Una anciana castellana adoptó un cachorro de mastín español: el perro creció protegiendo la casa, devoraba una fuente de comida en segundos, rascaba su lomo contra la valla hasta dejarla torcida e incluso llegó a arrastrar de un tirón a la abuela.

Te cuento una historia que pasó en el pueblo de mi abuela, cerca de Salamanca. Había una señora mayor, Carmen Martín, de esas de toda la vida, que decidió un día adoptar un cachorro de mastín español. Imagina el bicho: patas enormes, trufa negra y pelazo. El perrete crecía a la velocidad del rayo y no había quien se acercara a la casa sin que lo mirara con ojos de guardián. Se zampaba una olla de cocido en un suspiro, rascaba el lomo contra la valla hasta dejarla ladeada, y hasta tenía el morro de dar un tirón a Carmen cuando pasaba cerca, para jugar un rato. Vamos, que el cachorro necesitaba entretenimiento como el comer.

Pasaron los años y la pobre Carmen falleció. No fue culpa del perro, no te creas eh, simplemente no llegó a los 90 años. Como suele pasar, los hijos y nietos vinieron desde Madrid y Valladolid al caserío para ponerlo todo en orden. Y se encontraron ahí al mastín, atado a la cadena en el patio, mirándoles con una cara que decía: Por fin, alguien trae algo diferente al menú. Porque menudo festín de tortilla, jamón y restos variados le iba a caer.

El dilema llegó enseguida: ¿qué hacemos con el mastín? Sacrificarlo, ni hablar, que da penita. Pero vivir cerca pues miedo da. Soltarlo por ahí tampoco, que el mundo no está preparado para semejantes pruebas. Así que pensaron en buscarle familia de buena fe. Incluso estaban dispuestos a pagar unos eurillos a quien lo adoptara, porque a quien se llevase semejante peludo, poco le iba a parecer cualquier recompensa.

Y mira por dónde, apareció un hombre de Zamora, Tomás Rodríguez, que toda la vida había soñado con alimentar a un mastín con calderos y rascarle tras las orejas con un rastrillo. Hay gente para todo, amiga. Llamaron al veterinario del pueblo, el doctor Blanco un auténtico valiente y le contaron el plan: dormir al perro suavemente, ponerlo en el maletero rumbo a su nuevo hogar y, por si acaso, encender una vela a la virgen por la salud de todos. O por el descanso, ya se vería.

El veterinario llegó puntual con su dardo tranquilizante. De un tiro certero, el perro se quedó frito, lo desengancharon de la cadena y entre todos lo subieron al coche, en el maletero, que iba comunicado con los asientos traseros. El veterinario, que era el que más manda, eligió ir delante. Al volante, Tomás, el nuevo dueño. Y detrás, toda la tropa familiar de Carmen, hablando de sus cosas y preguntándose a qué olía el maletero.

Y de repente, el mastín empezó a recuperarse. Levantó la cabeza y miró alrededor, con esa cara suya de ¿qué está pasando aquí?. Miró a toda la familia, uno a uno, que le miraban de vuelta, congelados. El veterinario, flipando en colores. Tomás, el pobre, no apartaba la vista del espejo, ni se enteraba si la carretera tenía curva o no. Vamos, que el coche lo conducía Dios.

El perro pensaba: Pues qué ambiente más curioso, ¿no?. Los humanos, entre tanto, dudaban de si estaban yendo al cielo o directos al otro barrio.

Enseguida, el mastín, todo cariñoso, se fue arrimando al personal, repartiendo lametones a diestro y siniestro. Hasta intentó subirse adelante. Tomás, por poco, ni abre la puerta para tirarse en marcha, porque desde luego lo de ser conductor ese día le daba igual. Menos mal que no lo hizo. El perro acabó llenándolos a todos de babas, nietos, hijos, al nuevo dueño y hasta al veterinario, que ni guardaba rencor por el pinchazo.

Así descubrieron que de bestia salvaje, nada de nada. El resto del camino llegaron todos empapados: por arriba, de los besos del perro; por abajo, porque entre el susto y la emoción no les cabía el corazón en el pecho.

Ay, mi querida y añorada casita de campo y ese jardín No sabes el hueco que dejan las cosas buenas cuando se van.

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MagistrUm
Una anciana castellana adoptó un cachorro de mastín español: el perro creció protegiendo la casa, devoraba una fuente de comida en segundos, rascaba su lomo contra la valla hasta dejarla torcida e incluso llegó a arrastrar de un tirón a la abuela.