Respuesta sin errores

¡Clara, ¿estás lista ya? ¡Voy a llegar tarde al instituto! gritó Lucía mientras sacudía la última camisa de Sergio y la colgaba de la cuerda tendida en su terraza. A pesar de tener un simple balcón abierto, con sus paredes desgastadas y la pintura saltada, era su rincón favorito de la casa.

Lucía se acercó a la barandilla y, una vez más, se detuvo sin poder evitarlo. Desde el séptimo piso tenía una panorámica maravillosa del río y los alrededores de Sevilla. El amanecer ya dominaba el cielo con su luz radiante de primavera, bañando todo de un brillo casi doloroso para los ojos. Lucía entrecerró los ojos, aferrándose a la fría baranda de hierro con sus dedos delgados. ¡Eso era la vida! Radiante, prometedora, cuando todo aún está por delante y la ilusión brilla tanto que hasta asusta. Así le pasaba a ella: aún quedaba todo por vivir y estaba decidida a conseguir lo que deseaba, cuando por fin terminara con todas las responsabilidades que le iban surgiendo.

Una nube interrumpió el sol, dejando todo durante unos segundos en una penumbra apagada. Lucía se estremeció y volvió a la realidad. Todo se volvió más nítido y corriente. Siempre pasa igual. Primero los sueños, después, de golpe, la realidad. Aunque, ¿cómo decía Carmen? La realidad la construimos nosotros, depende solo de nuestras decisiones, ¿no? Carmen era una mujer lista, había terminado la universidad y siempre animaba a Lucía a presentarse esa selectividad; decía que tenía todas las posibilidades. Otra cosa era querer realmente. Lucía suspiró. Querer no bastaba; había que meditar las cosas. Su padre solo no daba abasto, los hermanos pequeños aún necesitaban mucho y hacía falta dinero. No quedaba otra que elegir: universidad o trabajo. Por ahora no había más opción que trabajar y echar una mano en casa.

Miró el relojito pequeño que su padre le regaló en tercero de primaria y dio un respingo. ¡Iban a llegar tarde! Cogió la palangana vacía y entró en casa.

Clara dormía profundamente, la mano bajo la mejilla y con ese aire dulce que conmovía a Lucía. ¡Qué guapa era su hermana! Tenía esas pestañas larguísimas, caídas sobre las mejillas, y los rizos rubios esparcidos por la almohada. Aunque darían mucho trabajo, Lucía no quería cortarle el pelo a Clara; esa belleza se debía conservar. Tenía los mismos rizos que su madre. Lucía frunció el ceño; no le gustaba recordar a su madre. Hay muchas cosas que una puede perdonar, pero una traición, dejar atrás a los suyos, eso no lo aceptaría nunca. Y eso hizo ella: les abandonó. Clara era muy pequeña y ni recuerda a su madre. Por eso, durante un tiempo llamaba mamá a Lucía y eso levantaba miradas y murmullos en el parque infantil. Lucía sonrió al recordar las veces que las mujeres del barrio se metieron con ella.

Se mudaron a ese piso después de que falleciera la abuela y el piso, heredado por su padre, quedase libre. En el viejo apartamento de dos habitaciones ya no cabían, y en el piso de la abuela, mucho más amplio, cada uno tenía un pequeño hueco propio.

La abuela era una mujer dura, profesora universitaria retirada, de las que creen que los vecinos son gente simple y hueca. Cuando Lucía era pequeña no comprendía del todo, pero más mayor, fue evitando sus visitas salvo para ayudar; no le gustaba el tono ni el trato de su abuela hacia la gente. Ayudaba en casa, sí, pero cada reproche era una prueba de paciencia.

Eres igual que tu madre. De ti solo saldrá algo bueno si afloran nuestros genes. Pero naturaleza fue generosa solo contigo, tal vez aún se despierte algo de valor. ¡Solo el saber puede salvarte! O acabarás como ella.

Callaba, sin responder. ¿Qué podía decir? Y la abuela jamás aceptaba una respuesta. Su padre no la reñía por las quejas de la abuela, pero esos silencios largos y la expresión apesadumbrada eran peor castigo que cualquier bronca. Por eso, Lucía prefería terminar en silencio la limpieza y desaparecer de la casa de la abuela apenas podía. Solo una vez perdió la paciencia.

Tus hermanos seguramente no son ni hijos de tu padre. No los nombres en esta casa, ¿me oyes? No tengo nada que ver con bastardos.

Entonces yo tampoco vengo más a tu casa Lucía apretó los puños, mirándola sin temor.

¿Perdona? la abuela no se esperaba esa respuesta. Lucía por un momento se contuvo, deseando vaciar la vitrina de figuritas de porcelana que tanto odiaba. Dos horas enteras limpiándolas bajo la mirada de la abuela Prohibió traer niños pequeños porque el porcelanato es caro; los hermanitos, no son de la familia

No vendré más, ya está.

Salió disparada y llegó a casa en minutos. Clara jugaba en el parque y Lucía, dejando solo los zapatos en la entrada, la cogió en brazos.

Eres mía. ¡Sergio también! Nadie va a separarnos.

Su padre, que lavaba ropa en el baño, miró a su hija mayor, sorprendida y llorosa. Clara tocó las lágrimas de Lucía con sus deditos, asustada, y pronto ella también lloraba fuerte. Sergio, haciendo los deberes en la cocina, apareció y miró a su padre.

¿Qué les pasa?

Ni idea.

¡Mujeres! dijo risueño, abrazando a sus hermanas. ¿Venís a cenar? Hemos hecho macarrones con papá.

La llamada de la abuela llegó una hora después. Lucía dejó los platos a medio lavar y escuchó, desde la cocina, el tono de su padre, primero desconcertado, después serio, por último, enfadado. Se sentó y abrazó los muslos con nerviosismo. Temía una bronca

Pero no pasó nada. Al final su padre entró en la cocina, la abrazó y murmuró, besándole la sien:

No tienes que ir más a verla.

¿Por qué?

Porque nadie, ni aunque sea de la familia, tiene derecho a humillarte ni a menospreciar a los tuyos.

Lucía suspiró, aliviada. Fin a los reproches sin fin. Al fin podría dedicar tiempo a sus propias cosas y a los pequeños.

La abuela murió al año y medio. Los dos últimos meses, Lucía volvió a verla, tras acompañar al padre en el hospital. Era una anciana diminuta, casi oculta por las sábanas, lejos de la mujer robusta que fue, pero igual de implacable en el trato. Viendo cómo regañaba a las enfermeras, Lucía tomó la mano de su padre.

Me quedo yo.

Hija

Es lo justo.

Las enfermeras agradecieron en silencio tener a alguien que calmase a la enferma. Lucía iba antes de las clases, a ayudar y hacer de intermediaria. Al verla sentada recta, la abuela bajaba el volumen de la voz y las enfermeras aliviadas podían trabajar.

Eres una chica especial, decía la enfermera jefe abrazando a Lucía. Tu abuela no le guardes rencor. Quien va por la vida con el corazón amargo, nunca fue feliz. Y eso es triste.

El último día, la abuela estuvo extrañamente callada, observando la nube oscura sobre Sevilla. Cuando Lucía terminó un ejercicio sobre sus rodillas y empezó a guardar los cuadernos, la abuela le habló apenas en un susurro.

Espera perdóname, hija. Por todo. La vida fue una tontería. Cuida a tu padre.

Lucía asintió, cogió la mochila y, ya en la puerta, regresó, la besó suavemente en la mejilla.

Descansa, vendré por la tarde.

Vio cómo la abuela apartaba la cara, queriendo ocultar sus ojos húmedos. Salió corriendo. Le quedaba justo una hora hasta el instituto.

La abuela falleció esa misma tarde. Lucía escuchó la noticia en silencio. Cogió a sus hermanos pequeños y se encerró con ellos. Para Lucía era una herida dolorosa, pero para su padre era la pérdida de su madre. Sabía que él se quedaría en la cocina mucho rato, mirando a la nada, luego se secaría las lágrimas, prepararía la cena y actuaría como siempre para los niños.

El traslado fue duro. Clara cayó enferma, Sergio se rebelaba y no quería estudiar. Su padre intentaba atender a todo corriendo entre el trabajo y casa. Lucía empaquetaba las cosas rezando para que en el piso nuevo la vida fuera distinta. No sabía a quién se dirigía, pero sentía que alguien la escuchaba.

En el piso de la abuela, cada uno encontró su espacio. Al principio se desparramaron por habitaciones, probando la extraña sensación de estar separados, pero pronto la cama de Clara apareció en el cuarto de Lucía, quien dormía mejor cerca de su hermana. Sergio invadió la cocina donde Lucía pasaba horas, estudiando con los libros extendidos por la mesa y repartiendo las tareas del hogar.

¡Añade sal a las patatas! le gritaba Sergio mientras ella se rompía la cabeza con sus ejercicios de física; los números jamás fueron su fuerte.

Lucía, el caldo está hirviendo, ¿ahora qué hago?

¡Un momento! contestaba, dejando el bolígrafo para trocear los ingredientes.

No me salen los negativos, ¿me ayudas?

Venga, enséñame.

Clara, en su mesita, dibujaba con su lápiz el sol y las flores. Si los mayores estudiaban, ella también.

El inicio no fue fácil. Su padre trabajaba y todo recaía en Lucía. Con Sergio podía razonar, pero Clara era un torbellino. La guardería ayudaba, pero ella enfermaba a menudo, así que Lucía faltaba bastante al instituto. Hasta que apareció Carmen.

Conoció a Carmen por casualidad, la vecina del tercero, durante su primera semana, en el parque con Clara. Día de sol, niños jugando, madres, abuelas y un enjambre de cotilleo y comentarios.

Clara pidió el columpio, pero había cola.

¡Mamá! La voz de Clara resonó por el parque y las mujeres cuchicheaban.

¿Esa es la madre? ¡Si parece una cría! ¡Menudo escándalo! Y empezaron los comentarios. Clara berreaba mientras Lucía intentaba alejarse del bullicio.

¿Qué pasa aquí?

La voz severa heló el ambiente, similar al tono cortante de la abuela. De repente, silencio. Carmen, una mujer joven y elegante, se agachó a recoger a su hijo.

Menos mal que estás aquí, Carmen. Nuestra nueva vecina y ya la andan apedreando por el parque.

Carmen suspiró, miró a las mujeres y, recogiendo su bolso, se dirigió hacia Lucía.

¿Qué problema hay? preguntó, mirando alrededor.

Una mujer mayor, de esas que nunca callan, contestó.

Mírala, Carmen, ¡con esa edad y ya madre! Y nosotras aguantando el qué dirán ¡A los niños hay que criarlos los adultos! ¡A la niña esa que vaya a estudiar, y la criatura a un hogar de acogida si no puede con ella!

¿Algo más? Carmen alzó la ceja y se cruzó de brazos.

La mujer farfulló, cogió de la mano a su nieta y salió apresurada.

Ya está bien de espectáculo. Carmen se giró a Lucía. ¿Quién es la niña?

Mi hermana.

¿Dudas? Mirando alrededor. Las mujeres empezaron a dispersarse avergonzadas.

¿Cómo te llamas?

Lucía. Y ella es Clara.

Yo soy Carmen. Olvídate del doña, no tengo edad para eso.

¿Tía Carmen, entonces?

Ni de broma rió. Aún soy joven y además, apenas tenemos años de diferencia. ¡Llámanos por nuestro nombre y listo, como buena vecindad madrileña!

Lucía nunca supo cómo Carmen se convirtió en su amiga. ¿Una adolescente y una mujer de treinta, amigas? Pero alguien allá arriba debía de haber decidido que Lucía necesitaba una aliada así.

Pronto entendió por qué Carmen imponía respeto: era abogada, especialista en temas familiares. Antes o después, todos los vecinos pasaban por su casa por consejo. Profesional y discreta.

¿Sabes cuántos secretos guardo? solía reír, ayudando a Lucía a lavar cortinas. Estos visillos bonitos, pero un suplicio para lavar.

¿Y por qué te temen?

Todos queremos parecer buena gente. Cuando crees tu propia fachada, temes que se caiga. Y no es agradable que se sepa quién dejó de pagar la pensión, o no cuida a sus padres, o tú ya me entiendes. Eso destruiría reputaciones.

Lucía asintió. Lo mismo ocurría en su familia; su padre optó por cambiar de barrio tras la separación de su madre, para evitar cotilleos.

Carmen fue la primera persona a quien Lucía confió su historia. Acostumbrada a llevar el dolor sola, ni pensó que compartirlo pudiera aliviarla. No es bueno que la rabia o la tristeza se acumulen. ¿Y si su abuela tenía razón? ¿Y si un día se convertía en una persona infeliz?

Un día, Carmen le encargó cuidar de su gato.

Tengo vista con el juez, igual tardo. Luego al médico, y después una cita. ¿Puedes? Si no le alimentas, monta el escándalo.

¿Por un gato?

Carmen se rió.

Si no, no me deja dormir. Me toca con la pata hasta que despierte.

¿Y cerrarlo en otra habitación?

¡Solo mira!

Abrió discretamente la puerta de la cocina, donde el gato Benito dormía en el sofá.

Uno dos tres

Un golpe fuerte sacudió la puerta y Lucía pegó un brinco.

¿Ves? Hasta que le dejo salir.

Carmen acarició al gato y le mostró a Lucía dónde estaban el pienso y el bebedero.

Ese día, a Lucía se le hizo tarde por ayudar a sus hermanos y cuando llegó a casa de Carmen, ya de noche, se disculpó con Benito mientras le ponía la cena.

Carmen llegó al poco, lanzó el bolso sobre el sofá y, de pronto, rompió a llorar. Lucía, aunque sorprendida, se sentó a su lado y la abrazó.

Perdona Día duro y nadie con quien hablar. Ya no tengo madre, y los demás nada.

¿Y yo? le guiñó Lucía.

Carmen sonrió entre lágrimas y apartó un rizo de Lucía.

Siempre quise rizos y tener un hijo. Dos cosas imposibles. Somos así, nunca valoramos lo que sí tenemos.

Carmen sacó una carpeta del bolso.

El hijo era esto No va a poder ser. Los médicos dicen que no, por culpa mía y de mis errores. Recuerda: a veces, las cosas cuestan caro.

Después relató su historia. Basco y Carmen se conocían de toda la vida, amigos desde que sus padres eran vecinos en Salamanca. Se casaron, postergando el bebé para viajes, carreras, un piso nuevo. Cuando por fin llegó el embarazo, les pilló desprevenidos: billete a Lanzarote, sol, planes. Pero una caída tonta, un accidente y perdió el embarazo. En el hospital, la tristeza fue una losa entre ellos. Basco intentó animarla, pero Carmen se encerró en su dolor. Al volver, se separaron. Con el tiempo, la herida cerró. Un día, tras cruzarse en un juzgado, cenaron juntos y hablaron toda la noche. Cuando él volvió a pedirle matrimonio, Carmen prometió pensarlo. Lo hizo pero no pudo engañarle: nunca podrían tener un hijo juntos.

¿Y los médicos no se equivocan? preguntó Lucía.

Dicen que no. Y, si acaso hay muy poca esperanza.

¿Y entonces? Si no lo intentas, nunca lo sabrás. Llora después, pero ahora lucha.

Carmen abrazó a Lucía.

Eres muy sabia para tu edad.

Es por los buenos maestros, replicó Lucía, empezando a preparar una infusión.

Ahora cuéntame tú. Nunca hablas de tu madre. Si quieres, compartimos secretos.

Lucía comprendió entonces que, a veces, la vida duele, los sueños se rompen, la soledad se siente más fuerte cuanto más valiente eres. Pero, aunque nadie elija dónde ni cómo nacer, sí puede decidir quién quiere ser. Decidió que, igual que había encontrado apoyo en Carmen, ella estaría siempre para sus hermanos. Eso aprendió: que la familia también se escoge, y que, aunque la vida te golpee, la esperanza es fuerza si tienes amor y ganas de luchar.

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