Quizá Carmen habría ido a charlar un rato o a ver a María. No, María dormía en su cuna, bajo la foto de la bisabuela. A la niña le encantaba contarle todo lo que pasaba en el colegio a la abuela, y aunque la abuela no contestara, siempre la miraba con una sonrisa cálida y comprensiva. Allí estaba también Trini, sentada seria al alféizar, mirando la noche. Me vio, se estiró el rabo y desapareció: seguro corría a recibirme a la puerta.

No estoy solo, abuela susurró Nacho, sonriendo hacia las ventanas. Estamos todos en casa, juntos, y tú sigues aquí con nosotros. Ese es mi camino.

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MagistrUm
¡Gloria a Ti, Señor! ¡Al fin ha llegado el momento! – La abuela respiraba con dificultad, pero su rostro irradiaba una felicidad sincera. Acariciando tiernamente el rostro de su nieto con sus manos enjutas, las dejó caer suavemente sobre la manta.